Cuando William Blake trató de anunciar a los hombres la depuración de unas puertas de la percepción permanentemente cerradas y tras las que se ocultan las cosas tal y como son en realidad, es decir, infinitas, no estaba haciendo alusión a una verdad revelada ni a la existencia de un mundo más allá de la mente, sino a la ristra de limitaciones autoimpuestas por ella. Pero unos ciento cincuenta años después, su simbología se sumaría, junto con otras interpretaciones espurias, a la mitología del LSD y los demás alucinógenos, cuya finalidad era alcanzar esa tierra que no podemos ver por culpa de nuestros sentidos, y que se oculta detrás de las marmóreas puertas. Desde 1965, usando como cabina el sótano del London Fog en Los Ángeles, Ray Manzarek y Jim Morrison intentaron cruzarlas. John Densmore y Robby Krieger les seguirían en la oscuridad, y los cuatro emprenderían el viaje valiéndose como lumbre de un distintivo órgano Vox Continental.

Por medio de 50 temas vamos a pretender seguir la trayectoria que trazaron a través de este reino cavernoso y extraño, desde la aparición de su quimérico debut hasta la arriesgada intrusión del vocalista y líder, que fue engullido por sus sombras a los veintisiete años de edad.

“The Doors” (1967)

Poco después de adueñarse del London Fog, The Doors decidieron agrupar algunas de sus improvisaciones junto con poemas de Morrison y darles forma, para obtener lo que sería su primer acercamiento al otro lado. Dicha inmersión daría sus frutos a principios de 1967, aunque se grabaría en su totalidad medio año antes. Para comenzar con “Break on Through (To the Other Side) la banda debía desmenuzar la barrera que conocemos como transición del día a la noche e imbuir al público en una nueva realidad. Ellos, acostumbrados a las improvisaciones y la conversación fluida, no podían esperárselo. Las paredes se esfumaron. Había que desasirse de toda relación con el exterior antes de abrir la brecha, cualquier dirección debía quedar al alcance. Rubíes, esmeraldas, amatistas flotando, collares completos. Un ritmo familiar se escuchaba al otro lado del agua, e invitaba a perseguirlo, mientras las letras crípticas llenaban el abismo de caminos. Por fin una señal, un cartel luminoso. Ya se empezaba a sentir el calor de un lugar querido. Ahí estaban las letras de Soul Kitchencon sus puertas abiertas al amor libre, algo entre físico y mental. Es difícil de explicar, preguntadle a Jim. Creo que había otros sitios pero ninguno como aquel, cuando los demás cerraban ése seguía abierto. Y cuando digo que había muchos me refiero a muchos. Una arboleda de neón. Solíamos coger una barquita con algo de congoja por los recientes rechazos. Olas del piano trataban de avivar el trayecto. En The Crystal Ship se escondía una balada con fuerza y corazón.

Fotografía: Henry Diltz

Antes de que la cubierta se volviera completamente transparente y desapareciese había que intentarlo una última vez, había que reponerse. Twentieth Century Foxno volvería a engañarnos. La vimos usar sus viejas jugadas de colegiala intelectual en las esquinas, pero no volvimos a caer. Estaba abierto el teatro y pensamos: “Mejor evitar pasar a su lado”. A ver el cartel. Una nueva versión de Kurt Weill sin la diva Ute Lemper. Aunque no fuéramos muy partidarios de las versiones debimos reconocer el gusto en la elección de Alabama Song (Whisky Bar) como luego harían y secundarían artistas de la talla de Bowie. Una nueva y misteriosa seducción se sentó a nuestro lado. Sombrero de pluma, majestuosas medias. Apenas hubo tiempo para verle la cara, aunque ni siquiera hubiera hecho falta. Mientras, en el escenario, sin notar nuestra ausencia, tuvo lugar el simple pero penetrante solo de Manzarek, en especial cuando la lasciva percusión de Densmore se alió con él. Y no digamos los tres a la vez: la guitarra de Krieger, ácida como para disolver las candilejas en una visión espejada. De la hipnosis nos sacó el archiconocido estribillo de Morrison. Era la versión íntegra de Light My Fire, sin los sádicos cortes de los sencillos. Cuando nos quisimos dar cuenta la muchacha se había ido, y en su lugar, esperándonos en la puerta, estaba el lince del club, ése que aguarda a la salida de las fiestas por si cae algo o, como decidió llamarlo Howlin’ Wolf, “Back Door Man”. Hablamos con él. Acompañando los manidos acordes con una voz desgarrada y el organillo la oscuridad a sus espaldas se estaba desvaneciendo. ¿Qué era aquello que se veía en el horizonte? Una luz trémula, muchas, deambulando ebrias por los callejones para esconderse de vuelta en los cubos de basura y torpemente disimular al Sol sus decepciones. “End of the Night” es una demacrada “Sunday Morning” que muestra abiertamente su maquillaje abigarrado pero guarda la delicadeza y el encanto de los desconocidos. Y todo bien hasta que llegó la ácida realidad, pero la afrontamos con dignidad. Mucho más alegre y rítmica vino “Take It As It Comes”. Aunque por el momento desconocíamos que la odisea nos esperaba a la vuelta de la esquina.

La arena se arrastró débilmente sobre nuestras zapatillas, las enterró. Quedaba el desierto. Siguiendo las huellas de Dylan mientras musicalizaba versos, porque las de los goliardos ya las había borrado el tiempo, bajo el calor soporífero que produce alucinaciones, iniciamos la marcha. Una etapa había terminado. Apenas resistían unas últimas fuerzas, conteniendo la desazón del final. Nadie a quién preguntar, ningún camino por el que optar pero la necesidad de avanzar para no desfallecer. Días deambulando, quién sabe cuánto. Y dentro una rabia incontenible. Blasfema, ve creciendo hasta volver el desierto una ridícula mota, expulsa lo que lleves dentro. Como expresión lánguida, que igualmente termina muriendo, se arrastraba la resignación en “The End”, hasta perderse en la intersección dorada.

“Strange Days” (1967)

Pero como siempre hay una ciudad cerca, una limusina, una señal de tráfico, un apartamento dedicado a recoger a los desamparados por el desierto, la historia debía continuar. Si el primer trabajo de la banda había despertado unos ojos para nosotros desconocidos, el segundo iba a alterar ligeramente la fórmula, recargando algo más las canciones con las aceras viciadas por el humo y la temperatura, mermando la improvisación y los solos místicos por la calina de una escena callejera. No faltó quien señalara una menor cohesión en el álbum principalmente por el escaso tiempo en que se habían ideado los temas, y aunque se trate de algo relativamente cierto, con composiciones dispares e incursiones poéticas de Morrison, muchas de las consideradas obras maestras del género no son otra cosa que listados de canciones intercambiables. Además, Jim se estaba ganando una imagen huraña, especialmente tras el incidente durante la pasarela de artistas que era el show de Ed Sullivan (el mánager recomendó al cantante omitir cierta parte de la letra pero por unas razones u otras éste reprodujo la versión original). Por ello no resulta raro que “Strange Days” nos acogiera también a nosotros como a extraños. Era un comienzo en toda regla, con el nuevo sintetizador Moog como cabecera, una nueva marca de cigarrillos, balcones torcidos y cuestas que se perdían en los locales más estrafalarios. ¿Cómo contactar con la gente, qué decirles? Necesitábamos una mano o nos hallaríamos perdidos. “You’re Lost Little Girl” es una desvalida tarde en una ciudad de espejismos, abandonada por los atípicos horarios de las panaderías y las farmacias. Salir a la calle y descubrir que no hay nadie. Magnífica en su incertidumbre. Pero de pronto unos músicos, un amable ofrecimiento en una terraza, la vida resurge de algún lugar. El mundo no está tan solo después de todo. Un atípico y fantástico solo de Manzarek. Hay un gran salto hasta llegar a “Love Me Two Times”, descubierto el encanto de los barrios y los gritos acostumbrados entre tenderos, comerciantes y niños captores de manzanas. Sencilla, alegre y efectiva. En “Moonlight Drive” ocurre parecido. Inscrita en una atmósfera psicodélica sabe anclarse a tierra a medio camino con el blues, estrategia que potenciarían más adelante en la carretera.

La plaza se llena de personajes atípicos, lánguidos o eufóricos, de habitaciones en las que se arma la marabunta. ¿Y nosotros? Bueno sí, somos extraños, y qué (bebe un trago de cerveza), a veces solos, otras rodeados, de gente divertida y estrafalaria. Toca sentirse maldito, pero inexplicablemente animado en “People Are Strange”, cuando las cuatro voces de la banda se unen para compadecerte porque ellos también se encontraron así alguna vez. El toque teatral sobresale entre los taburetes, invitándonos a entrar en el espectáculo. No es caro. La estética de los cabarets se sumaría a las influencias de los Doors como en el admirado Kurt Weill o los alocados Magma. Douglas Lubahn es el invitado escogido (y frecuente figurante) para despertar el hipnótico bajo de “My Eyes Have Seen You”, hasta la verdadera función que se despliega en el estribillo e invita a subir y desentenderse del control. El uso de la marimba oscurece y da pie a una interesante “I Can’t See Your Face In My Mind”. ¿Serán las burbujas del champán? Los ojos que nos atrajeron a esa mesa han desaparecido, han dejado el escenario, no están hablando con ningún otro hombre. Las visiones de fantástica pesadilla danzan en la oscuridad como en la mente de David Lynch, mientras las luces aminoran su velocidad sobre el telón y empiezan a deshacerse. Finalmente el espectáculo se acaba, y tratando de repetir el éxito de “The End”, “When the Music’s Over” figura en una escena más realista, tratando de desvariar con la actuación de las guitarras y los misteriosos silencios y timbres, pero carece de una progresión tan ocurrente como la de su antecesora. Una reexposición desgarrada trae consigo el cierre, la fregona y la negativa de los últimos borrachos.

“Waiting for the Sun” (1968)

Mezclado con una importante adicción al alcohol y las drogas, la absorción de sus proyectos poéticos impedía a Morrison centrarse en el grupo, y aun así consiguió llevar a término un tercer trabajo bastante logrado. “Waiting for the Sun” no deja de ser un volumen de canciones como cualquier libro de madrigales o ciclo de Lieder, pero logra mantener un discurso coherente con escasos prescindibles. Mejor adaptado al panorama comercial “Hello, I Love You” nos devuelve a una calle en la que no resultamos extraños, e incluso nos encontramos con valía suficiente para hablar con una desconocida. No faltan los sintetizadores archiconocidos del grupo. Pero subamos un poco más la calle, en la intersección con “Love Street”. Se trata de un barrio residencial, con algunas casas y sus jardines, y según me han comentado ella vivió en una, junto con Jim. Es un sitio agradable. En una de las fincas hay un piano, y sobre él creo que es Manzarek practicando un protagonismo modesto, soleado, pero con gusto. Vamos un poco más arriba, pero cuidado. La verdad es que hace un rato que las casas han dejado de sonarme, nunca antes había pasado por aquí. Una siniestra y sardónica melodía suena desde la mansión en lo alto de la colina. Nos estamos acercando demasiado. ¡Cuidado! Se desprenden unas cuantas rocas acantilado abajo. “Not to Touch the Earth” es sin duda uno de los puntos fuertes del álbum, un caserón tétrico donde vive el Rey Lagarto, pseudónimo que se buscó el líder de la banda para sus poemarios, en los cuales pareció involucrarse más que en su papel de compositor y vocalista.

Name? Occupation?

En tan íntimo lugar se recorta una sombra. O quizá lo imaginemos por el exceso de calor. Parece un hombre, es un soldado. Está tan maltrecho pero se mantiene erguido, como si unos ideales aún lo sostuvieran. “The Unknown Soldier” llevaba muchos años desaparecido, ya no quiere regresar a la civilización. Ateniéndose a una de las formaciones más acostumbradas de los Doors (versos en un aura intrigante, intercalados con varias estrofas y un final más enérgico) el militar se detiene, carga, y es disparado. Estos elementos extramusicales no aparecen en el breve vals “Wintertime Love”, un descanso para el oscurantismo de este trabajo hipnotizado por la canícula. Porque “Spanish Caravan” nos vuelve a introducir en esos ojos misteriosos, esta vez versificando una melodía conocidísima: el “Concierto de Aranjuez” de Rodrigo, tantas veces interpretado por el maestro Paco de Lucía. Andalucía de vivas flores, seca y hermosa. Una explanada tenemos delante, y una cadena de hombres arrastra el arado. Esta tierra de recuerdos gentiles es la misma tierra que ha esclavizado a los hombres, fruto del trabajo y las canciones más amargas, a partir de ella nació el blues, y después el jazz y los demás géneros de la llamada ‘música negra’. “My Wild Love” subyuga las voces y su carne, que se consuelan pensando en la amada a muchas millas de allí. Necesitamos paz, y es precisamente lo que nos ofrece “Yes, the River Knows” con su aire otoñal, impresionista, un verano que se acaba y una melodía dulce y original. Era momento, entre tanto secano, de que llegáramos al agua que purifica y perdona. La fluctuación entre la guitarra y el piano establece un manto de hojas, un viento leve y cargado de memorias. Uno de los pocos temas cuya autoría no pertenece a Morrison, sino a Krieger. Aquel cuida, en el último corte del álbum, más la lírica que la música. “Five to One”, liderada por el bajo y abiertamente maligna, con sus seguidores arrastrando unos coros fangosos y una pesadez característica, pone fin a un entretenido y por momentos fantástico tercer trabajo de The Doors.

“The Soft Parade” (1970)

A partir de aquí el sonido característico de la agrupación probaría nuevas y luminosas sendas, unas más y otras menos acertadas. Posiblemente el ejemplo de lo segundo lo tenemos en el cuarto LP, “The Soft Parade”, en el que la orquestación y los arrebatos bluseros no terminar de cuajar en la mezcla. Esa oscuridad matinal en la que figuran los cuatro miembros aparece velada por las desavenencias entre ellos, especialmente debidas a las adicciones de Morrison. ¿Dónde están las puertas? Parece que hubiéramos regresado al bar, con una bebida en la mano y nuestros compañeros de fatigas atendiendo a la comprensible estructura de “Tell All the People”. Logran entretenerte, de hecho son espléndidos para un baile, ciudad abajo. Siguiendo unas letras mucho más convencionales llega el exitazo “Touch Me” que, ateniéndose al movimiento de cadera de los clásicos, figura como una simpática declaración de amor, con intermedio meloso y todo, trabajada armonía de Hollywood en la que pasa desapercibido el clave y un solo de saxo que no hace demasiado por aproximarse de vuelta a la región penumbrosa. Algo más jazzera pero sin ningún afortunado exceso continúa “Shaman’s Blues”, estrofas que inconcebiblemente se atribuyen a Jim. Momento sin pena ni gloria de Manzarek. Con sorpresa adviertes la cantidad de músicos que suben y bajan del escenario y recuerdas cómo embrujaba aquel mimbre lleno de huecos, el barco que era poco más que una cáscara. Después de un par de cortes bailables al estilo de los que luego se entrometerían en los trabajos progresivos de Emerson, Lake & Palmer, llama la atención “Wild Child”, un blues militar y enloquecido por los arpegios de Krieger. Vuelve a llenarse el escenario de gente en “Runnin’ Blue”, con unos arreglos más llamativos. Pero en esta ocasión Krieger se sube con un espíritu bluegrass pueblerino y sus cortas intervenciones acompañadas por el violín hacen que dejemos de prestar atención al pasivo recorrido de la aceituna por la copa y quieran irse nuestros zapatos detrás de él. “Wishful Sinful” invoca a las ondinas en una prometedora introducción hasta que se convierte en la banda sonora de algún matinal sureño. Mientras sus alegres componentes evitan mostrar el recelo que se tienen ante el público un innecesario solo de oboe y la orquestación siguen pintando montañas y siemprevivas. Sin embargo el punto más dudoso del álbum está por llegar. El inicio de “The Soft Parade” recuerda a las grabaciones MIDI, y lo peor es que nunca termina de convencernos de lo contrario. Es un collage inconsistente que trata de poner fin al álbum con una interesante poesía atribulada por los estados de ánimo que los componentes parecen estar atravesando. La Bonzo Dog Doo-Dah Band hacía cosas parecidas con una calidad considerable, pero no iban en serio. Finalmente la policía sube al escenario y se lleva detenido a Morrison, con varios cargos, cerrando 1969 como uno de los peores años para la banda.

Fotografía: Henry Diltz

“Morrison Hotel” (1970)

Después de pagar las consumiciones y regresar a casa sólo queda permanecer atentos a la radio para escuchar novedades. Aforadas las fianzas, en febrero de 1970 se anuncia su regreso a dos negocios muy dispares: el Hard Rock Café original y el Morrison Hotel. En el primero las peleas no deberían ser frecuentes, pero cuando hace su aparición un boogie como “Roadhouse Blues” la cosa se puede poner tensa. Las botas se aúpan a la barra para seguir al piano de Manzarek, que se va a dejar los dedos con la apoteósica variedad de teclados que toman parte en el repertorio. Los cambios de estilo pueden suponer un arriesgado puntapié en la carrera de algunas bandas, pero los Doors sirven cerveza como nadie, vigilan la pluma en los sombreros de cada muchacha. ¿Pero qué hay de aquella enigmática luz que se colaba a través de las persianas y dejaba entrever lo que las drogas y la meditación pretenden poder alcanzar? Con un título que ya nos resulta familiar, “Waiting for the Sun” recupera una entelequia de la vieja época, tostando y logrando derretir algunos de los acondicionamientos del local. Más allá un foco rosáceo, una máquina agresiva que se diluye en el espesor de la tarde, hasta que “You Make me Real” nos saca de las cavilaciones con otro 12-bar blues que respeta unos cánones más extendidos que el primero. Alguien revienta una botella, el líquido inunda las espuelas de los asistentes que se limitan a seguir el protagonismo de Krieger hasta el obligado estallido final. Más propia y ambigua nos resulta “Peace Frog”. Estamos viendo un episodio de la infancia del propio cantante. Madre mía, no es whiskey lo que moja el entarimado, sino sangre. La calle y el planeta entero están repletos de sangre, pero al estar seca le hemos quitado importancia. ¿Cómo no va a estarlo si vivimos en un mundo de imbéciles? “Ship of Fools” podría llevárselos a todos derechos a la Luna, y que la fastidiaran también allí. Nos hemos subido, que nos lleve al hotel donde espera la banda para proseguir su concierto.

De camino podremos ver las ballenas que azuzan la nave en “Land Ho!” o la historia de cómo emigramos hasta aquí. En un viaje así no faltarán las intrigas, y el timón eléctrico hará de las suyas retomando la comandancia que había adquirido en los primeros trabajos. Pero para misterio el hombre que espera a la puerta del Morrison Hotel. Otro blues se desprende de su cigarrillo y su abrigo, y en cambio al llegar al estribillo muestra una sonrisa muy distinta. Nos cae simpático. Dice saber todos nuestros secretos amorosos y miedos más internos. “The Spy” no quiere marcharse, y deja divagando a los músicos a la espera de entrar en el local y que sus leyendas se revelen. No es culpa del espía, pero algo me dice que no nos aguarda nada bueno. Efectivamente, ella está dentro. No te puedes librar de una mujer así. “Queen of the Highway” aplasta una cucaracha con uno de sus tacones. Sigue completamente desnuda. Pero es mejor prestar atención a los músicos que están montándola en el escenario, porque de aquí saldría un directazo, al que titularon “Absolutely Live”, con el estreno de la tan deseada “Celebration of the Lizard”, suite en la que el poeta desvela su imaginario más extravagante.

Music is your only friend until the end… Until the end, until the end

“L.A. Woman” (1971)

Sin embargo, terminaría aborreciendo esta faceta. Morrison se deja barba, abandona el uso de las drogas psicodélicas pero se baña en alcohol cuando tiene oportunidad. La banda deja de tocar y se acerca a la desaparición. Afortunadamente, antes de ello sus integrantes se reúnen para grabar otro álbum, que la muerte del vocalista impregnaría de leyenda: “L.A. Woman”. Todavía más influenciado por el blues que su anterior disco de estudio, como demuestra “The Changeling” con unos rasgueos mínimos. El momento clave llega con la conversación de Krieger consigo mismo, doblando la guitarra sobre un muro de sonido producto del teclista. También digno de mención es el cambio de registro de “Love Her Madly”, que aún ocultaba algunas flores de su etapa inicial. Los colores se despliegan sobre anaqueles y botellas. Rápidamente el camarero se deshace de cualquier manifestación pictórica antes de que llegue “Cars Hiss By My Window”, sobria  y pesada como una tarde sin clientela. Robert Johnson estaría orgulloso, aunque es de agradecer que los temas así en el álbum no sean multitud. El tema se desvanece con la vocalización de Jim acercándose lo máximo posible al sonido de una guitarra. En ese momento llega la estrella de la primera cara. “L.A. Woman” va cogiendo cuerpo a medida que sus ruedas se adentran en la ciudad. A lo largo de sus ocho minutos cambia numerosas veces de volumen, como si pasara de los barrios más conflictivos a los más pacíficos. La canción es un buen ejemplo de cómo una vez más la banda logra aplicar al nuevo estilo su impronta misteriosa.

Terminamos en la estacada. No recuerdo qué fue lo que dijo Jim pero las puertas del monovolumen se abrieron y salimos despedidos, con maletas incluidas, a la temblorosa realidad del desierto. Momento propicio, después de un rato caminando bajo un Sol a punto de desaparecer, para reconocer: ya hemos estado aquí antes y, ¿a qué ha venido todo este viaje? ¿Es porque frente a nosotros, envejecido por esa búsqueda truncada, se vuelve a abrir el umbral, la cuenca sin párpado donde se guarda lo que realmente es? A pocos minutos de finalizar el viaje, “L’America” recupera los tesoros del origen, interpolados con un blues del nuevo registro que resta malevolencia al encuentro. No estamos solos. Algo remueve la arena, se desliza por debajo. Sale de su madriguera y se recoloca el sombrero, la enorme serpiente resulta una vieja conocida, “Crawling King Snake” tiene mucho de poeta, adora la bebida, y está pensando fundar una radio. Aunque la ha contado demasiadas veces, narra con paciencia la historia, haciendo gala de vez en cuando de su danza. “The WASP (Texas Radio and the Big Beat)” aporta una estructura más original al clásico ritmo del desierto. Pero hemos llegado hasta aquí por algo bien distinto. El viaje está a punto de acabar. La serpiente apremia su discurso, se ayuda de la cola para situarse el monóculo y pasa a través de la abertura, seguida de los indecisos músicos. Es hora de volver a casa. Escucha y sigue la voz susurrante a través de la tormenta de arena. Antiguas imágenes llenan la oscuridad, oro, cálices, una civilización poco a poco comprensible, de incienso y neón. Jim, no podemos quedarnos aquí mucho tiempo. Pero él está demasiado absorto, se agarra del brazo de Pamela, y a medida que canta “Riders on the Storm” la violencia del aguacero va incrementando, abigarrando los colores y los templos que nunca debieron ser mostrados. Finalmente la mano de Pamela suelta la de su compañero, y éste se pierde en la tormenta, mientras sus tres compañeros observan cómo la puerta se cierra y el guía se queda del otro lado. Bellísimas visiones cierran la brecha, brillando entre los dedos de Manzarek.

Do you wanna dance with me?

Todo lo que vendrá después (1972-)

Aún no estaba todo dicho, pero poco quedaba por aportar. Al año siguiente los miembros restantes lo intentarían con “Other Voices”, un resultado poco inspirado que pretende seguir la estela del anterior trabajo, con el teclista y el guitarra a las voces, y una tirada de diferentes bajistas. El problema principal parece estar en la convencionalidad de los temas y en la ausencia de materiales con los que fabricarlos. Con un terrorífico comienzo, “Full Circle” repite hazaña. El pop y el toque sureño se cuelan abiertamente en sus pistas, confeccionando un cóctel relamido que no tiene otra intención que la de incitar a la gente al baile, además de alguna contaminación jazzística que pudiera haber resultado una apuesta más interesante. Poco después el trío se desmonta, no sin antes intentar unas últimas bocanadas en otro proyecto llamado Butts Band, que llegó a sacar dos trabajos. Morrison sería momentáneamente resucitado en “An American Prayer”, una colección donde los músicos pondrían sonido a la voz del muchacho recitando sus poemas, obteniendo un relativo éxito comercial. Puede hablarse de proyectos paralelos, de mayor o menor envergadura, pero después de “L.A. Woman” las peripecias musicales de los miembros restantes poco tienen que ver con la etiqueta de ‘The Doors’, ya sea como concepto o calidad compositiva. Queda en curiosidad. A lo mejor algún día la brecha vuelve a abrirse, y de su interior emerge la cabeza de Morrison, embotada aún por lo que le ha sido revelado. Pero de momento hay seis trabajos y un directo que merecen nuestra atención y son capaces de devolvernos momentáneamente las confidencias de cuatro músicos excepcionales, que más de una vez lograron desmenuzar las paredes de nuestro cuarto sombrío y dejar el sofá flotando en un océano de reflejos.