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ualquier lector en su sano juicio estará, a estas alturas, hasta las mismísimas narices de listas de mejores discos internacionales, nacionales, de rock, de hip-hop, de R&B, de electrónica y de lo que se plante por delante. Como aquí ya hemos hecho lo que correspondía para saturar al personal en lo que a mejores álbumes se refiere con nuestro ‘Staff Picks 2016’, movámonos hasta el polo opuesto. Sí, a esos elepés que, o bien por lo mucho que esperábamos de ellos, o por lo horribles que son en sí mismos o simplemente porque al redactor correspondiente se le fue la pinza totalmente en su momento, podríamos catalogar como los mayores desastres, decepciones, horrores, descalabros o hecatombes (quizás todo a la vez) de 2016. Recordemos, amigos: Brexit, Colombia rechazando en referéndum el acuerdo de paz con las FARC, Donald Trump elegido Presidente de Estados Unidos y, para cerrar el círculo, esta nuestra recopilación de lo peor del año. Si al acabar la lectura te quedas pensando –o gritando en voz alta– que en El Quinto Beatle no tenemos ni pajolera idea de lo que hablamos y escribimos, aceptamos reclamaciones más abajo. Y no, aquí no acompañamos con lista de reproducción porque no queremos que sufráis ninguna depresión.


 

1Lady GagaJoanne

De acuerdo, si nos centramos únicamente en su estilo no es un disco que duela escuchar. Vale, hay momentos divertidos que se pueden disfrutar. Pero el motivo por el que “Joanne” se encuentra coronando esta lista no es otro que por ser decepcionante. “Joanne” prometía grandes cosas con la producción de Mark Ronson, quien concibió uno de los álbumes más vendidos y espectaculares de 2015 y ha trabajado con artistas como Amy Winehouse, sin ir más lejos. Alrededor del binomio Gaga-Ronson orbitaban otros nombres que aportaban en mayor o menor medida su influencia: Josh Homme, Father John Misty, Kevin Parker, Florence Welch… Lo que uno lee en los créditos de “Joanne” es un ‘Dream Team’ de la música contemporánea en 2016. Sin embargo, el resultado no ha sido el esperado. Es un álbum torpe sin apenas cohesión, y Ronson (la sombra que planea sobre toda la placa), en lugar de poner orden deja que cunda el libre albedrío, incrustando un último clavo sobre el ataúd de esta perfecta desilusión.

2Kings of LeonWALLS

Trece años han pasado ya de su debut con “Youth and Young Manhood”, un trabajo que, aunque no fue excesivamente bien recibido por la crítica, a mí siempre me ha parecido entrañablemente acogedor. No nos vamos a engañar. Kings of Leon nunca se han caracterizado precisamente por una propuesta innovadora o interesante. Sin embargo, había algo en ese rock sureño de guitarras garajeras y voz desnuda que te hacía sentir como si estuvieras descubriendo algo, como si escucharas una canción de rock por primera vez. Poco o nada queda de aquellos Kings of Leon en “WALLS”, un álbum en el que la emoción brilla por su ausencia de principio –con la genérica “Waste a Moment”– a fin. En su nueva empresa (y digo empresa con toda la intención), los Followill han decidido ahondar aún más en el sonido indie-pop del que ya empezaron a hacer gala hace tiempo para idear su peor álbum hasta la fecha, poniéndose como referentes a grupos tan poco recomendables como Mumford and Sons para dar lugar a miniedades como “Reverend”. Muy deficiente.

3Two Door Cinema ClubGameshow

Que últimamente en el pop alternativo está de moda volver a la infame década de 1980 y sus sonidos disco parece evidente. Esta regresión a los ochenta en su versión más hortera y decadente, al margen de que tenga o no mucho sentido, se puede hacer con gracia (como Mucho), tirando de talento e inercia (ejem, ejem… Growlers), o mal. Rematadamente mal, como este caso. Los últimos en subirse al carro de lo retro son unos viejos conocidos del indie pop de la última década: Two Door Cinema Club. Por desgracia, el abuso de los sintetizadores, funk de palo y teclados a lo Daft Punk pero made in China hacen del tercer trabajo de los norirlandeses un pastiche difícil de tragar. Aparte de lo irritante de algunos de sus temas, la monotonía es la que termina de condenar este “Gameshow” que pone fin a las esperanzas que nos quedaban sobre una banda que en su día voló alto. Fue bonito mientras duró.

4Catfish and the BottlemenThe Ride

Un disco gestado y producido en un búnker de Gales del que probablemente jamás debió salir. Ese es el resumen corto de uno de los mayores pufos del año. ¿El largo? Un segundo álbum de Catfish and the Bottlemen que empeora considerablemente su ya discreto (aunque decente) debut, y que supone la enésima prueba de que la factoría NME se ciega en su desesperada búsqueda de los próximos Arctic Monkeys. Sonido a radiofórmula sin correr ni un solo riesgo. Letras de parvulario con un ligero tufo a rancio. Y lo peor de todo: ningún tema suelto que se salve como hit solitario. Pese a ello, todo augura que su carrera seguirá para arriba en cuanto a éxito económico. Por nuestra parte, la broma se ha acabado. Los ingleses que la sigan si quieren.

5Crystal FightersEverything Is My Family

Durante los años previos a la publicación de “Everything Is My Family” Crystal Fighters han pasado por diferentes trances: la repentina muerte del batería de la banda, Andrea Marongiu, y los posteriores viajes espirituales de dos de sus componentes fijos: Bast Pringle ha indagado en la América hispanohablante, en Euskadi o en Canarias mientras que Graham Dickson buscó inspiración en zonas montañosas de USA. No es difícil hacerse una idea de la cantidad de experiencias sensoriales que habrán podido acumular los Fighters en este periodo y es quizás lo que más desconcierta cuando uno escucha la falta de alma que tiene este nuevo trabajo. Nos han entregado en el sucesor de “Cave Rave” una especie de mala copia de sí mismos, en modo piloto automático, que seguirá atrayendo al mismo público en cualquier cita festivalera. Ni evolución ni más de lo mismo: un disco naive, repleto de irregularidades y falto de garra.

6TabureteDr. Charas

Taburete son, entre el público joven, una de las agrupaciones que ha pegado el pelotazo en 2016 después de editar un apañado debut y comenzar a acoplarse en el engranaje ‘indie’ festivalero que apunta maneras para ser la siguiente gran burbuja que estalle en España. Así las cosas, los de Guillermo Bárcenas no han tardado en publicar su segundo larga duración, este “Dr. Charas” que supone un bajón respecto a su predecesor. En él encontramos letras que caen en los mismos vicios constantemente, llegando a repetirse expresiones chirriantes sin nada de gracia (no significa que porque hablen una y otra vez de fiesta, jodas, guateques, amor y alcohol no se pueda hacer con gracia) y nos queda claro que quizás un poco más de calma y reflexión antes de lanzar “Dr. Charas” al mercado no les hubiera venido mal. Aunque podríamos ubicarlo rápidamente dentro de lo que sería un trabajo continuista porque en realidad no juega en un plano muy distinto a “Tres Tequilas” y trata de explotar las particularidades de su sonido que les distinguen del resto, la impresión general tras escuchar el disco entero es que la mayoría de composición y producción del mismo se les ha ido por completo de las manos. Eso sí, son sólo 9 canciones y menos de media hora de duración. ¿Podrás sobrevivir a las miles de millones de referencias al alcohol en todas sus formas que te aguardan en “Dr. Charas”?

7KaleoA/B

En Islandia también son capaces de hacer rock, y es algo que querían demostrar Kaleo. La influencia islandesa, o al menos de sus parajes, está presente en los primeros momentos de este “A/B”, con una volcánica “No Good” o una fría y algo reflexiva “Way Down We Go”. Y ya está. A partir de aquí pierden todo atisbo de magia, cayendo en la repetición de la misma fórmula una y otra vez para entregarnos temas que quieren ser explosivos y acaban por ser los primos pequeños de estos primeros cortes. Escuchando los primeros cinco minutos uno es capaz de hacerse con la idea global del sonido que encierra el disco: un revival de rock de carretera americana. Hay momentos en los que se permiten experimentar, como con el cierre de “I Can’t Go On Without You”, pero no terminan de saber explotar su potencial y queda, finalmente, un LP aburrido. Aún queda rodaje a esta banda islandesa, así que esperemos que con su segundo álbum sepan pulir los errores de este debut.

8FangoriaCanciones Para Robots Románticos

Hubo una época en la que Fangoria lideraban la vanguardia española, al menos en el circuito comercial. Por aquella época, a principios de los 2000, Carlos Jean contribuyó a la producción de álbumes más que notables como “Naturaleza Muerta” o “Arquitectura Efímera”. Sonaban duros, ácidos y tenían esa herencia de la Movida que los hacía rompedores y reales. Pero con este álbum se han estrellado. La producción de Guille Milkyway y Nacho Canut resulta a veces cutre. “Geometría Polisentimental”, pese a ser pegadiza hasta rabiar, es el mismo single que llevan años sacando. Aun así, es de lo mejor del álbum junto a “Disco Sally” o la sorprendente “Delirios de Un Androide Cardado”. Pero es que tenemos un sinfín de temas que no hay por dónde cogerlos, como “Iluminados” o “Voluntad de Resistir” con sendas bases obsoletas, “La Marisabidilla, el Escorpión y la que Quita la Ilusión” cuyo estribillo da una vergüenza ajena similar a la de “no hay marcha en Nueva York y los jamones son de York”, y la que se lleva la palma, “Fiesta En El Infierno”, con ese canto tan de mayo del 68 que dice “el amor es una construcción burguesa; un cuento de hadas…”, sorprendente en alguien que ha hecho de su vida privada un negocio y que dice no poder pasar más de 48 horas separada de su pareja. Alaska ha dado algunas de las mejores canciones de la historia del pop español, pero en “Canciones Para Robots Románticos” no encontraremos ninguna.

9Tom OdellWrong Crowd

Una de las cosas más interesantes y dignas del debut de Tom Odell era que no se molestaba en ocultar los fallos que tenía. Era un trabajo desordenado y, en ocasiones, salvaje (sobre todo a nivel vocal), pero era intencionadamente así, y en ese caos había algún que otro momento que te atacaba para quedar en la memoria. Tom Odell se presentó tal y como es, y no podías más que amarle u odiarle. Ahora llega su segundo álbum, en el que se peina, se viste de traje y esconde la suciedad debajo de la alfombra; en “Wrong Crowd” intenta ocultar las flaquezas de una producción vacía y en ocasiones aburrida que viene acompañada por una lírica romántica que en ocasiones roza lo vergonzoso. Lo que encontramos son melodías que no terminan de eclosionar, un ritmo lento y la búsqueda de una perfección estilística que resulta artificial. A diferencia de lo que caracterizó su debut, ha querido restringirse y controlarse tanto que ha perdido casi todo su encanto.

10The 1975I like it when you sleep, for you are so beautiful yet so unaware of it

Plantarte ante un disco de pop ochentero de lo más hortera compuesto por nada más y nada menos que diecisiete canciones y que supera la hora de duración sólo da una cosa: pereza. Matt Healy parece el típico personaje que desea ser una estrella y acaba estrellándose. Así lo hacen The 1975 en su segundo disco, en el que van más allá e intentan experimentar y desvariar entregando un pastiche sonoro de los más exagerados que hayamos tenido el placer (o no) de escuchar. Es el peligro de la excentricidad y la megalomanía, que te la puedes pegar al mínimo descuido, y The 1975 aquí han caído a lo más hondo. Aún podemos rescatar algún tema con bastante pegada como “Love Me”, “UGH!” o “The Sound”, pero en general ni tomándotelo a broma el disco se hace ameno.

11Jack GarrattPhase

Repetía y repetía la BBC a principios de año que Jack Garratt iba a ser la revelación de 2016. Contaban maravillas de este chico, lo comparaban con Frank Ocean, con James Blake, con el sonido negro más puro de D’Angelo o con el trip hop en su vertiente más comercial (algo así como Dido pero en voz masculina). Quizá por todo ello la decepción fue mayor. Lejos de ser esa revolución que nos prometían, “Phase” es la enésima ópera prima ñoña, repetitiva y casposa que la industria británica nos trata de vender como ya sucedió en su momento con Ed Sheeran, Jess Glynne, James Bay y un largo etcétera. Todo en “Phase” parece fallar. Cuando se pone minimalista se acerca más a Years & Years que a The xx o Tove Lo como nos prometían; cuando introduce bases de baile se parece más a los Backstreet Boys, y cuando trata de ponerse elegante está muy lejos de alcanzar el estatus de The Weeknd. Resumiendo, poco cabe esperar de un artista con el que han tratado de vendernos humo.

12Die AntwoordMount Ninji And Da Nice Time Kid

Die Antwoord han regresado en este 2016 con una nueva edición de una fórmula sobreexplotada, que si bien pudo tener su gracia en un inicio, ya es sólo una caricatura de sí misma. Han perdido cualquier atisbo de humor que pudiesen tener antaño, sus letras son ridículas y hacen que a su lado “La Bicicleta” nos parezca un poema de Góngora. Bromas aparte, “Mount Ninji And Da Nice Time Kid” es infumable. En él no faltan los intentos de introducir con calzador bases de trap o emular con bastante poco éxito a artistas como Nicki Minaj o Jay-Z. Todo resulta esperpéntico, estrafalario e infantiloide, y lo único salvable son los momentos en los que se meten en sonidos neogóticos, como en “Rats Rule” o “Alien”. Pero quizá lo que más resalta del disco es que es difícil de comprender que un dúo que pasa ya de la cuarentena siga pensando que lo transgresor es decir “fuck” muchas veces.

13Green DayRevolution Radio

Green Day vuelven dando más caña que nunca”. Las redes sociales se inundaron de banners ante la inminente llegada del nuevo álbum de los californianos. El trío no necesita ningún tipo de presentación, si tienes entre veinte y treinta y pico años y te gusta la música de guitarras es más que probable que hayas disfrutado con algún que otro riff de Billie Joe y compañía. Pero volvemos a lo de siempre, ¿necesita el mundo otro disco de Green Day? La respuesta a esa pregunta todos sabíamos que era negativa, ¿pero acaso sus fans sí lo necesitaban? Mensajes como el del banner de marras y algunas declaraciones de la banda prometiendo regresar al sonido de los primeros años noventa casi lograron hacerme responder afirmativamente a esta segunda pregunta. Al final, los de Oakland acaban ofreciendo un disco poco conexo que lejos de demostrar sus virtudes o su eclecticismo (todo lo que hacen en “Revolution Radio” lo han hecho mil veces mejor en otros discos) deja patente que estos cuarentañeros no tienen muy claro qué clase de banda quieren ser. En cualquier caso, el disco no deja de ser una excusa aceptable para salir a la carretera y poder disfrutar de un directo de los americanos mientras rememoramos nuestros años de adolescencia.

14JusticeWoman

Si hay una palabra para definir el regreso de los franceses esa es intrascendente. Si bien no podemos hablar de un álbum malo, sí podemos hacerlo de uno tedioso, aburrido, en el que todos y cada uno de los temas se alargan hasta el hastío cuando ya no dan más de sí. Con la excepción de “Alakazam!” y quizá de “Heavy Metal” (a pesar de que llega a parecer un politono de teléfono móvil de hace una década) todo parece interminable. A lo mejor lo suyo era ser directos y escuetos, y en cambio tratar de meterse en el terreno progresivo les ha conducido a descarrilar. El camino que están siguiendo parece llevarles a acabar de darse forma como ese grupo al que se va a ver en los festivales para bailar “D.A.N.C.E.”, y escuchando “Woman” podemos decir que con razón.

15PixiesHead Carrier

Una banda debe saber lo que su música puede dar de sí y si está en condiciones de reaparecer en escena o debe preparárselo más. Pixies han sido autores de obras clave para la música en general, hasta el punto de que las últimas generaciones de compositores los citan como influencias. Sin ellos no hubieran podido fraguarse igual Radiohead o Nirvana, por ello me cuesta concebir que sean los mismos autores de “Surfer Rosa” o “Doolittle”, por mucho que traten de imitarlos. Normalmente cuando uno se encuentra con una agrupación tratando de desenterrarse a sí misma espera por lo menos un par de temas estrella que lo justifiquen, un par de perlas rodeadas de estopa, pero no las hay en “Head Carrier”, y no puedo evitar acordarme del regreso de Queen con su “The Cosmos Rocks”, y la amputación del 50% de los miembros. Incluso dejando de lado el hándicap de una banda clave en la historia de la música, el trabajo es muy pobre, está agotado y se sirve de elementos viejos propios y ajenos. Quizá si los muchachos de Massachusetts tomaran en consideración sus limitaciones y probaran a innovar teniéndolas en cuenta, como ya hicieran en su primer EP “Come on Pilgrim” o como nos sorprendió Bowie con su despedida, en vez de intentar repescar la fórmula del éxito, volverían a estar en boca de todos. Con “Head Carrier”, desde luego, no lo consiguen.

16BastilleWild World

Nos sigue costando acabar de entender la jugada de Bastille, cuyas ambiciones parecen dramáticamente diluidas en “Wild World”. Los británicos han firmado 14 temas que apenas podríamos distinguir si los escuchásemos simultáneamente. Eso sí, la intención queda clara: llenar aforos, conseguir temas lo más ‘catchy’ posibles para que el público pueda corear a viva voz, y si hace falta repetir hasta la saciedad una misma frase (ahí tendremos las trompetas para que no se note que las figuras retóricas no acaban de llevar a ningún sitio). “Wild World” es un disco al que se le ve el plumero enseguida, casi todos sus temas siguen la misma estructura, milimetrados para contentar a las radios y ser, como decíamos, épicos coros de estadio. Pese a ello, no penséis que en esta casa odiamos los hits de estadio, qué va, que por aquí hay alguno que es capaz de ver dos veces a Coldplay en pleno 2016. El problema con Bastille es que parece que les faltan ganas para incluso buscar el levantamiento millennial, ni siquiera la hipersensibilidad de Dan Smith nos resulta creíble cuando vemos temas tan encorsetados, tan banalmente grandilocuentes y, finalmente, tan genéricos. Nos joroba que Bastille se hayan encerrado en sí mismos y no hayan querido trascender, o apuntar más allá del superhit, haciendo de este álbum un torrente de canciones de las cuales muy pocas van a resultar memorables en la discografía de los londinenses.

17Kaiser ChiefsStay Together

Intentar cambiar es de valientes, pero si no se sabe hacer bien, intentar cambiar pasa a ser de inconscientes, y en casos muy extremos hasta de idiotas. Algunos se quejarán de que todo esto con lo que nos vienen Kaiser Chiefs ahora suena excesivamente genérico, que la ausencia de peligro es insultante, que ya no tiene ese gancho histérico característico suyo. En el juego del riesgo, a veces se pierde y a veces se gana, y Kaiser Chiefs han perdido mucho con “Stay Together”. Aun así y como mínimo, han sido coherentes a la hora de presentar su propuesta transicional y han ido a por todas: electropop inocentón desde que sale hasta que se pone el Sol, 11 temas concebidos con cariño e ilusión para pasar por tu vida dejando la menor huella emocional posible. Toda pifiada tiene su lado positivo, por otra parte; para el próximo disco, les quedará poco que perder. Y de verdad que es entretenido de escuchar mientras le pasas el plumero o el antivirus a algo, no sangran los oídos ni nada por el estilo. La humanidad y Kaiser Chiefs sobrevivirán.

18DIIVIs The Is Are

Casi siempre, a la hora de calificar un disco como ‘flojo’ o ‘decepcionante’, entran en juego elementos (siempre subjetivos) que se encuentran fuera del espacio de control de la banda. Digo esto porque poco o nada podían hacer DIIV para que yo no me esperara un discazo cuando anunciaron su vuelta con “Is The Is Are”. Así es, las expectativas nos jugaron una mala pasada a la mayoría de los que seguíamos la trayectoria de la banda, aunque sólo fuera de reojo. Pero más allá del revuelo levantado con “Oshin”, el consecuente hype por su nuevo material, la larga espera o el concepto del ‘difícil segundo álbum’ al que la banda tuvo que hacer frente, lo cierto es que los neoyorquinos suman en su segundo esfuerzo toda una serie de desaciertos que hacen que los que nos situamos dentro de su público objetivo podamos acabar la reproducción de “Is The Is Are” con el gesto torcido y pidiendo la hora al árbitro. Al final, entre sus virtudes (este grupo tiene muchas) encontramos una banda que no ha sabido corregir errores del pasado y ofrece demasiadas canciones demasiado largas, demasiadas referencias demasiado obvias, dejando transcurrir demasiado tiempo entre su debut y su segundo elepé.

19RihannaANTI

No os vamos a mentir. Rihanna triunfa con todo lo que saca, aun utilizando la rumbapop como sucedáneo del tropicalismo que tanto se ha explotado este año. No hay que negar que “ANTI” es un álbum muy diferente al pop comercial que ha marcado toda su carrera, más experimental dentro de toda la parafernalia urbana multigenérica, pero no convence. Sigue siendo una mujer de singles: la carismática manera de alzar su calidad con sus respectivos videoclips hace que lleguen al top de un día para otro. Sólo hay que ver “Work”, una canción realmente espantosa que ha respaldado (y mejorado) los resultados de sus anteriores éxitos en las listas musicales. Ni que decir tiene de “Needed Me”, claro sleeper del disco, que ha llegado al top 10 de manera lenta, pero bien procesada en los oídos de la gente. Aun así, su disco no ha llegado a cohesionar de la manera que la de Barbados deseaba, resultado de dos facetas contradictorias: una primera parte intensa, asonante y apabullante, que no te deja espástico de milagro; y una segunda en la que se limita a bajar el volumen y a realzar la calidad del factor balada junto a alguna que otra experimentación como ya vimos (Motown o la versión urban del tema de Tame Impala). Ni que decir tiene de la crítica a la industria que ella propone cuando su figura mediática pende del hilo de una decena de compositores. Buen intento para sus reflexiones morales, pero no lo suficiente como para convencernos.

20RobeDestrozares. Canciones para el Final…

Recorre “Destrozares” una redundancia disfrazada de insistencia que flaco favor hace a las ínfulas de artista carismático, independiente y voluble de Robe. Recorre un chillón propósito de la autoafirmación peor entendida, de la de ‘yo quiero hacer esto’ en lugar de ‘lo he hecho’. Una, ay, búsqueda de justificación que nadie, ni siquiera los más ominosos haters de su lado bucólico, le habían pedido nunca. Una postura que no deja de tener su gracia, claro, en estos tiempos en que devolver la música a la tierra firme se ha convertido en una fase que cada grupo nacional de mayor o menor ambición tiene que acabar atravesando… pero que está demasiado marcada, y que incluso se acerca peligrosamente a lo pueril. Así las cosas, a ver quién es el guapo que diagnostica la forma artística de Robe sin ponerse apocalíptico, o no se pregunta si cosas así –que no nos equivoquemos, están absolutamente arraigadas en el ombliguismo más clásico y excesivo– habrían llegado a pasar al amparo de la marca ‘Extremoduro’. Si alguien, vaya, habría conseguido de este modo pararle los pies. Si todo esto nos lleva, inevitablemente, a la conclusión de que Robe no es Extremoduro. Desde luego, en “Destrozares. Canciones para el Final de los Tiempos” no lo es. Y por eso es tan mal disco.