‘Estados Unidos es un país de contrastes’, dicen. ‘Con sus luces y sus sombres’, dicen. Están la Segunda Enmienda, la obesidad infantil, American Apparel, el pop art, Ted Nugent, ese poliespán quemado del que se alimentan los Boy Scouts en las películas… Al mismo tiempo, tienen hoteles en lugares tan cinematográficos como Utah donde ofrecen camas por si el nuevo álbum de J. Cole, “4 Your Eyez Only”, te da sueñito. ‘Si nadie te odia, nadie te ama’, dicen.

J. Cole es ciudadano estadounidense, pero nació en una base militar americana de Frankfurt, Alemania, lo que explica tanto por qué él no es un rapero de contrastes como su más que probable e inconfesable debilidad por el chucrut. Al fundador de Dreamville Records, sello bajo el que viene editando sus trabajos discográficos desde 2013, es difícil amarlo u odiarlo con vehemencia. La neutralidad nunca ha sido caldo de cultivo para ese tipo de arte al que cualquiera debería aspirar, arte que se recuerda pasado su propio momento. Hay un pálpito constante en “4 Your Eyez Only”, una rabieta moderada e irreconocible que sugiere que alguien se ha dado una autobofetada en toda la cara últimamente para despertar del letargo de pacifismo en el que se había atrincherado, desbloqueando por fin la lucha. Una lucha todavía mansa y políticamente correcta, pero lucha, al fin y al cabo, y en toda lucha hay algo de vehemencia.

Fotografía: http://saintheron.com/

Parte del álbum parece girar en torno a la historia de un amigo real de Cole, James McMillian Jr. (su nombre real no se desvela por privacidad), fallecido a los 22 años de edad por perderle un pulso a la justicia callejera.

“4 Your Eyez Only” empieza y acaba con el mismo y melancólico ruido del poner y el quitar una cinta de casete, retrotrayendo al oyente hasta aquel cuarto del artista adolescente donde todas las cosas eran posibles excepto algunas. Huele a pared cubierta de posters que venían de regalo, a alfombra de apuntes, a hormona líquida en probetas de pañuelo desechable, a cerrado, a tigre, a mucha soberbia e insolencia, en general. Como al inicio de “For Whom The Bell Tolls”, el aroma al genio en potencia que todo el que se precie se ha creído durante alguna fase de la edad del pavo se mezcla con el de la lluvia que cae ante los ojos, y por el amor también de unos ojos, pero los de otro ser que ha logrado separar al adolescente del artista, acaba el simulacro de carta suicida que es “4 Your Eyez Only”, bautizando el álbum.

Inmortal”, por su lado, siembra la semilla de la paranoia fanática sobre el supuesto pobre diablo sin voz en nombre de quien J. Cole habla a lo largo y ancho del disco, debatiendo acerca de la naturaleza de lo que es realmente ser un ‘real nigga’: el que escribe versos sobre supervivencia o el que los inspira, todo ello sazonado con una muy oportuna paráfrasis del “Real Niggaz Don’t Die” de N.W.A. Aparte de éste, se permite el lujo de otros dos breves oasis de lobreguez en un, por su parte y mayoritariamente, ligero y acaramelado disco. Como de costumbre y por motivos científicamente no esclarecidos, el arte triste es siempre el mejor arte; bien lo sabe un “4 Your Eyez Only” que no hace más que capitalizar (con nobles intenciones, sea dicho) en la desventura que se muerde la cola de una juventud oscura por las malas calles de los Estados Unidos de Afroamérica. La primera muestra de ello se encuentra en “Deja Vu”, que causó controversia por la similitud con el beat correspondiente de aquel “Exchange” de Bryson Tiller (finalmente resuelta en favor de Cole) y que, a simple vista, parece otra canción pagafantista sobre una chica que prefiere a un capullo en lugar de a nuestro héroe. En lo subyacente, por otra parte, enraíza aún más hondo en el complejo de inferioridad de un chico con grandes esperanzas y orígenes tan humildes como Fayetteville, North Carolina.

A J. Cole es difícil odiarlo o amarlo con vehemencia, y de la misma forma se complica el alzarlo en un pedestal o derribarlo y arrastrarlo por los suelos. Todos los ingredientes están ahí, es casi imposible reprocharle nada desde una objetividad limpia y, sin embargo, su propuesta nunca acaba de saciar.

Con el segundo episodio tenebroso de “4 Your Eyez Only” se descubre la fórmula por la que el resentimiento, mecido entre los brazos del Terapeuta adecuado, prospera en forma de “Neighbors” al canalizarse fríamente; no sólo capta la atención por lo inaudito de la dicción de J. Cole, reminiscente al André 3000 de “The Real Her” (tema en el que colaboró junto a Drake y Lil Wayne en 2011), sino por la historia real en la que está basado su discurso; ambientado sobre una base disonante y fantasmagórica, cuenta la anécdota de la casa llamada ‘Sheltuh’, alquilada para grabar “4 Your Eyez Only”, cuyos vecinos pensaron que se estaban fabricando drogas en el interior y, ni cortos ni perezosos, demandaron una redada policial. Antes de juzgar precipitadamente, debe tenerse en cuenta que lo más célebre que ha dado Carolina del Norte al hip hop desde J. Cole es Petey Pablo, así que no es tan de extrañar que la peña se mosquee. Al fin y al cabo, ¿quién iba a imaginar que tantos negritos entrando y saliendo de un zulo podían no estar cocinando heroína?

Este tío está intentando que limpie mi habitación”, dice un tal DanielAfolabi en la entrada correspondiente de Genius. No exactamente, pero quizás sí que presienta la jerarquía patriarcal afroamericana amenazada cuando uno de los negros en la cúspide de la pirámide alimenticia quiere claudicar del big pimpin’ de sus ancestros para pasarse a doblar la colada. Y es que así de claro lo suelta J. Cole a pocos segundos dentro de “Foldin Clothes”: “I wanna fold clothes for you”. Lírica aparte, un sutil riff de guitarra del que George Benson en su conversión discotequera no se avergonzaría, chocando con la resaltada línea de bajo y unos coros feministas arrulladores hacen de “Foldin Clothes” una micro rareza húmeda y anacrónica dentro del contexto de un “4 Your Eyez Only” que se siente recién abierto y poco lubricado casi todo el tiempo. “Ville Mentality” le seguiría de cerca en calidad de notable excepción climatológica, aunque el enésimo rescate del tema de las vicisitudes de la fama le resta bastantes puntos. Es en la calidez orgánica de temas como éste, independientemente de su solidez global, donde cobra credibilidad la filosofía de trabajo artesanal que estratégicamente deja translucir ese documental sobre la grabación del disco que circula por Internet des del 1 de diciembre, “Eyez”.

Hay un pálpito constante en “4 Your Eyez Only”, una rabieta moderada e irreconocible que sugiere que alguien se ha dado una autobofetada en toda la cara últimamente para despertar del letargo de pacifismo en el que se había atrincherado, desbloqueando por fin la lucha. Una lucha todavía mansa y políticamente correcta, pero lucha, al fin y al cabo.

De acuerdo con las teorías de la conspiración, en “She’s Mine Pt. 2”, Jermaine se enamora de su hija recién nacida del mismo modo en el que lo hizo un rato antes con la pertinente madre en “She’s Mine Pt. 1”. O tal vez no. Tal vez la niña ni es suya. Tal vez lo esté contando todo desde la perspectiva de un amigo imaginario, con nombre y apellidos, que murió a los 22 por perderle un pulso a la justicia callejera, como narra en “Change”. Tal vez en realidad el que estaba muerto desde el comienzo de la peli es Bruce Willis. Tal vez la gente esté tan aburrida que se pincharía palillos en los párpados como alternativa a aceptar que la vida no es Disneylandia. Tampoco hay que tomarse muy en serio nada de lo que se diga en ninguna de las tres canciones mencionadas, por otro lado; el positivismo sermoneador de “Change” o los trucos de intimismo barato en las dos partes de “She’s Mine” sólo existen como indicio falso para que los fans con tiempo libre construyan cadenas conceptuales irrelevantes entre pista y pista, nada que contribuya a la calidad de lo estrictamente musical. Da pena que se hayan malgastado recursos en este tipo de florituras sentimentalistas sin autonomía real cuando los dos singles previos al lanzamiento del largo, “False Prophets” y “Everybody Dies”, podrían haber sido presionados para adaptarse al estado de ánimo de “4 Your Eyez Only”, completando así un álbum casi transgresor en su gradación particular.

A J. Cole es difícil odiarlo o amarlo con vehemencia, y de la misma forma se complica el alzarlo en un pedestal o derribarlo y arrastrarlo por los suelos. Todos los ingredientes están ahí, es casi imposible reprocharle nada desde una objetividad limpia y, sin embargo, su propuesta nunca acaba de saciar. ¿Debería haber dejado la universidad como Kanye? Mejor no le saquemos el tema… ¿Le hace falta drogarse más? ¿Pensar menos? ¿Ponerse brackets, como ya se planteó en “Crooked Smile” de 2013? A saber… Aunque sí hay algo más intenso de lo normal y que ha estallado en “4 Your Eyez Only”: una lengua más afilada y unos cortes más precisos. Este podría ser el principio del fin de la paz.

J. Cole – 4 Your Eyez Only

8.1

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J. Cole está un poco hasta las rastas de que utilicen su arte como canción de cuna, así que con su último “4 Your Eyez Only” va a hacer todo lo posible por despertar cualquier tipo de hervor. Viene armado con la sutileza lírica que lo caracteriza y unas ansias de cambio irreconocibles. Paciencia y concentración, ni se te ocurra dormirte.

Up

  • La impecable sutileza y sensibilidad orgánica en la producción.
  • Una notable sofisticación letrística.
  • La perceptible intención de aportar sentido del humor y espontaneidad, aunque no siempre lograda con éxito.

Down

  • Lo cliché y abusivo de ciertos recursos románticos, tanto líricos como instrumentales.
  • Lo insoportablemente en serio que se toma a sí mismo en determinados versos.
  • La corrección excesiva de la que J. Cole parece ser incapaz de deshacerse.

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