Sí, yo soy de esos que cuando se topan en televisión, un sábado por la tarde cualquiera, con la enésima redifusión de Los Goonies son incapaces de cambiar de canal y sólo una pausa publicitaria, nivel ‘volvemos en 7 años’, me hace regresar a mi edad adulta. Cada vez que esto sucede me acecha cierta sensación de miedo, casi terror, al temer que este enésimo visionado va a decepcionarme, sospechando siempre que eso sólo podría suceder por un motivo: la confirmación de que me he hecho viejo. Por suerte, supongo, esto aún no ha ocurrido. El paso del tiempo ha sido fugaz pero no el suficiente y esa niebla infantil de idealización que me hace adorar este tipo de aventuras sigue en su justa densidad.

Dicho todo esto, es preciso desmarcarme de otro tipo de nostalgia que se suele confundir con la que he comentado en el primer párrafo. Que me gusten Los Goonies no implica que añore a Espinete, a la gallina Caponata, a Naranjito o a la Quinta del Buitre. No, cualquier tiempo pasado fue anterior, nunca mejor, y sólo echo de menos aquellas películas de Spielberg o George Lucas que podía alquilar en el videoclub de mi pueblo. E.T.Encuentros en la tercera faseIndiana Jones o, por supuesto, aquellas otras aventuras espaciales que sucedieron hace mucho tiempo en una galaxia muy muy lejana.

Realmente el mérito de Spielberg, Lucas y, cómo no, Kubrick, no estuvo en crear un género, que ya estaba creado, sino que su verdadero valor radica en la forma en la que supieron adaptar la historia de aventuras de turno a una estética muy particular. Cuando digo ‘estética’ no hablo solamente de peinados, trajes o atrezzos. Hablo de la creación de un universo en el que fotografía, sonido y diálogos, e incluso doblajes, formaban una atmósfera muy especial y reconocible. Algo insustituible cuyo efecto no se había conseguido replicar ni utilizando las tecnologías más punteras. En este sentido, supongo que a veces el más listo de la clase no es el que inventa algo sino aquel que sabe reconocer la versión más perfecta de un determinado producto. J.J. Abrams lo supo cuando hizo Super 8, y el séptimo capítulo de Star Wars se lo ha terminado de confirmar. Christopher Nolan también tiró de un mismo universo de aventuras retro en la primera media hora de Interstellar, aunque la cosa terminara yéndosele por completo de las manos.

Otros que han sabido encontrar ese punto estético adecuado para contar una buena historia son los hermanos Duffer y su magnífica serie Stranger Things. Lo primero que me llamó la atención unas semanas antes de su estreno fue su cartel. Ante un fondo estrellado podía verse la ilustración de cada uno de los personajes principales. Una señora de mediana edad con cara de haberle ocurrido algo malo, un policía que parece sacado de Fargo y unos chicos montados en bici se situaban alrededor de una extraña niña, con el pelo rapado y con un pijama de hospital, que parecía ser el nexo, problema o solución de todo. Es difícil explicar lo que me atrajo de ese cartel y es aquí donde se puede aplicar eso de que una imagen vale más que mil palabras. Ese cartel con esa ‘estética’, con esas letras, dice mucho más que todo lo que pueda escribir en este artículo.

Desde ese cartel promocional hasta los títulos de crédito del último episodio podríamos decir que Stranger Things es todo un compendio de homenajes a novelas de Stephen King, películas de Steven Spielberg, e incluso de John Hughes. También supone un homenaje musical muy evidente ya que durante los ocho episodios los Duffer recurren a temas que eran novedad, entre comillas, en el momento en el que la historia se ubica, a comienzos de los años 80, pero que hoy en día son himnos que trascienden más allá de cualquier factor temporal.  «Heroes” de Bowie, el «Should I Stay or Should I Go”, casi a modo bucle, de The Clash o «Atmosphere” de Joy Division son ejemplos de temas que podemos encontrar en la banda sonora, de la que se han encargado Kyle Dixon y Michael Stein.

Teniendo en cuenta todo lo dicho, creo que es evidente que una estética, con todo lo que la compone, es capaz por sí sola de definir a todo género, enmarcándolo en una determinada época y lugar. El resultado es un universo ficticio repleto de personajes que se adaptan a las particulares reglas que sus creadores les han impuesto. Propongo, desde nuestra realidad, romper la cuarta pared e intentar describir a los protagonistas de Stranger Things con canciones que bien podrían haber pertenecido al mundo paralelo que nos han regalado los hermanos Duffer.

JOYCE BYERS

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Empezamos con el personaje más histriónico de Stranger Things. Winona Ryder da la razón a Manuela Carmena y nos da a su vez motivos para creer en la reinserción, en el mundo de la interpretación al menos, dotando de vida a Joyce Byers, la madre de un niño que acaba de desaparecer de forma misteriosa. Durante gran parte de esta primera temporada la toman por loca por no tragarse nada de lo que le dicen las autoridades y por, en definitiva, seguir creyendo que su hijo sigue con vida. Sólo podría sentirse loca por sentirse tan sola, que decía Patsy Cline en la hermosa Crazy, aunque verla comprar luces de navidad de forma compulsiva nos remita a sonidos rápidos y a letras que describan cierto comportamiento obsesivo. «Maniac” de Michael Sembello puede ser una melodía perfecta que describa su conducta durante la parte inicial de la primera temporada. Conforme la trama avanza vemos que tiene motivos para creer y  “Don’t Stop Believin’ de Journey puede retratar la actitud de esta chica de pueblo pequeño que habita en su solitario mundo. Lo que antes era locura se transforma en algo con más fundamento y pausa aunque actúe con la misma fuerza. «Don’t Go” de Yazoo podría ser el mantra musical que suena una y otra en su cabeza y que la empuja a seguir adelante.

JIM HOPPER

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Pese a la valentía de Joyce, es evidente que necesita la ayuda de alguien y es en este punto donde aparece la figura del policía local Jim Hopper. «Holding Out for a Herode Bonnie Tyler podría ser el grito de ayuda, a mitad de camino de lo obsesivo y lo triste, que la mamá de Will podría lanzar desde una sala de estar repleta de luces de colores. Hopper perdió a su hija y puede que por eso sea el único que sabe por lo que está pasando Joyce. Algo alcohólico, nivelHave a Drink on Mede AC/DC, y descuidado con todo aquello que se lo permite serlo, pero en el momento de la verdad está donde tiene que estar y hace lo que tiene que hacer (y probablemente estas dos cosas son las que definen a un héroe, teniendo en cuenta que los héroes son humanos y suelen fallar a veces, decía Gordon Lightfoot en «If You Could Read My Mind”). Para ayudar a Joyce debe enfrentarse a un rival casi invencible, el único superviviente de su propio universo y «Eye Of Tiger” de Survivor puede ser la banda sonora perfecta para este desafío. Por la condición de oficial de Hopper estaría bien traído decir aquello de que la ley de un universo termina cayendo sobre la del otro. «I Fought the Law”, cantada por The Clash… Y la ley, del universo de Jim, ganó. Pese a todo lo malo que le ha pasado y pese a algunos hábitos algo autodestructivos, está claro que tiene un corazón de oro. «Heart Of Gold”, de Neil Young, sería un buen tema con el que regresar a su recobrada vieja vida.

ELEVEN & MIKE

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Mike andaba buscando a Will Byers cuando encontró a la más extraña de las cosas de Stranger Things: Eleven. Se puede decir que ambos descubren algo parecido al amor cuando nadie lo esperaba y en la peor de las circunstancias. Ella ni siquiera sabía que algo así podía existir después de haber sido sometida a todo tipo de pruebas muy poco humanas, por mucho que ella gritara que pararan a lo Relax de Frankie Goes To Hollywood, y Mike andaba distraído en las prioridades que debe tener un niño que está iniciando su pubertad. Se puede decir que el lazo más fuerte que une a ambos es el hecho de que los dos sean criaturas extrañas, en el sentido más bonito de la expresión y sin necesariamente ser inadaptados, porque ya lo decía Marc Bolan: Life Is Strange. Cuando Eleven se pone la peluca y el vestido que Mike le coge prestado a su hermana ambos podrían pasar por dos chicos normales y no sería extraño verles bailar agarrados el «Be My Baby de The Ronettes o el «My Girl” de The Temptations. Supongo que es al natural, tan diferentes como son, cuando ambos son más reconocibles y a la vez más auténticos. Entre ellos entonces sólo podría encajar una canción compuesta por un extraterrestre: el «Modern Love de David Bowie.

NANCY WHEELER & STEVE HARRINGTON

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Ambos forman parte de la ‘trama John Hughes’ de Stranger Things. La llamo así como homenaje al director de esas míticas películas de adolescentes filmadas durante los ochenta que, por lo general, solían estar protagonizadas por Molly Ringwald. El club de los cinco o 16 velas son estandartes de ese cine superfluo, algo vacío pero que siempre dejaba cierta moraleja (sólo válida si tus preocupaciones son las de un adolescente que vive en atrapado en esos “In Between Days que tan bien retrataron The Cure en su día). Siguiendo esas bases, durante los primeros episodios vemos como la inocente Nancy se queda prendada de uno de los chicos más molones del instituto: Steve Harrington. Ella parece sentirse bastante colgada, sentimentalmente hablando, mientras que las intenciones de él parecen más prosaicas. Se podría decir que bailan a diferente ritmo: en la cabeza de ella suena el Baby Can I Hold You de Tracy Chapman mientras que en la de él alguien le susurra el “Lets Get It Onde Marvin Gaye. Después de unas idas y venidas entre ambos, en las que Nancy podría haberle preguntado a Steve aquello de Do You Really Want To Hurt Me?de Culture Club, el amor prevalece tras haber sido puesto a prueba por la irrupción de terceras personas, Jonathan Byers, y de monstruos venidos de un universo paralelo, el Demogorgon. Tirando de bandas sonoras compuestas de canciones aún más míticas que las propias películas, en el ‘happy end’ de Nancy y Steve podría sonar «Missing You de John Waite, que formaba parte de 16 Velas, o «Don’t you Forget About Me de Simple Minds que aparecía en la también citada El club de los cinco.

DUSTIN HENDERSON & LUCAS SINCLAIR

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Son dos de los mosqueteros que junto a Mike y a Eleven tratan de encontrar a su amigo Will. Durante toda la primera temporada de Stranger Things cabalgan a mitad de camino entre la fantasía y la cruda y extraña realidad que les ha tocado vivir. Pequeños quijotes que a lomos de sus bicicletas intentan luchar, usando un tirachinas como arma, contra el letal Demogorgon. Ambos se complementan a su manera, Lucas es un chico desconfiado que no traga a Eleven, la actitud que adopta frente ella podría describirse con “Cold de The Cure, mientras que Dustin traspasa el cliché de chico gordito y simpático, que desde un principio se suponía, para ser uno de los personajes televisivos más entrañables de los últimos tiempos. Su expresividad/ingenuidad unida a su falta de filtros hace que su enfado o alegría sea contagiosa. Todo sin necesidad de hacer el ‘súper meneo’ que le obligaban a hacer al pobre Gordi en Los Goonies (‘R’ Good Enough, que cantaba Cindy Lauper). Bravo por Dustin. Como banda sonora de estos chicos podríamos de nuevo ubicarnos entre la fantasía, usando la banda sonora de «Dragones y Mazmorras (que debió ser estrenada más o menos en la época en la que se ubica la historia de Stranger Things) o el Neverending Storyde Limhal, hasta el siempre presente «Stand By Me” de Ben E. King. 

Dustin, Lucas, Mike, Will y Eleven, allá donde esté, nos han enseñado una valiosa lección que bien podría ser contada con el «With a Little Help Of My Friends, cantada por Joe Cocker, de fondo.

LOS HERMANOS BYERS

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Will y Jonathan no han crecido en el mejor ambiente familiar y eso, en cierta manera, les ha hecho diferentes al resto de chicos de su edad. Will es un niño inteligente, sensible, es capaz de encender bombillas desde un universo paralelo y mantiene una estrecha relación con su madre, pese a que ésta no es capaz de dedicarle todo el tiempo que debiera. Ese tipo de madres es preferible a aquellas otras, sobreprotectoras y empeñadas en levantar muros, a lo Mother de Pink Floyd. Su hermano mayor, Jonathan, está lejos de ser el chico más popular del instituto. Quiere dedicarse a la fotografía y eso, cuando es sacado de contexto, le hace parecer aún más raro de lo que es por muy artísticas o sentimentales que sean sus intenciones, que podrían ser descritas con Photographde Ringo Starr. Está claro que siente algo por Nancy aunque ésta habite en un universo social mucho más lejano que el del Demogorgon. La canción que une a ambos hermanos no puede ser otra que el «Should I Stay or Should I Go” de The Clash. Viendo como encajan los Byers con el resto de habitantes de Hawkins, también «People Are Strange” de The Doors podría definir esa extraña convivencia: La gente es extraña cuando eres un extraño.

EL DEMOGORGON & BARB

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Decía Ray Loriga que las chicas feas, perdón por la expresión pero así es como la han caracterizado, «se dejan ir y bailan toda la noche solas, o unas con otras y no tienen suerte ni atrayendo las desgracias”. No correrá esa suerte Barb, secuestrada y asesinada por el Demogorgon mientras movía sus inocentes pies en la piscina de Steve Harrington. Sólo podríamos hacer más triste la escena si añadimos de fondo una canción como All By Myself de Eric Carmen. Así, la mejor amiga de Nancy se sumerge forzosamente en el agua, quizás cantando «I Just Died In Your Arms Tonight” de Cutting Crew,  y desaparece sin que se forme ningún revuelo en Hawkins. Tendrán que ser las redes sociales, las de nuestro universo, las que reclamen la justicia y atención que Barb se merecía. No te olvidamos, #Jesuisbarb. «The Girl Is Mine, de Michael Jackson, podría ser el tema que el Demogorgon estaba tarareando en el momento en que decide llevarse a la mejor amiga de Nancy. Tendrá que ser Eleven quien vengue a Barb y evite que el desagradable monstruo terminara dominando el mundo. «Everybody Wants To Rule The World, decían Tears and Fears, pero no tú, Demogorgon.