El pasado mes de junio acudí al concierto que Michael Kiwanuka ofrecía en Madrid como parte del Mad Cool Festival. Lo hacía después de haber escuchado los adelantos que, a cuentagotas, iban siendo publicados de «Love & Hate«. Las sensaciones que me habían dejado estas nuevas canciones eran muy buenas y por ello iba muy predispuesto a dejarme sorprender y emocionar por el británico. Pocas sorpresas hubo en ese sentido: las expectativas fueron cumplidas e incluso superadas. Sólo me resultó llamativa la sencillez del propio cantante. Tejanos negros, camiseta amarilla y una cazadora vaquera que no tardó en quitarse (estaba en Madrid en pleno junio). Con la misma naturalidad con la que viste se puso a tocar la guitarra y a cantar, como si realmente no estuviera haciendo nada, sepultando con su voz y música cualquier murmullo o cualquier distracción.

Es en esa normalidad, acompañada de un inmenso talento, donde reside la magia de Kiwanuka. Supongo que uno de los desafíos de «Love & Hate» era el de mantener esa naturalidad sin renunciar a una producción que mejorara «Home Again», brillante ópera prima del británico publicada en 2012. Brian Barton (a.k.a. Danger Mouse), famoso productor de discos de The Black Keys, el más reciente de los Red Hot Chili Peppers o como parte del «25» de Adele, ha sido el encargado de situar al cantante británico en la delgada línea que separa el comercial R&B de sonidos más clásicos y próximos al soul de mitad del siglo pasado. Siempre es arriesgada y debatible la apuesta de cambiar algo que ya funcionaba, pero en todo momento Kiwanuka parece tener claro quién es y cuáles son sus orígenes. En ese sentido, cualquier riesgo parece asumible y se transforma en un reto.

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Siempre es arriesgada y debatible la apuesta de cambiar algo que ya funcionaba, pero en todo momento Kiwanuka parece tener claro quién es y cuáles son sus orígenes. En ese sentido, cualquier riesgo parece asumible y se transforma en un reto.

«Love & Hate» se inicia con «Cold Little Heart«. La canción comienza con una primera parte instrumental. La melodía es sencilla, simples acordes que se repetirán durante todo el tema, pero poco a poco sube en épica gracias a la voces del coro. Todo el conjunto de sonidos hace que piense en el preludio de una batalla o de un duelo tras el que suena algo que bien podría haber sido compuesto por Ennio Morricone. No es hasta pasados los cinco minutos cuando la voz de Kiwanuka se suma a este western sensorial y empieza a disparar frases que duelen más que las balas. Más que una canción, «Cold Little Heart» es una declaración de intenciones; es estar en ese punto en el que sabes que tienes una genialidad entre las manos y ya sólo es posible rizar el rizo o perfeccionar lo que ya es perfecto, con el peligro que eso tiene. «Black Man In A White World» me pilla con la guardia baja, saliendo del ‘Stendhal‘ en el que «Cold Little Heart» me ha dejado, y las frenéticas palmas con las que comienza la canción me hacen regresar al mundo real. El tema podría tener un tinte reivindicativo racial, el tono africano en la desnudez inicial de la voz de Kiwanuka es evidente, aunque yo interpreto, quizás al traerlo a mi terreno caucásico, una negrura más espiritual que física. Una sucesión de cosas buenas que no terminan de compensar las malas. Un canto a la destrucción que, de alguna forma, te hace ser indestructible: «And I’ve lost everything I had And I’m not angry and I’m not mad«. Pese a todo lo malo‘ predomina el tono positivo, ayudado por el gran ritmo funk que aportan guitarra, percusión, coros y las incesantes palmas. En «Falling» el sonido de algo que parece romperse sustituye a las palmadas antes de que Kiwanuka empiece a admitir errores y caídas. Descenso en espiral que parece cantado desde un pozo; las guitarras y la cuidada percusión actúan como paredes simbólicas de éste, por la reverberación de la voz del británico.

Todo en «Love & Hate» encaja a la perfección, con mucha naturalidad y sin, aunque entiendo que hasta cierto punto sea debatible, el temible edulcorado de ciertos trabajados producidos en el pasado por Danger Mouse.

Sin abandonar el tono nostálgico, el sonido se vuelve sexy en «Place I Belong«. Aroma a clásico gracias al ritmo jazzístico de la batería y a la aparición, de nuevo, de esas voces corales ‘morriconescas’. Por su letra, no sabemos si es Kiwanuka el que se marcha o el que se queda: «I’m moving on. My friends are leaving, my friends are gone«. Parecía el primer bache tras un grandioso comienzo pero gana enteros en cada escucha y sirve de entrada perfecta a otra de las genialidades del disco: «Love And Hate«. Eterno tema compuesto de una sencilla melodía, sostenida sobre unos agradables loops de tararéos corales que prácticamente abarcan todo el track, sobre la que Kiwanuka reivindica su naturaleza con una bonita letra llena de claroscuros. «You can’t steal the things that God has given me / Can’t you see there’s more to me than my mistakes?«. Virtudes, defectos y, en definitiva, amor y odio, que continúa siendo el trasfondo del siguiente track: «One More Night«. El británico vuelve a tirar de simbolismo. La noche y el día, el negro y lo blanco, como amenaza o como promesa. Una cosa necesita a la otra y ninguna puede ser eterna. Supone un cambio de ritmo en lo musical tirando de un soul más movido sin perder la coherencia con el resto del disco.

Un punto de referencia que marca el camino a los que vienen detrás, que renueva al propio género y que crea fieles en un público que aprovecha la más mínima oportunidad que encuentra para sentirse diferente creando ídolos alejados del mainstream.

«I’ll Never Love« puede que sea el tema más sencillo y, en ese sentido, menos sorprendente y emocionante de «Love & Hate». Podría ser el single de cualquier estrella R&B pero en este contexto, el de un disco repleto de grandes cortes, queda algo deslucida sin que por ello deje de ser una buena canción. Quizás por esto sentimos cierto recelo al escuchar el comienzo de «Rule The World«. Ritmo similar a su antecesora, aunque pronto hace entrada la profunda voz de Kiwanuka para quitar cualquier asomo de mediocridad de encima, junto con los sonidos de guitarras y coros que la terminan de catapultar. «Father’s Child» es una canción dentro de otra. El desconcertante R&B inicial, infantil y ligero, se transforma en balada pasada la mitad de su minutaje. Un piano que precede a un nuevo cambio de ritmo de la guitarra eléctrica, los coros (una vez más) y el tono reverberante vuelven a dejar sabor a clásico en la boca. Puede que sea por su estructura de muñeca rusa y por el cambio de registro, respecto a todo lo escuchado en «Love & Hate», lo que la haga difícil y cueste conectar con ella. «The Final Frame» es el marco final perfecto que merece «Love & Hate». Llegamos a este punto con el ánimo algo revolucionado y los sonidos de cuerda, desde la guitarra eléctrica inicial hasta los finales, generados por instrumentos clásicos, terminan por rematarnos, en el mejor de los sentidos. Esta última canción es un buen resumen del disco: una gran producción, una inmensa voz y una preciosa y sencilla letra, que, como en la mayoría de temas, aparece firmada por el propio Kiwanuka, Dean Cover y Danger Mouse.

Todo en «Love & Hate» encaja a la perfección, con mucha naturalidad y sin, aunque entiendo que hasta cierto punto sea debatible, el temible edulcorado de ciertos trabajados producidos en el pasado por Danger Mouse. Así, después de todo lo dicho, creo que nos encontramos con uno de los discos del año.

Justo escribo esto cuando se cumplen cinco años de la muerte de Amy Winehouse y puede que sea por eso que se me haga muy obvio el parecido entre su inmenso «Back to Black» y el «Love & Hate» de Kiwanuka. Sendos trabajos comparten cierta oscuridad que unida al diferente estilo de los dos cantantes hace que el resultado sea profundo y, en su justa medida, trascendente. Así, podría decirse que «Love & Hate», como en su día lo fue «Back to Black», supone un hito musical dentro del género del soul. Un punto de referencia que marca el camino a los que vienen detrás, que renueva al propio género y que crea fieles en un público que aprovecha la más mínima oportunidad que encuentra para sentirse diferente creando ídolos alejados del mainstream.

Michael Kiwanuka – Love & Hate

8.7 HOT RECORD

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Tras cuatro años de silencio, después de haber publicado su brillante ópera prima, «Home Again», en 2012, Michael Kiwanuka presenta su segundo trabajo: “Love & Hate”. Álbum cargado de sonidos clásicos y canciones demoledoras que hacen que este sea uno de los mejores discos publicados en 2016.

Up

  • Calidad constante durante todo el disco manteniendo una coherencia musical y lírica.
  • Encuentro en la producción de “Love & Hate” un punto a favor al recuperar tonos clásicos (forzando en ocasiones demasiado), contrastándolos con sonidos más actuales.
  • Habrá que ver cómo las trata el tiempo, pero me atrevería a decir que Kiwanuka aporta con “Love & Hate” tres temas que bien podrían llegar a entrar en el Olimpo de los clásicos del neo-soul: «Cold Little Heart», «Love And Hate» y «The Final Frame».
  • El talento natural que reside en Michael Kiwanuka le permite transmitir un océano de sensaciones con un sólo gesto. Justa carga (teniendo en cuenta lo anterior) en sus letras, sin necesidad de ser extremadamente complejas.

Down

  • En “Love & Hate” Michael Kiwanuka pierde el toque folk que desprendía “Home Again”, así como cierta desnudez que de alguna forma favorecía a su voz y estilo.