Existe un desajuste filosófico entre las aspiraciones de elevación intelectual de ciertos raperos y esa apología a la incontinencia pubescente sobre la que portan sus personas artísticas. No es que ninguna de las dos cosas tenga algo de reprobable por separado, pero cuando se juntan pueden o bien descender unidas al Olimpo de la transgresión de dudoso gusto, o bien escalar en detrimento de la autenticidad de los que sincronizadamente las practican.

Eso último es lo que le sucede a Mac Miller en “The Divine Feminine” (cuarto álbum de estudio del músico), al igual que cada vez que se tumba en el canapé de Luis XVI y le entran ganas de comer pollo frito, o lo que equivale sónicamente; cuando diseña beats paisajísticos que evocan (o directamente samplean, como en aquel “Diablo” incluido en su más reciente mixtape, “Faces”) a John Coltrane para, por encima, ponerse a hablar de empotrar personas contra paredes. Sí que es verdad que, en “Skin”, a modo de ejemplo, primero las compara con pinturas e instalaciones artísticas, pero luego bien que va y se las incrusta de todas formas, por lo que, para entonces, ya no hay finura ni Shakespeare resucitado que lo salve de haber deshonrado el buen nombre del jazz. Y en la misma enumeración de incongruencias, si además había avisado de que la excusa moral de este disco era exaltar la energía femenina que es el universo, la madre que es la naturaleza y no sé qué paranoias extra con tacones, ¿por qué sale con la misoginia congénita al hip hop de siempre? Parece que Mac Miller ha decidido limitarse a madurar en el planteamiento, pero no en la ejecución.

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Mac Miller ha decidido en «The Divine Feminine» limitarse a madurar en el planteamiento, pero no en la ejecución.

En cuanto a menesteres técnicos, por otro lado, sí que ha crecido bastante más; desentendiéndose de la lobreguez adolescente (de vulgar reminiscencia al clásico sonido Odd Future) que caracterizaba a introducciones como la del “Watching Movies with the Sound Off” y distanciándose también de las no menos manidas cacofonías perezosas del predecesor “GO:OD AM”, “The Divine Feminine” rompe por fin con su habitual salutación mortecina y dice hola a la melodía de “Congratulations”. Suena a ese aroma de portal de entrada a los cielos que hace que no sea necesario colocarla en la primera posición de la lista para saber que se encarga de abrir algo arrebatador. Tanto los suspiros de Ariana Grande como los que ella misma provoca en Miller marcarán ya desde buen comienzo la tónica sonora y temática del álbum; intimidad y pasión romántica como fuerza impulsora de trascendencia vital. Murmullo, gimoteo y risita angélica de la diva del pop dan paso al que probablemente sea uno de los momentos más azucarados en la historia del rap desde aquel «I love you like a fat kid love cake” de 50 Cent, que el soulero Bilal se encargará de cerrar con marcada sensualidad.

Le sigue en notable contraste rítmico (y con sabrosa aportación de Anderson .Paak, la esperanza del R&B del mes) “Dang!”, primer sencillo de “The Divine Feminine”, poniendo de manifiesto la nueva personalidad colorista que le han traído las jóvenes musas del amor. “Stay” persiste, continuando con la atmosfera del corte anterior, en implorarle a la chica que no se marche. Mientras cae arrodillado a sus pies y la toma de las manos, recupera las aguas en calma y la ingravidez anímica conseguidas en la pista introductoria. Para esta ocasión, no obstante, en lugar de mediante un piano posimpresionista encomendado en la suave tarea de encauzar “Congratulations”, se sirve de una trompeta que invoca la abertura de pórticos imperiales oníricos, además de poder proceder fácilmente del “Coloring Book” de Chance the Rapper o de la boquilla de un Donnie Trumpet cualquiera.

Pese a lo bienintencionado de la propuesta y siendo a modo de álbum conceptual todavía un esfuerzo muy pasivo-agresivo, “The Divine Feminine” se alza como el conjunto más sólido y, no casualmente, concentrado entre la breve discografía del de Pittsburg.

Alcanzado el orgasmo literal en el que desemboca “Stay” (y superada la situación incómoda consecuente, en caso de que la escucha de dicho tema fuera acompañada de padres o madres), “Skin” trae consigo la banda sonora perfecta al alivio postclímax, un puro ejercicio de regodeo carnal con coros femeninos cargados de lascivia. Pero la gran ironía de 8 minutos exactos del “The Divine Feminine” no reside en venerar la feminidad al tiempo que se la reduce a suplir comida con vaginas, tal y como se enorgullece en declarar Miller durante un fraseo estelar en “Dang!”. Se encuentra en su ecuador cronológico, se llama “Cinderella” y trata de colocar a Ty Dolla $ign en el papel de distinguido caballero (no siendo él nada de eso) con misteriosa credibilidad. A los 6 minutos de pista, el outro se transforma en un Mac Miller aporreando,  alcohólico y lloroso, unas teclas oscuras en medio de una estancia solitaria, como si todo el subidón de ir de la mano de un Ty Dolla de ojos azules no hubiera existido jamás.

Ya bien atravesada la mitad del largo, “Planet God Damn” (con cameo de Njomza) y “Soulmate” insisten en la grandeza de ciertas cualidades tradicionalmente femeninas, como son la vulnerabilidad y la compasión, mecidas entre los brazos más cantores que raperos de su creador. Y por arte de un “We” que hace flotar desde la garganta del dos veces enorme CeeLo Green, arranca la triada de despedida del “The Divine Feminine”. “My Favorite Part”, tercer single tras la canción que lo precede, es un oasis desecado de testosterona en el que se transluce cuán enamorado está el también conocido en Instagram como Larry Fisherman de su actual pareja. Es así como Ariana Grande aprovecha para apoderarse del track y hacerlo pegadizo y pasado de sacarina.

En el paso por paso, en el canción por canción ha dado zancadas más largas y ha rozado estrellas más brillantes en esfuerzos anteriores que en prácticamente ninguna de las 10 meritorias que se recogen en su feminidad divina.

Y justo cuando el dulce y el color rosa empezaban a resultar excesivos, Kendrick Lamar, quien por su parte ya es un Dios en figurado y literal, llega al rescate. No se sabe con qué superpoder, pero logra estar en todas partes; sólo le falta un verso en algún tema de Metallica y otro con el japonés ese del boli y la manzana para conquistar todas las esferas de la vida terrestre. Y precisamente de versos, o de la falta de los mismos, trata la ligera decepción en ese piadoso “God is Fair, Sexy Nasty” dentro del cual se nos aparece. Cuando K. Dot quiere cantar y nada más que cantar, sus fieles callamos y escuchamos, porque el Señor nos da la que necesitamos, que puede no ser lo que queremos. A las malas siempre se le puede echar la culpa a Mac, quien dejándonos sin recitación de Lamar y haciéndonos, por consiguiente, un poco menos felices, ha conseguido lo imposible: que Kendrick no se adueñe de un tema en el que colabora.

Pese a lo bienintencionado de la propuesta y siendo a modo de álbum conceptual todavía un esfuerzo muy pasivo-agresivo, “The Divine Feminine” se alza como el conjunto más sólido y, no casualmente, concentrado entre la breve discografía del de Pittsburg. En el paso por paso, en el canción por canción, sin embargo, ha dado zancadas más largas y ha rozado estrellas más brillantes en esfuerzos anteriores que en prácticamente ninguna de las 10 meritorias que se recogen en su feminidad divina. Se esperaba más de Mac Miller pero, como premio de consolación, ya sabemos que el próximo será aún mejor.

Mac Miller – The Divine Feminine

7.9

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Mac Miller ata cabos de colores entre la intimidad y el universo con un “The Divine Feminine” que lo descubre en la versión más madura, vulnerable y asertiva de sí mismo, luchando entre la espada de sus ansias de ascensión y la pared del legado intemperante que lo subió tan arriba y desde tan alto lo dejó caer.

Up

  • La exquisitez y medida de las colaboraciones, así como su inesperada pertinencia.
  • La coherencia conceptual del álbum como un todo.
  • La renovación de un estilo ahora más luminoso, adulto y personal.
  • Mac Miller dando la talla como cantante.

Down

  • La todavía vaga exploración conceptual del disco.
  • El arrastre irremediable de recursos líricos que deberían quedar ya relegados a otras etapas vitales del artista.
  • Mac Miller cantando demasiado y perdiendo las ganas de pelear con las letras.