El mundo de la música actual, al menos en el caso de los grupos que ocupan la mayoría de carteles en los festivales, se encuentra fuertemente marcado por una frase muy reconocible que antes o después acaba afectando a todos: renovarse o morir. La gran cantidad de grupos, discos y canciones que nos llegan a través de Internet hace que de un día a otro nuestro amor incondicional ya no sea tan incondicional y lo que parecía ser el descubrimiento del año caiga en el cajón del olvido de un momento a otro. Si miras la discografía de casi cualquier grupo del año 2000 en adelante verás que hay una constante que se repite en prácticamente todos: un primer disco entre el notable y el sobresaliente que pone al grupo en boca de todos, un segundo disco bastante continuista que aprovecha el tirón del primero y refina la fórmula ofrecida en este, normalmente perdiendo algo de frescura pero manteniendo el nivel, y un tercer disco que con los años suele acabar confirmándose como el comienzo del declive.

Suelen ser discos tardíos, en los que el grupo parece sufrir un bloqueo compositivo propiciado más por el hype de las críticas y las expectativas del público que por el propio grupo en sí, y que se imponen como una barrera frente a la que el grupo debe reinventarse a sí mismo para salir victorioso y confirmarse como los salvadores de una generación o acabar siendo un one-hit wonder. Así vemos a cientos de músicos ‘experimentar’ con la electrónica sin llegar a nada claro y descafeinando completamente su fórmula primeriza que si bien podía pecar de simplona, era rematademente divertida. Hoy nos toca hablar de uno de estos discos. Quizás el artista en cuestión no ha sido tan aclamado ni tan hypeado como otros de su generación, pero el tercer disco también supone un reto para él. Hablamos de “On My One” de Jake Bugg, que llega por fin tres años después de su última referencia.

«On My One»: el ayer contra el mañana

Repetir la fórmula una vez más sería demasiado descarado, así que Jake ha decidido  emprender nuevos caminos, atreviéndose a coquetear con el indie-rock e incluso el hip-hop en esta ocasión.

Ya hemos hablado en más de una ocasión de Jake Bugg, el crooner más joven de esta generación, procedente de Nottingham. En 2012 y con tan sólo 18 años sorprendió a todo el mundo con un debut que sin ser nada revolucionario, hacía un perfecto homenaje al folk y al country de los 50-60 y contenía un puñado de grandes éxitos que serían más que suficientes para conseguirle una posición privilegiada dentro del mundillo, llegando a ser comparado incluso con Bob Dylan. Su propuesta no era nada que no conociésemos ya: canciones en torno a los dos minutos y medio con estrofas apresuradas por entrar a unos estribillos memorables para cantar a coro y una instrumentación que prácticamente servía para acompañar su voz, máxima protagonista que acabaría compartiendo su plaza con los solos de los que haría gala en su segundo disco, “Shangri La”.

Jake no ofrecía nada novedoso. Su música sonaba completamente retro e incluso su voz parecía encajar perfectamente dentro del estilo. Pero llegamos al tercer disco y parece que repetir la fórmula una vez más sería demasiado descarado, así que ni corto ni perezoso y alentado por su discográfica, Jake decidió no contar con ningún productor ni ayudante para la mayor parte del nuevo disco y emprender nuevos caminos. Esto le ha permitido experimentar con su sonido y ampliar su abanico de recursos y géneros, atreviéndose a coquetear con el indie-rock e incluso el hip-hop en esta ocasión.

Fotografía: Tom Oxley

Sin ser un trabajo redondo, pues en esta ocasión Jake básicamente da una de cal y otra de arena, no podemos decir ni mucho menos que el músico haya tirado su carrera por la borda. Pero tampoco sería justo negar que donde más brilla es en su estilo habitual.

El resultado de este disco es muy heterogéneo. Se puede percibir el aire clásico de los trabajos anteriores del de Nottingham junto a las fronteras nuevas en las que el músico ha decidido adentrarse en esta ocasión. Cabe destacar que no sólo ha corrido la composición únicamente a cargo de él, sino que también ha producido todas las canciones a excepción de tres de ellas y ha tocado y grabado la gran mayoría de instrumentos que aparecen, de ahí el título, “On My One”, frase que viene a significar “on my own”, sólo que con la jerga de su ciudad natal.

Siempre pienso que hay que valorar que un músico quiera salir de su zona de confort y probar cosas nuevas, a pesar de que el resultado en algunas ocasiones sea un completo desastre. Sin ser un trabajo redondo, pues en esta ocasión Jake básicamente da una de cal y otra de arena, no podemos decir ni mucho menos que el músico haya tirado su carrera por la borda. Pero tampoco sería justo negar que donde más brilla es en su estilo habitual. Prueba de ello es “On My One”, tema de apertura en el que sólo contamos con la voz de Jake y un pequeño arpegio de su guitarra. En ella nos habla de la soledad que ha sentido a lo largo de estos años en la carretera e incluso cuando ha vuelto a su ciudad natal (“I’m just a poor boy from Nottingham, I had my dreams but in this world they’re gone, they’re gone, oh, I’m so lonesome on my one”). Sencillo pero efectivo, y es que Jake nunca ha necesitado nada más que su voz, su guitarra y cantar desde el corazón para encandilarnos. Es precisamente lo que mejor se le da. Pero no nos equivoquemos, “Gimme The Love” tampoco es una mala canción. Cambio casi radical en el sonido, más electrónico, menos melódico y más rítmico, con Jake casi rapeando (culpa de Alex Turner y su “AM”) de forma directa y agresiva, con un estribillo sencillo pero con gancho. Si alguien nos hubiera dicho hace un par de años que Jake Bugg haría una canción así, probablemente nos habríamos echado a reír.

Quizás en el futuro sea capaz de pulir sus defectos e incrementar con mayor acierto sus nuevas influencias a su sonido clásico. De momento nos quedamos con un trabajo que inevitablemente rezuma un aire a disco de transición.

Los temas más recurrentes dentro del disco son la soledad y cómo no, las relaciones. De eso nos habla en “Love, Hope And Misery”, una de las baladas del disco, en la que canta melancólico sobre una relación que abandonó (“they say it comes in threes, love, hope and misery, I’m the first to have gone and tell me if I’m wrong, I hope that I am and you don’t hate me”). Destaca la producción en esta ocasión, con instrumentos de viento y cuerda que dotan al tema de un mayor dramatismo. La misma senda sigue “The Love We’re Hoping For”, sólo que esta vez Jake se deshace de toda parafernalia y nos devuelve su versión más humana: él, un par de guitarras y un pequeño ritmo de batería para contarnos la historia de una mujer que durante años y años sólo fue utilizada por todos sus amantes hasta quitarle toda esperanza y hacerle odiar incluso el lugar en el que vive (“and the love we’re hoping for is dying just like this city that we are all in”).

Cambiamos de tercio en “Put Out The Fire”, tema que recuerda al primer trabajo de Jake Bugg, muy rockabilly y agradable, aunque sin destacar demasiado en ningún aspecto. Seguramente estamos ante el tramo más flojo del disco, pues “Never Wanna Dance” tampoco consigue remontar demasiado, siendo un tema lento que sin resultar aburrido y teniendo un sonido novedoso gracias al predominio de teclados, ritmos electrónicos y varias voces, no destaca al encontrar baladas mucho mejores dentro del disco. “Bitter Salt” ofrece otro cambio distinto, aunque no consigue enganchar demasiado debido a un estribillo muy repetitivo en el que la voz se nota bastante forzada incluso para lo que nos tiene acostumbrados Jake. Sí destaca el solo, bastante distinto a lo habitual.

Una vez escuchado al completo “On My One”, no se puede constatar con claridad si supone un paso adelante en la carrera de Jake Bugg, aunque tampoco es un paso atrás. Los temas novedosos no consiguen destacar demasiado en general y al final donde más brilla es en los cortes clásicos, lo que nos lleva a pensar que quizá sea un artista demasiado encasillado conforme a sus capacidades

Más de uno se llevará las manos a la cabeza cuando escuche “Ain’t No Rhyme”. Si antes parecía que rapeaba, aquí directamente lo hace, entregándonos una canción a lo Beastie Boys compuesta por una base, varias estrofas y un estribillo que se repiten en bucle. Lástima que este tipo de música haya envejecido tan mal y suene bastante desfasado. Mucho mejor la parte final del disco, con “Livin’ Up Country” que recuerda bastante al sonido de “Shangri La”, con una producción y arreglos más trabajados. Una vez más sorprende con “All That”, una balada mucho menos melancólica y más dulce que las anteriores. La voz suena muy suave y agradable al mantenerse en los graves durante todo el metraje, encajándole mucho mejor. El tema en cuestión habla sobre una chica que conoció que no tiene miedo de dejar todo atrás para vivir de manera libre y no como la sociedad estipula (“when I was in L.A. she drifted away, she spoke of freedom, fame and all that, she ain’t got worries, she lives by the ocean and she’s got all that”). Pero el que sin duda es EL tema del disco es justo el último, “Hold On You”. Ya lo habíamos podido escuchar en algún concierto en acústico, donde ya sonaba a clásico, pero la versión de estudio lo mejora enormemente. Una letra y un ritmo sin complicación ninguna, un estribillo redondo (“no, you don’t give me lovin’ when I need it real bad, you got it all messed up from the momento you had me, baby, I got a hold on you”) y unos arreglos que le sacan el máximo partido. Clara demostración una vez más de que Jake se mueve en este campo como pez en el agua.

Una vez escuchado al completo “On My One”, no se puede constatar con claridad si supone un paso adelante en la carrera de Jake Bugg, aunque tampoco es un paso atrás. Los temas novedosos no consiguen destacar demasiado en general y al final donde más brilla es en los cortes clásicos, lo que nos lleva a pensar que quizá sea un artista demasiado encasillado conforme a sus capacidades, lo cual no tendría por qué ser malo mientras siga entregando canciones de calidad. De todos modos es pronto para vaticinar en qué puede desembocar, pues tan sólo hemos visto sus primeros pasos por otros derroteros. Quizás en el futuro sea capaz de pulir sus defectos e incrementar con mayor acierto sus nuevas influencias a su sonido clásico. De momento nos quedamos con un trabajo que inevitablemente rezuma un aire a disco de transición.

Jake Bugg – On My One

7.2

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Jake Bugg vuelve tres años después de su último trabajo con “On My One”, disco que mezcla sus influencias y su sonido clásico entre el blues, el country y el folk con canciones de aire más moderno entre el indie, el pop e incluso el hip-hop. El resultado es un disco bastante heterogéneo que si bien nos hace dudar de sus capacidades dentro de estos nuevos estilos, deja claro que en lo suyo sigue teniendo cualidades de sobra.

Up

  • Las canciones de corte clásico siguen sonando frescas y divertidas, se maneja muy bien en ellas.
  • En algunas de las más modernas consigue acertar, como en “Gimme The Love”.
  • La producción es muy buena teniendo en cuenta que se ha encargado él mismo de la mayor parte.
  • A pesar de mostrar más debilidades de esta manera, no querer encasillarse.

Down

  • Las letras, quizás porque no ha contado con ninguna ayuda, pero en general mucho menos inspiradas esta vez.
  • En la mayoría de canciones más novedosas cojea en varios aspectos.
  • La diferencia entre canciones como “Bitter Salt” y “Hold On You” dan a pensar que Jake está hecho para revivir el country y el folk más clásicos.
  • Se echa en falta algún riff potente como los de canciones anteriores como “Strange Creatures” o “Slumville Sunrise”.

1 Comentario

  1. Dios dejad de mirar con lupa todo lo que hace este chaval, ni era bod dylan en su opera prima ni vais a conseguir que lo deje abatido, porque es muy bueno.

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