No voy a empezar esta crítica del último disco de Robe diciendo que Robe es Extremoduro porque, en primer lugar, ya lo hice aquí y, en segundo, porque ya no estoy tan seguro. Toca volverse a preguntar qué es verdaderamente la banda extremeña, y contestar de carrerilla que es transgresión y poesía pero, sobre todo, autenticidad. Su cantante dice cosas, compone cosas, y cada una de ellas puede ser mejor o peor, pero siempre parecen sinceras.

Robe Iniesta publicó el pasado 18 de noviembre su segundo disco en solitario, Destrozares. Canciones para el Final de los Tiempos”, y desde entonces el que esto suscribe ha tenido bastante tiempo para preguntarse si es que uno de sus artistas fetiche ha perdido verdad o si, en cambio, he sido yo el que se ha vuelto demasiado escéptico como para seguir creyéndola. Viene siendo una carrera muy larga, muy esforzada y muy desigual, y ya era hora de que se asomara algún traspié por el camino, o algo mínimamente parecido a él.

Hay quien quiere verlo en el último disco hasta la fecha de Extremoduro como tal, “Para todos los públicos”, aun cuando éste, como compendio líquido y coherente de toda una etapa, cuente con tanta verdad en sus cortes como los mayores berridos de “Yo, minoría absoluta”. Y hay quien, sobre todo, lo achaca a este cerril empeño de Robe en mantenerse apartado de las drogas y convertirse en cantautor. Los más firmes instigadores de la doctrina ‘extremoblanda’ pueden sentirse de enhorabuena, siempre y cuando no se les caiga la cara de vergüenza.

Es complicada la coyuntura por cuánto en el momento presente la marca Extremoduro pueda pender de un hilo. Sí, claro, Robe aseguró que sólo se iba a tomar un descanso antes de volver con Manué y compañía, pero no hemos de fijarnos en estas palabras cortantes para establecer un diagnóstico. Lógicamente, lo que hay que hacer es tener los oídos bien abiertos y reparar en que el último corte de Extremoduro (como tal) fue una cosa sosa y desalmada llamada “Experiencias de un Batracio”. Un tema con el que imbrica directamente, para mal, este “Destrozares”.

Destrozares. Canciones para replantearse una carrera

Hay que tener los oídos bien abiertos y reparar en que el último corte de Extremoduro (como tal) fue una cosa sosa y desalmada llamada “Experiencias de un Batracio”. Un tema con el que imbrica directamente, para mal, este “Destrozares”.

Ha pasado algo más de un año desde la publicación de “Lo Que Aletea En Nuestras Cabezas”, pero a nadie le extraña que Robe haya tardado tan poco en volver, y con nada menos que diez nuevas canciones bajo el brazo. El hoy autoproclamado Rey de Extremadura no ocultó que había disfrutado obscenamente grabando el anterior disco con estudiantes de conservatorio, y sabiendo que con semejante complejidad instrumental podía librarse de tener que defender la obra en directo (con el penoso marrón que esto le supone).

Así pues, la verdadera pregunta no es por qué Robe aún no ha vuelto al estudio de Iñaki, sino de dónde ha sacado fuerzas para desarrollar un elepé tan enrevesado y peligroso como es “Destrozares” en unos mesecillos de nada. La respuesta la ha facilitado él mismo en numerosas ocasiones: en el prolongado parón que separó “Yo, minoría absoluta” de esa explosión creativa que fue “La Ley Innata”, el bardo compuso un monumental montonaco de canciones. Pura efervescencia que condujo directamente al momento de mayor esplendor de Extremoduro y, posteriormente, a la decisión de probar suerte en solitario, alejado de esa marca que tan restrictiva, de pronto, se le ofrecía a sus elevadas aspiraciones. No es difícil, por tanto, ver de dónde han salido estos diez temas y, para muestra, sólo hace falta decir que la homónima “Destrozares” ya sonó en directo hace tiempo. En vivo, antecediendo el “Cuarto Movimiento: La Realidad” de “La Ley Innata”. Pues no es nadie Robe para construirse relatos.

Dicha ristra de canciones, en sintonía, comparte multitud de características temáticas, surgidas de un mismo momento de inspiración, y de un estado de ánimo. ¿Y cómo se encontraba Robe después de la gira de “Yo, minoría absoluta”? Pues un poco hasta los huevos. Cada vez tenía necesidades más complicadas, más apartadas de ese momento de su carrera tan magnífico y comercial. Cada vez le preocupaban más las letras, y menos los estallidos rockeros. Cada vez estaba más seguro de que se había cansado de ser basura, porque lo único que quería era ser poeta. Al afrontar su segunda aventura, sin embargo, recurrió al montonaco malo. A las canciones de la resaca.

Recorre “Destrozares” una redundancia disfrazada de insistencia que flaco favor hace a sus ínfulas de artista carismático, independiente y voluble. Recorre un chillón propósito de la autoafirmación peor entendida, de la de ‘yo quiero hacer esto’ en lugar de ‘lo he hecho’. Una, ay, búsqueda de justificación que nadie, ni siquiera los más ominosos haters de su lado bucólico, le habían pedido nunca. Una postura que no deja de tener su gracia, claro, en estos tiempos en que devolver la música a la tierra firme se ha convertido en una fase que cada grupo nacional de mayor o menor ambición tiene que acabar atravesando… pero que está demasiado marcada, y que incluso se acerca peligrosamente a lo pueril.

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Fotografía: Eduardo Navarro / http://robe.es/

La sensación general tras escuchar este álbum es de hastío: de haber oído lo mismo ochenta veces, y ochenta veces mejor.

La primera noción que tuvimos de “Destrozares” vino dada por un vídeo titulado Atontamiento Global en el que no había música ni cosa parecida, pero en el que Robe demostraba por vez primera que veía el telediario (un dato que, por cierto, nadie necesitaba). Y lo veía no por compromiso social y ético, sino como molestia de la que zafarse, punto de partida del que huir. En ésas estábamos cuando, poco después, lanzó Por encima del bien y del mal, y el primer verso con el que empezaba esta correctísima canción era “Todo lo que no está en ti se me queda tan lejos”Este afán por ser contestatario hacia cualquier postura contestataria ha sido algo común en la carrera de tan rocambolesco poeta, tanto de manera lírica (“Hoy por fin me he dado cuenta, soy enemigo de la humanidad / Gente que no entiende nada, yo a mi corazón dejo mandar”) como por propio comportamiento; qué bien sienta recordar para relajar nuestras ansias beatíficas aquella vez que Robe, después de llamar a las fuerzas del orden para desalojar a quienes pretendían disfrutar de su concierto por la patilla, se arrancara con “Estado policial”. Y que sí, que está bien, que no seré yo quien critique esta tendencia a hacer lo que le sale a uno de la sierra de Gredos, sin tener que dar explicaciones a nadie más que a su bolsillo y a su arte. Pero, Robe, querido… ¿no te has puesto un poco cabezón, esta vez?

Recorre “Destrozares” una redundancia disfrazada de insistencia que flaco favor hace a sus ínfulas de artista carismático, independiente y voluble. Recorre un chillón propósito de la autoafirmación peor entendida, de la de ‘yo quiero hacer esto’ en lugar de ‘lo he hecho’. Una, ay, búsqueda de justificación que nadie, ni siquiera los más ominosos haters de su lado bucólico, le habían pedido nunca.

Ya con el primer corte, Hoy al mundo renuncio, nos encontramos con este ruidoso alegato al ‘a mí no me ralléis’, tamizado por el mismo colchón neoclásico que tantas delicias consiguiera en “Lo Que Aletea En Nuestras Cabezas”. Con la diferencia de que, cuando Robe abandona momentáneamente el individualismo perezoso, sólo lo hace para revelarnos “que en este tejado, la única bandera / son sus bragas negras”. ¿No suena penosamente impostado? ¿No suena caricaturesco, wannabe? ¿Autoparódico?

Poco acaban importando canciones tan sintéticas y conseguidas como Querré lo prohibidoo La canción más triste: la sensación general es de hastío: de haber oído lo mismo ochenta veces, y ochenta veces mejor. Cartas desde Gaia es un querer y no poder, Puta Humanidades directamente mala –y enervante, por cómo dejaba entrever su título que al fin encontraríamos algo de verdadera transgresión–, y Del tiempo perdido adolece de un empeño demasiado acusado en el más difícil todavía: una canción-río de indudable calidad que al final se desvía en demasiados afluentes como para sacar algo en claro.

A ver quién es el guapo que diagnostica la forma artística de Robe sin ponerse apocalíptico, o no se pregunta si cosas así –que no nos equivoquemos, están absolutamente arraigadas en el ombliguismo más clásico y excesivo– habrían llegado a pasar al amparo de la marca ‘Extremoduro’.

Donde se rompen las olas exhuma algo más de delicadeza y serenidad, acaso atestiguando un momento en el que Robe por fin se cansó de decir que era él sin su circunstancia… pero es un brillo aislado, como supone la ya citada “Destrozares”. “Perdí la dignidad y el sentido del honor, y no lo siento / Dirán que deserté y que no tuve valor, quizá sea cierto”. Ese “dirán” se complace en no sonar, por fin, como el de un niño enfurruñado, beneficiándose de toda esa verdad que en algún lado tenía que estar. Desde luego, no en ese infausto “Hoy voy a dejarme fluir, os vais a cagar”, con el que se solaza en mierda “Cartas desde Gaia”.

Lo malo, que “Donde se rompen las olas” está situado a la mitad del disco. Y que “Destrozares” ya lleva compuesta demasiado tiempo. Así las cosas, a ver quién es el guapo que diagnostica la forma artística de Robe sin ponerse apocalíptico, o no se pregunta si cosas así –que no nos equivoquemos, están absolutamente arraigadas en el ombliguismo más clásico y excesivo– habrían llegado a pasar al amparo de la marca ‘Extremoduro’. Si alguien, vaya, habría conseguido de este modo pararle los pies. Si todo esto nos lleva, inevitablemente, a la conclusión de que Robe no es Extremoduro.

Desde luego, en “Destrozares. Canciones para el Final de los Tiempos” no lo es. Y por eso es tan mal disco.

Robe – Destrozares. Canciones para el Final de los Tiempos

6.0

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Robe se pone estupendo, como siempre, pero esta vez se le va de las manos y nos entrega el que probablemente sea el trabajo más flojo de su carrera.

Up

  • La riqueza instrumental que ya es marca de fábrica facilita que el disco suene en todo momento agradable y evocador.
  • La portada es de una belleza a prueba de onanismos.
  • Los estallidos de genialidad. Es Robe, alguno tiene que haber (los estribillos de “La canción más triste”, por ejemplo).
  • Nunca dejará de ser reivindicable tanta sinceridad y cabezonería. En serio, nunca.

Down

  • La falta de sorpresas.
  • Lo flagrantemente repetitivo que es.
  • Que la poesía no logre ocultar la pose trasnochada.
  • Lo doloroso que es que alguien como Robe te plante algo así.