Fotografía: Beatriz Langreo

Así, a lo tonto, ya han pasado cerca de diez años desde que Rafa Pons sacara su primer álbum. Aquél llevaba por título “Mal te veo”, y a quienes acertaban a escucharlo –de usual, gracias exclusivamente a la entusiasta recomendación de algún conocido– les tocaba sorprenderse por la sensación de familiaridad que transmitían sus canciones. El cantautor barcelonés, con varios años más a las espaldas ganando concursos y sacando maquetillas, se permitía cantarte de tú a tú, preocupándose no tanto del impacto de la primera impresión como de aparentar que ya llevábamos escuchándole, y conociéndole, varios años.

Es lo bueno que tiene la producción ponsera: que parece haber estado siempre ahí. Su artífice se ha sentado contigo en cualquier bar dispuesto a pedir la última con el mayor cinismo del mundo; se ha pintado el careto con colores absurdos para enturbiarlos con lágrimas triunfantes durante la victoria de tu equipo. Y, cuando te dejaron y no sabías si lo que querías entonces era un hombro sobre el que llorar o un oportuno reencuentro con la Play, tan leal, tan acogedora, Rafa Pons se ha amoldado a tus designios, y además se ha subido a casa un par de litronas del chino porque le pillaba de paso. Todo, sin necesariamente mencionar la palabra ‘amor’. No te jode.

Pese a esta atemporalidad, nuestro hombre no es lo que se dice un veterano de la movida musical/cantautoril, y hay ciertas paradas obligatorias por las que aún no ha transitado. Justo después de publicar el imprescindible librito de relatos (“A cuento de nada”), pero un poco antes de significarse políticamente y volverse un coñazo, se le ha ocurrido grabar un disco en directo, por título “Hambre de balón”. Y El Quinto Beatle ha estado allí para ver cómo se daba la cosa.

En esta crónica no va a haber símiles futbolísticos

Es mediodía en Madrid, y llueve. El Teatro Nuevo Apolo refulge a un lado de la plaza de Tirso de Molina y va tragándose a los rafaponsers, aliviados porque el hombre del día haya tenido el buen juicio de ponerse a cubierto. Se van colocando por la sala tras un vistazo despectivo a esas butacas que pronto volverán a obligarles a escuchar “La Mosso” sin moverse demasiado, y reparan en que en el escenario, en torno al pie de micro del solista, cuelgan dos zapatillas de deporte. Ah, claro. El tema este del fútbol.

Rafita es alguien muy de relatos –no en vano, como se ha apuntado arriba, tiene un libro de ellos–, y parece que no le convencía la narrativa de un título como “Rafa Pons en el Nuevo Apolo”, por lo que se inventó el tema este del fútbol. Dicha ocurrencia no ha ido más allá, por suerte, de las citadas zapatillas y de cierto desdén por el buen gusto en la indumentaria de los músicos… sin olvidarnos, claro, de la avidez con que los medios se han lanzado a las figuras balompédicas para rellenar textos. Este redactor, como es muy original y, además, de fútbol no tiene ni repajolera idea, se va a abstener de esto último.

Total, que el directo comienza con “Las demás” y con el artista corriendo por el escenario a tiempo de insertar los polémicos “shalalás” que clausuran el tema. La sigue un “Olvídate de ti” tocada sin demasiada energía, y seguidamente Rafa se dirige directamente a nosotros para aclarar que todo está siendo grabado. Con mucha campechanía, y revestido de toda la confianza que inspira alguien que parece que vive en una resaca constante, el gran hombre se muestra dichoso de estar allí –dice más veces de lo prudente la palabra ‘mola’ –, revela que va a haber colaboraciones especiales, y que lo normal, por tanto, va a ser “Que pasen cosas”.

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Fotografía: Beatriz Langreo

De colegueo

No hemos tenido aún tiempo de acomodarnos en esas fascistas butacas cuando aparecen El Niño de la Hipoteca –que justo venía de un bolo en Gran Canaria para al día siguiente irse a otro en Tenerife, según Pons, “porque le pillaba de paso”– y El Kanka para cantar ese temazo tan cinéfilo y macarra titulado “Julia Roberts”. La cosa se anima tanto cuando llega el estribillo que hasta soslayamos el acusado desnivel de audios entre los micros de los tres amiguetes –como es de suponer que se soslayará, posteriormente, a la hora de desarrollar el disco–, y nos sentimos, por fin, dentro del concierto. Más o menos por entonces mi acompañante decide tomarse muy en serio el curro fotográfico (tener una gran pegatina de prensa por la que no te invitan a cubatas conlleva una gran responsabilidad) y se va de tour por la platea buscando ángulos, deteniéndose su vista en la media de edad de los asistentes –como estaba previsto, de treinta para arriba– y en un palco habitado íntegramente por sesentones que lo están dando absolutamente todo. Más o menos por entonces, también, ambos comprendemos que nos estamos haciendo mayores.

Igual no tenemos cubatas y son las dos del mediodía, pero eso no exime a Rafita de darle al bebercio entre temarrales: ahora toca uno nuevo, llamado “No se me da bien”, que va con presentación incluida y que resulta que huele ya a clásico. Para “Algo de tiempo” recurre a Marwan, que pasaba por allí, y la confluencia de voces queda mucho más resultona que en la colaboración anterior. “Supongo” es una canción que le gusta mucho, y por supuesto tendría que estar en esa exhibición de greatest hits. En “Buenos Aires” viene Funambulista, y pues qué bonito todo.

El recorrido por los cuatro discos que el barcelonés lleva a sus espaldas (“Mal te veo”, “Insisto”, “Persona, animal o cosa” y “Disimula”) vuelve a ser interrumpido por una nueva incorporación: esta vez se trata de la muy correcta y muy homónima “Hambre de balón”. A continuación, una canción tan tremendamente hermosa como “Nieve en la ventana” requería la participación del cantautor romántico de turno, y quién mejor que Luis Ramiro para salir del paso. Con semejante aglomeración de intensitos con guitarras en el Nuevo Apolo, uno piensa para sus adentros que ya va siendo hora de que Rafita se arranque con un “Estrella del shock” para pasar lista. Spoiler: no lo va a hacer.

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Fotografía: Beatriz Langreo

Entre el cagar y el tocar el arpa

El tópico establece que una de las peores preguntas que te puede hacer tu novia no es, en contra de lo que pudiera parecer, “¿Por qué no te gustó El despertar de la Fuerza?”, sino “¿En qué estás pensando?”, y para salir de tan molesto brete ideó el señor Pons una canción tan maja como “En ti”, que el público corea con pompa y circunstancia.

“Persona, animal o cosa” antecede al absolutísimo pepino –y la muestra más clarividente de por qué las butacas son EL ERROR– llamado “Bobo”, que instaura un dramatismo e introspección luego rápidamente demolidos por la simpatía y diversión que emana “La mosso”, introducida, como habitúa Rafa, por un sincero Yo no soy ninguna autoridad en esto del amor, pero sí he escrito una canción sobre el amor a la autoridad”. Avisa justo después que esto va llegando a su final. “Rafita guapo”, obtiene por respuesta, que le lanza alguna señora de por ahí.

“Estupenda” es lo último que tocan antes de marcharse a los bises, en inicio de los cuales el artista se queda a solas con su Sam particular para que le toque al teclado la inmensa “La fiesta en paz”. Vuelve la banda, Rafa saluda a su mano derecha Santi Noriega –bajista y lo que le echen– con una palmadita en el culo muy varonil, y tocan un “El último pedazo del pastel” algo desangelado. Pero oye, no pasa nada. Ahora viene “Malaputa”.

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Fotografía: Beatriz Langreo

Moraleja

“Malaputa” es una canción con una coreografía muy compleja que permite, por fin, que nos levantemos de nuestros asientos. Como si hiciera falta, el maestro de ceremonias procede a ilustrarnos sobre los pormenores de la susodicha, estableciendo el ‘se mueve el bus’, el ‘karate-kid-corto-mojama’, el ‘cojo-pichicas-deiaios’ y el ‘Beyoncé’ como pasos primordiales (más información en este tutorial), y toda la sala se pone a mover el esqueleto de manera gloriosamente ridícula.

Acabamos, no podía ser de otra manera, con “Voy persiguiendo la luna”, la canción compuesta por un único verso («Voy persiguiendo la luna, me cago en tu padre, y no tengo ninguna razón para odiarte, pero simplemente me acuerdo de ti”) que se repite y se repite al tiempo que deseamos que no acabe nunca. Los abuelillos del palco están arribísima en todos los sentidos y tememos que alguno se caiga de ahí, pero todo va bien y se queda, en resumen, un muy buen disco en directo. Agradecimientos a El País por alojar el evento dentro de su espacio de Las Matinales, despedida y reverencia, y Rafita se marcha con la satisfacción del deber cumplido y la promesa documentada del éxito. Con la tranquilidad postrera de quien, en efecto, ha marcado un golazo.

Ups.

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Fotografía: Beatriz Langreo