En la que tenemos una revelación lingüística: Manel en la Joy Eslava

Esperando en la cola para entrar al concierto que Manel darían en la Joy Eslava el 14 de octubre sucedieron dos cosas chulis. Mi acompañante y yo aguardábamos en la calle Arenal de Madrid, nerviosos y aventurando con temor cuáles serían las canciones que se tocarían y cuáles se quedarían fuera en aquella señalada ocasión; según supimos después, una de las pocas en que Guillem Gisbert y compañía habían tenido a bien pasarse por la capital. Entonces, dos reporteros de un canal de cuyo nombre ya tal nos increparon sobre nuestra experiencia con la banda. En riguroso directo, ambos nos liamos a lanzar máximas con mucho cuajo, hablando de Manel como un grupo que “sonaba como si siempre hubiera estado allí” y que “sus letras aunaban el espíritu de las lenguas romances”. Total, que en aquellos instantes pareció tan claro que dicha pequeña charla jamás se emitiría, como que, al poco de desaparecer dichos reporteros, nos partiríamos de risa.

Seguidamente entablamos conversación con dos barceloneses en un tono bastante más cercano y menos pedante, aun cuando éstos se presentaron tan sorprendidos por nuestros atinados comentarios sobre la banda como interesados por cuál era nuestra relación como castellanohablantes con su lírica, y persistía la tentación de sentar cátedra. En éstas nos refirieron cómo en los primeros años de Manel sus integrantes apenas tenían repertorio para rellenar horas y superaban el trance catalanizando (de «Common People” a «La Tortura” de Shakira), versionando (el «No t’enyoro” de Els Pets que dejó de ser suyo en ese mismo instante) o haciendo el imbécil (permitiendo al público cantar los versos que le diera la gana en «Corrandes de la parella estable”). Un precedente como muy jugoso para empezar crónicas de conciertos de manera efectista, por cuanto contrastaba con la sofisticación y madurez que a la postre experimentaríamos.

Preliminares

Antes, fuimos gratamente sorprendidos con la presencia de los bogotanos Pedrina y Río haciendo las veces de teloneros. “Qué onda, Madrid”, se oyó en el escenario informando de que aún quedaba margen para poder demostrar a voz en grito que no teníamos ni puta idea de catalán. Por lo visto, la Joy Eslava les pillaba de paso a Edna Arcila y Javier Cerón al concierto que darían el día 18 en la Sala Clamores junto a Mr.K y Mariel Mariel, y con la excusa temática de Kiki, el amor se hace, exitosa comedia de Paco León que contó con todos aquellos en su banda sonora. A los créditos de ésta aparecía el supersingle “Enamorada”, que cómo no fue la canción más coreada, y postergada inteligentemente para el final del bolo.

Poco más hay que añadir al respecto. Un telón apañado, movidito y alegre, con algunas imágenes excepcionales cortesía de la señorita Arcila, todo un pizpireto primor, que en el momento de entonar “Malo” demostró lo bien medida que tenía su adorabilidad, y lo lejos que sabía mantenerla de lo más flagrantemente ridículo. Bien por ella, pero pasemos de una vez a Manel. Las luces se apagan, se nos ha dicho previamente que escatimemos el flash de nuestras cámaras durante al menos los tres primeros temas, así que parece que la puesta en escena va a tener su currillo.

Arribando

Tampoco es tan así. La movida es inaugurada totalmente a oscuras, con un estallido luminoso en cuanto irrumpen los riffs, y únicamente porque ésta es la mejor manera de presentar un tema tan contundente como “Les cosines”, canción que inaugura, asimismo, el álbum «Jo Competeixo”, su último disco, que esta noche presentan. Cunde el furor, y antes de que nos demos cuenta los músicos han unido dicho tema con “BBVA”, también de última hornada, y defendido con potencia y gusto. Contenemos el aliento cuando Guillem se adelanta y se dirige a nosotros en castellano. Qué alegres están de estar aquí, cuánto tiempo ha pasado, cómo se ha llenado la sala, la siguiente canción no es de nuestro último disco.

“Desapareixíem lentament” pertenece a su anterior elepé, «Atletes, baixin de l’escenari”, y pese a no ser en absoluto de mis canciones preferidas –lo que se traduce en un ridículo y perezoso coro por mi parte de los versos que más se parecen fonéticamente a mi restrictivo castellano–, se desmarca con una batería hiperactiva que yo no recordaba de Spotify, a cargo de Arnau Vallvé. Los conciertos se hacen en directo por cosas como la batería de Arnau Vallvé. Amics.

Durante los siguientes minutos Guillem, ataviado con esas gafillas tan monas y esa guitarra eléctrica tan colocada al descuido –insegura al sustituir el icónico ukelele–, mantiene bajo control elaboradísimas letras que se van sucediendo y que el auditorio paladea voluntarioso, con pocos madrileños en él o, al menos, pocos con ganas de significarse. “Temptacios de Collserola” le sirve de excusa al flamante vocalista, que ya ha comenzado a enamorarnos con sus movimientos de cadera, para disertar sobre la hipotética venida del diablo, y a continuación, con “Boomerang”, consigue el primer hit de la noche. Los temas del indiscutible «10 milles per veure una bona armadura” es lo que tienen. Supone un punto de inflexión, además, por establecer que las guitarras eléctricas que portan no van a ser sustituidas, ni siquiera en los temas más folk. Y qué va a pasar entonces con “Benvolgut”, nos preguntamos. Qué va a pasar si no tocan “Benvolgut”.

Fotografía: Álvaro Macías
Fotografía: Álvaro Macías

Comienza a subir la bilirrubina. O sea, no

La inquietud no tiene otra que disiparse cuando suenan los acordes de “Mort d’un heroi romàntic”, épica y siniestra, y todo se vuelve de un trascendente que tira de espaldas. La voz de Guillem acoge ecos de trovador, que al fin y al cabo la intención siempre ha sido ésa, y su cantar de gesta nos pone los pelos de punta. Vuelven a ser contemporáneos para continuar desgranando el «Jo Competeixo”, y “Canço del dubte”, “Arriba l’alba a Sant Petersburg” redondean la excepcionalidad de la cita; no así “M’hi vaig llançar”, a la que la decisión de ralentizar el ritmo y hacerlo más pesado juega flaco favor: una canción tan de venirse arriba no necesitaba eso. Cullons.

Mi acompañante y yo, de vez en cuando, intercambiamos observaciones sobre el espectáculo. Éstas, de usual, tienen al tío alto que se nos ha puesto delante y que no nos deja ver un carajo de antagonista, pero también encuentran tiempo para sorprenderse por la curiosa disposición del setlist. Que sí, que no ha sobrado ni una canción hasta ahora, pero, ¿dónde están los auténticos temones? Al sonar la juguetona introducción de “La Serotonina” encontramos la respuesta; simplemente, Manel quieren que el tercer acto sea apoteósico, y nos gusta la idea, pensamos, nos gusta la idea mientras bailamos una canción divertidísima y puntera. Guillem aprovecha para hacer un poco el tonto, moldeando las sílabas de los estribillos a su antojo, y añadiendo ciertos versos improvisados para hablar de David Bisbal, ABBA, y varias localizaciones clave de Madrid. Pista: todas acaban en –ina.

Ya van cayendo “Ai, Dolors” y la inconmensurable “Al mar!” –una de las mejores canciones del verano jamás escritas, seguida muy de cerca por la misma “La Serotonina” – de su primer disco, «Els millors professors europeos”, y la barrera idiomática ya no es tal. Sobre todo, porque en nada se ponen con la citada “Benvolgut”. En ésta no hay, como estaba previsto, ni ukeleles ni vientos barrocos, pero está Guillem, está Arnau, están Martí Maymó y Roger Padilla. Y es suficiente. “Benvolgut” pasa, así, a bañarse en la estética electrónica y sucia del «Jo Competeixo” de marras, con guitarras pesadas, baterías que se vuelven locas –ay el redoble que arma sobre el final, ay ese redoble–, y un cantante que recita con flow y rabia. Con semejante actuación concluimos que la decisión de electrificarlo todo no ha tenido por qué perjudicar a los temas acústicos de etapas anteriores. Puede, incluso, que les haya venido bien.

Poco después, los músicos, los atletas, se bajan del escenario. Todos sabemos que no tardarán en subirse de nuevo.

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Fotografía: Álvaro Macías

Que ve l’Amor, que ve l’Amor

Presto a comenzar el bis, Guillem aparece despojado de su guitarra eléctrica; el único rastro de ella pasa por una sombra sudorosa en la parte inferior de su camisa. La canción más compleja y difícil de todo su repertorio toma cuerpo, “Jo competeixo”, donde hay muchos más minutos que acordes –ocho frente a dos, filtrados a través de continuos cambios de ritmo y poses del cantante–, y en la que el líder de Manel da el do de pecho, recitando enfurecido y envalentonado, aumentando el cauce de los sudores. Por supuesto, “Jo competeixo” es una canción que aún no hemos atinado a aprendernos, pero tras semejante actuación va a haber que hacer un esfuerzo.

A continuación, la banda ataca “Teresa Rampell”, comprometidos con la sensación de clímax que están trabajando, y sabiendo que la canción más emblemática y furiosamente perfecta que compondrán nunca es lo que mejor les viene ahora. Qué decir de “Teresa Rampell” que no suene exagerado, excesivo, desesperadamente sincero. Que canciones como ésta hacen de Manel el grandísimo grupo que es. Por ejemplo. De momento, dejémoslo en eso mientras volvemos a creer en la promesa. En el “que ve l’amor, que ve l’amor”. Es una buena manera de vivir.

Por último, “Sabotatge”. Fin de fiesta. Insistimos en que no nos arrodillaremos mientras, precisamente, nos arrodillamos ante su talento, y nos hacemos una íntima, tácita promesa. La próxima vez que volvamos, sabremos catalán. Es lo menos.

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Fotografía: Álvaro Macías

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