Se ha hablado mucho de «Cult Following» a raíz de sus estelares colaboraciones. Por un lado está la inseparable mano de Richard Reed Parry, miembro de Arcade Fire en quien Laurel Sprengelmeyer ha confiado para la definición de ese paisaje escapista que persigue su disco. Por otro lado, la letra pequeña (por así decirlo) delata la participación de Sufjan Stevens, Sharon Van Etten, los hiperactivos hermanos Dessner de The National, Owen Pallett, Mary Margaret O’Hara… A algunos es difícil localizarlos, pero ciertamente en algunos momentos se nota su modesta presencia, realzando el componente místico y encantado en cada aportación.

El segundo disco de Little Scream supone el florecer de las semillas que plantó en 2011 con “The Golden Record”, a través del cual consiguió embellecer con su folk un paisaje evocativo muy agradable. Ahora el objetivo parece otro, el disco se consolida en torno a una mitología del culto, inspirada por sus raíces cristianas y su visita a una comunidad espiritual de Brasil. A partir de estas ideas, Little Scream lleva un imaginario propio a un terreno entre el pop-rock, el folk y la psicodelia para conseguir un envoltorio creíble y preciosista a sus ideas.

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«Cult Following»: La escapada mental

Richard Reed Parry, Sufjan Stevens, Sharon Van Etten, los hiperactivos hermanos Dessner de The National, Owen Pallett o Mary Margaret O’Hara son nombres que han trabajado junto a Laurel Sprengelmeyer en este «Cult Following».

Little Scream propone temas delicados, reflexiones con cierto sentido de nostalgia y líneas para creer en el optimismo. Su modus operandi son doce canciones que se funden y mantienen cierta alma salvaje, sin ser agresivas ni herméticas. Fijándonos en el inicio instrumental del disco («Welcome to the Brain”), ya presuponemos el viaje hacia un art-pop clarividente  correspondiendo al mundo mental de la canadiense. Los célebres arreglos de violín de Owen Pallett van modulándose alrededor de las guitarras y los efectos sintéticos. Little Scream interactúa directamente con el oyente desde este inicio barroco, embarcándonos en un ocurrente viaje mental al que le sigue la popera y extravagante “Love As A Weapon”. Usando pequeños efectos sintéticos mantiene la línea sonora con la que ha iniciado el disco y le suma un característico y contundente bajo demostrando que domina el ‘groove’ que se lleva ahora. La suerte de “Love As a Weapon” es ser la primera canción, ya que no tendría sitio en ningún otro momento del álbum puesto que rompe con el espíritu de fragilidad y misticismo que luego va a abanderar. De modo similar funciona “Dark Dance”, con un inicio instrumental y efectivo que separa la pieza con su predecesora y, ahora sí, indica cierta intencionalidad y concordancia con el resto del disco. “Dark Dance” explicita el embrujo del baile desde el primer momento, en el que oímos los chasquidos y los pasos de una pareja bailando. La pieza a nivel sonoro y literario es un suave toque de pop veraniego e iluminado, de algún modo Laurel reafirma la idea del viaje al más allá, a los mundos mentales imaginarios. Si bien el inicio del disco nos ‘da la bienvenida al cerebro’, las figuras visuales que se tejen en las siguientes composiciones proponen vías de escape mental hacia momentos de expresión sentimental.

El disco se consolida en torno a una mitología del culto, inspirada por sus raíces cristianas y su visita a una comunidad espiritual de Brasil. A partir de estas ideas, Little Scream lleva un imaginario propio a un terreno entre el pop-rock, el folk y la psicodelia para conseguir un envoltorio creíble y preciosista a sus ideas.

Con la misma metodología pero con toques más magnificentes y dinámicos suena “Evan”, cuyas variaciones estructurales registran momentos a caballo entre el pop de cámara y el rock barroco. Las connotaciones religiosas de la letra se intercalan con los místicos toques de teclado y guitarras al más puro estilo Beasts of the Southern Wild. Sin duda alguna “Evan” es un necesario aporte cinematográfico a la placa, que en momentos versa entre un folk potente y de comunión con un rock clarividente y recargado.

Tras la majestuosa carrera hacia lo salvaje, aparece una pieza a priori más oscura. “Aftermath” recuerda al descenso de un meteorito, a un cierto melodrama apocalíptico. El corte, puramente instrumental y evocativo, funciona como apertura hacia una parte menos recargada y matizada de “Cult Following”, que se inicia con “The Kissing”, canción cuyas primeras líneas nos hacen regresar a esos parajes del fin “Every disaster has a beautiful start…”. En piezas como esta se demuestra que Little Scream no tiene miedo de dejar fluir sus canciones. Se agradece cierto sentido del riesgo al no hacer que las composiciones del disco sean fórmulas matemáticas, aquí pocos estribillos son calcados, las canciones funcionan como historietas vivas y cambiantes, y para ejemplificarlo nos podríamos parar en la percusión y acompañamiento de cuerdas “The Kissing”, que va desde una melodía acústica con unos tambores soportados por chasquidos, hacia una revolución más eléctrica y una batería más galvánica en su ejecución. Para conseguir estos estados Laurel no los separa en dos canciones, sino que los funde en una, viajando a través de dinámicas y cambios de vibración.

Little Scream propone temas delicados, reflexiones con cierto sentido de nostalgia y líneas para creer en el optimismo. Su modus operandi son doce canciones que se funden y mantienen cierta alma salvaje, sin ser agresivas ni herméticas.

Wishing Well” retorna a ese componente místico y exótico que se ha ido saboreando a lo largo del disco. Ahora bajan las revoluciones y nos adentramos en un horizonte encantado en el que la colaboración de O’Hara se deja oír. “Wishing Well” funciona como catalizador de una profundidad figurativa, indagando dentro del imaginario mundo místico que recorre la mente de Laurel, cuya voluntad es hechizar al oyente proponiendo breves parajes de nocturnidad que se acercan al cuento de hadas. Las arpas, los efectos espaciales y la clarividencia de los toques metálicos fusionan bien sus intenciones. Igual de etérea aparece “Wreckage”, en la que la voz parece seguir una senda hacia unas tonalidades más bajas respecto a los anteriores momentos; ahora la percusión parece la fuerza dominante en la pieza, a la que luego se le suma todo lo demás.

«Sometimes they are cruel, and by that I mean all the time…”. Así se inicia el explícito homenaje a Amanda Todd en “Someone Will Notice”, la respuesta emocional de Laurel al grito de auxilio que lanzó la canadiense hace ya unos años. La canción pierde en primera instancia el metódico efectismo sonoro que Laurel había utilizado en las anteriores canciones y deja paso a un piano que acompañará todo el mensaje hasta el momento en que la instrumentación asumirá su clímax en un momento de intenso calibre visual y dramático. El cierre, de nuevo, no tiene nada que ver con el inicio del track, que se desenvuelve en el dinamismo constante que conjunta las canciones de “Cult Following”, sin perder ni un pizca de realismo mágico. “Silent Moon” sigue la estela de “Someone Will Notice”, ahora con unos reverbs de esencia eclesiástica. Alcanzando ya el final del disco, en estos instantes la placa se vuelve menos vívida y más liberadora. Sprengelmeyer olvida el abundante barroquismo y se desnuda para hacernos reflexionar sobre la volatilidad de los recuerdos. No olvidemos que “Cult Following” resigue el concepto de escapismo mental, y en este momento Laurel parece temer que este viaje de desvanezca al despertar, al regresar, si es que hay regreso. Finalmente, “Goodbye Every Body” es ese ¿regreso? a la estabilidad, o al mundo real. La voz de Laurel suena lejana para, de algún modo, indicar que estamos saliendo de su imaginario, que su exposición se ha acabado, pero que ella se queda en ese mundo al que sólo podremos volver a acceder pulsando play de nuevo, dispuestos a dejarnos llevar por el caleidoscopio de ritmos intercalados con figuras del más allá.

Little Scream – Cult Following

7.0

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“Cult Following” es un viaje místico hacía un más allá mental al que se nos hunde eficazmente a partir de una búsqueda y control de momentos cósmicos y oníricos, revitalizados a partir de metáforas y líneas que consolidan a Laurel Sprengelmeyer como una artista capaz de dominar acústicamente su objetivo y a la vez, convencer con su imaginario, llevando a cabo un difícil ejercicio de seducción y aislamiento en el que ella tomará el control de cada paraje.

Up

  • Los efectos sintéticos que van recubriendo el disco, aislando y acompañando las canciones fluyen de maravilla con el mensaje que quiere transmitir Laurel.
  • La inteligente ejecución de los cambios de ritmo e instrumento en una misma canción, sorprendiendo y apoyando a nivel formal la idea conceptual del disco.

Down

  • Al separar tan drásticamente los momentos poperos y relajados con los más profundos y melancólicos, los primeros acaban sonando más banales e impersonales.
  • Probablemente bajo la excusa del ‘más allá’ mental algunas metáforas literarias han acabado quedado incongruentes y demasiado difuminadas como para poder empatizar con el verdadero mensaje, si es que lo hay en todo momento.
  • Lo pegote que queda “Love As a Weapon” con el resto del disco.