Hay muertes que dan más pena que otras, esto es así. La de Leonard Cohen a principios de noviembre, por ejemplo, da mucha; el hombre era un anciano adorable y judío, de esos con traje a tres piezas y boina. A ratos, parecía un pastorcillo dominguero, y no el poeta de asfalto con severas debilidades por la carne que algunos creen que fue. Y claro, no está precisamente el horno para desestimar muertes de gente que dice cosas raras en hebreo, con los Juicios de Núremberg aún relativamente recientes y el mal de ojo que te puede echar cualquier sujeto por ahí.

Unos días más tarde, le llegó la hora al bueno de Leon Russell, que como le supo fatal a su amiguito Elton John, pues también les dio pena a todos los fans de Elton John y a unos cuantos idos de la olla más. Por último, en lo más bajo del escalafón de la pena mortífera se haya el fallecimiento de Rita Barberá y, un poco más arriba, la del rapero de culto Phife Dawg en marzo de este mismo año, miembro original de los hijos pródigos de Queens A Tribe Called Quest y segunda cabeza más visible (incluso pese a sus modestos 160 centímetros de altura) por detrás de Q-Tip.

Aunque sí es cierto que, hace unos cuantos días, en aquel Linden Boulevard por el que suspiraban beatboxing y donde empezó todo, renombraron una callejuela en honor a Malik ‘Phife Dawg’ Taylor. Que le quiten a una calle el nombre de un tipo que igual también se lo merecía para ponerle el tuyo no es moco de pavo, pero ser trending topic mundial da bastante más caché, y Phife Dawg no fue trending topic como Cohen, oh no.

Todos estamos pensando lo mismo; que será porque el pobre era negro o por haberla palmado de una enfermedad tan prosaica como la diabetes, ni de lejos glamurosa al estilo de una sobredosis con barbitúricos. Puede que sí, puede que no, y no es por malmeter, pero es posible que se deba a que su arte, el hip hop, perteneciera a un movimiento subcultural todavía contemporáneamente relevante para la comunidad afroamericana, y todo el mundo sabe que la raza aria dominante sólo se hace fan de algo cuando el sujeto artístico en cuestión deja de cumplir con una función sociopolítica determinada para con su público minoritario objetivo. No hay más que ver cuán metafísico se pone el personal cuando le sacas un vinito acompañado del tema del jazz, el blues, Jean-Michel Basquiat o la quinoa; una vez llegado McDonald’s a Perú, los blancos nos dimos por legitimados para expoliar sus pseudocereales y hacer cupcakes de chocolate con ellos, que ya no es de pobres.

Siguiendo tal regla de tres, “We got it from Here… Thank You 4 Your service”, el más reciente y último, por fatídica fuerza mayor, álbum de A Tribe Called Quest no debería gustarle (aún) a ningún cara pálida, pero supongo que para toda regla debe de haber excepciones, sobre todo cuando son tan irrefutables como ésta. 18 años desde aquel medio insatisfactorio “The Love Movement” de 1998; todo ese tiempo llevaba circulando el rumor de que los más accesibles del colectivo afrocéntrico Native Tongues iban a publicar algo en honor al advenimiento del segundo milenio. La combinación de amor y odio que se llevaban profesando The Abstract y The Five Footer desde “Beats, Rhymes & Life”, además de, huelga decir, la desaparición del segundo, parecían haber sellado definitivamente la rotura de tal promesa hasta que, a finales de verano, Epic Records reveló que se estaba cociendo algo nuevo de la tribu, y que vería la luz el 11 de noviembre. “We got it from Here… Thank You 4 Your service” no puede sonar más a la sofisticación orgánica, al bebop de ghetto al que siempre sonaron A Tribe Called Quest en su cúspide creativa y, sincrónicamente, nada dice “it’s 2016 and I refuse to come wack (parafraseando a Phife en el “Jazz (We’ve Got)” de aquel trascendental “The Low End Theory”) como este mismo álbum. Tenían que ser ellos, no podían ser otros.

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Fotografía: http://www.lizzybrodie.com/

“We got it from Here… Thank You 4 Your service” no puede sonar más a la sofisticación orgánica, al bebop de ghetto al que siempre sonaron A Tribe Called Quest en su cúspide creativa.

Q-Tip es un productor que ha conseguido hacer metodología de la experimentación; se le puede imaginar diseñando un paso a paso para que todo suene improvisado y espontáneo como en ese jazz que entremezcló con el sonido de la calle mucho antes que Kendrick Lamar, ayudado por un misterioso Blair Wells que lo produce todo sin dejar rastro. “The Space Program” comienza con una discusión entre chulos de una peli de blaxploitation y acaba con el Willy Wonka de Gene Wilder anunciando “un pequeño paso para la humanidad, pero un gran paso para nosotros”. Parece que el conscious rap ha vuelto, y arrulla sólo a valientes (“for [Neil DeGrasse] Tyson types and Che figures) a base de un denso discurso rimado. Por fin Tip conseguirá atar de nuevo hip hop y ética.

We The People….”, cuyo videoclip eleva a la dimensión visual la alegoría de la gentrificación, no ha tardado en ser tomado por algunos como himno no oficial a la América de Trump; no es de extrañar con semejantemente descarado y adictivo estribillo (“All you black folks, you must go”). Las voces al unísono de Q-Tip y Phife Dawg hoy se tragan con un nudo diferente en la garganta, pero la misma transfusión de poder y audacia. Una vez más, ATCQ nos recuerdan que quizás la música ya no pueda cambiar el mundo, pero sí inspirará a aquellos que lo hagan. Tampoco sobra inspiración en una de las que fácilmente serían las pistas más brillantes y nostálgicas del largo; “Whateva Will Be” trae a la tribu original al completo (Phife, Jarobi, Q-Tip) más al primo Consequence en una de sus contribuciones más efectivas. La deliciosa rugosidad de un oscurísimo sample de las Nairobi Sisters define una suerte de licuación perfecta entre el funk y los sonidos del continente original del que todos procedemos. ¿Y qué fantasías impensables más podían ocurrir? Pues “Solid Wall of Sound”, por ejemplo, que toma su nombre de la letra del «Bennie & the Jets” de Elton John y acaba con una estrofa nueva del mismísimo caballero de la Orden del Imperio Británico.

A Tribe Called Quest insisten en hacerse el harakiri mientras fardan de vigor, salud y corpulencia creativa; mejor quemarse que desvanecerse lentamente, como diría Kurt Cobain.

Otro viejo conocido de la periferia de Manhattan, Busta Rhymes, hace su primera (que no más excepcional) contribución en “Dis Generation”, pero si se quiere ver un dragón de verdad escupiendo fuego mejor bajar directamente al “Mobius”, en el disco 2. El único que se atreve a quedarse en la misma sala que Busta dejará hecha unos zorros, como ya adelanta en la letra, es nuevamente Consequence, y la transición de beats al final de su verso y antes de que el grandullón lo destruya todo es fría como una estalactita atravesando pescuezos de desconocidos por la calle. Questlove escribió en Instagram que si André 3000 se uniera a A Tribe Called Quest, éste sería el movimiento estratégico mejor y más bienvenido desde que Dennis Edwards se pasara a los Temptations, y pocas pruebas más se necesitan aparte de “Kids…”. 3 Stacks nos tiene contentos este 2016 gracias a su desinteresada generosidad lírica; con tanto feauture, desde Divine Council hasta Travis Scott pasando por Frank Ocean, han sido las navidades más adelantadas de la historia. Y no se trata de insinuar que a Q-Tip le haga falta alguna que le echen una mano; en “Melatonin”, por un lado, se las apaña bastante bien con la única ayuda de la británica Marsha Ambrosius y Abbey Smith, y en la contigua “Enough!!”, sólo con Jarobi sobre un tempo erótico de R&B. La temática aquí se aligera, y Tip hace una parada en su vena adoctrinadora para tratar el conflicto no menos traumático de la conciliación entre vida de estrella del rock y la de pareja. Y si encima hay unas cuerdas arabescas que recuerdan al “Bonita Applebum” es porque justamente de ahí proceden. Por si la cabeza no podía explotar más con tanta estimulación dialéctica, que quede claro que nadie que no sea A Tribe Called Quest pueden samplearse a sí mismos.

Así que sí, amigos, me temo que llegó el final. Ésta ha sido la historia de una tribu llamada Quest, esperamos que les haya gustado.

Entrando en la segunda fase del doble “We got it from Here… Thank You 4 Your service” y mediante “Black Spasmodic”, el fallecido Phife Dawg se apodera del cuerpo de Q-Tip para, como solía hacer, bajar su filosofía galáctica hasta la troposfera, haciéndola más accesible a los mortales. El verso final, ni que se sea un poco fan, encoje corazones y hace llorar, mucho, inevitablemente. Como fanático declarado, a Kanye West, quien se inspira desde que tiene memoria en el refinamiento y sibaritismo sónico de Tip y el humor autodespectivo de Dawg, le dejaron el track más corto, “The Killing Season”; algunas malas lenguas afirman que hasta pagó por poder aparecer en él, ni que fuera con 3 míseros vocablos ininteligibles repitiéndose apáticamente. Podría hacer muchos chistes al respecto, pero está feísimo burlarse de un demente clínico que antaño se burlaba con tanta destreza de sí mismo (¿alguien se acuerda de aquel Kanye que, en “Last Call”, soltaba perlas a lo “though the fans want the feeling of A Tribe Called Quest / But all they got left is this guy called West?). De todas maneras, lo que es evidente es que el único matando algo esta temporada es Talib Kweli.

Lost Somebody”, en un llanto más íntimo que el de “Black Spasmodic”, se desarrolla sin mucha emoción ni riesgo, estribillo souly de Katia Cadet incluido. Eso hasta que sale de la nada un Jack White jugando a ser Otis Rush en “All Your Love (I Miss Loving)”. Y de perder, pero a uno mismo, habla la revelación del mes, año y tal vez década Anderson .Paak, a quien le ha costado pero ha valido la pena; se pasa directamente de dormir en suelos a en camas con Dr. Dre o ATCQ. “I hope my legendary style of rap lives on, confiesa Jarobi nada más abrir “Movin Backwards” porque, al fin y al cabo, en las idas y venidas de la fama, lo que queda al final es la fe en el yo y en ser capaz de encontrarlo. Tampoco hay que pasarse con el narcisismo, por supuesto; de eso trata “Ego”, aunque de lo que trate sea un poco lo que menos importe; György Ligeti, el compositor clásico contemporáneo más amado por Stanley Kubrick, es citado y transformado durante la transición de beats en un Charlie Parker del clarinete; plato fuerte del largo, se ha dicho. Y otro que no se contiene de aparecer en todas partes es Kendrick Lamar en la To-Pimp-A-Butterfly-ista “Conrad Tokyo”, igual de socialmente concienciada y de intrincada, porque si le das un dedo al autoapodado Cornrow Kenny, el tipo te va arrancar toda la canción. Y lo sabes.

Un último y bestial adiós a Phife Dawg, con título tan desconcertante y pernicioso como “The Donald”, se lo dedica por última vez el quinto Beatle del rap, Busta Rhymes. ¿Última vez? ¿Seguro? Eso dicen… Mucho más valiente que empezar es saber poner un punto y final a tiempo, y A Tribe Called Quest insisten en hacerse el harakiri mientras fardan de vigor, salud y corpulencia creativa; mejor quemarse que desvanecerse, como diría Kurt Cobain. En el fondo, sin embargo, este poder de dejar un poder ir que pretenden aparentar ha sido más impuesto que opcional; son conscientes, Q-Tip, Jarobi, un Ali Shaheed Muhammad más discreto (si cabe) que de costumbre, de que un álbum de A Tribe Called Quest con un poco de Phife Dawg… bueno, puede ser. Pero uno sin nada suyo… Eso no va a ninguna parte. Así que sí, amigos, me temo que llegó el final. Ésta ha sido la historia de una tribu llamada Quest, esperamos que les haya gustado.

We got it from Here… Thank You 4 Your service

9.0 HOT RECORD

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Érase una vez 4 amigos de Queens que cambiaron la historia del hip hop y la música popular para siempre. Se hacen llamar A Tribe Called Quest, y se fueron hace 18 años, pero se van a pasar un momento por casa para darnos las gracias y decirnos que, a partir de aquí, ya van solos. Han traído el rap comprometido de vuelta y ellos se marchan definitivamente. Por mucho que vais a querer que se queden un rato más, mejor no insistir; la decisión está tomada.

Up

  • Sentir que el rap con conciencia ha vuelto (o descubrir que, quizás, nunca se había ido).
  • La evidencia audible de que a los de Queens, Nueva York, les quedaría combustible para rato, si quisieran gastarlo.
  • La multiculturalidad de los samples, la riqueza de procedencias en colaboraciones y la maestría con la que todo se ha mezclado.
  • Que sea 1991 y 2016 al mismo tiempo.

Down

  • La ausencia de Phife Dawg en A Tribe Called Quest no solo se siente, sino que se resiente.
  • Que tengan la elegancia de ser capaces de despedirse desde semejante altura creativa.