Criticar un disco como el nuevo de Nick Cave & The Bad Seeds es una tarea ingrata y, desde luego, extremadamente difícil. Porque, en efecto, no es sólo el nuevo disco de Nick Cave & The Bad Seeds sino también, y sobre todo, el primero desde la muerte del hijo del vocalista y principal compositor de la banda. Así es. Durante las primeras sesiones de grabación de “Skeleton Tree”, Arthur Cave ingirió LSD en compañía de un amigo, y acabó despeñándose por un barranco de Brighton. Tenía 15 años. Las heridas fueron mortales y el dolor de sus padres, inimaginable.

Dicho dolor es aún más inimaginable, por cierto, al tratarse de una figura como la de Nick Cave. Este australiano, embarcado en la música desde que hiciera sus primeros gorgoritos como miembro del coro infantil de la iglesia, ha ido manufacturando a lo largo de su carrera un aura de enigma y malditismo como pocas podemos encontrar entre los artistas de la actualidad. Su voz cavernosa, su rostro reptilesco, sus letras indescifrables, sus bailes, su estilo indefectiblemente socarrón, son sólo algunos de los ingredientes que han acabado por dar forma a esta particular pose, refrendada por un talento insultantemente polifacético para la composición. No hay dos discos de Nick Cave que suenen parecido, no existe moda en la que estas malas semillas se hayan visto tentadas a caer… y puede que no encontremos otra persona en el mundo que hubiera accedido a rodar un documental sobre la grabación del disco sin aún haberse sobrepuesto al duelo por la muerte de su hijo. Pero ahí tenemos One More Time with Feeling, dirigido por Andrew Dominik –amigo personal del artista–, sin más razón de ser que los deseos de Cave de ahorrarse así la promoción del elepé.

Es tan compleja la coyuntura en la que nace “Skeleton Tree” que ningún oyente mínimamente informado puede experimentarlo con la percepción limpia, o intención alguna de objetividad. La tragedia, de hecho, no sólo está presente en el trasfondo del álbum, sino también en su propio contenido, con letras que hablan de la muerte y la pérdida de forma obsesiva (como sucede en todos los discos de Nick Cave, vaya, pero ahí pues como que no era lo mismo), y con una voz solista que susurra y gime cuando antaño berreaba y recitaba en tono desafiante. En semejantes circunstancias, ¿quién sería el monstruo desalmado, desprovisto de empatía, que se atrevería a no catalogar de obra maestra un elepé así? ¿Quién tendría el valor para decir que no sólo no es el mejor disco de Nick Cave, sino un trabajo insuficiente y, en comparación a su carrera anterior, bastante flojo? ¿Quién conseguiría superar los prejuicios y utilizaría el temible adjetivo ‘aburrida’ para definir su arriesgada apuesta sonora?

Yo, desde luego, no. Porque, al margen de que no haya disfrutado el disco tanto como otras obras precedentes del australiano, “Skeleton Tree” es un trabajo incontestable, sincero y, efectivamente, descorazonador. Y su mayor interés no radica en la formidable tragedia personal que se agazapa sobre su tracklist, sino en el papel que desempeña dentro de una carrera que ya se extiende por más de treinta años. En particular, como continuación directa del magnífico “Push the Sky Away”, su anterior obra.

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“Skeleton Tree”: Anatomía del dolor

Es tan compleja la coyuntura en la que nace “Skeleton Tree” que ningún oyente mínimamente informado puede experimentarlo con la percepción limpia, o intención alguna de objetividad.

Nick Cave & The Bad Seeds es un grupo que hay quien calificaría de inaccesible sólo por una primera impresión determinada. Tal y como se ha dicho, no hay dos discos parecidos en la carrera de la banda, y es inevitable reparar en la cantidad de oyentes que habrían huido espantados ante sus primeros arrebatos ‘postpunkeros’ (con el himno “The Mercy Seat” como único solaz), y al mismo tiempo se habrían maravillado con genialidades melódicas como las depositadas en “The Good Son” o “The Boatman’s Call”. En el citado “Push the Sky Away”, sin embargo, empezábamos a vislumbrar a un Nick Cave algo menos juguetón, con cierta intención de sentar la cabeza y de utilizar todo lo aprendido en esos años de desenfreno (aunque, como confesara en el documental 20.000 Days on Earth de los ochenta no recordara absolutamente nada”) para homogeneizar su sonido. Así, y con la honrosa excepción de “Jubilee Street” –en “Skeleton Tree” también encontraremos una excepción, aunque bastante menos memorable–, el disco resultante hacía gala de una gran coherencia tanto en el sonido (minimalista, oscuro) como en la temática (muerte, erotismo, cierto comentario social tomado a chacota con la excusa de Miley Cyrus y la Sabana Africana). Unas características que tuvieron tiempo de estar presentes en Jesus Alone, tema compuesto antes de la muerte del pequeño Arthur, que abre “Skeleton Tree”.

El mayor interés de este disco no radica en la formidable tragedia personal que se agazapa sobre su tracklist, sino en el papel que desempeña dentro de una carrera que ya se extiende por más de treinta años.

With my voice, I am calling you”, recita Nick como un mantra en este primer tema –y single–, que da por inaugurada la fiesta del mal rollo. Escasas notas de piano y golpes orquestales dirigidos por Warren Ellis van subrayando una letra ominosa, por momentos terrorífica (“You’re a young man walking covered in blood that is not yours”), sin ningún amago de crescendo. Y, pese a esta escasez de recursos –o precisamente gracias a ella–, el resultado acaba siendo hipnótico, algo que bien podría extrapolarse al resto del álbum, como luego veremos… aunque no en Rings of Saturn. Jugándolo todo al contraste, los Bad Seeds se sacan de la manga un tema muy luminoso, de estética casi new age, con unos efectos de sonido extrañísimos (esos ‘uuhs’ de cacharrería), y un vocalista que todavía sigue sin decidirse a cantar, conformándose con leer de manera muy sensual los estupendos versos que circundan el estribillo –uno que sólo podríamos calificar como tal por su redundancia–: “And this is the moment, this is exactly where she is born to be / Now this is what she does and this is what she is”. La canción suena esotérica, galáctica, evocadora en resumen. Y es una delicia.

Continuando con esta tendencia, y dándole un mayor protagonismo al piano, irrumpe “Girl in Amber, de mínima cantidad de notas pero máximo sentimiento. La voz de Nick continúa dentro de su zona de confort, aunque en esta ocasión lo desgarrador de la letra otorga una gran variedad de recovecos a su interpretación: “And if you want to bleed, just bleed”. Tras la finta nihilista que supuso “Jesus Alone”, aquí irrumpe verdaderamente el dolor y Nick, por primera vez, se hace humano ante nuestros oídos, presto a dar paso a la zona más tenebrosa e inaccesible del álbum, como supone el largo díptico que componen Magnetoy Anthrocene. Del estribillo de la primera de ellas se extrajo la frase “One more time with feeling” para el documental de Dominik, y esto es básicamente la idea más concreta que puedo lanzar sobre “Magneto”: una pieza árida, incomprensible y nada complaciente que a mí personalmente se me atraganta, al contrario de lo que sucede con el bastante más estimulante siguiente corte. Una percusión dadaísta, mucho ruido ambiente, y una letra, por qué no decirlo, molona (“When you turn so long and lonely, it’s hard to believe that we’re falling now in the name of the Anthrocene”), son los máximos garantes de este tema que podría resumir por sí solo “Skeleton Tree”, al alternar la agresividad agónica de Nick con la resignación más aplastante (“All the things we love, we love, we lose”) y, finalmente, en el que es uno de los momentos más estremecedores del álbum, con la incertidumbre ante lo que vendrá después: “Close your eyes, little worm, and brace yourself”. El artista nos ha abierto definitivamente su corazón, aunque ha tenido que transcurrir más de la mitad del álbum para que esto suceda… al igual que en One More Time with Feeling, por cierto, donde tarda casi una hora en pronunciar la palabra ‘Arthur’. Y, así pues, es el momento del dolor.

Escuchar “Skeleton Tree” es asomarse al alma torturada de un artista total que se encuentra, ahora mismo, en el punto más interesante de toda su carrera. Por muy mal que le pese.

Y el turno de I Need You, tema inaugurado por una batería monótona pero, por primera vez, perfectamente audible, y atravesado por unos sintetizadores que podrían sonar a pop si no sonaran a todo lo contrario. La letra (“Nothing really matters when the one you love is gone”) impacta por lo explícito, pero si algo hace de “I Need You” una canción imprescindible y casi insoportable de escuchar es la interpretación de Nick. Ya no hay chulería alguna. El dandi ha muerto; ya no bailará más. Ya sólo hay dolor, transparentado en una voz quebrada e irrecuperable –nunca antes había cantado así el australiano–, y un sufrimiento que luce cegador en la ligera inflexión que hace con sus cuerdas vocales (y acaso su espíritu) al pronunciar “Need you”. En fin. Que dan ganas de quitar el disco, vaya, pero a estas alturas es imposible.

En la recta final los Bad Seeds deciden darle un nuevo matiz a esa atmósfera que tan acertadamente han construido, y Distant Skyy la homónima Skeleton Treehacen gala de una mayor carga instrumental, con cuerdas e insistentes pianos. Aun así, el resultado no llega a ser barroco, ni se alcanza un éxtasis mínimamente parecido al que supuso “Jubilee Street”, pues Nick sigue empeñado en perforarse el corazón, y en hacerlo con las herramientas más íntimas. En la penúltima canción hace un dueto con la talentosa soprano noruega Else Torp, y ambos se derriten dentro de una balada melosa que suena a oración cristiana (“Let us go now, my one true love”) y a terrible súplica… lástima que el cielo esté tan lejos, y que a Nick todo se le haga tan cuesta arriba. Cuando llega “Skeleton Tree”, y junto a él lo hace una línea de piano preciosa, una secuencia de acordes perfectamente definida y una batería sencilla y compacta, ni siquiera somos capaces de darle la bienvenida a este sonido mainstream, y eso que lo habíamos estado esperando como agua de mayo durante todos los minutos anteriores. “I called out, I called out right across the sea / But the echo comes back in, dear, and nothing is for free”. Ni siquiera, agotados tras el exhaustivo y visceral psicoanálisis, somos capaces de discernir si esta canción suena a esperanza o sólo a amarga resignación.

Y, entonces, un oyente al que Nick Cave & The Bad Seeds nunca han permitido olvidar las peculiares circunstancias en las que tomó cuerpo su álbum, sólo quiere salir de ese limbo gris y asfixiante al que se ha visto abocado durante cuarenta minutos. Entonces cree que “Skeleton Tree” no es, ni de lejos, uno de los mejores discos de la banda, al tiempo que empieza a reparar en la indescriptible experiencia por la que acaba de pasar. Entonces cae en la cuenta, en efecto, de que acaba de asomarse al alma torturada de un artista total, y aunque no esté muy seguro del significado del último rayo de luz que supone el tema homónimo –la ambigüedad siempre fue la clave–, llega a la conclusión de que Nick Cave se encuentra, ahora mismo, en el punto más interesante de toda su carrera. Por muy mal que le pese.

Nick Cave & The Bad Seeds – Skeleton Tree

7.0

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Tras un primer contacto con el infierno adulto y mesurado de “Push the Sky Away”, Nick Cave & The Bad Seeds siguen descendiendo y dan con un trabajo agobiante y desolador del que no parece haber salida. Un disco que no se escucha, sino que se sufre.

Up

  • La exquisita coherencia de la que el disco hace gala no sólo a efectos internos, sino para con toda la trayectoria de la banda.
  • La interpretación vocal de Nick Cave, desgarradora.
  • El incontenible torrente de poesía malrollera y exultante que se extrae de cortes como “Jesus Alone”, “Girl in Amber” y, especialmente, la monumental “Anthrocene”.

Down

  • “Skeleton Tree” es, forzosamente, él y su circunstancia, y eso es algo que puede pasarle factura en el futuro.
  • Ciertas (pero mínimas) concesiones al aburrimiento, inevitables al hilo de una apuesta sonora tan definida.
  • Puede que sea un trago demasiado amargo como para repetir.