Te subes al escenario y todo cambia. Da igual que estés tocando en una salita de un bar que en una tarima a tres metros del suelo frente a trescientas personas; tienes que replanteártelo todo. Pensar en afinar la guitarra por tercera vez. Respirar hondo. Darle un trago a la cerveza de trigo. Darte unas palmadas metafóricas en la espalda. “Ánimo, valiente”.

Y una vez estás ahí, en medio de todo, la noción de la realidad se vuelve transgresora y no te enteras por completo de todo. Es como el sexo: todo a tu alrededor se difumina, las palabras propias y ajenas pierden su significado, los problemas y angustias se vienen abajo para que todo lo demás se venga arriba. El tiempo se distorsiona, y en medio de toda esa vorágine de sensaciones, tú te sientes como un dios creador al octavo día: extenuado y, a la vez, lleno de energía, de una satisfacción más allá de la endorfina que te hace sonreír como si fueras idiota. Tal vez lo seas: la persona más idiota y feliz que ha tirado abajo un escenario. O una cama. Y quienes te miran al otro lado de la sala y de las sábanas saben lo mismo que tú, y sonríen a su vez.

Todos tenemos parte de esa magia, pero algunos son mejores maestros que otros. Yo tuve la suerte de aprender de los mejores, y eso que llegué totalmente a ciegas. Pero no necesitaba conocer las palabras ni entender las canciones si cada maldito pulso me cogía el alma y la hacía saltar, tensa de puro éxtasis. No necesitaba pensar demasiado en la voz hipnótica de Abraham, en las distorsiones graves como el rugido de un león del bajo de Eduardo, en los técnicos chirridos de las cuerdas de Luis, en aquella masa de madera y metal que César hacía retumbar como una tormenta con hi-hats.

Aquellos cuatro jodidos maestros encajaban entre sí como si fuera lo más natural del mundo, pero era en realidad el caos mejor organizado, el cúmulo de improbabilidades con más suerte y experiencia que había presenciado. No se salían del guión: lo estaban escribiendo sobre la marcha. ¿Para qué más recursos teniendo esa imaginación, esa habilidad para imbricarse los unos con los otros y llevar toda la canción adelante, hacerla rebotar contra el público y que éste se entregase en cuerpo y alma a cada maldita nota?

Y tú estabas ahí, y nada podía salir mal, y no tenías vergüenza en volcarte con esos estribillos y esos coros que acababas de escuchar por primera vez pero reverberaban en tu pecho como si los conocieses de toda la vida. No nos habría importado desgañitarnos por el rock y contra el capital durante otras dos horas más, la furia y la fiesta podrían haber durado toda la noche; podrían continuar a día de hoy, en realidad. Aún podemos aguantar, ¿verdad?

Aún no ha salido el Sol.

Fotografía: Javier Rosa