Ocasionalmente escribiendo canciones para Destiny’s Child, haciendo apariciones esporádicas en películas de medio pelo y con dos discos de alcance limitado en su haber, la carrera de Solange a principios de este año podía llamarse de todo menos estable. Hasta hace poco, Solange no era más que una curiosidad, la hermana pequeña de una superestrella del pop a la que poca gente tomaba en serio. Esto, por supuesto, es comprensible si tenemos en cuenta que su hermana es probablemente una de las cantantes más destacables de nuestro joven siglo. Usar el apellido Knowles sin el nombre de Beyoncé es algo parecido a quitarle el Furtado a Nelly. Se puede, pero queda raro.

También es cierto que, atendiendo a su trayectoria, a la artista nunca ha parecido preocuparle mucho separarse de la estela de su hermana, sin la cual no se explica su trato con grandes discográficas y una más que aceptable difusión mediática si tenemos en cuenta su corta e irregular producción. Esto no es decir que su sonido sea exactamente igual, esto no es decir que Solange no tuviera talento y carisma. Pero tampoco nos hemos caído de un guindo como para sorprendernos ahora de que el tráfico de influencias asome su cabeza por esta historia.

“A Seat at the Table”: mira mamá, yo también sé cantar

“A Seat at the Table” es el álbum de madurez de una Solange que, a la edad de 30 años y tras desarrollar una carrera a la sombra de su apellido, ha sido por fin capaz de encontrar su propia identidad musical.

Estoy, por supuesto, hablando del pasado. A lo hecho, pecho, y lo cierto es que todo esto se merece un gigante y loable ‘sin embargo’, pues si no, no habría razón para escribir estas líneas. El treinta de septiembre de este año, de un modo brusco e inesperado, Solange realizaba un cambio de sentido ilegal en mitad de su autovía particular, tomando la primera salida en camino hacia su nuevo álbum: “A Seat at the Table”. En una maniobra magistral, la eterna hermana pequeña realizaba así la que probablemente sea una de las metamorfosis artísticas más memorables de los últimos años. La prueba está en la portada de su nuevo LP. Atrás quedan los colores, el maquillaje y la extravagancia de otros tiempos. La renovada Knowles se presenta aquí tal cual es, sin colorantes ni conservantes.

“A Seat at the Table” es el álbum de madurez de una Solange que, a la edad de 30 años y tras desarrollar una carrera a la sombra de su apellido, ha sido por fin capaz de encontrar su propia identidad musical. Con este trabajo, la cantante resurge de entre sus cenizas, consagrando su esfuerzo, proclamándose como artista ‘re-revelación’ del año. No sólo eso, sino que, además, en un momento de indudable apogeo para la música negra, este trabajo se consolida como un testimonio indispensable para entender un momento histórico en términos tanto socio-culturales como musicales y se añade automáticamente a otros de los grandes álbumes de música negra de esta década.

Fotografía: Press

En un momento de indudable apogeo para la música negra, este trabajo se consolida como un testimonio indispensable para entender un momento histórico en términos tanto socio-culturales como musicales y se añade automáticamente a otros de los grandes álbumes de música negra de esta década.

El primer track, “Rise”, funciona de maravilla como introducción, exponiendo por primera vez el tono autoafirmativo y personal del álbum con sus simples líneas: “Walk in your ways, so you won’t crumble”. Solange habla aquí de raza, de identidad y de originalidad, todo a la vez. Básicamente: acepta lo que eres y llévalo al máximo exponente. “Weary” continúa con esa interminable y tormentosa búsqueda de pertenencia e identidad sobre una esquemática aunque adictiva instrumental de percusiones cíclicas y piano desperdigado que se extiende hasta el siguiente corte: “The Glory is in You”, un interludio en el que escuchamos el primer extracto hablado del rapero Master P.  Interludios como este pueden ser encontrados a lo largo de todo el álbum, algo que dice mucho de lo que el trabajo en sí quiere representar: “A Seat at the Table” no es sólo conjunto de canciones. La misión de este LP es establecer un diálogo con el oyente, haciéndole reflexionar sobre lo que está escuchando. Así pues, todos los skits encajan perfectamente en su lugar y sirven como elementos conductores que enlazan la línea discursiva del álbum, llevando las reflexiones en las letras de Solange un paso más allá y haciendo más fuerte el sentido de comunidad del que sus canciones hacen gala. En éstos, la cantante cuenta con diferentes invitados como su padre en “Dad Was Mad”, Tina Lawson en “Tina Taught Me” o Kelly Rowland en “I Got So Much Magic, You Can Have It”.

Cabe destacar entre estas colaboraciones, sin embargo, la importante presencia del ya mencionado Master P a lo largo de todo el tracklist, a través de los interludios “This Moment”, “For Us By Us”, “No Limits”, “Pedestals” y “The Chosen Ones”, todos desarrollando mediante extractos lo que parece ser una entrevista en el que éste da testimonio de su vida, el orgullo negro y la superación personal. No puedo evitar aquí trazar una comparación con el poema que hace de espina dorsal en “To Pimp a Butterfly”, el cual, de una manera similar, se desvela conforme se avanza en la escucha. El álbum de Kendrick, notable por el discurso racial ligado a la búsqueda personal, es sin duda una influencia innegable en Solange, que presenta una estructura narrativa y temática muy similar aquí.

“A Seat at the Table” no es sólo conjunto de canciones. La misión de este LP es establecer un diálogo con el oyente, haciéndole reflexionar sobre lo que está escuchando.

Cranes in The Sky”, indiscutiblemente una de las mejores canciones del álbum, es una relajada canción soul que sube un punto la intensidad para hablar del sentimiento de culpabilidad de la mujer negra que intenta escapar de los problemas de su comunidad, expresando mediante una bella metáfora el sentimiento de claustrofobia que la oprime: “It’s like cranes in the sky, sometimes I don’t wanna feel those metal clouds”. Esta culpabilidad, sin embargo, se torna en rabia en “Mad”, en la que Solange reivindica su derecho a estar cabreada con una sociedad que no le deja estarlo, todo junto a un excelente Lil Wayne muy favorecido gracias a un rollo soul que da un toque de seriedad a un rapero normalmente banal y poco destacable.

Pese a que es cierto que el álbum puede pecar de lánguido en ciertos momentos, canciones estratégicamente colocadas como pueden ser “Borderline”, “Junie” o incluso “Don’t You Wait” contribuyen a crear un sentimiento de dinamismo y de diversidad con sus tintes groove y casi funk, mientras que otras como la jazzística “Where Do We Go” sacuden el cuerpo con sus líneas de bajo y su contundente percusión. Este dinamismo no se consigue solamente mediante el cambio de registro musical, sino también mediante cortes que, como “F.U.B.U.”, a primera vista inofensivos, consiguen crear tensión con un mensaje que, aunque camuflado bajo la sutileza del soul, contiene en sus palabras la dureza de lo que bien podría ser el estribillo de una canción protesta de rap:

All my niggas in the whole wide world
All my niggas in the whole wide world
Made this song to make it y’all’s turn
For us, this shit is for us”

Su fuerza reside en su mesura y equilibrio casi renacentistas. Solange nos hace llorar, reflexionar y bailar, todo al mismo tiempo, y lo que es más importante: uno termina de escuchar este LP con un irresistible deseo de ser mejor persona.

Don’t Touch My Hair” es otro perfecto ejemplo de la variedad de la que el álbum hace gala. Este corte es sin duda otro de los grandes momentos del LP, presentando una fuerza que reside principalmente en una textura muy a lo Chet Faker y una aparición estelar de un cada vez más consolidado Sampha, todo acompañado por una estructura que crece en intensidad y detalle conforme avanza el track llegando a una conclusión satisfactoria, aunque lo suficientemente poco épica como para encajar con el tono relajado del álbum. Esta influencia electrónica se deja también ver en instrumentales como la de “Don’t Wish Me Well”, repleta de esos ecos neo-ochenteros tan de moda y que, sorprendentemente, casan a la perfección con el delicado soul de Solange. El cierre del LP, con una casi psicodélica “Scales”, se hace realmente memorable, poniendo el broche final al testimonio de Solange con una conmovedora última reflexión del conductor del álbum, Master P: “Now, we come here as slaves, but we going out as royalty, and able to show that we are truly the chosen ones.

Pese a contar en total con más de 21 tracks, “A Seat at The Table” es un disco que resulta perfectamente redondo y compacto. Su fuerza reside en su mesura y equilibrio casi renacentistas. Musicalmente está repleto de buen gusto y de sonidos tremendamente variados que, sin embargo, nunca llegan a perder el sentimiento de comunidad. En términos líricos y temáticos, lo mismo puede ser dicho: la cualidad coral de este trabajo nos permite conectar el discurso personal de Solange con una infinidad de voces más, uniendo lo personal y lo político, lo individual y lo colectivo. Solange nos hace llorar, reflexionar y bailar, todo al mismo tiempo, y lo que es más importante: uno termina de escuchar este LP con un irresistible deseo de ser mejor persona.

Solange – A Seat at the Table

8.5 HOT RECORD

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Con “A Seat at the Table”, Solange se desprende no sólo de la sombra de su hermana, sino de también de su propia máscara, todo para mostrarse ante nosotros como una mujer completa, madura y con muchas cosas que decir. Un salto de calidad increíble con respecto a sus anteriores trabajos que sin duda pasa ya a formar parte del paseo de la fama de la historia de la música negra.

Up

  • Estilísticamente impecable.
  • Una estructura sin fisuras, homogénea y redonda de principio a fin.
  • Genial híbrido entre lo personal y lo político, evitando cansar al oyente con la protesta vacía que caracteriza tantas canciones.

Down

  • Se echa de menos alguna colaboración más del mundo del Hip Hop.
  • Quizás algunas canciones se podrían beneficiar de una producción menos esquemática.