Antes de que su reproductor se vea asediado con ácidas críticas, pelos de bigote y el interior de Suzy Creamcheese debe saber que: «No hay ninguna esperanza de aptitud comercial en este álbum”, como dijo un hombre importante de Columbia Records cuando Frank Zappa le llevó la demo con los temas de la banda, camuflados bajo la etiqueta de blues. Esta estrategia fue clave para enganchar posteriormente al productor Tom Wilson. Basta escuchar cualquier tema del segundo álbum doble de la Historia del Rock (el primero fue “Blonde on Blonde” de Dylan) para saber que en Columbia tenían razón. Algo parecido le harían The Residents a su primer trabajo. Tampoco lo del blues es del todo falso. La banda originaria, antes de la llegada de Zappa, se contentaba con hacer versiones de temas clásicos de Rhythm & Blues, y las distorsiones y elocuencias de la presente formación se distribuyen sobre melodías que siguen los esquemas del Doo-Wop y el Rock & Roll más clásico.

¿Qué querían decir entonces las eminencias de la discográfica? ¿Estaba la Tierra preparada para la llegada de las Madres de la Invención? Sin duda. La experimentación bañaba en 1966 las costas de toda la música culta (oneroso nombre con el que se agrede a la Clásica y al Jazz) pero pocos eran los que se habían atrevido a introducirla en los lucrativos cánones de la música convencional. Como el líder de la agrupación dijo satíricamente en numerosas ocasiones: «Estamos en esto sólo por la pasta”. Así se dio rienda suelta a la creatividad del músico, que aún tendría mucho que decir en una de las carreras más prolíficas y arriesgadas que se hayan registrado en los anales del género.

El primer paso de una carrera entregada a la música, a la creatividad y al desenmascaramiento de la industria musical

Mientras que la duración de los temas del primer disco se ajusta con normalidad a los estipulados por cualquier banda decente de la época, en el segundo álbum la duración de las pistas se alarga y la experimentación se vuelve más radical, casi dando pie a hablar de dos ideas distintas.

Analicemos con cuidado el doble LP. Limpie primero el queso derretido con el que sin duda estos seres habrán mancillado su copia y busque, si la edición adquirida se lo permite, las hilarantes notas que le han ido dejando. Forman parte inescindible de su universo. Comprobará con alivio que la duración de los temas del primer disco se ajusta con normalidad a los estipulados por cualquier banda decente de la época, tendencia que se mantendría más o menos invariable en los dos siguientes álbumes, aunque en ellos la improvisación y la creatividad se dispararían mucho más. Esta tranquilidad no la da el segundo, en el que la duración de las pistas se alarga y la experimentación se vuelve más radical, casi dando pie a hablar de dos ideas distintas. Se puede anticipar que la primera depara melodías más convencionales a las que nos tienen acostumbrados (no por ello menos gamberras) mientras que la segunda apunta a la senda por la que se decantaría el compositor. Respaldado por su incondicional admiración hacia Edgar Varèse no es de extrañar que la música concreta (sonidos pregrabados y distribuidos irregularmente por el discurso sonoro) tenga un peso especial en sus creaciones, añadiendo efectos vocales en casi todas las pistas, aunque la composición de las líneas melódicas recuerde más al dodecafonismo. Es precisamente en este apartado donde aparece la mayor creatividad.

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Respaldado por su incondicional admiración hacia Edgar Varèse no es de extrañar que la música concreta (sonidos pregrabados y distribuidos irregularmente por el discurso sonoro) tenga un peso especial en sus creaciones.

La propuesta inicial la constituyen once temas que no se distancian demasiado en su estructura o duración de los de cualquier conjunto de la época. Ya en el primero encontramos los ingredientes característicos del resto. “Hungry Freaks, Daddy” contiene voces trémulas, cambios de tiempo, modulaciones constantes a otras tonalidades, cortes estilo collage, arriesgados solos de guitarra y ataques directos al sistema americano. Están de mal humor, debe haberles enfurecido tener que salir del envoltorio. Corren a sus puestos, porque una vez desperezados son trabajadores y unos músicos de primera. Sin embargo, es probable que no sepa distinguir si están de broma o van en serio, y que no crea posible que un solo integrante pudiera convencer al resto de cambiar el estilo de manera tan radical. Uno de ellos, Jimmy Carl Black, toca el xilófono. Este instrumento y otros atípicos objetos de cocina aparecerán con frecuencia en las composiciones del grupo. Como prueba de que también les gusta dramatizar sigue “I Ain’t Got No Heart”. Sus expresiones faciales se deforman en burla, después llega un estribillo algo más convencional. Poco antes de acabar les ataca una grave enfermedad, que da paso a la terrorífica posibilidad de que en nuestro cerebro, conviviendo con nuestros pensamientos, haya una patrulla policial. El grado más elevado de censura, saltando de un oído al otro. “Who Are the Brain Police?” pretende seguir los sigilosos pasos de este escuadrón íntimo. El bajo de Roy Estrada espía desde el inicio de la canción, en un mundo subterráneo. Aquí encontramos a un Zappa más inventivo, desgarrando la guitarra como lo harían Velvet Underground un año después, moviéndose igual que un pez en una atonalidad dulce, bajo las farolas expectantes. Así se mantendría en los trabajos consecuentes: “Absolutely Free” y “We’re Only In It for the Money”.

Es cierto que en «Freak Out!” no encontramos al maestro de “Over-Nite Sensation”, “The Grand Wazoo” o “Hot Rats”, y la influencia del jazz aún es algo pobre, pero la música popular había visto hasta el momento pocos alardes de creatividad como este.

A continuación la banda se verá en la obligación de ponerse pastelosa, avanzando por terreno más seguro. “Go Cry on Somebody Else’s Shoulder” es una balada burlesca que pretende parodiar los éxitos del Doo-Wop y el pop tradicional. Entraña menos desvaríos que las previas, al igual que “Motherly Love”, con estructuras incluso fáciles de memorizar, y sobre todo instrumentos improvisados con la lengua. La íntima “How Could I Be Such a Fool?” es menos histriónica, con arreglos para trompeta que podrían haber colado en un álbum de The Platters, si no fuera por la letra.

Wowie Zowie” hace cosquillas desde el principio, no es de extrañar que fuera una de las favoritas de los seguidores. Responde a un esquema próximo al de los segmentos contenidos en “Chunga’s Revenge”, aunque no tan cambiante. Algo más exótica es “You Didn’t Try to Call Me”, donde los músicos empiezan a entrar en una peligrosa mitosis. Hay más. De momento no son suficientes para armar jaleo, la comida se puede repartir y que toquen a menos. Luego regresan a la vena más tradicional: “Any Way the Wind Blows”, que recuerda inevitablemente a los primeros éxitos de los Beatles. No chocaría bajar a un bar y escuchar este tema a la banda invitada. De hecho, éste y otros del mismo álbum serían regrabados en un intento de rizar el rizo en “Cruising With Ruben & The Jets” donde el afán de ironizar arribaría a un Doo-Wop puro y duro. Prescindible. Siguiendo con “Freak Out!” encontramos revertido el Rock & Roll de “I’m Not Satisfied”, que no termina de saciar tan bien las ganas de vandalismo como “You’re Probably Wondering Why I’m Here”, atiborrada de los registros del vocalista principal Ray Collins, acompañado de Zappa. Estratégicamente colocada, es una de las más llamativas del LP.

Zappa no concebía las limitaciones de los géneros, y si bien era un apasionado de la guitarra y la música electroacústica, también lo era de los compositores clásicos, lo que trató de aunar en sus composiciones abriéndose paso a través de una senda única, no sólo al nivel del rock o el jazz, sino de la música en general.

Notará en el momento en que la banda se tome un respiro para cambiar de LP que éste está mucho más sucio que el otro. Normal. El verdadero núcleo del “Freak Out!” reside ahí. A medida que vaya cruzando su desierto comprobará cómo las voces se distorsionan más y más, los músicos se multiplican y sus comentarios se vuelven más absurdos que de costumbre. Querrán que se confíe al oír “Trouble Every Day”, y así piense que mientras no vayan a más no tiene por qué echarlos de su casa. Un ritmo repetitivo de guitarra, una armónica, algún solo del maestro y unas frases correctas en contra del racismo de cualquier clase le convencerán de que está a salvo. Pero de un momento a otro cambiarán el tiempo, se le echarán encima. Para el momento en que decidan tocar “Help I’m a Rock” estará completamente hipnotizado, azotado por el calor y el idioma de ruidos guturales a través del que se comunican. Una obscenidad tras otra. Cuando comiencen a corear “It Can’t Happen Here” alrededor de su cabeza amordazada estará entrando en el universo de sus captores. Imitaciones de animales, dadá, el busto de Edgar Varèse resurgiendo de la arena, la improvisación jazzística… De pronto austeridad, de pronto exceso.

La voz de Susie Creamcheese será vulgarmente suplantada, hasta que en “The Return of the Son of Monster Magnet” responda la única y original. Este instante de confusión será aprovechado por las madres para introducirse dentro de su cabeza. Demasiado tarde. Lo melódico y lo artificioso conviven en el interior, los elementos robotizados suplantan a las neuronas originarias. La batería va tripulando por todas las regiones cefálicas, voces infernales o amigables, placenteras, comentarios que la pobre Susie aún percibe del exterior. Pero el halo de destrucción que van dejando estos desarrapados se deja ver enseguida: lavado mental (America’s wonderful), improvisación, ideas incompletas que campan a sus anchas como si tuvieran pleno derecho. Todas estas nociones vienen a imbricarse en un entramado homogéneo, efectivo. Llegando al final regresamos a una infancia de pesadilla que recuerda al “Visage” de Berio y al “Canto de los Adolescentes” de Stockhaussen, repleta de coros chillones, voces de los adultos y terrores nocturnos. Zappa nunca dejó de demostrar su descontento por el apremio al que fue sometido y que le impidió terminar la obra, como dejó reflejado en el sobretítulo que ésta acarrea: “Unfinished Ballet in Two Tableaux”.

La oposición que el músico halló en la industria musical sólo sirvió de aliciente para afianzarse en alguien más crítico, agresivo y experimental. No concebía las limitaciones de los géneros, y si bien era un apasionado de la guitarra y la música electroacústica, también lo era de los compositores clásicos, lo que trató de aunar en sus composiciones abriéndose paso a través de una senda única, no sólo al nivel del rock o el jazz, sino de la música en general. Cierto que en este primer trabajo no encontramos al maestro de “Over-Nite Sensation”, “The Grand Wazoo” o “Hot Rats”, y la influencia del jazz aún es algo pobre, pero la música popular había visto hasta el momento pocos alardes de creatividad como aquél, que servirían de base para el nacimiento del rock progresivo y vanguardista, y aún hoy día es citado como referencia por bandas y compositores de renombre.

The Mothers of Invention – Freak Out!

9.2 HOT RECORD

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El primer trabajo de The Mothers of Invention es toda una revolución frente a la música con aptitud comercial, y más allá de ser una simple burla es un trabajo elaborado, complejo y cargado de momentos imaginativos y cautivadores. Sin embargo uno no puede desprenderse de la sensación de que quedan algunos fragmentos o canciones al uso aliñadas con voces burlescas, efectos pregrabados y un xilófono. Obra imprescindible para los amantes del rock y la música en general.

Up

  • The Mothers of Invention rompieron con este trabajo las barreras entre el rock y la música contemporánea, abriendo una autopista de creatividad y percepciones estrambóticas.
  • Está atiborrado de dobles sentidos y mofas al sistema educativo, la represión y la censura que eran verdaderamente infrecuentes en el año de grabación.
  • La inmensa diversidad de motivos dentro de un mismo tema hace que siempre se descubran cosas nuevas.

Down

  • No es lo más original de Zappa con las Madres de la Invención.