Damas y caballeros, niños y niñas, por si acaso faltaban raritos en el show business, aquí está Kevin Abstract. A veces tiene el pelo rosa, a veces azul, a veces amarillo y a veces se le pone verde cuando le pega demasiado el sol y por culpa del cloro de la piscina. Algunos días le gustan las chicas, la mayoría de días, los chicos, y además lleva gafas, rasgo físico recurrentemente contenido en el típico cuadro sintomático autista. A través de “American Boyfriend: A Suburban Love Story”, su segundo álbum tras un debut más popero titulado “MTV1987” en 2014, airea todo tipo de anacronismos morales ajenos como la homofobia de su madre o el racismo de sus suegros. Un rapero adolescente sin arraigo y con severas carencias afectivas mistificando distópicamente la época de instituto. Qué súper mega especial, transgresor y trágico, a tope con la COPE, guay del Paraguay.

Ya sé, no era necesario ponerse tan cínico, ¿verdad? De acuerdo, venga, démosle un poco de tregua al pobre muchacho; sus intenciones deben ser artísticamente puras y nobles, o como mínimo cándidas, dada su breve edad. Esa es la presunción de inocencia que se le concede a éste originario de Texas con actual domicilio en California (como toda la gente hermosa y maldita que odia Nueva York) hasta el momento en que se lo lee en un par de entrevistas. En la que concedió el pasado abril a Hunger, por ejemplo, confiesa estar específicamente interesado en hacer lo que él quiere hacer, y que ello “suba hasta la cima y se convierta en lo que es popular, lo que gusta y lo que todo el mundo quiere recrear. Ahora ya sabemos de dónde procedía ese, a ratos inseparable de la pubertad que caricaturiza, hedor a gimnasio de instituto y pretensión, ambos igual de imposibles de enmascarar; a Kevin Abstract le apestan las rastas a que se está creyendo que es la repanocha precipitadamente.

Fotografía: http://www.bornmusiconline.com/

Quizás el artísticamente conocido como Kevin lleve más dentro de sí un Thom Yorke tiznado que un Tupac clarito. ¿Al fin y al cabo, dónde se ha visto un rapero que no enaltezca cada tres pistas la figura materna?

Lo del olor a profesor de educación física segurísimo que viene de una fascinación confesa que le inspiran aquellos años entre pasillos, inseguridades, taquillas, florecimiento sexual, libros de texto y campanas avisando de la hora del bocadillo de mortadela y el cigarro clandestino. No hay más que ver el videoclip con aspiraciones cinematográficas para la iniciática “Empty”, que dedica el ejercicio de iconoclastia audiovisual más brillante de todos cuando sitúa al arquetípico jugador de fútbol americano de rodillas y practicando una impermeable felación a un bicho raro que encima ni es caucásico. Y para cuando al espectador se le empieza a ocurrir que a éste culebrón sólo le faltaría un cameo estelar de la novia animadora del campeón de rugby, ¡boom!, ahí asoma por la puerta.

Para juzgar “Seventeen” y su cursilería prosaica en pleno ejercicio de conciencia, es probable que se requiera tener 13 años o el diario que se escribía por aquel entonces muy a mano. Si no se da ninguna de las anteriores situaciones, hay frases que dan un poco de vergüenza ajena (“He introduced me to all his friends / I thought they were cooler tan anyone I’d met before / Dressed well and we made a band) y ponen en evidencia ésta ilusión óptica freudiana según la cual los adolescentes son algo más que gente deforme, desequilibrada y calenturienta. “Blink” es la típica pausa de 3 minutos que se concede el músico para masturbarse cerebralmente, pero seguida va “Friendship”, la primera de cuatro breves e interesantes pinceladas esquivas de algún sentimiento poco definido (“Kin”, “Flintridge” y “June 29th” siendo el resto). Una auténtica monada, pero recuerda preocupantemente al “Fertilizer” de aquel “channel ORANGE” del que claramente Abstract aún no ha logrado recuperarse (¿y quién sí?).

El álbum tiene de rap sólo el pretexto del negrito marginado; el resto es pop lánguido-barroco, pero de nuevo, el buen gusto sobre el que se sustenta le salvaguarda de cualquier tropezón estrepitoso.

Tattoo”, por su parte, será el primer experimento místico-pop de “American Boyfriend”, con su intrigante repetición en bucle del mantra “Say it’s okay when it’s not hasta que deja de tener sentido, se hace realidad o evoca una suerte de espiritualidad de venta en McDonald’s, lo que suceda antes para el oyente. Mientras tanto, “Yellow” demostrará que quizás el artísticamente conocido como Kevin lleve más dentro de sí un Thom Yorke tiznado que un Tupac clarito. ¿Al fin y al cabo, dónde se ha visto un rapero que no enaltezca cada tres pistas la figura materna? ¿Dónde se ha oído el sonido impío de ese órgano antes? Nunca en la beata Atlanta en la que dice haber vivido. Suburban Born” es la típica pausa de 1 minuto que se concede el músico para masturbarse cerebralmente por segunda vez, y “Runner”, sin duda, se alza como el single inesperado, el que pudo ser y que fuera probablemente descartado por ser demasiado fácil de digerir y no parecerse lo suficiente al “Pyramids” de su predecesor Frank Ocean, a pesar de hasta haber sido producida en parte por su primo, Michael Uzowuru. Lo de éste chico es admirable; no disimula el fusilamiento simbólico ni en las fotos con cascos de moto que se hace, ¡con un par!

Papercut”, como oda a la autoaceptación, no soluciona gran cosa, pero si empieza mediocremente, ha de reconocerse que hacia el minuto y medio se vuelve soportablemente rimbombante y enternecedora. La reducción esencial de “American Boyfriend: A Suburban Love Story”, eso sí, queda transcrita en el dúo americano que forman las contiguas “Miserable America” y “American Boyfriend”, ambas contenedoras de dosis concentradas del pop noventero y dosmilero cutre representado por peña tan olvidable como Vanessa Carlton o Sunny Day Real Estate. A pesar de ello y con encomiable mérito, en su escucha se haya una apoteosis de épica yankee onírica invencible.

Lo que no tiene perdón de Dios por parte de la prensa especializada es comparar constantemente cualquier fase dentro de la discografía de Frank Ocean con “American Boyfriend”; mientras lo primero es un inaudito y necesario himno globalizado a la vulnerabilidad, el segundo es simple atrincheramiento, tras una fragilidad decorada con muy buen gusto, de la enésima fábula sobre el inadaptado moderno.

Al otro lado del espejo en el que se mira “Runner”, “Echo” es el single que nunca debió ser. La tendencia de Abstract a reivindicar un instrumentalismo más tradicional (esto es, con instrumentos de verdad) otorgan a su filosofía sónica una calidez orgánica muy añorada en el hip hop que, por otro lado, no le da licencia para pasarse directamente a capitalizar en el universo Mac DeMarco y abandonar por completo cualquier cliché que haga del rap lo que es: rap. “I Do (End Credits)”, como música de fondo para los créditos finales de ésta gran película ciega, sí que se aprovecha de todos los manierismos del slow-flowing, para variar.

Honestamente y a pesar de su insolente bravuconería edulcorada, no dan ganas de ensañarse en contra del esfuerzo de Kevin Abstract en “American Boyfriend: A Suburban Love Story”. Muchas veces, se contradice el infantilismo de su retórica con la grandilocuencia del mensaje que a través de ella intenta formular, y, así y todo, no se acaba de merecer el escarnio total. El álbum tiene de rap sólo el pretexto del negrito marginado; el resto es pop lánguido-barroco, pero de nuevo, el buen gusto sobre el que se sustenta le salvaguarda de cualquier tropezón estrepitoso. Lo que no tiene perdón de Dios por parte de la prensa especializada es comparar constantemente cualquier fase dentro de la discografía de Frank Ocean con “American Boyfriend”; mientras lo primero es un inaudito y necesario himno globalizado a la vulnerabilidad, el segundo es simple atrincheramiento, tras una fragilidad decorada con muy buen gusto, de la enésima fábula sobre el inadaptado moderno.

Cuando el único halago que viene a la mente dedicar a alguien es lo mucho que se parece a otro, mal vamos. Lo cierto es que Kevin Abstract se merece tenerse a sí mismo en mayor estima. Caber en la alargada sombra de un ídolo no habría de ser suficiente para alguien que se pinta de tan ambicioso.

American Boyfriend: A Suburban Love Story

7.2

ES_Listen_on_Apple_Music_Badge_061115Get_it_on_iTunes_Badge_ES_0209

En un mundo post “channel ORANGE” de Frank Ocean, Kevin Abstract y su “American Boyfriend: A Suburban Love Story” escriben, dirigen y protagonizan un grafiti americano sónico para el siglo XXI como si los inadaptados estéticos no hubieran existido jamás y necesitaran de alguien que reafirmara su individualidad. La excusa será la homosexualidad en Afroamérica, pero el verdadero mensaje camuflado es el culto amable a la personalidad.

Up

  • Penosamente, sigue haciendo falta valor para hablar de ser negro, homosexual y rapero en América.
  • La vulnerabilidad de una producción que se aleja del digitalismo implacable de sus tiempos.
  • La resonancia y franqueza emocional de una serie de mantras repetidos y esparcidos por algunas canciones.
  • La cinematografía del álbum como sucesión de escenas sónicas.

Down

  • El mercado de especialitos que se masturban mentalmente está un poco saturado, y Kevin Abstract debería saberlo.
  • La pereza productiva con la que enmarca su historia personal resulta, si no constante, regularmente insolente.
  • Invierte demasiadas energías en marketizarse como artista y pocas en serlo.
  • La narrativa total del álbum no da para tantos minutos y se siente un poco dilatada a la fuerza.
  • A ratos exuda tal desesperación por metamorfosear y salir de su crisálida convertido en Frank Ocean que inspira una mezcla entre vergüenza e incredulidad.