Slint

Slint –
Spiderland

Una grabación desoladora que con poquísimos materiales llega a ahondar en las preocupaciones más íntimas del oyente, cercana a la matemática por sus rítmicas atípicas y el atomismo de sus sonidos. Sólo una narración, a veces arrebatadora, acompaña la alternancia de blancos y negros; escasas melodías que insisten a la mente que responda lo que no se quiere ni pensar. La nada es la protagonista absoluta de este trabajo. Slint plantean preguntas, pero las respuestas nunca llegan.

No hay nada claro alrededor del último álbum de Slint, o si lo hay se trata de esa claridad enfermiza que se sigue por inercia y que no deja ver nada, como la terrible epidemia de ceguera de la que habló José Saramago. Estas cuatro cabezas, las partes más importantes de sus respectivos seres humanos, tratarán de penetrar en la suya, de mencionarle las personas que usted no olvidó y de recordarle lo oscura que queda su habitación cuando le ha dado la espalda. Pero en realidad, el gas que emana de su copia no va a matarle, de hecho el sofá le parecerá más blando, sus paredes más seguras y lo que queda al otro lado de la ventana muy, muy distante.

Uno se siente solo, atrapado en la maraña que a duras penas respira

Recitaban, experimentaban, repetían los motivos hasta formar una desoladora fotografía y empleaban ritmos enrevesados como los diseños de un arácnido.

Slint era un pez, un animal condenado a vivir muy poco y nunca plantearse nada más allá de la pecera, donde la mayor parte del tiempo estaría solo. Este pez escuchó a Sonic Youth, King Crimson o Gang of Four. Britt Walford, batería y dueño del acuario, también lo hizo, y formó junto con su colega guitarrista Brian McMahan una banda, Squirrel Bait, que sonaba parecido a Hüsker Dü y que logró editar un álbum y un EP bastante recomendables en los que derramaban su pesimismo. Después formaron otra, pero ésta sacó dos LPs, de los cuales uno se llamó “Spiderland” gracias a una observación del hermano pequeño de McMahan. En él ambos hablaban y gritaban. Pero no entre ellos sino para sí mismos, como si estuvieran reflexionando. Historias, nada más. También había otros dos, Todd Brashear al bajo y David Pajo con una segunda guitarra que seguía a su homóloga en tejer las imágenes. Recitaban, experimentaban, repetían los motivos hasta formar una desoladora fotografía y empleaban ritmos enrevesados como los diseños de un arácnido. Si todavía quiere ponerse en contacto con ellos puede escribir o mandar sus grabaciones de voz, pues solicitan una cantante, a la dirección que aparece en la contraportada: 1864 douglas blvd. louisville, ky. 40205. Aunque es probable que en esa casa ya no haya nadie.

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Amargura y angustia

Sólo una narración, a veces arrebatadora, acompaña la alternancia de blancos y negros; escasas melodías que insisten a la mente que responda lo que no se quiere ni pensar. La nada es la protagonista absoluta de este trabajo. Slint plantean preguntas, pero las respuestas nunca llegan.

Como una maligna «Brighton Rock” de los Queen, “Breadcrumb Trail” narra un día en la feria en compañía de una echadora de cartas. Un día normal y corriente, un recuerdo algo distorsionado y flemático, a medida que pasan las diapositivas y la montaña rusa se precipita llevando consigo al narrador y a su compañera. Gritan las guitarras, juegan con las melodías sin resolver, plantean centenares de preguntas a una memoria que ya no puede ser editada, que no es más que una sombra de consulta. No pasa el tiempo, lo que corresponde a cualquier recuerdo, y a las agrupaciones que siguieron la estela del grupo, como los aclamados Godspeed You! Black Emperor. Otra narración terrible se encuentra en “Nosferatu Man”, evidente referencia a la película de 1922 de Murnau, y que aborda la técnica del expresionismo alemán con su biombo de intensidades cambiantes, dispuesto a saltar en todo momento desde el suelo mugriento, mientras contrapone al bajo el estridente chillido de las guitarras. Ambas pululan en repetitivos contrapuntos, movimientos del vampiro.

Pero no importa lo cerca que esté, porque afuera hace demasiado frío y su siniestra voz hace compañía. Tampoco parece mostrar ningún sentimiento el protagonista de “Don, Aman”, obsceno, ridículo, condenado a la impresión que los demás tengan de él en el claroscuro de sus sábanas. Melodía a ras de suelo, una radio que ha quedado encendida en algún otro cuarto con poesía de la Velvet. Nada concluyente se puede extrapolar de su historia, acaso las más siniestras suposiciones, pues aunque el morbo nos quiera empujar a la última escena, la página ha sido arrancada. Lo peor de todo es que esta nada también tiene su música.

Experimentación arriesgada pero efectiva

Slint superan con creces su primer trabajo sin abandonar la experimentación, el desengaño vital ni el nihilismo, al tiempo que establecen un pilar de la música y dan pie a un sinfín de bandas para crear sus reinos postapocalípticos, su desequilibrada métrica (véanse Tool) o su desquiciada y desoladora actitud. Por desgracia, esto no podía repetirse. El grupo se desbanda unos años después y pocos artistas se atreven a emular el éxito de esta crudeza aparente e introspectiva.

Pero el clímax de la angustia no llega hasta “Washer”. Etérea, mortecina, una compañía que no llena, junto al vano de la ventana. Parece que la noche no va acabarse nunca. Pocas veces se ha señalado con tanta precisión el insomnio y los horribles pensamientos que lo abarrotan. A lo largo del desvelo se suceden varios momentos de un vacío espectral, los instrumentos abandonan al protagonista, indefinidamente solo. Voces perdidas, culpa, una dependencia incurable, un sentimiento que jamás llegará. Hay una ausencia en la música. No. No es en ella donde falta algo importante, sino en nosotros. Ella sólo lo ha extendido sobre la pared. Aunque parezca imposible, en algún momento llegará “For Dinner…” desapegada y sin palabras de consuelo, como un último vistazo al reloj. Por un largo pasillo, el Sol de las cortinas y la oscuridad de los estantes, unos niños jugando afuera o la simple impresión de que hay niños jugando afuera con los que establecer contacto resulta ya imposible, irrevocable. Finalmente, en algún cuarto, alguna visión conciliadora, las guitarras resuelven con algo de luz.

El álbum ha llegado al mar. Una última y sórdida historia, en honor a la Canción del Viejo Marinero de Coleridge. “Good Morning, Captain”, igual que otras veces una estructura basada en el menor número de cuerdas posible, un bajo insistente. Comienza con el tintineo de las boyas y las sogas marítimas. La narración prosigue entre terribles sentimientos a media voz, analítica, mientras los escasos elementos dan en el clavo con las disonancias y el momento en que debe liberarse la rabia. Desaparecen, vuelven, el repiqueteo de la guitarra se queda solo y llora por compañía. En todo momento hay una presencia, un pellizco de las cuerdas agudas. Queda algo más. Hay algo ahí tirado. El miedo, el horror, las pausadas palabras se convierten finalmente en grito: «Te echaré de menos”, con la voz despedazada de McMahan.

Slint superan con creces su primer trabajo sin abandonar la experimentación, el desengaño vital ni el nihilismo, al tiempo que establecen un pilar de la música y dan pie a un sinfín de bandas para crear sus reinos postapocalípticos, su desequilibrada métrica (véanse Tool) o su desquiciada y desoladora actitud. Por desgracia, esto no podía repetirse. El grupo se desbanda unos años después y pocos artistas se atreven a emular el éxito de esta crudeza aparente e introspectiva.

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