De entre los muchos traumas que pueda causar el hecho de montar e impulsar un grupo de música quizá el peor sea, más que el fracaso o el fallecimiento de sus integrantes, la marcha –voluntaria o no– de uno de ellos. Al contrario de lo que sucede con los dos primeros casos, arropados por la certeza de lo absoluto e irremediable, y en los cuales la crisis puede ser mejor o peor esquivada gracias al calor humano que ofrecen el resto de miembros, en el tercero se ha de convivir con una ausencia más acentuada. Más problemática. La que lleva, concretamente, a interrogantes como “¿Estamos mejor sin él?”, “¿Hicimos lo correcto?”, “¿Le irá bien sin nosotros?” o “¿De quién fue la culpa?”.

Todo se agrava si aquél que se ha marchado para no volver era amigo tuyo; si tu grupo se llama Pink Floyd y si, además de los ademases, gran parte de tu sonido característico, de tus señas de identidad, han salido de la calenturienta mente de un hombre llamado Syd Barrett. Temazos como “See Emily Play”, o la misma idea para el nombre del grupo –tomado de dos músicos de blues, Pink Anderson y Floyd Council– son responsabilidad suya, pero su consumo de LSD, su imprevisible comportamiento sobre los escenarios, cada vez hacen más difíciles las cosas. Y un día, simplemente, pasas de ir a recogerle de camino a un concierto. Tan ido como en ese momento está Syd, intuyes que ni siquiera le importará.

Pero a ti sí. Te llamas David Gilmour, y no sólo eres un viejo amigo de Syd, sino que además hace tiempo que has sido expresamente designado por Roger Waters para sustituirle. De una manera puramente pragmática, al principio: nadie ignoraba lo mucho que Syd le había dado a la banda, por lo que la idea era que tocaras y cantaras para los discos mientras tu amigo, simplemente, ‘campaba a sus anchas’, ponía la cara, seguía siendo Syd y muriendo poco a poco por ello. Cuando ni siquiera esto fue admisible, Pink Floyd tuvieron que alejarse de su alma máter, y subordinarse al nuevo y talentoso yugo que suponíais el citado Waters y, por supuesto, tú mismo. Que las cosas sigan yendo bien, que en un momento dado emprendan una marcha imparable –cada disco que sacas tú y tus, sientes en el fondo, traicioneros colegas, consigue unas ventas astronómicas– no implica que olvides. Y, tras una primera y provisional expiación en “The Dark Side of the Moon” –el mayor éxito comercial de Pink Floyd–, creéis que es hora del homenaje definitivo. Del exorcismo. Y os ponéis a componer “Wish You Were Here”.

“Wish You Were Here”: el tormento de la ausencia

Si hay algo que sorprende del noveno álbum de estudio de los británicos, publicado el 12 de septiembre de 1975, es su concreción. Pink Floyd, tras unos años de experimentar con la psicodelia y con las formas más abstractas de entender la música, sienten por primera vez que no tiene nada que ocultar, y así sucede que sus nuevas letras son las más sencillas –hay quien diría que obvias– de toda su carrera. Éstas se adscriben, estrictamente, a dos temas: por un lado la industria discográfica, de la que ya para entonces estaban hartos de sus abusos e ignorancias, y por otro, el omnipresente recuerdo de Syd Barrett, de quien ya se hiciera un somero psicoanálisis en “The Dark Side of the Moon”.

Esta concreción lírica no implica, claro, que sus composiciones empiecen a domesticarse y a dejar de lado la complejidad que las caracterizaba. A mediados de los setenta, Pink Floyd ya es una marca, y sus oyentes, que se cuentan por miles, saben perfectamente lo que esperar de ellos. Han demostrado que les gusta, y que por más que la banda maree la perdiz y bata récords de minutaje en sus canciones, van a seguir comprándoles discos. Dave Gilmour, Roger Waters, Nick Mason y Richard Wright tampoco saben hacer otra cosa, así que de cara a este nuevo elepé no varían demasiado su modus operandi. Las letras se revelan cercanas, sinceras, hasta un poco pop –el tema homónimo pronto será ensayado por guitarras primerizas de todo el mundo y trocado oportunamente en canción de desamor–, pero dentro del mismo envoltorio original, arriesgado e intimidante de siempre. ¿Les sale bien la mezcla? Comprobémoslo.

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Fotografía: http://www.latimes.com/

Si hay algo que sorprende del noveno álbum de estudio de los británicos, publicado el 12 de septiembre de 1975, es su concreción.

Shine On You Crazy Diamondse toma su tiempo en arrancar el disco, dibujando poco a poco una atmósfera densa, opresiva, con un órgano que se regodea en toda esa calma que precede a la tempestad antes de… las cuatro notas icónicas, ese riff surgido por pura y maravillosa casualidad, que le ponen cara al tema y guían los siguientes minutos. Hasta los ocho y pico, cuando ya no se sabe por qué parte va –se supone que este primer corte transcurre del 1 al 5–, pero tampoco podría importar menos, entra la voz, y es cuando se comprende que la idea de que el trauma raíz fuera expuesto tan a las claras, tan poco presto a la doble lectura, ha sido maravillosa: “Remember when you were young, you shone like the sun…”. El estribillo, que pronto emulará la guitarra eléctrica, empieza a convertirlo todo en peligrosamente alucinante, y… “Come on you stranger, you legend, you martyr, and shine!”Qué atinadamente comprendieron Gilmour y Waters que la épica, cuanto más sencilla, más eficaz. Minutos épicos, apasionantes y, es de suponer que para los músicos, dolorosos. Aún queda bastante.

Dos temas rodean “Wish You Were Here”: por un lado la industria discográfica, de la que ya para entonces estaban hartos de sus abusos e ignorancias, y por otro, el omnipresente recuerdo de Syd Barrett.

No hay que ser un genio para deducir que Syd Barrett era el diamante resplandeciente, así que tras esta larguísima introducción toca ponerse con el otro propósito fundamental del disco. Welcome to the Machinesupone una pista incluso más experimental y esquiva que “Shine On You Crazy Diamond”, presentando todo tipo de sonidos raros y siniestros, obra y gracia de Richard Wright. Por encima, sí, se oye una guitarra acústica, pero que no podría sonar más antipática e insensible a unos versos –“What did you dream? It’s alright, we told you what to dream”– que van sobrados de su propia carga de furia y mal rollo. Hay un órgano al final muy vacilón, y gente hablando cual guateque de peces gordos, presta a dar paso a una canción bastante más asimilable y, por qué no decirlo, mejor: Have a Cigar redunda en la misma temática contestataria, aumentando a un tiempo lo evidente y hasta infantiloide –muy similar a lo que Queen harían ese mismo año en “A Night At The Opera”, en forma de otro amistoso recuerdo a su mánager titulado “Death On Two Legs”–, y el volumen de unas guitarras enloquecidas y chirriantes. Una canción estupenda y ensimismada, donde Pink Floyd se dan todo un homenaje a sí mismos recordando sus comienzos en el mundillo, y a cierto ejecutivo discográfico muy mal informado: “This is really what I think, oh, by the way, which one is Pink?” canta para la ocasión el músico folk Roy Harper, con quien luego acabarían tarifando (y el tal Harper destrozándoles una furgoneta).

Y, de entre toda esta ominosa psicodelia, irrumpe por fin el tema clave. La canción inmortal e inevitablemente comercial con la que a partir de entonces se identificaría su disco, incluso con mayor convicción que su portada. Como antes comentábamos, nada –ni el interesantísimo juego de ecos, ni los meditabundos punteos, ni los cantos ‘scat’ al final– es capaz de lograr que Wish You Were Hereno sea la fantástica balada pop que es desde que irrumpen esos suaves acordes, y la banda aprovecha para desnudar su alma y cantar lo que siente, sin más. “How I wish, how I wish you were here / We’re just two lost souls swimming in a fishbowl, year after year / Running over the same old ground, what have we found? / The same old fears, wish you were here”. Versos para el recuerdo declamados por un Gilmour ahogado entre la melancolía y el remordimiento, y tan obcecado en mirar atrás que por momentos parecería no ser consciente de lo que está logrando. Por momentos, claro. Muy breves y muy irrelevantes. Lo que resta en las Partes 6, 7, 8 y 9 de, volvemos a ella, “Shine On You Crazy Diamond”, no son más que una marcha fúnebre, como el mismo Gilmour admitió. Una marcha fúnebre con unas guitarras  y unos cambios de ritmo de la leche.

Ve, y brilla

Las letras se revelan cercanas, sinceras, hasta un poco pop, pero dentro del mismo envoltorio original, arriesgado e intimidante de siempre.

Es el 5 de junio de 1975, día en que contraerás matrimonio, y que aun así también emplearás en seguir grabando “Wish You Were Here” dentro de los estudios Abbey Road. “Shine On You Crazy Diamond” está presta a terminar. Tú y los tuyos sabéis que os encontráis frente a una obra maestra, y pese a que un fuerte sentimiento de pérdida haya sido su principal aliento, una pizca de ego encerado no está de más. Hasta que un desconocido irrumpe en el estudio. De aspecto extraño, gordo. El cabello totalmente rapado, incluidas las cejas. Alguien, tras varios minutos, atina a identificarlo como Syd.

Hacía siete años que no lo veías. Es un momento importante, tanto que apenas puedes contener las lágrimas. Waters tampoco. Entabláis algún tipo de conversación; Syd os pone al corriente sobre su nueva vida: “Tengo una tele en color”, dice muy ilusionado, para a continuación justificar su repentina gordura: “Y una nevera. Tengo algunas chuletas de cerdo en la nevera, pero las chuletas suelen desaparecer, y entonces tengo que comprar más”. La charla no se aleja mucho de estos derroteros: Syd habla como un niño, y sus palabras suenan tan inocentes como peligrosamente lógicas.

Claro está, acaba preguntando que qué hacéis. Y le ponéis lo que lleváis grabado hasta ahora de “Shine On You Crazy Diamond”, la canción de Syd. Syd opina que es “un poco rara”, incapaz de desentrañar su propia firma en ella. Luego cae en la cuenta y pregunta que cuándo le toca a él grabar su guitarra. Respondéis lo único que podéis responder, y que en cierto modo es verdad: que ya lo ha hecho. Inofensivo, frágil, Syd se marcha por donde ha venido.

Es entonces cuando decidís insertar algunas notas de “See Emily Play” al final de “Shine On You Crazy Diamond”. Y, en efecto, conseguís que el diamante brille para la posteridad.

Pink Floyd – Wish You Were Here

9.5

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Pink Floyd aprovechan dos jugosas premisas –la trágica historia de Syd Barrett y en menor medida el ataque a la industria– para dar forma a uno de sus discos más directos y contundentes. Una obra capital de la historia del rock en su sinceridad, su inextricable literalidad y su ambición conceptual, que aún hoy sorprende por su riesgo y pegada.

Up

  • El modo en el que la banda británica adapta su sonido a una intención muy específica, y que logra que “Wish You Were Here” sea, de una manera extraña, tan accesible.
  • El monumental esfuerzo depositado en las nueve partes de “Shine On You Crazy Diamond”.
  • La lograda sensación de estar escuchando una historia universal y cercana.

Down

  • La parte referente a lo cabreados que están con sus distribuidores y mánagers queda, finalmente, bastante deslucida.
  • Que el tema homónimo eclipse la excelencia del resto del disco.