No es para nada casual que Kid Cudi, allá por 2009, compusiera un himno a la búsqueda de la felicidad siendo él potencialmente una de las personas con menos remota idea de lo que es eso en toda la Vía Láctea y parte del extranjero. A principios de octubre, conmovió al mundo de la farándula americana con una turbadora publicación en Facebook en la que se definía a sí mismo en términos tan intolerantes y autodespreciativos como “ser humano defectuoso”. Contaba, confesamente avergonzado, haber estado viviendo una mentira por la que consagró su existencia al ocultar la “furiosa y violenta tormenta” que palpita en su corazón todo el tiempo. Tuvo el valor de ingresar en una clínica por depresión y tendencias suicidas, así como de volver, tal y como prometió, a tiempo para su esperadísima reaparición en el ComplexCon un mes después, también en palabras suyas, “más fuerte, mejor, renacido”, y acompañado de Travis Scott y Pharrell Williams con unos pantalones súper chulis a rayas rojas y negras. Muy totales.

Aunque suene feísimo esto que voy a escribir ahora, la supuesta recuperación y recién encontrada salud mental del de Cleveland, Ohio, es buena noticia a medias; aproximadamente un 50% positiva para él, su madre y su psicólogo (quien cobra a comisión), y otro 50% mala para el resto de la humanidad. ¿Por qué? Pues me parece bastante obvio, pero si estáis espesillos, os lo puedo explicar: ¿qué sucede cuando el genio en busca de la felicidad la encuentra por fin? Que lo manda todo a tomar por saco, como John Lennon cuando conoció a Yoko Ono, o se sienta tranquilamente en el sofá a ver felizmente La ruleta de la suerte y comer Cheetos para los restos, y no sé cuál de los dos escenarios es peor. Bueno, sí; empezar a hacer música para señoras mayores o duetos con Rihanna como les pasó a los Melendi y Eminem post-drogadicción, respectivamente. ¡Que Dios nos libre, melómanos! Nosotros sabemos bien que no hay arte sin humo ni tormento, y quien diga lo contrario es fan de Randy Newman y tuvo una infancia poco traumática y debe ser por lo consiguiente capturado y destruido. Igual no hay que ponerse tan belicoso, pero hey, ya me entendéis.

Fotografía: http://elitemuzik.net/

87 minutos de autocompasión psicotrópica, sangre, sudor y lágrimas en cuatro actos: “Tuned”, “Prophecy”, “Niveaux de l’Amour” y “It’s Bright and Heaven is Warm”.

Algo se remuere en el alma cuando un Kid Cudi renace. Lo primero, esos títulos romántico-epopéyico-apocalípticos con los que deleita al público en cada nueva entrega, y el de éste último álbum se ha pasado claramente de estratosfera: “Passion, Pain & Demon Slayin’”, 87 minutos de autocompasión psicotrópica, sangre, sudor y lágrimas en cuatro actos (“Tuned”, “Prophecy”, “Niveaux de l’Amour” y “It’s Bright and Heaven is Warm”). Superad eso, Lord Byron y/o Jerry Garcia, y dad por sentado que, si Cudder se ha deshecho de veras de su paranoia mental congénita, vamos a empezar a ver cosas mucho más cortas, ambiguas y menos viscerales. Tirando a aburridillas por comparación, vamos.

En “ILLusions” habla de haber encontrado una frecuencia especial (únicamente audible para aquellos de corazón y mente radicalmente abiertos) a los 23 años, edad que coincide con la de la publicación de su legendario debut, “Man on the Moon: The End of the Day”, y la del nacimiento de su no menos épica relación con el Kanye West que dice haberlo parido. 6 años después, “Frequency” debe de ser la desencriptación perfecta de dicha frecuencia, además del primer y mejor tema del álbum. Incluso en el videoclip que lo ilustra se traduce la identidad de dicha frecuencia cudiana como un trance en el que el oyente se adentra con cierta intimidación, una suerte de allanamiento de la paz interior. La calma conocida será sustituida por una curiosidad algo más inquieta pero igual de constante y reconfortante, clave para hallar la sintonía ondular en cuestión.

Uno de los aspectos más inquietantes y menos discutidos de este “Passion, Pain & Demon Slayin’” son las teletransportaciones episódicas al “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” de su padre artístico Kanye West, y cómo Cudi hace un poco suyo el clásico recurso westiano de instrumentalizar las voces humanas.

Uno de los aspectos más inquietantes y menos discutidos de este “Passion, Pain & Demon Slayin’” son las teletransportaciones episódicas al “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” de su padre artístico Kanye West, y cómo Cudi hace un poco suyo el clásico recurso westiano de instrumentalizar las voces humanas. “Swim in the Light” y “Releaser”, espalda contra espalda, demuestran la escalofriante y victoriana posibilidad de convertir sollozos en unas teclas particulares de órgano eclesiástico, y con poco más que una o dos frases vistosas intercaladas con francés (“You could try and numb the pain, but it’ll never go away”, “No longer you can deny me) se marca una letanía de casi 10 minutos de longitud. By Design” es otra de las favoritas de la audiencia, y una se pregunta, de entrada, si esto puede deberse simple y llanamente a que incluye otra codiciada aparición de André 3000. Podría ser, pero no; la balanza se inclina más a razonar que su atractivo reside en ser una de las pistas de más fácil digestión de la colección. Con clara intención de estructura y delimitación de una introducción, un nudo y un desenlace, se digna a presentar, para variar, esos tres componentes que siempre faltan en toda propuesta de Kid Cudi que se precie, una discutible carencia por la que es y será eternamente criticado. También inaugura el primer juego de palabras absurdo sobre el diseño de interiores (parafraseando al mayor hater musicólogo de YouTube, The Needle Drop) en esos alaridos nasales por los que repite (quizás demasiadas veces) “Don’t fuck up the feng shui.

3 Stacks, por su parte, se declaró temerariamente en una entrevista con Billboard fan del infame “Speedin’ Bullet 2 Heaven”, álbum predecesor de éste “Passion, Pain & Demon Slayin’” que fue salvaje y despiadadamente destripado tanto por el público como por la crítica especializada. Cudi le reconoció la osadía ofreciéndole otra colaboración en “The Guide”, líricamente muy superior a la anterior “By Design” pero bastante más introspectivista y menos seductora. All In”, en una producción no muy lúcida del célebre Mike Will Made It, se descubre demasiado rápido como algo que no vale mucho ni para afterhour; empieza y acaba en la nada (fiel a la más absoluta tradición del artista anti-estructura por excelencia), con la decepción extra de que ni siquiera hay placer sin propósito en el tránsito entre ambos puntos inexistentes. Luego “ILLusions” llega medio al rescate, con una interesante cadencia de pulsaciones en escalera, subiendo y bajando, que logra transmitir una extraña sensación desquiciada pero despreocupada, como queriendo decir, “pues bueno, aquí estoy con mi trastorno bipolar mientras veo la lluvia caer”. Keep calm and “only crazy makes sense”, citando al desprestigiado “Speedin’ Bullet 2 Heaven”.

El Kid Cudi que ‘estructura’ temas, que no se va por las ramas ni se complace a sí mismo en un culto a su mediocremente atormentada personalidad se aleja de los pocos en posesión de una gran y desconocida verdad; la de que la vida no va de encontrar la felicidad sino de pasársela buscándola.

Y proporcionando el subidón de épica que se venía necesitando desde “Frequency” aterriza “Rose Golden”, capaz de insuflar unos delirios de grandeza y un complejo de mesías preocupantes a cualquiera que tenga oídos. La voz de Willow Smith, que cada vez elige compañías mejores, aporta una insipidez infantil de niña guay repelente sin la que no se puede subsistir a partir de la segunda escucha. Pero nada como “Baptized in Fire”, señores y señoras; producida por Mike Dean y con título en la misma línea visceral-evocadora del disco, dice Travis Scott (admirador y deudor de la obra de Scott Mescudi número 1) que ésta canción y no otra, junto a su big brother, es lo que más le ha gustado hacer en toda su vida. No descartaría que fuera lo que más nos ha gustado hacer a nosotros en toda la nuestra, porque “Baptized in Fire” da ganas de apoyarse contra una pared blanca y besarla y llorar hasta que se caiga un hombro de la camisa de leñador y las trenzas se te deshagan de tanta belleza flotante. Y no, Travis Scott no se droga. Increíble pero cierto.

Flight at First Sight/Advanced” es la primera de las dos apariciones de Pharrell Williams y el cambio de beat más loco que se ha escuchado en unos cuantos meses: pura paranoia ácido-química con palmeras, luces de neón y tipos con patillas largas, un Miami Vice reconstruido sónicamente en el siglo XXI. Por contraste algo más industrial, el peligro de lo buena que es “Does It” es el perderse entre lo abrumador de la que le precede y lo desorientado de la que la sucede. Se encarga de cerrar el acto más potente (“Prophecy”) y dar paso al más flojo (“Niveaux de l’Amour”) con “Dance 4 Eternity”, que se queda en anécdota calenturrienta sin mayores aspiraciones. Como todo en el hip hop, trata de encontrar un estado de ánimo muy preciso y capitalizar en él, prolongándolo hasta que deja de tener sentido. “Dance 4 Eternity”, y probablemente la analogía se podría extender a “Distant Fantasies” o “Mature Nature”, logra con moderado éxito crear éste tipo de ambientaciones. Eso sí, hay que admitir que un sencillo esbozo narrativo ayudaría al oyente a no sentir como que está perdiendo el tiempo totalmente con música de ascensor erótica. Supongo que el bagaje cultural católico hace mella hasta en el más ateo; necesitamos estar en la Tierra con un propósito ulterior, incluso cuando escuchamos música.

“Passion, Pain & Demon Slayin’” es menos una mejora respecto a “Speedin’ Bullet 2 Heaven” que un aumento de las ganas de complacer en detrimento de las de desafiar, y eso sólo es bueno mientras nos libre de los skits de Beavis and Butt-Head que plagaban el anterior esfuerzo e inflamaban muchas venas en las sienes.

Para cuando se llega a “Wounds”, Kid Cudi ya es el emperador innegable de los gemidos guturales y nasales instrumentalizados, mientras “Kitchen” impulsa un nuevo tipo de romanticismo no musical sino emotivo, regalando otra perla letrística en referencia al interiorismo e instando a toda una generación de desabridos que sólo sabe ligar por WhatsApp a no avergonzarse de su vehemencia: “But can’t stand the heat of my love, then stay out the kitchen. Se ha dicho. Cosmic Warrior” y “The Commander” (en el que se conserva algo del espíritu alt-rocker del “Speedin’ Bullet 2 Heaven”) son las típicas ideas que tiene el bueno de Scott y a las que todo el mundo dice que les sobran 2 minutos. Sea cierto o no, por esa regla de tres también se podría desacreditar toda la discografía de los Doors y gran parte del género progresivo, y ahí nadie se atreve a meter baza… De todas formas, a quién le importa cuando, a continuación, se tiene una fiesta tribal de 6 minutos y 15 segundos llamada “Surfin’”, con, producida e impregnada del buenrollismo y la energía eléctrica de Pharrell Williams. Es difícil no obsesionarse con su rítmica entre primaria y sofisticada, y posee un estribillo que es la mayor inyección de autoestima y empoderamiento que recibirás a falta de una abuela (“I ain’t riding no waves / Too busy making my own waves, baby). “Surfin’” supone una despedida necesariamente feliz y enteramente inesperado; después de una larga retahíla de cales, Cudi nos da una de arena, sumada a un vídeo con mucha gente guapa como A$AP Rocky y Jaden Smith dando en envidia de lo bien que se lo pasan. Los da-le-lays a capela del final no tienen precio.

Algo se muere en el alma cuando un disco de Kid Cudi se acaba. O al menos se estremece un pelín, imaginando por dónde nos saldrá la próxima vez. Tras llegar al fin de “Passion, Pain & Demon Slayin’”, ese algo se estremece un pelín gordo y largo, pues un Cudi equilibrado, un Cudi que ya ha encontrado la felicidad y que prefiere ser conciliador a intenso, es el Cudi que todos los críticos sin sentimientos de Pitchfork creen que quieren pero en realidad no son conscientes de que no. El Kid Cudi que ‘estructura’ temas, que no se va por las ramas ni se complace a sí mismo en un culto pseudotrascendental a su mediocremente atormentada personalidad no sólo no es Kid Cudi, sino que tampoco es ya de los pocos en posesión de una gran y desconocida verdad; la de que la vida no va de encontrar la felicidad sino de pasársela buscándola, sentir plenamente la intensidad de cortarse las venas y que raje lo que tenga que rajar. “Passion, Pain & Demon Slayin’” es menos una mejora respecto a “Speedin’ Bullet 2 Heaven” que un aumento de las ganas de complacer en detrimento de las de desafiar, y eso sólo es bueno mientras nos libre de los skits de Beavis and Butt-Head que plagaban el anterior esfuerzo e inflamaban muchas venas en las sienes. Por lo demás, se trata de otra decepcionante victoria de la presión social contra la crudeza de las mejores y más locas mentes de nuestra generación.

Kid Cudi – Passion, Pain & Demon Slayin’

8.6 HOT RECORD

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Kid Cudi es un sobrado y un pirado que no sale de casa y se queja por Twitter todo el día de que, tarde o temprano, nos arrepentiremos de haberlo ninguneado. Empiezan a existir demasiadas evidencias que apuntan a que, de hecho, tiene toda la razón: en “Passion, Pain & Demon Slayin’”, diseña con ademanes teatrales, afectados y utópicos un edificio grandilocuente en el que vivir la vida priorizando la vehemencia sobre el equilibrio.

Up

  • La cantidad de sitios a los que te transporta Kid Cudi en 19 naves esotéricas distintas, gratis y sin meter prisa.
  • Las ganas de desafiar y de conectar en la producción, al mismo tiempo y equilibradamente.
  • El orgullo con el que comparte el ejercicio de autocomplacencia y culto a la personalidad que es “Passion, Pain & Demon Slayin’” y lo fácil que es perderse en él.
  • Travis Scott y André 3000 cocinando junto a Cudi con una compenetración abrumadora.

Down

  • Que sí, que a veces no se puede negar que le falta poner un poco de orden y dar razón de ser a sus estados de ánimo.