Arcade Fire

Arcade Fire –
Reflektor

En Reflektor los canadienses abandonan los suburbios y buscan una vía de escape hacia el más allá, guiados por un festivo ritual caribeño. El álbum es testigo de su experiencia transformadora en las calles de Haití, cuyas influencias calaron muy hondo en el espíritu de Arcade Fire, quienes, ni creados ni destruidos, consiguen consagrar un sonido muy pulido que se alza entre lo místico y lo terrenal.

Reseñar Reflektor de los bien logrados Arcade Fire con motivo de su cumpleaños es algo que me hace muy feliz. Principalmente porque hablar ahora de Reflektor es como hablar de un familiar, de un amigo que ya lleva tiempo con nosotros y al que ya conocemos bastante bien, al que hemos podido ir domesticando (que diría Nick Cave) y con el que nos sentimos bastante más cómodos que en 2013.

Reflektor fue un cambio de paradigma en el concepto construido alrededor de Arcade Fire, quienes tras un excelente The Suburbs (ganador del Grammy a álbum del año) regresaron con unas metáforas más abstractas y menos post-adolescentes. Abandonaron esos Suburbs y se mudaron a Haití, cuya fiesta, desenfreno e imaginario les pudo. “No hubiéramos podido hacer este álbum sin Haití”, reconocería Will posteriormente.

De soñar en el dormitorio al extravagante carnaval haitiano

Los canadienses han buscado recurrentemente un movimiento sonoro festivo (con sus matices, eso sí) que va más allá de sus líricas, determinadas en hacernos reflexionar.

Arcade Fire se han caracterizado siempre por ser la epopeya devastada de la ciudad, la euforia radiante de los suburbios y las ganas de gritarle a la vida que todavía queda luz por brillar y amor por celebrar. Los canadienses han buscado recurrentemente un movimiento sonoro festivo (con sus matices, eso sí) que va más allá de sus líricas, determinadas en hacernos reflexionar. En este camino, Reflektor los ha trasladado a un terreno más arty, repleto de referencias artísticas que rozan una conceptualidad más mental que pasional (véase la extravagancia de The Reflektor Tapes).

Así, en Reflektor trazan metáforas alrededor del reflejo de otro mundo. Con ellas cruzan el umbral y consiguen posicionarse como una banda que no tiene miedo a probar fórmulas más raras para consagrar su mensaje, capacitados para ir al más allá y volver, solamente acompañados de la música, como un Orfeo en busca de su Eurídice. En este sentido, debemos entender Reflektor como la experiencia transformadora que ha significado el Caribe para la banda, que, pese a todo lo que se dijo en su momento, no queda tan dramáticamente lejos de esa “Haiti” que cantaron en Funeral (2004). Sólo que ahora tienen mucha más ambición y cuentan con más medios (entre los que está la producción de James Murphy de LCD Soundsystem), demostrando que son capaces de crear un nuevo mundo propio, con lógica y sin fallar en el intento.

Fotografía: Guy Aroch

Orfeo en busca de Eurídice

En Reflektor trazan metáforas alrededor del reflejo de otro mundo. Con ellas cruzan el umbral y consiguen posicionarse como una banda que no tiene miedo a probar fórmulas más raras para consagrar su mensaje, capacitados para ir al más allá y volver, solamente acompañados de la música.

Reflektorcristaliza desde su inicio la nueva dinámica de unos Arcade Fire prominentemente más tropicales. Su sonido emerge desde un halo de luz y entra a base de tambores, sintetizadores y las inseparables guitarras eléctricas. “Trapped in a prison, in a prism of light. Win y Régine están obsesionados con encontrar la forma de escapar para penetrar en el ‘más allá’ mental y espiritual, pero todo parece ser una ilusión. Encontrar la manera de entrar será más difícil de lo que creían. Desde su primera canción, Reflektor parece consagrar un ritual haitiano, nos sumerge en una especie de catarsis en la que se nos invita a perder el norte y dejar que la percusión y los teclados entren a nuestro sistema, a modo de trance purificador.

Más clásica dentro del espectro Arcade Fire se desenvuelve “We Exist”, cuyo bajo ochenteno capitaliza la inmersión del tema bajo nuestra piel. Nos devuelve el placer del éxtasis contenido gracias a la grandeza que consiguen con la superfusión de motivos instrumentales en los que la voz casi queda acaparada por el ritmo. Algo similar pasa en “Flashbulb Eyes”, que de nuevo suena a los Arcade Fire que ya conocíamos. En esta ocasión, utilizan tintes mucho más misteriosos sin distanciarse de los ecos y el acompañamiento haitiano. Queda claro que Win, Régine y compañía siguen apostando por el barroquismo (con tanta gente encima del escenario pocas alternativas tienen), pero pese a ello el tratamiento de las pistas en conjunto está muy pulido, pudiéndose distinguir entre cuerdas, sintetizadores y percusión metálica.

Y llega la fiesta, casi como si saliéramos del estudio y bajásemos a la calle porque hemos visto alboroto. Con una acertada cohesión con “Flashbulb Eyes” aparecen los latidos de “Here Comes the Night Time”, cuyo inicio marca el ritmo de pasacalle que convierte a Arcade Fire en una perfecta banda de fiestas de pueblo. Pese al jolgorio del inicio, “Here Comes the Night Time” suena casi en su totalidad sorprendentemente austera, con falsas subidas de ritmo que acaban dominando un jugoso teclado y un sintetizador de fondo la mar de groove. Quizá los seis minutos y medio son excesivos, quizá, pero concentrar los primeros dos tercios de la canción en algo tan estático hace que cuando despega la turbina se note mucho más. Percusión tropical y guitarras ultra subidas hacen cierta la premonición, que obviamente se acaba convirtiendo en una auténtica locura de masas en sus directos.

Una vía de escape hacia el más allá

Debemos entender Reflektor como la experiencia transformadora que ha significado el Caribe para la banda, que, pese a todo lo que se dijo en su momento, no queda tan dramáticamente lejos de esa “Haiti” que cantaron en Funeral.

Nos acercamos de nuevo al indie-rock característico de los de de Montreal. “Normal Person” es una canción entre el rock y el trópico, una mezcla energizante y llena de vida. El tema contiene ese controvertido inicio: “Do you like Rock and Roll music? / ‘Cause I don’t know if I do, quizá esta duda vuelva a conectarnos con la apertura de horizontes que supuso Haití en Win. El inicio medio en broma de “Normal Person” parece rememorar los inicios de cualquier banda, cuando todos ellos eran ‘personas normales’, categoría que la letra de la canción analizará y criticará.

You Already Know prosigue con el flashback sonoro de Arcade Fire, puesto que podría encajar perfectamente en The Suburbs. Siguen con la broma de la banda que necesita presentaciones, rememorando la entrevista de 2007 en la que Win rompió una cámara a golpe de mandolina (sonido de cámara rota al final incluido). “You Already Know” es algo que, valga la redundancia, ya sabíamos. Tras “Reflektor” y “Here Comes the Night Time”, uno quiere saber dónde está Haití en todo lo demás.

En ese sentido, la parte central del disco condensa un sonido más clásico, hecho que podemos corroborar en “Joan of Arc”, donde desaparecen los tambores caribeños y regresan una batería, guitarras y sintetizadores más ‘convencionales’. En este caso, nos encontramos con la paradoja de que, si bien no es una canción mala, nos deja con esa sensación de no encontrar del todo lo que estábamos buscando. Pese a ello, el disco rápidamente se adentra en ese inframundo en el que Orfeo debía encontrar a su Eurídice. Con “Here Comes the Night Time Part II” simbolizan el portal hasta que los dos amados se reencuentran, dentro de un espacio tenebroso y mucho más contenido.

Entre lo místico y lo terrenal

Reflektor los ha trasladado a un terreno más arty, repleto de referencias artísticas que rozan una conceptualidad más mental que pasional.

El ideal romántico se cristaliza en el tándem “Awful Sound” y “It’s Never Over”. Por su parte, “Awful Sound (Oh Eurydice)” es donde Reflektor vuelve a ser lo que prometió en su inicio. La canción es como un viaje, cuyo final resulta una catarsis casi extrasensorial, una explosión que llevábamos rato esperando y que Arcade Fire nos regalan a grito de I know, there’s a way. Tiene sentido pensar que el díptico es el viaje de Orfeo al inframundo, y así la explosión sería el rencuentro con Eurídice que toma la voz en “It’s Never Over (Hey Orpheus)”, cuya suculenta guitarra guía los dos amantes de vuelta.  Nuevamente retomamos un sonido cálido y depurado que lleva al más allá gracias a unos brillantes y magnéticos sintetizadores.

Igual de ‘catchy’ es el sinte ochentero de “Porno”, que podría haber salido perfectamente de Stranger Things. La canción vuelve a ese terreno misterioso y persistente en el que muy poco cambia. La letra, por su parte, recorre la desafección del mundo moderno, repleto de pornografía, lo que no deja más remedio a Win que plantearse abandonar el mundo en el que se encuentra e irse al ‘Afterlife’ místico.

Afterlife” es el caballo ganador del disco para el que escribe estas líneas. Tiene euforia, tiene penumbra, tiene una excelente producción… Pudo muy bien ser el motivo por el que el álbum se presentó en vísperas de todos los santos, y es que encapsula un encuentro de ultratumba con todo detalle. Lo primero que escuchamos parece una puerta vieja abriéndose al enigmático mundo del ‘Afterlife’; dentro nos esperan unos suspiros lejanos, como fantasmas que se funden entre la conjunción de batería y teclado (un teclado, por cierto, muy parecido al de la intro de Jackie Brown). Abierto el portal, abierta la magia; la canción brilla por sí sola, la metódica fusión de instrumentos tropicales que van desde la percusión a los vientos parece encantar las guitarras clásicas de la banda, apareciendo como ecos lejanos en el inframundo.

Y ya dentro de esta nueva realidad, ya transformados, nos mimetizamos con el espacio. Así se contextualiza una “Supersymmetry” mágica y boreal. Mucho más sobria que el resto del disco, suena como un epílogo hechizado para acabarnos de arrastrar a la imaginación de Arcade Fire, que se marcan un final a lo Brian Eno. Si pensamos en los protagonistas de este disco, probablemente no se nos podía ocurrir un final tan bonito, el cual sin duda remata un álbum que ya podríamos catalogar como imprescindible dentro de su discografía.

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