Leonard Cohen

Leonard Cohen –
You Want It Darker

You Want It Darker, el último acto de uno de los legados líricos más influyentes de la música popular en el siglo XX, muestra a un Leonard Cohen tan listo para cerrar los ojos e ir hacia la luz como siempre. Con la única diferencia de que, esta vez sí, la cosa va en serio.

No lloréis públicamente por Leonard Cohen. Él no hubiese llorado en público por vosotros. Si queréis que quede claro que nada os apena su muerte, twittead algo en 140 caracteres acerca de cuánto os apena su muerte. Empezadlo con “se nos va…” y acabadlo con un “RIP”, que es más internacional. Entremedio, echadle las flores de plástico que os suenen mejor. Recordad en el ágora 2.0 la noche en que os ayudó a superar la intragable levedad de vuestras vidas. Esforzaos por hablar de él como si lo conocierais. Citad aquel volumen suyo cuyo título estáis demasiado consternados para recordar, retorceos por los teclados de la angustia, fumaos algo en su honor, adjuntad un vídeo. Enhorabuena, lo lograsteis; habéis hecho el ridículo. Perdisteis la dignidad y la belleza. Pero estaba todo previsto, no temáis. Para eso dejó Leonard Cohen su ya eternamente último You Want It Darker; sólo para que vosotros las volvierais a encontrar.

Nunca lamentarse por lamentar

Es como si de veras hubiera legado el You Want It Darker en testamento para salvarnos de la deshonra humana original que es la descompostura ante lo ineludible, simbolizada en la muerte como instancia última de las pocas cosas innegables y absolutas que acompañan a la tarea de existir.

En esta iberia castellana y sumergida, este reino panderetero del que a menudo elegimos avergonzarnos, el patriotismo es un trofeo amorfo que no sabemos bien por dónde asir, ya ni hablemos de cómo levantar. Esta España impronunciable que, con su surrealismo florido, puso a vivir a Federico García Lorca en Asquerosa y a criar malvas en Fuente Grande, invitó en 2011 a un judío canadiense a darnos las gracias por nuestra tierra. “Todo lo que habéis hallado agraciado en mi trabajo”, dijo al recoger el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, “viene de este lugar”. Una guitarra Conde, dos clases particulares de un español que se perdió en Montreal y todas las traducciones compasivamente injustas de la obra de Lorca le bastaron a Cohen para cargarse de una deuda desproporcionada con este suelo nuestro que pisamos cada día, sin mayor gratitud, de camino entre el Peñón y el Pirineo.

Y ni siquiera era esa la única lección de autoestima que vino a dar nuestro hombre aquella noche en Oviedo, tampoco la de mayor pretensión comunal. Leída en la exhalación de la mística reciente que aún emana de su pérdida el pasado 7 de noviembre, puede parecer que sus palabras de recitador científico resuenan hoy con más rigor que hace cinco años. De hecho, es como si de veras hubiera legado el You Want It Darker en testamento para salvarnos de la deshonra humana original que es la descompostura ante lo ineludible, simbolizada en la muerte como instancia última de las pocas cosas innegables y absolutas que acompañan a la tarea de existir. Aquella voz propia que Lorca le dio permiso para buscar vino con instrucciones, según Cohen. “Las instrucciones eran nunca lamentarse por lamentar. Y si uno ha de expresar la gran e inevitable derrota que nos espera a todos, debe hacerse entre los estrictos confines de la dignidad y la belleza”.

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Dignidad y belleza

La oda desvalida de Leonard Cohen a un amor capaz de confinar con dignidad y belleza “la gran e inevitable derrota que nos espera a todos”.

Igual de resuelto se posiciona en el primer verso de la primera canción, la misma que da título al álbum, “You Want It Darker”: “If you are the dealer, I’m out of the game, si así debe ser, así será, sin plantearse ni remotamente la posibilidad de protestarle al crupier la carta mala. Leonard ya se ha levantado y se ha ido. La iluminada producción de su hijo Adam Cohen pone en contraposición el tono descarnado y fúnebre de su padre con la irrealidad del coro Cantor Gideon Zelermyer de la sinagoga de Montreal Shaar Hashomayim. Y el Hineni, hineni / I’m ready, my Lord que tanto yuyu en hebreo le dio a la prensa internacional estuvo por una vez, la menos oportuna posible, justificado.

Treaty” puede sonar a una frugalidad con piano y sección de cuerda sobre la clásica desconexión romántica. Pero también cabe interpretarla como una altisonante construcción de puentes entre su judaísmo natal y el budismo instruido por su gran amigo Roshi durante los años cohenianos de confinamiento monástico en los noventa. Y es necesario recordar (porque a veces, como en la siguiente e insuperable “On the Level”, se hace difícil creer) que Leonard Cohen es, de hecho, escritor de espíritu, pero abocado al mantenimiento de un empleo estable como cantautor. Se trata del único ‘de Matamala a Matapeor’ laboral que jamás volverá a funcionar en la historia paralela de la música y la literatura, tan descarado como el licenciado en filología eslava pasándose a bellas artes porque la academia de ruso no le da para pagar el alquiler. “On the Level” es Cohen componiendo canciones y no sonetos, para variar. Es una apoteosis góspel in crescendo a lo “Pressing On” de Bob Dylan, una apología a las aficiones tan perversas como dulces que, a veces, no tenemos más opción que dejar atrás. Y sobre dejar atrás mesas, en este caso, trata “Leaving the Table”, con un poeta que farfulla tan cansado que le cabrían historias enteras en las pausas que se concede entre sílaba y sílaba.

El último adiós

Para todos y cada uno de los que quisieran escuchar, se entregó a la escritura, a la recitación, al canto de un poema impotente, dilatado en seis décadas, acariciado por el tacto a pana de su voz y unos pocos coros femeninos.

La balada eclesiástica desapasionada de “If I Didn’t Have Your Love” lamenta sin pretenderse original (y, no por ello, conmocionando menos) el sinsentido de la vida a expensas del ser amado, mientras “Traveling Light” se va de bar hopping por el Mediterráneo, puede que de Cádiz hasta esa Hydra griega que tanto amó en los 1960, con sus pájaros en sus cables recién puestos. “It Seemed the Better Way” es el sermón desacralizado que limpia conciencias de devotos e impíos sin discreción, la culminación de todos los grandes perdones que impregnan cada canción en You Want It Darker.

A la altura de “Steer Your Way” se empieza a encoger el corazón, temiendo que cualquier momento sea el último, para acabar descubriendo que, en efecto, las últimas palabras sobre la Tierra de Leonard Cohen fueron las del escritor que siempre fue, no las del cantante que hubo de ser (“Steer Your Way” se publicó originalmente como poema en junio para The New Yorker). Esa sería la canción final, que no el verso; You Want It Darker cierra en “String Reprise/Treaty” con una pieza instrumental rematada mediante la expresión máxima de ese anhelo inacotable que, esté donde esté, persigue a Leonard Cohen en sus varias vidas mortales.

En previsión a ese traspié fatal con el que supo tropezaríamos sin la menor gracia y por enésima vez, Leonard Cohen cedió no sólo su final You Want It Darker, mucho más que los también terminales Old Ideas de 2012 o el Popular Problems dos años después. Para todos y cada uno de los que quisieran escuchar, se entregó a la escritura, a la recitación, al canto de un poema impotente, dilatado en seis décadas, acariciado por el tacto a pana de su voz y unos pocos coros femeninos; la oda desvalida de Leonard Cohen a un amor capaz de confinar con dignidad y belleza “la gran e inevitable derrota que nos espera a todos”.

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