Tratado sobre la felicidad: Xoel López en La Riviera

Crónica de nuestra cita con el artista gallego en una de sus tres fechas por el fin de gira "Paramales"

El por qué todos deseamos, o todos los que tenemos dos dedos de frente deseamos, ser estrellas de rock, es algo que encuentra su contestación más visual en Xoel López dando un directo. No por su músico virtuosismo, ni por el talento contrastado en la manufacturación de canciones excelsas; ni siquiera porque sea un fucker que ha conseguido el amor de Lola García Garrido y no deja de solazarse con él ante nosotros –la fotógrafa bonaerense forma parte de su banda haciendo un poco de todo, siendo particularmente ducha con los coros y las cucharas–, no. Es algo más sencillo, más vital.

Es su eterna sonrisa. Es la conversación casual e inaudible que mantiene a fascículos con ese pipa, inmortalizado como Ismael, que le tiende una guitarra distinta para cada canción. Es la manera de intercalar gritos tribales, milenarios, entre los requiebros reconocidos de sus tonadas. Es, en resumen, y maldita sea, Xoel López abandonando el escenario mientras baila la conga.

Hace dos horas y pico, una cantautora llamada BambiKina ha asegurado que, mucho antes de saber que telonearía al gran hombre, ya tenía comprada su entrada para verle en la madrileña sala de La Riviera el 27 de octubre. Insiste en que es un placer, insiste en su condición de grupi, e insiste con la misma sinceridad enérgica con la que a continuación nos presenta temas como “Pirómana” o “Escorpiones de tequila”. Y lo hace sola, vulnerable, sin la banda que en bolos previos le cubría las espaldas. El resultado es íntimo y atmosférico, y lo deja todo pintiparado para la irrupción de ese “Patagonia” que ya olemos, y que iniciará el publicitado fin de gira de “Paramales”.

Todo es igual, pero nada es lo mismo

Americana subrayando con férreas líneas su cuerpo delgado, camisa de lunares juguetones, guitarra tan dinámica y equívoca como su carácter galaico, Xoel López avanza y parece tener para todos y cada uno de nosotros una mirada cómplice, un gesto de familiaridad, una pequeña pizca de su alegría por compartir. El clímax apabullante de la citada “Patagonia”, con esos coros cruzados confirmándonos que vivimos una velada excepcional, precede sin tregua al “Yo sólo quería que me llevaras a bailar”, y a un contundente setlist que alternará con gran sentido del equilibrio el íntegro “Paramales” con la mayor parte del anterior “Atlántico”, y un par de concesiones al pasado Deluxe.

La indómita agresividad de “A serea e o mariñeiro” surgió, según se nos cuenta, tal y como surge todo: con un niño mirando hacia el mar. Acto seguido nos reta el muy bromista a recordar la siguiente, y nuestros oídos se recrean en ese “Por el viejo barrio” tan atemporal e inexplicable. Con circunstancias así, cuesta bien poco esfuerzo vislumbrar la salida del laberinto de mierda que construyen “Caracoles”, y aprovechar la ocasión para cantar ese himno viajero titulado “Hombre de ninguna parte”.

Xoel mueve las caderas, de vez en cuando da un paso adelante y se exhibe obscenamente ante los semblantes alucinados de quienes hemos decidido colocarnos en primera fila para ver si se nos pega algo. Y claro, ahí el directo es más directo, la intensidad tiene un peso físico, y cuesta más abrigar un pensamiento coherente que, cuando inexorablemente se perfila en nuestras cabezas, construye también un eco: ¿cómo puede ser alguien tan dichoso?

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Fotografía: Alejandro del Estal (http://www.alejandrodelestal.com/)

Salta, salta

«Que la vida te dé”, dice Xoel de pronto, y “Todo lo que merezcas” se despliega dando cuenta de su química perfección, de su inabarcable potencia melódica. Es tal la pegada que no hay tiempo material para reflexionar sobre la rabia herida que exhuma el tema, tan inédita y fuera de lugar en alguien que sólo ha de mirar a un lado de las tablas, allá donde Lola tararea vocales, para recordar que la vida es buena. Finaliza, pero sigue sin haber tiempo, y para recordar los viejos decide llamar al escenario a Miguel Rivera, de Maga, a tocar con él “Ver en la oscuridad”, una de los mayores hallazgos que dio cuando Deluxe.

“Yo vi a un hombre desaparecer”, la acusación que formula “Caballero”, esa “Sol de agua” que cada vez que sale a colación él mismo defiende su calidad –como si hiciera falta– el show continúa y los minutos perceptibles no están invitados. “Un año más” desde que te fueras a hacer las Américas, y aquí seguimos.

Sucede entonces que hay que tocar “El asaltante de estaciones”, y que a los que ya han presenciado anteriormente lo que Xoel y su banda hacen con ese tema les cuesta contener la respiración. La enloquecida batería a la que el cantante se encarama y grita “Hey, hey, hey”, esa salmodia que dice así: «Salta, salta, asaltante de estaciones”, y que nos conduce porque no hay otra a ese puente tan desquiciado en la que hay que echar el resto, un poco, también porque no hay otra. Xoel muestra su pericia con las seis cuerdas, sigue con sus hipnóticos cantos de chamán, y brama ese “Salta” que suena a Batman y a broma infinita, y que nos transporta a la parte final. “Yo soñaba cada día poder alcanzar la playa”, ha confesado antes o después de este torrente musical, para que “Tierra” nos lleve al cielo.

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Fotografía: Alejandro del Estal (http://www.alejandrodelestal.com/)

A solas

“Paramales” está próximo a no dar más de sí, desfilando flamantes “Almas del norte”, “Laberinto” y “Ningún nombre, ningún lugar” con esos laralás marca de la casa que lo tornan todo milenario. A la altura de “De piedras y arena mojada” ha insistido Xoel un par de veces que ésta es la última canción. Nos concede el beneficio de la duda, pero cuando Ismael no le tiende como suele otra guitarra vuelve a asaltarnos ese infausto y absurdo temor hacia los bises y su contingencia. Y ahora qué. ¿Éste es el auténtico fin de gira?

Por supuesto, no. Aún quedaba por tocar “La casa hace ruido cuando no estás”, aún tenían que volver a subir Xoel y Lola, en su única compañía. Xoel se enfunda una guitarra acústica para gran alivio de los amantes de arpegios, y se coloca a una muy escasa distancia de aquélla con la que comparte hijo y autoría. Los cuerpos casi se tocan, sólo hay un micrófono, y las voces de ambos han de coordinarse y copular para que esos “Ya sé que siempre estás conmigo” suenen constantemente etéreos, veraces. Eróticos. La estampa es hermosa y envolvente, y nos depara el mejor momento de la función.

La banda retorna, y cuando Xoel añade que ésta sí que es la última no tenemos más remedio que creerle. Antes de despedirse definitivamente, Xoel es humano –por una vez– y anuncia que en breves se pondrá a trabajar en un nuevo disco. La alegría nos embarga, y como el cantautor más pop sabe perfectamente que para después de cada gran estrofa sólo hay un único estribillo posible, se arranca con “Historia universal (El amor no es lo que piensas)”. El amor quizá no es lo que pensamos. Pero la felicidad, esta noche, sí que lo es. Y es la que atinamos a asociar a una sola persona.

La misma que agradece a la directiva de La Riviera haber dejado que sonara en su momento, para calentar motores, el “Ojalá” de Silvio Rodríguez. Ese “Ojalá” que lo que es Xoel López ya ha superado, y que ya no tiene ningún sentido para él.

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Fotografía: Alejandro del Estal (http://www.alejandrodelestal.com/)

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