El tipo del nombre más bonito de todo el mundo de la música actual ha vuelto. Ray LaMontagne es un viejo conocido para los seguidores de los cantautores folk americanos de este siglo. Artesanos del acústico como Iron & Wine, M. Ward, The Tallest Man on Earth o Gregory Alan Isakov, que conforman una numerosa generación de poetas con gusto por la estética rural, las barbas y, en definitiva, todo lo que se asocia en nuestros días con el perfil de un hipsterazo de manual. Entre tanta cantidad de autores de perfil similar (podríamos seguir mencionando a gente como nuestro querido Josh Tillman, sobre todo antes de renacer como el Padre Juan Nublado, o el sueco José González) se ha colado también mucha paja, y llegados a cierto punto el gremio se ha visto un tanto saturado.

De eso los primeros en darse cuenta son (algunos de) los propios músicos, y por eso mientras algunos insisten en ese estilo elevándolo a la categoría de obra maestra (caso de Sufjan Stevens) otros, como Damien Jurado o el que aquí nos ocupa, han optado por alejarse de los tópicos y lanzarse a navegar en aguas nuevas. Ray LaMontagne, tan sólo dos años después del notable “Supernova” que le produjo (¿adivináis quién?) Dan Auerbach, vuelve a la carga con un nuevo disco.

Fotografía: http://www.npr.org/

Una gran sesión de rock lento y lleno de distorsión

Además de un cambio en el estilo y el sonido ha innovado incluso en la estructura del disco. Este sigue una disposición particular, con sólo dos canciones de veinte minutos, evocando las dos caras de un vinilo.

Como decía, Ray LaMontagne se ha querido desmarcar de lo que venía haciendo (lo que ahora los coaches y vendemotos gustan en llamar ‘salir de tu zona de confort’). Además de un cambio en el estilo y el sonido ha innovado incluso en la estructura del disco. Este sigue una disposición particular, con sólo dos canciones de veinte minutos, evocando las dos caras de un vinilo. Por cuestiones de accesibilidad, suponemos, el resultado final se ha fragmentado en ocho tracks, aunque esa sea una división artificial. Un susurro cavernoso y una tímida instrumentación arrancan la primera, Homecoming, con una cadencia muy íntima y un crescendo interminable que no llega a cuajar hasta que desemboca en una de las protagonistas del LP. Así como la apertura del disco se torna un tanto típica en un disco de estas características, aunque ya deja intuir unos ecos extraños, Hey, No Pressure es un auténtico golpe sobre la mesa. Cargados de distorsión y un estribillo vaporoso, los momentos más destacados del disco corren por derroteros setenteros, entre el rock progresivo y el espacial, alejándose ahora sí del folk romántico que le conocíamos al barbudo de New Hampshire. Una pulsión de viejo rockero hasta ahora desconocida que parece sentarle como un guante, y que se agradece como una forma natural de evolucionar en su carrera.

De hecho estos ritmos pesados y espaciales los asume tanto Ray que enThe Changing Man se atreve con una especie de balada stoner a cámara lenta, desmarcándose definitivamente de su raíz acústica. Otro de los mejores momentos del álbum, que hila las sucesivas fracciones de las dos canciones sin dejar espacio entre ellas. Un acierto que aumenta la atmósfera densa de este “Ouroboros”, como la serpiente que se muerde la cola de su portada. Así, con While It Still Beats termina una progresión poderosa y cierra majestuosamente su primera mitad. Medio disco, y una sola canción en el que Ray LaMontagne nos ha recordado en su sonoridad a una de las grandes bandas del rock americano de los últimos tiempos como es My Morning Jacket. Y es que su líder, Jim James, colaboró muy de cerca con él en la producción del disco, y por lo escuchado dejó su huella bien marcada en el barro del que surge este trabajo.

“Ouroboros” exhibe un sonido evolucionado, más profundo y espacial aunque sin dejar de hundir sus raíces en la americana.

Llegados a la segunda canción, mitad o cara, arranca In My Own Way”, que es bastante parecida a dar un salto al espacio exterior desde el sillón más cómodo de tu salón. Un aire drogado envuelve el fragmento, que da vueltas a la idea de hacer lo que a uno le salga de las narices y olvidarse de todo lo demás. Siguiendo en esa líneaAnother Day recuerda tanto por temática como por continuar con esa atmósfera soñolienta a la apatía de Kurt Vile, otro de los grandes cantautores americanos contemporáneos, aunque con un poso más folk y tranquilo.

La pinkfloydiana penúltima parteA Murmuration of Starlings sirve de nexo inmejorable con el cierre del trabajo, una Wouldn’t It Make A Lovely Photograph que reza resignada que no sonará en la radio, a lo que sólo se le puede dar la razón. Recuperando la rabia de la canción folklórica americana, como vistiéndose de Woody Guthrie, acabar con esta especie de canción protesta supone una declaración de intenciones para un artista que se rebela contra los cánones de la industria y la rigidez de un mercado musical que encorseta el arte. Al bueno de Ray LaMontagne le ha apetecido hacer dos canciones largas, y en esa arriesgada jugada ha obtenido uno de los discos más extraños y complejos de su carrera. Bien por él.

Ray LaMontagne – Ouroboros

7.7

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Toca ponerse de nuevo la camisa de cuadros de franela y dejarse crecer la barba: Ray LaMontagne ha vuelto. Pero esta vez con un sonido evolucionado, más profundo y espacial aunque sin dejar de hundir sus raíces en la americana. Dos canciones como dos soles, por grandes y cálidas.

Up

  • Buen paso adelante que aporta nuevas cosas a su carrera arriesgando en las formas.
  • “Hey No Pressure”, “The Changing Man” u “On my Own Way” son algunos fragmentos especialmente inspirados.
  • Una onda setentera que renueva el abanico de estilos de LaMontagne.

Down

  • Es un disco monolítico y exigente para el oyente, en el que oír ciertas pistas (pues no son canciones en sí mismas) sueltas puede perder sentido.