Alex Cameron

Alex Cameron –
Jumping the Shark

“Jumping the Shark” es un disco con muy buenas ideas y con auténtica voluntad de innovación, pero Alex Cameron no logra elaborar un trabajo completamente definido y al final lo que predomina es lo que pudo ser y no fue. Con todo, es un disco de debut en solitario, y viendo el potencial es de esperar que este artista dé mucho que hablar en los próximos años.


Hay bastante tela que cortar en ocho pistas, porque es cierto que Alex Cameron no quiere ser otro de esos tipos. Y la verdad es que el australiano tiene motivos de sobra para hacerse notar, y no en el mal sentido, sino porque realmente pretende contar algo distinto. Su debut en solitario, “Jumping the Shark”, demuestra que Cameron no se limita a jugar a lo seguro, y que después de seis años en el trío de música electrónica Seekae se atreve a salir de ese terreno bien conocido para lanzarse a la aventura con un par de sintetizadores, una batería y un mensaje potente que es a la vez de actualidad y universal: el fracaso.

“Jumping the Shark” se compone de ocho historias ficticias protagonizadas por personajes surgidos de la mente de Cameron y creados ad hoc para enseñarnos “el funcionamiento interno de las ambiciones fallidas y la autodestrucción”. Este disco intenta que tendamos la mano al fracaso para así crecer con él. Otra cosa es cómo lo haga. Pero para eso estamos aquí.

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Abraza el fracaso

“Jumping the Shark” se compone de ocho historias ficticias protagonizadas por personajes surgidos de la mente de Cameron para enseñarnos “el funcionamiento interno de las ambiciones fallidas y la autodestrucción”.

Happy Ending” enseña rápidamente sus cartas de teclados ochenteros y letras directas entonadas con los graves aterciopelados de Cameron. Aquí no hay relatos crípticos ni letras confusas, pero eso no quita para que sus versos dejen espacio a la sugerencia y la imaginación, y éste es probablemente un relato que no es exactamente conformista, (¿Por qué me miras así? / No necesito caridad / No hace falta ser tan condescendiente”), pero que incide en ese ‘final feliz’ que el protagonista logra encontrar incluso en su, llamémosla, miseria. Después salta a “Gone South” sin apenas dejarnos un momento y nos invade con su textura ominosa y letras decadentes para elaborar una atmósfera opresiva, de huida y escondite y, esta vez de forma evidente, de supervivencia. Sus imágenes poderosas y su ambientación oscura y minimalista nos hacen recordar al primer trabajo de la neozelandesa Lorde, allá por el 2013.

Sin embargo, “Real Bad Lookin’” rebota hacia el primer tema con sus sintetizadores saltarines y casi cómicos para hablar acerca de “la chica más borracha y más fea” y “el tipo más tonto y rico del bar”. Ese sonido deliberadamente hortera logra enmarcar con habilidad el patetismo de los dos relatos vagamente entrecruzados que, por distintos que parezcan, terminan por igual con “¿tú quién te crees que eres?” a un interlocutor indefinido. El punto interesante del tema es el distorsionado solo de guitarra al más puro estilo de Robert Fripp.

En la línea de esta canción nos encontramos con “The Comeback”, otro corte tontorrón (que no idiota), que lleva la firma humorística de Cameron desde que empieza hasta que acaba, y que a pesar de su historia épica-patética empieza a dar signos de repetitividad. No sólo como parte del sonido de los ochenta al que intenta emular, sino dentro de su propio disco. Pero es que sólo llevamos la mitad.

Sonido ochentero sin sensación de revival

En general, las canciones parecen tener prisa: arrancan pronto, y terminan sin apenas espacio para coger aire. No hay pausas reales, porque, aunque los versos estén espaciados entre sí, no deja tiempo para secciones instrumentales o solos más que una o dos veces, y muy de pasada.

Y es que cuando “She’s Mine” empieza a sonar se nos hace muy poco distintiva, porque dentro de su minimalismo carece de un sonido que le otorgue identidad. Hasta la segunda mitad de la canción, cuando aparece el sonido retro al que ya nos ha acostumbrado en los minutos anteriores para romper el hielo, se hace… igual. No pesada, ni tediosa, pero sí repetitiva.

No obstante, luego aparece “Internet”, y sin parecer impresionante, resulta ser el momento adecuado de quitarnos el sombrero, porque aquí el amigo Cameron sí que hace notar que este disco es algo más que un sonido familiar. La letra nos habla de una relación casi de amor con la red, de un descubrimiento fascinante, de un lugar donde el protagonista se ha hecho un hueco en el que es “su propio jefe”. Con sus versos breves, su ritmo pausado y cadencioso y su melodía sencilla pero majestuosa, “Internet” nos invita a evocar la enormidad y la trascendencia. Sin mayor artificio que el crescendo que lanza el final hacia lo alto, se convierte en uno de los temas clave del álbum.

Después de este momento casi místico, “Mongrel” cambia notablemente de tercio, y vuelve a la electrónica minimalista de ritmos marcados con los guitarreos al estilo de “Real Bad Lookin’”. Sus estrofas se vuelven a hacer herméticas, casi surrealistas, dibujando imágenes violentas y extrañas. Para poner el cierre al disco, “Take Care Of Business” nos devuelve a una temática y estilo parecida a “Happy Ending”, una suerte de bucle del fracaso. A pesar de su sonido oscuro, hacia la segunda parte del tema se incorpora un sonido luminoso, que nos hace pensar en un final esperanzador.

Letras que se pierden en sus propias bases

Un disco con muy buenas ideas y con auténtica voluntad de innovación, pero Cameron no logra elaborar un trabajo completamente definido y al final lo que predomina es lo que pudo ser y no fue.

A pesar de todos sus esfuerzos, “Jumping the Shark” no consigue todo lo que quiere porque se siente un tanto hueco. No es una cuestión de falta de recursos, porque, como se ha dicho antes, Lorde era capaz de crear temas muy reconocibles con una instrumentación y ambientación minimalistas, y Gorillaz grabó su cuarto disco, “The Fall”, con un iPad y un puñado de instrumentos. No, esto es una cuestión de no saber exactamente qué clase de disco quiere ser. Porque aunque el fracaso sea el hilo conductor de las historias (y esto se da hasta cierto punto), las reacciones que provocan las diferentes composiciones no tienen mucho que ver. ¿Pretende que abracemos el fracaso o que huyamos de él para no acabar así?

En general, las canciones parecen tener prisa: arrancan pronto, y terminan sin apenas espacio para coger aire. No hay pausas reales, porque, aunque los versos estén espaciados entre sí, no deja tiempo para secciones instrumentales o solos más que una o dos veces, y muy de pasada. El único momento en que el disco se toma las cosas con calma es con “Internet”, y aunque la canción es genial y tiene valor en sí misma, no está ahí porque el ritmo de todo el disco o los temas sigan una progresión que lleve a ese momento de catarsis. Simplemente es lo que Cameron dijo: historias sobre fracaso. Historias sueltas.

A decir verdad, esto me recuerda bastante a Lana del Rey, y no sólo por la composición de la portada y la tipografía, sino por el estilo de las letras. El sadcore de la estadounidense impregna sus letras de una decadencia majestuosa pero cargada de desidia, de una tristeza romántica pero también violenta. Lleva consigo buena parte de ese “fracaso” moderno al que alude Cameron, pero en el caso de este último se pierde parte del mensaje por querer hablar específicamente de ese tema y no dejarse llevar.

Quizás, como en sus propias letras, haya sido sólo cuestión de mala suerte.

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