Era algo demasiado bueno para ser cierto. Un milagro, pero un milagro posible porque quien más y quien menos ya había fantaseado con él, acariciado esa probabilidad bastante considerable de que los planetas se alinearan y algún elegido, simplemente, se limitara a dar el paso. Algo que, tarde o temprano, debía ocurrir.

Eso fue lo que muchos pensamos cuando se realizó el anuncio: HBO iba a lanzar una serie llamada Vinyl centrada en la música de la década de los setenta, y una serie que vendría auspiciada nada más y nada menos que por Martin Scorsese, Terence Winter y Mick Jagger. Ni siquiera fuimos capaces de discernir en su momento todas y cada una de las razones por las que esto era una idea magnífica. Simplemente, optamos por sumirnos en la euforia, y pasar a una espera que parecía no tener fin. Cuando lo hizo, sí, la verdad es que moló bastante.

Y, sin embargo, todo ha acabado. Tras una sola temporada. Y de la peor de las maneras: a traición, cual puñalada trapera. HBO ha decidido que no producirá más capítulos de Vinyl, y su decisión es aparentemente irrevocable. Una posible manera de lamernos las heridas podría ser indagar en el porqué. En los motivos de semejante desmán. O sea, es muy probable que tampoco sirva de nada y nuestra desazón no llegue a conocer el consuelo, pero qué sé yo. Algo habrá que hacer. Recapitulemos.

Quiero convencerte de que lo que está sonando es un hit

A poco que uno se sumerja en la filmografía de Martin Scorsese (probablemente, el mejor director vivo sobre la faz de la Tierra) percibirá que la gran pasión de su responsable, exceptuando el propio cine, no es otra que la música. En todas sus vertientes, aventuraríamos, pero con algo menos de duda distinguiríamos que, en concreto, el rock and roll. El rock and roll corre por las venas de Marty, es lo que le hace seguir viviendo a toda velocidad, y manufacturar monumentales odas al exceso como la que supone El lobo de Wall Street, una de sus últimas obras maestras, y una película que parece haber sido dirigida por alguien con cuarenta años menos que él.

El rock and roll ha ambientado ésta y otras grandes películas del cineasta, pero también ha sido el protagonista de varios documentales fruto de su inabarcable inquietud. No direction home, El último vals (considerado por unanimidad como el concierto más impecablemente filmado de la historia de los conciertos impecablemente filmados), Living in the material world, y varios otros. El bueno de Marty no sólo se ha limitado, por tanto, a disfrutar del rock y tirar de la abismal hemeroteca que es su melomanía para apuntalar sus bandas sonoras, sino que ha gustado siempre de estudiarlo. De elaborar, en cierto modo, una historia del rock, o más bien de la música popular, y haciéndolo desde su propia experiencia, tras haberlo absorbido todo como una esponja. Una serie como Vinyl, en este sentido, era un paso que habría resultado lógico en cualquier etapa de su vida, pero también uno dificultoso de dar si no se contaban con los medios adecuados, o las compañías.

Por otro lado, está Terence Winter, un nombre algo menos conocido para el gran público pero que igualmente proveía de grandes garantías según fue confirmado su papel como showrunner de Vinyl. Anteriormente, este talentoso guionista y productor ya había trabajado en Los Soprano y encabezado la producción de Boardwalk Empire, un espléndido drama mafioso que el tiempo sabrá poner en su lugar, paralelamente a trabajar con Scorsese firmando el libreto de, sí, El lobo de Wall Street. Experto por tanto en dibujar personajes extremos y sumidos en ambientes de todo menos pacíficos, suponía el escritor idóneo para reflejar la turbulenta década de los setenta desde la perspectiva de su música: un hervidero de alcohol, drogas y fornicación en el que tanto él como el director italoamericano se sentirían como en casa.

Y luego está Mick Jagger que, bueno, todos queremos a Mick. Él pondría más pasta, y contaría las batallitas necesarias para complementar el rigor histórico de la propuesta, además de enchufar a su hijo James para interpretar al músico Kip Stevens, uno de los personajes principales. La época elegida sería la década de los setenta, el escenario Nueva York, y dichas elecciones responderían a unos motivos también muy claros. Por entonces, el rock ya se había consolidado como la música de las masas, revelándose su cultura indivisible de la sociedad norteamericana, y convirtiéndose en un género que era cultivado por cientos de artistas y bandas. Semejante cantidad de chavales que querían incursionar en esto de la música para ver si la metían en caliente acabó provocando, como no podía ser de otro modo, el surgimiento de todo tipo de subgéneros, con la revolución punk a la cabeza, pero también sonidos completamente inéditos que luego serían categorizados como música disco o una variedad muy primaria de rap. A lo que habría que añadir, claro, la convivencia en las listas de éxitos de los temas rock con otros de clara tendencia soul o funky, sin olvidar la popada de turno que se pegaba al número uno como una lapa. Lo que se dice un sindiós, sobre el que los productores se documentarían a fondo, y pasándoselo obscenamente bien durante el proceso.

por-que-vinyl-ha-fracasado-2Pero, mientras tanto, ¿qué pensaban en HBO? La cadena privada había vivido durante años cómoda en la consideración altamente extendida de que sus series eran las mejores, apostando por la calidad y el riesgo de tal modo que acabó dejando de ser una apuesta, para convertirse en una marca. En su seno había tenido lugar, abanderada por ficciones como Oz, A dos metros bajo tierra, Los Soprano o The Wire, una laureada revolución que sentó las bases de ese pensamiento tan cuñao que insiste en que ‘el mejor cine de la actualidad se hace en televisión’. Efectivamente, era pasarse un poco, pero no cabía duda de que sus escritores habían sabido encontrar en el medio televisivo unas ventajas que el cine simplemente no podía darles (especialmente en lo referente al tiempo), aprovechando para desarrollar unas series adultas, complejas y de una calidad tan irrefutable que muchas veces no les importaba perder dinero (The Wire fue un fiasco de principio a fin) con tal de poder seguir presumiendo de ser, exacto, HBO. Porque ‘It’s not television’. Y tal.

Sin embargo, la revolución inaugurada por la cadena, como sucede con todas las revoluciones, acabó desmadrándose, y resultó que no sólo los guionistas afincados en sus oficinas eran capaces de hacer obras maestras. Fue cuando surgieron series como Mad Men, Breaking Bad o The Walking Dead, todas ellas de otra cadena, AMC, y todas ellas sin demasiado que envidiarles a las desventuras de Tony Soprano o a… no sé, toda esa gente tan triste que salía en The Wire. Con el agravante de que, al contrario que sucedería con otras ficciones posteriores de la cadena, e igual de ambiciosas o poco rentables (como Boardwalk Empire o Girls, el show autofelatorio de Lena Dunham), estas nuevas series tenían un éxito comercial avasallador, y ya se erigían como las principales rivales a batir.

Claro está, dar con Juego de Tronos fue, valga la redundancia, toda una jugada maestra por parte de HBO, pero dicha serie ha sido durante demasiado tiempo la única en conseguir que a la cadena privada le salieran las cuentas. Ahora, de hecho, la serie se encuentra demasiado cerca del fin como para que los ejecutivos no se preocupen, y eso sin mencionar el influjo de Netflix, cuya apuesta por el consumo masivo y continuo se distancia diametralmente de la de HBO pero que, mira tú por dónde, también ha dado suficientes series de culto como para comerle terreno por ahí. Ante tal coyuntura, HBO sólo podía ser más HBO que nunca y potenciar su imagen de marca frente a Netflix (que al fin y al cabo le fabrica los churros a Marvel), AMC (donde The Walking Dead lo petará, pero a un nivel de vulgo que los señores con monóculo de la HBO apenas si consideran), y el resto de cadenas estadounidenses. Esto es, HBO tenía que hacer las apuestas más arriesgadas, más adultas, más siniestras, más locas. Con True Detective había acertado de lleno, pero los decepcionantes resultados de la segunda temporada hicieron de ella algo más transitorio que otra cosa, por lo que había que desarrollar una nueva estrategia. Cuando se toparon con un proyecto de las características de Vinyl, vieron la luz.

Yendo a lo que es la serie

Ante algo así, la HBO no tuvo que pensarse demasiado la conveniencia de poner dinero para levantar el chiringuito, y todos se pusieron manos a la obra. Reclutaron a Bobby Cannavale, visto en Boardwalk Empire, para realizar el papel protagónico de Richie Finestra y ser la cara visible del proyecto junto a la simpar Olivia Wilde, al tiempo que se liaron a la compra indiscriminada de derechos de canciones clásicas de esa época, constituyendo un soundtrack que acabaría por convertirse en el mejor de la historia únicamente por cansino. Tantas canciones compraron, tanto dinero se gastaron, que la cadena decidió jugar la baza de la cercanía a los televidentes (una baza que hasta donde yo sé jamás había jugado, y que producía casi tanta incomodidad como ver a Pablo Iglesias diciendo que Ocho apellidos catalanes le había molado un montonete), y publicar en Spotify/Apple Music una cantidad totalmente absurda de playlists relacionadas con la serie. No sólo compuestas por las canciones que sonarían en cada uno de los capítulos, sino también por las sobras de esa disparatada adquisición comercial que nutrirían las listas de… los personajes. Y de las influencias de algunos de los músicos legendarios que harían cameos. Y de los Greatest Hits de un par de bandas privilegiadas. Porque, ¿quién sería el insensato que no se preguntaría alguna vez qué música escucharía un tío llamado Zak Yankovich en su tiempo libre? Ni que decir tiene, un servidor sigue todas y cada una de estas playlists. Aunque ése es otro tema.

La movida del Spotify/Apple Music no deja de suponer un apunte anecdótico, pero su cándida obsesión por ir actualizando cada semana los soundtracks daba una medida muy atinada del proyecto tan descabelladamente ambicioso que había levantado la cadena privada. O sea, que es que ahora HBO quería hasta ser transmedia. Iba a por todas. Y eso que aún no hemos hablado de la burrada que costaba un episodio de por sí. O del piloto. Quizá sea algo más divertido hablar de esto último.

El primer capítulo de Vinyl, dirigido por el mismo Martin Scorsese, es un absoluto desfase. Una manera de sacar pecho y decir, “señores, tenemos entre manos todo un pelotazo”, sin esperar siquiera al turno de preguntas, dejando que Marty haga lo suyo, y la serie hable por sí sola de lo buena que (supuestamente) es. Una hora y cincuenta minutos de episodio, nada menos, durante los cuales sus responsables se empeñan en demostrar todo de lo que será capaz la serie si le damos una oportunidad; vamos, lo que es un piloto prototípico, pero llevado hasta las últimas consecuencias. En función a este desesperadísimo ‘amadme o morid’, el incauto espectador es golpeado con un completo catálogo de secuencias de colocones, flashbacks, conciertos, asesinatos, alucinaciones, travellings imposibles, voces en off y, por supuesto, temazos omnipresentes… exactamente igual que en las propuestas más estimulantes de Scorsese. Muchos, de hecho, sostienen que el piloto de Vinyl es una de las mejores obras que este director ha rodado nunca, y no seré yo quien lo discuta.

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Pero sí el que, sin embargo, empiece ya a destacar las primeras pifias reseñables que tuvo esta serie, finalmente malograda. Presentar un primer episodio así, por muy bueno que se creyera esta gente, era jugársela demasiado. Claro, El lobo de Wall Street compartía muchas de sus señas de identidad y fue bastante taquillera, pero habría que puntualizar que sus atractivos para el gran público (en este caso, exclusivamente limitados a ver a una estrella como Leonardo DiCaprio hacer el cafre) eran notoriamente distintos a los de Vinyl, por no hablar de que uno no se pone a ver el piloto de una serie con la misma disposición de ánimo con la que se mete en una sala de cine. Es así, y por ello cuando un capítulo tiene un ritmo irregular (y con 110 minutos eso es absolutamente inevitable) la sensación más socorrida es la del aburrimiento. Por mucho rock que suene, por muchas rayas que consuma el personal sobre discos de vinilo, por muchos diálogos geniales que se den. Y si el capítulo piloto de una serie se hace aburrido, esto es un hecho científico, dicha serie ya está prácticamente sentenciada.

La emisión del piloto de marras tuvo lugar el pasado 14 de febrero, día de San Valentín, sin reunir a un número astronómico de espectadores pero sí cumpliendo medianamente con las expectativas. En HBO aún no habían comprendido que con un piloto tan desquiciado cabía la posibilidad de que los siguientes capítulos se los fuera a ver su señora madre, así que les faltó tiempo para anunciar que, sí, Vinyl renovaría por una segunda temporada. Cómo no, somos HBO. Tenemos una serie de calidad que no lo ha petado del todo, pero como somos HBO vamos a seguir poniendo dinero para seguir siendo los mejores. El anuncio sería recibido con entusiasmo por aquellos que tuvieron con el piloto de Vinyl la experiencia musico-seriéfila de sus vidas, y con desdén por los que igual le daban otra oportunidad la semana que viene, pero que dependería de lo que echaran en la tele.

Los siguientes episodios de Vinyl, obviamente, nunca llegaron a estar a la altura de la maquinaria desplegada en el piloto, pero sí fueron dando forma a una serie más asequible y, por qué no decirlo, convencional. A fin de cuentas, el protagonista era un antihéroe de oscuro pasado, moral obtusa y jodidamente bueno en su trabajo, como la inmensa mayoría de los protagonistas de las grandes ficciones de los últimos tiempos, y la serie no dejaba de ir del día a día en su curro envidiable pero psicológicamente destructivo como empresario discográfico. Su único añadido de interés radicaba en el escenario y en que durante los cincuenta minutos que duraba cada capítulo post-piloto sonara alguna canción estupenda, pero ya está. Y, sin embargo, ni por ésas se consiguió evitar la sangría de espectadores.

Al mismo tiempo, Vinyl fue cosechando unas críticas halagüeñas, pero bastante alejadas de los niveles de excelencia que esperaban los ejecutivos de la HBO. Todos alababan el apartado técnico y de documentación de la serie, pero no dejaban de notar que, a nivel dramático, no aportaba gran cosa al medio, y que incluso el planteamiento de las tramas se parecía demasiado al de Mad Men. Con tan sólo unos tres capítulos emitidos, en HBO probablemente ya hubiera quien se arrepentía.

El valor de la marca

¿Era Vinyl, por lo tanto, una mala serie, o cuanto menos una serie no lo suficientemente buena? Queda al juicio de cada uno, pero las circunstancias nos llevan impepinablemente a pensar que, en efecto, ha sido un fracaso, y que una obra maestra jamás habría sido tan reiteradamente cuestionada.

Aun así, y admitiendo que no fuera precisamente original, Vinyl resultaba (es enormemente doloroso hablar en pasado de ella, por cierto) una propuesta de innegable atractivo romántico, y un show que ningún amante de la música debía perderse bajo ningún concepto. Al margen de su increíble banda sonora (que incluso contenía temas originales del grupo ficticio de los Nasty Bits), todo en esta serie rezumaba pasión y gusto por lo que se hacía, y una energía que otorgaba momentos tanto irregulares como puramente milagrosos. En este sentido, la realización de los capítulos entroncaba directamente con la personalidad de Richie Finestra y muchos otros de sus empleados, para quienes la música lo era todo, y no dejaban de proclamarlo en ingenuos y apabullantes discursos.

Una temática tan específica requería por tanto de un gran esfuerzo técnico que supiera transmitir la intensidad y salvajismo de la década de los setenta, y tampoco en ese sentido Vinyl desentonaba en ningún momento, estando dirigidos por Dios hasta aquellos capítulos que no lo habían sido por Martin Scorsese. Asimismo, las escenas que involucraban tanto drogas como violencia estaban igualmente bien resueltas, proveyendo de un entretenimiento enloquecido y una recreación estética inexcusable.

Que, en ningún caso, estaba a la altura del material de partida: esto es, un guión muy funcional que se revelaba habilidoso a la hora de trazar diálogos y réplicas, o a incluir de una manera muy orgánica diversos cameos de músicos legendarios, pero que resultaba bastante moroso a la hora de desarrollar los personajes y sus motivaciones, sobre todo en el caso de los secundarios. Dado que toda la ficción orbitaba en torno a él, Richie Finestra era el más beneficiado, pero el excesivo regodeo con el que la cámara reflejaba sus vicios y tropelías acababa haciendo de él un personaje realmente antipático, con el que era difícil que sintonizara la audiencia. Una lástima, teniendo en cuenta que Bobby Cannavale es todo un animal escénico, y que la química que tiene con su mujer Devon (una Olivia Wilde finalmente desaprovechada) es de las que traspasa la pantalla.

Todo esto podría llegar a ser excusado por la apuesta conceptual de Vinyl de centrarse en la música; qué importaba que los personajes tuvieran arcos dramáticos insuficientes para la marca HBO, si la música era el personaje más  importante, el que no dejaba de cambiar durante los años 70. Pero ni por ésas. Quizá alertados por las audiencias cada vez más catastróficas, quizá indignados por el escaso número de seguidores que conseguían con sus playlists de Spotify/Apple Music, alguien debió de tratar de convencer a los guionistas de que la música no valía como excusa para todo, y que había que meterle más chicha al asunto. Resultado, unos últimos capítulos que optaban por centrarse en una trama policíaca tan tópica que dolía, y una molesta tendencia a dejar de lado la música, que solía protagonizar los momentos cumbre, a favor de concesiones melodramáticas que menoscababan, aún más, la validez de Vinyl como producto 100% HBO. No obstante, seguía sin ser un motivo de peso para ser considerada un fracaso, y de hecho la cadena se empeñó en no considerarla como tal hasta bastante tiempo después.

Con pocas semanas transcurridas desde la emisión del último episodio de la primera temporada de Vinyl (el cual hizo gala, por cierto, de una corrección demoledora, hasta frustrante), recibimos la noticia de que Terence Winter no estaría al cargo de la segunda entrega. Que abandonaba, que lo hacía por ‘diferencias creativas’, y que sería sustituido por Scott Z. Burns. Habida la cuenta de la confusión en el tono de los últimos capítulos, no era muy difícil imaginarse a un Winter empeñado en desarrollar la serie que había ideado originalmente, mientras tenía que lidiar con las intromisiones de ejecutivos de la cadena, cabreados cual monas. “Mete al FBI, mete más tiros, más mafiosos”. “¿Qué? ¿Otro concierto? ¡Ni de coña!”, y cosas del estilo. Pese a no conseguir que la serie remontara en absoluto, los ejecutivos debieron presionar a Winter para que cambiara el plan previsto hasta lo intolerable, y el pobre se vio obligado a abandonar el barco. Mick Jagger y Scorsese, que a la hora de la verdad sólo ponían unos cuantos dólares y decían que tal o cual canción quedaría chula con tal o cual escena, no pudieron hacer nada al respecto, y la segunda temporada de Vinyl, prevista su emisión para el año que viene, tuvo que empezar a ser desarrollada sin su creador inicial. Una manera de prolongar la agonía como otra cualquiera.

This is the end, my only friend

No supimos más del asunto hasta el pasado 22 de junio, cuando HBO anunció que, finalmente y pese a la anunciada renovación, Vinyl sería cancelada. Quedaba la serie, de este modo, inconclusa, con varias tramas en el aire y la promesa, mediante la aparición del mítico CBGB en el último capítulo, de que las cosas podían mejorar.

La serie, sin embargo, había estado sentenciada desde el principio, y la única razón por la que se mantuvo en el aire la posibilidad de una nueva temporada se debió a un rasgo característico de la cadena privada, en la actualidad tan anacrónico como estúpido: el orgullo. HBO había invertido mucho dinero en la que podía ser su nueva serie de culto, pero a cambio la mayor parte de los espectadores le habían dado la espalda, y ni siquiera había podido contar con el total apoyo de la crítica especializada. Sin embargo, lo siguieron intentando. La segunda temporada de Vinyl tenía que ser una realidad. HBO no podía dar por perdida su propia apuesta, con semejante calidad técnica y semejantes nombres implicados. Estaba en su ADN.

Pero los tiempos están cambiando. Justo una semana después de que finalizara la andadura de Vinyl fue estrenada la sexta temporada de Juego de Tronos, en la cual cada capítulo parecía insistir en que quedaba muy poco para que la serie llegara a su desenlace. ¿Qué otra serie podría ser el buque insignia de la cadena, capaz de rivalizar con la incombustible Walking Dead de AMC o los intentos de dominación mundial de Netflix? ¿Vinyl? Ni de coña. HBO tenía en mente desde hace tiempo otra propuesta enormemente ambiciosa llamada Westworld, de cuyo tráiler pudimos disfrutar recientemente, y parecía dispuesta a invertirlo todo en ella. Un disfrutable producto de ciencia-ficción, más disfrutable por audiencias genéricas, alejado de las ínfulas mitómanas de Vinyl, más cercano en resumen a Juego de Tronos. HBO, ahora mismo, confía ciegamente en que Westworld ayude a prolongar su reinado, y para ello pondrá todo el dinero que haga falta.

Entretanto, ¿qué pasa con Vinyl? ¿Se ha rendido finalmente HBO a los números? Pues, en una palabra, sí, y motivada directamente por el cambio de director de programación, habiendo sido Michael Lombardo (personificación del viejo modelo de ‘It’s not TV…’ que ahora tendrá que ser TV, con todas las consecuencias) sustituido por Casey Bloys. La nueva directiva ha debido llegar a la conclusión de que era una estupidez seguir financiando una serie en la que nadie creía, y por una vez ha preferido la competitividad (acaso supervivencia) antes que la imagen de marca. Lo cual significa, en efecto, que ya no habrá Vinyl, pero también que, quizá, nunca haya un nuevo The Wire. Es lo que sucede cuando la revolución se hace mainstream.

En lo que respecta a nuestra serie, nos queda el consuelo de que podría haber sido peor, porque la segunda temporada pintaba fatal. Con este final tan imperfecto, podemos disfrutar de la única temporada de una serie que dista de ser perfecta, pero que supone el apasionante retrato de un tiempo irrepetible, narrado con pasión y nervio, e interpretado admirablemente. Por no hablar, claro, de las canciones que nos ha dejado, de esos descubrimientos, de esas secuencias dignas de ser saboreadas una y otra vez. Como el concierto de los Nasty Bits en el que tocan «What Love Is». Como la huida nocturna de Richie al ritmo de «White Light/White Heat» que toca la Velvet en directo. Como la sobredosis bañada en el «The Night Comes Down» de unos primerizos Queen. Como el inolvidable personaje de Lester enseñándonos que con sólo tres acordes podemos ser capaces de cualquier cosa.

Ni la HBO más capitalista podrá arrebatarnos esos recuerdos, ni la obsesión por recomendar la serie a absolutamente cualquier entusiasmado por el músico elemento. Y, al final, cuando hayamos visto esos escasísimos diez capítulos una y otra vez, cuando nos sepamos de memoria las líneas de esos personajes tan perezosamente construidos, lo comprenderemos. Comprenderemos que Vinyl siempre fue fiel, en realidad, a su propia premisa. A la esencia del rock and roll que decía abanderar. Rápida, descerebrada, breve. Una serie que, en efecto, vivió deprisa, murió joven, y dejó un bonito cadáver.

Al final, ni siquiera Martin Scorsese pudo imaginar algo mejor.

1 Comentario

  1. De corazón. .. que bueno que hagan una narrativa, sin filtro. .. en su ex ponencia. .. esta claro ,que es para mayores. .. eso es la verdad, lo que se vivió. … y se vive… muy buena serie… pero juegos del trono… tiene acaparado… HBO

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