Cuando Quique encontró a Charo (y a su banda)

Crónica del concierto de Quique González & Los Detectives en el Circo Price

Con el paso del tiempo, Quique González se va gustando más a sí mismo, lo cual es casi como decir que cada vez es un poco menos cantautor. Algo que está ejemplificando de perlas con la última gira que ha organizado en torno a Me mata si me necesitas”, a uno de cuyos conciertos en el Circo Price de Madrid, el pasado 10 de julio, tuvo oportunidad de acudir El Quinto Beatle.

Con el paso del tiempo, el músico ha ido comprendiendo la importancia que tiene el artificio, y el modo en que se puede firmar todo tipo de canciones viscerales sin que, en realidad, el público pueda nunca llegar a asomarse a su interior más de lo saludablemente diagnosticado. Mucho ha llovido, en efecto, desde 1998, cuando publicó un elepé titulado “Personal”. Ahora, en su gira actual, al bueno de Quique le preocupa tanto la escenografía, el modo de comunicar más que lo comunicado, que se va llevando de un lado a otro su propio escenario ambulante: una neblinosa calle londinense con cabina telefónica incorporada, y sombras de cine noir dibujadas en la ventana. Porque ya no es Quique González. Ahora es él más los Detectives, a quienes bautizó él mismo, y en cuya compañía ha firmado el disco más luminoso y accesible de toda su carrera.

A ellos les dedicó la primera canción de “Me mata si me necesitas”, y también la inauguración del concierto. Una homónima “Detectives” que conservaba toda la sorpresa y riqueza sonora del elepé, y que iba sirviendo de presentación para los talentosos instrumentistas que le acompañarían durante la velada tal y como habían hecho, y de manera estrecha, durante las horas de grabación previas. Sin ningún tipo de pausa, con la banda hecha al clima del lugar, acometieron “Se estrechan en el corazón”, efectivísimo single que contó con los primeros y entusiastas coros de la platea, seguidos orgánicamente de la catártica “Sangre en el marcador”. Lo cual estaba bien porque, tal y como se apresuró a aclarar Quique, estaban tocando íntegra la Cara A del reciente disco. Y eso significaba que la llegada de “Charo” era inminente.

Fotografía: Juan Antonio Marín
Fotografía: Juan Antonio Marín

Uno gusta de imaginarse al artista madrileño poniéndole punto final a dicha canción, que según trascendió fue la primera que compuso para “Me mata si me necesitas”. Uno gusta de imaginarse su respiración liberada, y a Quique diciendo “Vale, lo he petado”. Porque es la quintaesencia del temazo y encima, si encuentras alguien como Nina (Carolina de Juan) para que te haga el dueto (y la convences ya de paso para que te acompañe en tu gira posterior), las posibilidades de volver loco al público son altamente numerosas. En la zona de merchandising se vendían como churros unas camisetas con la palabra ‘Charistas’ impresa. Tan simple como eso. Así no hay manera de seguir siendo cantautor.

Total, que Nina y Quique cantaron “Charo”, Nina con esa voz rota, blusera, milagrosa, que hace que sea imprescindible adquirir el disco de su grupo Morgan cuanto antes (y ahí viene de nuevo el merchandising habilitado para salvarnos la vida), y el Circo Price se llena de butacas festejando el pop risueño con el que tan dispuestos nos vendemos a la diversión y la frivolidad. Una celebración mística, absolutamente incomparable, que acaba con una brusquedad muy calculada en el momento en que Quique se queda repentinamente solo, y toca “Cerdeña”. Tratamos de relajarnos, y mientras esperamos la siguiente explosión saboreamos el paréntesis.

Recuerdo de Conil/Madrid de la Frontera

Finaliza esta Cara A del concierto y los Detectives dan cuenta de su temperamento rockero y vacilón con “Kid Chocolate”, perteneciente al muy cinematográfico “La Noche Americana”. Riffs pesados, Quique dejándose ir, y una parte final destinada a lucir el virtuosismo que frustra al público por estar rodeado de butacas, cuando lo que quiere es liarse a pogos. Y la caña no concluye con él, porque el artista se halla en pleno subidón y quiere que se suba al escenario (o a la calle en la que esos melenudos le están malogrando el sueño a los vecinos british) nada menos que Alex Nashville, un tío al que solo conocen en su casa a la hora de comer tarta de manzana pero que ayudó un montón con “Delantera Mítica”, y que va a tocar la guitarra en la reivindicativa “¿Dónde está el dinero?”. A Quique entonces se le va de las manos, y recordando lo que le mola Bob Dylan comienza a jugar con la melodía vocal para desconcertar los coros de los seguidores. Está haciendo, es oficial, lo que le sale de sus texanos bemoles.

Como estamos recordando lo ridículamente bueno que fue “Delantera Mítica” toca proceder a “Tenía que decírtelo”, volviendo a reparar de este modo en el obsceno ingenio con el que Quique pergeñó su letra, y toca frenar momentáneamente el frenesí para saber cuál es nuestra siguiente parada. Ah, cierto. Que se cumplían 15 años de “Salitre 48”. Esto sólo puede ir a mejor.

“Tarde de perros” consolida lo a gusto que se siente absolutamente todo el mundo en el Price, y “La ciudad del viento” nos recuerda por qué muchos de nosotros estamos en él. Cuando llega el turno de, propiamente, “Salitre”, hay quien frunce el ceño ante su apariencia tan cambiada y marchosa. No, Quique. Con cualquier otra, vale. Pero “Salitre” tienes que cantárnosla al oído, tú solo, con tu guitarra. En plan íntimo, seduciéndonos. Al menos, nos deja cantar «De alguna manera tendré que olvidarte, tengo que olvidarte de alguna manera«, pero empezamos a pensar que igual lo de convertirse en un trasunto de Bruce Springsteen no era tan buena idea.

Vamos acabando el somero repaso al disco generacional por antonomasia con “De haberlo sabido”, que Quique nos confiesa que escribió con la intención de que la cantara una chica. Así que Charo… estooo, Nina, vente ‘pacá’. Y provéenos del mejor momento del concierto, si te viene bien. Tu voz, y mi guitarra. No necesitamos más. Bueno. Igual estaría bien que repararan ese dichoso crujido que cada vez se hace más audible, y que está echando a perder parte de la magia de la velada.

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Fotografía: Juan Antonio Marín

Sí, cuando Nina canta “De haberlo sabido”, aun con los problemas técnicos, algo sucede en el Circo Price. El público enmudece, Nina llora, y por una milésima de segundo es posible escuchar varios centenares de corazones (o el número de localidades que sea), en paralelo a los lánguidos sollozos de esta mujer que ha venido para hacernos tan felices, a pura fuerza de talento y sentimiento. Alcanzada la cumbre, echemos la vista hacia adelante y sigamos con la Cara B de “Me mata si me necesitas”, con la encantadora “Ahora piensas rápido” para sacarnos a todos del ensimismamiento melómano.

Quique confiesa que escribió “Orquídeas” pensando en Madrid, lo cual pues está muy bien, y para tocar “Relámpago” llama a César Pop, responsable de su apoteósico riff de piano. Volvemos a pensar en el Boss al tiempo de redescubrir lo genialísima que es esta canción, y en “No es lo que habíamos hablado” Nina vuelve a ser protagonista. No hace falta, en este sentido, decir nada más de ella.

Fiesta y llanto en medio de la niebla

“La casa de mis padres” clausura el disco y esta etapa del show, y el sabor de boca es inmejorable en ambos. Para una socorrida “Pequeño rock and roll” recurren a Guillermo Galván, guitarrista de Vetusta Morla, porque esto siempre ha sido cosa de amiguetes, y con “Avería y redención” vuelven a divertirse rocanroleando como quieren. “Caminos estrechos” no sorprende tanto por su irrupción en la gira como por la energía con que la tocan, y “Su día libre” da la puntual nota de introspección que tras tanta fiesta venía haciéndose necesaria. Estamos ya en terreno de bises, y Quique, en confianza, también accede a contarnos que “Clase media” fue el germen de “Me mata si me necesitas”, así que habrá que tocarla.

En la recta final, Quique llama al último invitado, Fabián, un modernete que por lo que parece hace unas cosas realmente locas, y le concede el honor de tocar “Aunque tú no lo sepas” con él. Para el modernete quizá haya sido el momento cumbre de su vida, en lo que respecta a la versión ésta queda algo desangelada, como a destiempo. Nada que no arregle “Kamikazes enamorados”, y cuando todos nos ponemos en pie uno comprende entonces qué sentido tiene que se celebren conciertos con gente sentada. Pues, ¿de qué otro modo, si no, podrías hacer algo tan guay, tan significativo, como levantarte y aplaudir?

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Fotografía: Juan Antonio Marín

“Dallas Memphis”, la jodida “Dallas Memphis”, es la canción elegida para dar por finalizado tan rotundo bolo. Quique se despide, y lo hace en compañía de la formación detectivesca al completo. Todos con sonrisas de oreja a oreja, Nina presa de una encantadora desorientación, producto de haberse quedado vacía tras darlo todo. Suena el “Superstition” de Stevie Wonder mientras se cierra metafóricamente el telón, y algún pobre pipa se pone a desmontar la puñetera cabina telefónica, que hay que ver qué ocurrencias tiene el pavo este. En lo que respecta a Quique González, cantautor, o estrella del rock, o ambos, a quién le importa, sólo tiene ojos para el futuro. Donde lo único seguro, por cierto, es que ahora tiene una banda, y que todos somos más dichosos por ello.

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