Crónica Azkena Rock Festival 2016: viernes 17 y sábado 18 de junio

The Who brindaron el mayor espectáculo del fin de semana a los asistentes de un festival en el que las actuaciones más veteranas llevaron la batuta

Desde siempre he pensado y he oído que un festival no se vive igual si no se acampa. Para disfrutar de verdad de 2 o 3 días de éxtasis musical hay que sufrir también el dolor de espalda por la mañana que deja esa piedra que siempre queda atrapada debajo de la lona de la tienda o los ronquidos de los vecinos. Y, durante el viaje a Vitoria, sentía remordimientos porque iba a ser la primera vez que no acamparía en un festival. Me sentía mal conmigo mismo, pero los arrepentimientos por mi viraje burgués pronto desaparecieron al encontrar en Vitoria un tiempo más que desapacible. La lluvia estuvo presente durante prácticamente todo el día, algo que tampoco es muy novedoso en el País Vasco. Y no paraba de imaginarme una y otra vez la faena que hubiera sido el montar la tienda de campaña con todo embarrado.

Durante la primera jornada apenas pude visitar Vitoria y nos encaminamos al festival lo más rápido posible. Había ganas. Lo poco que vimos de la ciudad fue la zona de Mendizabala y a primera hora de la tarde no parecía muy bulliciosa. La verdad es que no se notaba nada que iba a tener lugar un festival de música de tamaño considerable en unas horas.

VIERNES 17 DE JUNIO

La tarde comenzó pronto porque con el tiempo que hacía lo mejor era entrar cuanto antes al festival y disfrutar, al menos, de sus carpas anti-lluvia. Además, tenía muchas ganas de disfrutar del concierto de The London Souls, una de mis bandas emergentes preferidas y de la que había escuchado muy buenas críticas. Aunque hubo un problema. Otro de los artistas señalados en la agenda de imprescindibles de este festival, como es Jared James Nichols, coincidía en horario. Nichols tocaba en el Scott Weiland Stage y al estar en la entrada pude disfrutar de 10 minutos de su actuación para trasladarme a la otra punta de Mendizabala y gozar con el concierto que los neoyorkinos dieron en el David Bowie Stage. Fue un concierto rápido y más que entretenido, con unos artistas entregados al público presente.

Tras el frenético comienzo y con el final del primer concierto de la tarde era momento de descubrir qué ofrecía este Azkena Rock. En un primer momento me dirigí a algo que me llamó la atención desde que lo leí, el Azkena Rock Motor Show. Había una parte del recinto dedicada y, bueno, podríamos decir que era interesante, sí. Además, durante la mañana siguiente se haría una ruta por Vitoria-Gasteiz en moto. Un corte muy del siglo XX que contrasta con apuestas que otros festivales han hecho últimamente a favor de la protección del medio ambiente. Sin embargo, lo más sorprendente de todo el recinto quizás fue la carpa del casino. Era la primera vez que veía algo así en un festival de música, aunque a esas horas no estuviese muy frecuentada.

Fotografía: Musicsnapper/Rhythm and Photos
Fotografía: Musicsnapper/Rhythm and Photos

Algo antes de las siete y media de la tarde me acerqué de nuevo al David Bowie Stage para disfrutar de una de las bandas más sonadas del cartel, Vintage Trouble. Durante estos últimos meses, las críticas a esta banda han dado una de cal y otra de arena. Hay personas que alababan su trabajo y otras que señalan que no es para tanto, pero si en algo coincidían admiradores y detractores era en que su directo es espectacular. Y lo es. Más allá de que gusten o no  “1 Hopeful Rd.” o “The Bomb Shelter Sessions”, estos chicos se dejan la piel al actuar. El recital, en especial de Ty Taylor, fue asombroso y enganchó y atrajo a todo el público que escuchaba desde la lejanía de las carpas sus canciones, con su clímax en el momento en el que el vocalista se tiró hacia el público en medio del concierto. Puro Rock ‘N’ Roll. Su aspecto impoluto con traje, camisa y corbata contrastaba con el ‘look heavy’ de algunos de los asistentes que les escuchaban, pero qué más da. La sintonía entre banda y público fue realmente grande y la gente sabe cuando tiene delante de sus narices una buena actuación, aunque no sea de su estilo predilecto.

Sin perder más tiempo, fuimos a ver a una de las reinas del country y el folk. Lucinda Williams no es una de las artistas que entrasen en el repertorio habitual del típico fan de Danzig, Vintage Trouble o ya si miramos al sábado de los Who. Tampoco era una artista que esté en mi lista de reproducción habitual de Spotify, pero no todos los días se tiene la oportunidad de verla en directo. Si algo ha tenido positivo el Azkena Rock Festival durante estos 15 años de existencia es que no se ha encorsetado exclusivamente en un género y en la mayoría de ediciones ha ofrecido variedad musical. Presumiblemente, el público de este directo iba a ser bien distinto, pero el problema es que hay conciertos que se vuelven mágicos con la lluvia y otros que no, y a este le tocó la cruz de la moneda. Desde el primer minuto, el público estuvo muy frío, igual o más que Lucinda y sus artistas colaboradores. La gente no disfrutaba, no bailaba, y se preocupaba más del posible catarro que podían coger al día siguiente que de si estaba sonando “Drunken Angel” o “I Need Protection”. Un ambiente algo extraño, que hizo que el primer concierto de la gira europea de la artista pasase algo desapercibido.

Rozando las diez de la noche era el turno de los sureños Blackberry Smoke. Los norteamericanos dieron un concierto bastante apetecible y entretenido que gustó a una gran mayoría de asistentes. Además, para mayor goce del personal, la lluvia remitió. Solos extensos, sonido dinámico y una voz más que atractiva en directo fueron la clave dominante en el concierto del grupo de Charlie Starr. Con temas como “Up in Smoke” o “One Horse Town” consiguieron animar a un público cada vez mayor y entre el que abundaban las camisetas de los Hellacopters. Había ganas de verles de nuevo tras 8 años de parón. Ganas y dudas de cómo sonarían ahora.

Fotografía: Musicsnapper/Rhythm and Photos
Fotografía: Musicsnapper/Rhythm and Photos

Cuando cancelaron Primal Scream debí ser uno de los pocos que se entristecieron por la noticia. Todo lo que leí eran alabanzas hacia el festival por conseguir en tan poco tiempo un recambio tan bueno con Hellacopters. Desde luego tenían más que ver con el estilo ‘azkenero’ clásico y son una banda que grabó muy buenos trabajos en los 90, pero no dejaban de llevar varios años inactivos. La mayoría del público estaba entusiasmado, pero pronto decayeron los ánimos al comprobar que los fallos de sonido mellaban en la calidad del directo de los suecos. Algunos de sus fans no estarán de acuerdo conmigo, pero tras finalizar el show creo que no fui el único que se quedó con la sensación de que otro gallo hubiera cantado si Gillespie no se hubiera tenido que retirar por su accidente. Los suecos cumplieron, pero tratándose de un cabeza de cartel se les pedía algo más. No eran un segunda o tercera fila.

Con la media noche ya muy superada, Danzig comenzó su concierto. El directo del americano era el único que se iba a poder disfrutar en toda Europa y es algo que se dejó notar en todo el público asistente. Como si se tratase de la Biblia, los últimos situados en el concierto de Hellacopters fueron los que gozaron de la primera fila en el de Danzig. A mí me tocó ser de los últimos. Con un espacio de apenas 5 minutos entre concierto y concierto la gente fue de un lugar a otro sin darle un descanso a sus oídos. Eso sí, este fue de lo mejor que se escuchó en la primera jornada del Azkena. Los norteamericanos tiraron de clásicos para meter de lleno al público en el concierto desde casi el principio y los asistentes lo agradecieron y disfrutaron. No se olvidaron de ninguno y el punto más alto llegó, sin dudas, con “Mother”. Danzig consiguieron imponer su personalidad sobre el escenario y suplieron con una actuación enérgica la falta de voz de su vocalista.

No pude asistir por completo a la película muda con banda sonora de Gutterdämmerung debido a (entre otras cosas) las horas intempestivas a las que actuaban y al cansancio acumulado de no haber parado desde las 8 de la mañana del día anterior. De la hora que disfrute pude sacar varias conclusiones. En primer lugar, es un proyecto raro. Muy raro. No deja de ser extraño y pintoresco el estar en un festival siendo casi las dos de la mañana viendo una película sobre una monja que es seducida por el mal (encarnado en Iggy Pop). La película de estilo ochentero y oscuro está muy lograda y desde luego consiguió despertar al público con música de fondo de artistas como Nirvana o Metallica. Lo incuestionable es que, un grande como Henry Rollins estuvo inconmensurable en su actuación al ponerle voz a este Gutterdämmerung.

El viernes resultó ser un día con algunas luces y bastantes oscuros. Se notaba menos asistencia que otros años debido, en parte, al trasvase de gente hacia el Mad Cool de Madrid y al ser el día previo a la gran cita, al día en el que iban a tocar The Who.

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Fotografía: Musicsnapper/Rhythm and Photos

SÁBADO 18 DE JUNIO

La jornada del sábado empezó de manera más agradable que la anterior. En primer lugar no llovía. Y eso es de agradecer. Pude disfrutar de la ciudad de Vitoria con más calma y sí que se notaba más ambiente festivalero por la zona centro. Muchos de los bares a los que entré tenían lo mejor de los setenta sonando de fondo y uno de ellos no se cortó al poner toda la discografía de los Who. Se palpaba la emoción entre la gente. Además, en torno a las tres de la tarde ya se veía a los primeros grupos de amigos, que ya rondaban los 50 añitos, tomándose las primeras cañas de la tarde y a los primeros grupetes de jóvenes tomando lo mismo pero en forma de lata. Aunque algo que llamaba la atención es que una vez empezado el festival muchos siguieron en el bar hasta poco antes de las once de la noche. Se notaba que mucha gente había comprado la entrada de día y que, por supuesto, se iban a tomar esta entrada como exclusiva para ver a The Who. Una pena. Ellos se lo perdieron.

El festival empezó a llenarse a partir de las siete de la tarde. Momento justo por el que crucé las puertas de la entrada y sin avanzar un metro más me planté en la primera fila del Scott Weiland Stage. The Vintage Caravan eran la segunda banda que más ganas tenía de ver (después de los Who, claro). Comenzaron su recital pegando fuerte y sin mucho público pero según avanzaban los minutos la zona de su escenario se llenó. Tenían la ventaja de que la gente les escuchaba nada más entrar a Mendizabala y lo que escuchaban era muy bueno. A mí no me cogía por sorpresa, ya que los llevo escuchando desde hace más de un año, pero la cara de muchos de los asistentes era de total incredulidad. Qué solos. Qué espectáculo. Parece que han vivido en los setenta y se han codeado con el mismísimo Roger Daltrey… pero no. Han nacido en el año 1994. El escenario se les quedaba pequeño y la gente cada vez estaba más metida en sus canciones. En su setlist primaron más las canciones de su debut “Voyage” que las de su más reciente “Arrival”. De hecho, me sorprendió y decepcionó que no incluyeran “Crazy Horses”, aunque el mal trago se pasa si luego escuchas “Expand Your Mind” o “Babylon”. Antes de comenzar no estaba convencido de que Óskar Logi tuviese el mismo registro en directo que en sus álbumes, pero lo tiene. Incluso más. Lo peor: que no durase ni una hora. Lo mejor: terminado el recital, decidí sacrificar las primeras canciones de Radio Birdman para hablar unos minutos con Stefán Ari Stefánsson, batería de Vintage Caravan, hecho que me confirmó que no solo son unos genios en el escenario, sino también fuera de él.

Fotografía: Rhythm and Photos
Fotografía: Rhythm and Photos

Llegué a la última media hora de la actuación de los australianos y sólo pude disfrutar de ellos desde la lejanía. Se notaba que había mucha más gente que el viernes y los minutos que gocé de Radio Birdman fueron realmente vistosos. Esta banda es incombustible y sigue igual de vital que hace cuarenta años. Punk del bueno, estaba claro. Parece un frivolidad pero sus miembros, y en especial el vocalista, no pararon ni un momento en el escenario. Una actuación que dejó el listón muy alto y que me animó a ver a otros australianos, The Scientists. Estos también son un clásico, sin embargo no dejaron la misma sensación que sus compatriotas. Ante muy poco público, dieron un recital algo pesado en el que se oía más la armónica del cantante que la guitarra o el bajo. Llegué al escenario donde actuaban con ganas de punk y me quedé viendo a una banda que no sonaba mucho a punk. No pude terminar el concierto porque aunque tenía planes de quedarme y empezar el de Imelda May algo más tarde, recapacité y decidí ver a la irlandesa desde su primera canción.

La actuación de Imelda fue de lo mejor del sábado. La voz de esta mujer es atronadora y soberbia, hasta tal punto que llega a eclipsar sus propios instrumentos. Imelda May es una artista que ha ido madurando de una manera increíble en los últimos años y desde luego lo supo plasmar en Vitoria. Para hacer honor a sus raíces irlandesas, una refrescante llovizna acompañó la mayoría de su directo. Una chirimiri agradable que no calaba hasta los huesos, como sí hizo la lluvia del día anterior. Era el punto justo para dar algo más de magia al concierto. Además, se logró algo que no pudo hacer Lucinda Williams. Que la gente bailase. Hubo personas a nuestro alrededor que literalmente estuvieron moviendo el esqueleto la hora y algo que duró todo. Mención especial para su carismático batería, que cambiaba de baquetas en cada canción y que fue un elemento clave en el espectáculo. Otro de los aspectos importantes fue la cantidad ingente de instrumentos usados, que van desde el bajo eléctrico al contrabajo, pasando por la trompeta, la guitarra acústica o la armónica.

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Fotografía: Rhythm and Photos

Finalizada esta sorprenderte actuación era el turno del producto nacional con más renombre, 091. Los españoles compartían horario con los góticos de Fields of the Nephilim y mi elección fue clara, había que ver a 091. Disfrutando en primer lugar desde lejos, me dispuse a cenar en algo que me llamaba poderosamente la atención. El festival estaba plagado de una vía de repartir comida que está muy de moda últimamente, los Food Trucks. Era increíble la cantidad de restaurantes y negocios que había: pizzerías, bocaterías y hasta camiones de comida tailandesa y vegana.

Dejando la gastronomía y volviendo a la música, 091 tuvieron un regreso más que destacable y entusiasmaron a un público que inconscientemente pedía a gritos algo en castellano. Quizá habría que haber apostado algo más por los productos de la tierra, ya que es algo que siempre atrae al público y más si ponen el entusiasmo y la alegría que imparten los granadinos. Su vuelta tras casi 20 años de parón fue muy aplaudida y, desde luego, se hicieron con todo el público del festival en detrimento de unos Fields of the Nephilim que pegaban muy poco entre los asistentes.

A pesar de no ser mi género, sentí la tentación de abandonar a los andaluces por 10 minutos y experimentar con el rock gótico de los británicos. Lo primero que observé fue que había más gente esperando en el Lemmy Kilmister Stage a The Who (faltaba casi una hora para que Daltrey y Townshend pisasen el escenario) que en el David Bowie Stage. Además, los pocos que les estaban ‘escuchando’ lo hacían a su aire; bebiendo, cenando y haciendo caso omiso a los ruidosos alaridos de Carl McCoy. Jamás había visto tanto desinterés de un público por un artista. Parecía más cualquier escena de una verbena de pueblo que la de un festival.

Toda la gente que se agolpaba en el escenario principal hizo que me entrase el miedo y que decidiera guardar sitio casi cuarenta y cinco minutos antes de las once para ver a The Who en una posición decente. Y mereció la pena. Con puntualidad británica apareció en la pantalla la frase: «Manténganse tranquilo, aquí vienen The Who«, y la figura setentañera de Roger Daltrey apareció de entre las sombras. Creo que la frase fue inútil para el 90% de los asistentes que brincaban histéricos, entre los que, por supuesto, estaba yo. La locura empezó con dos clásicos de la banda como son “I Can’t Explain” y “Substitute”. El repertorio parecía que iba a ser el mismo que dieron dos días atrás en el Mad Cool de Madrid. Los clásicos se sucedieron en oleada en uno de esos conciertos en los que los asistentes se saben cada palabra de cada estrofa de todas las canciones. “Who Are You”, “My Generation”, “Join Together” y descanso para Daltrey, que acompañaría a Townshend en las tres canciones a las que puso la voz principal. En este momento tenía la esperanza de que Pete cantase “Eminence Front”, pero no. La canción del penúltimo álbum de los británicos (de 1982, ahí es poco) fue la única ‘grande’ olvidada junto a “The Seeker”.

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Fotografía: Rhythm and Photos

La segunda parte del concierto fue más espectacular aún cuando sonaron piezas de “Tommy”, “Quadrophenia” o “Who’s Next”, acompañados siempre de unos efectos y luces exquisitas, que dejaban ciego al personal entrada ya la media noche. La guinda la pusieron sus dos últimos temas, los afamados “Baba O’Riley” y “Won’t Get Fooled Again”. Estos dos últimos dejaron sin palabras a los fans, y es que en más de uno la emoción se convirtió en lágrimas. Lo más bonito de ese concierto es que las citadas lágrimas podían pertenecer por igual a gente que tenía desde 18 hasta 60 años, y que sabían que estaba terminando un espectáculo único. Los británicos siguen defendiéndose muy bien sobre el escenario a pesar de la notable pérdida de voz de Daltrey y de los más de 140 años que suman  los dos miembros originales de la formación. Además, los sustitutos de Moon y Entwistle (Zak Starkey a la batería y Pino Palladino al bajo) denotan una integración absoluta con la banda.

El final fue emocionante. Un punto y aparte para una banda que no podremos ver de nuevo hasta septiembre y que está claro que seguirá encandilando a sus fans hasta que la naturaleza diga que tiene que acabar.

Muchas personas decidieron marcharse llegadas las doce y media, pero yo no podía. Tenía que ver a un ex-miembro de otra de mis bandas referencia, Ramones. Marky Ramone’s Blitzkrieg 40 Years of Punk eran la banda ideal para disfrutar a esas horas y su concierto, aunque empezó medio vacío por la pegada de Refused y el final de The Who, se llenó en cuestión de minutos. Marky se encontraba en su salsa y con un equipo que aunque eran más admiradores (de Marky y los Ramones, claro) que miembros de una banda, cuajó un tributo bastante bueno. Tocaron todos los clásicos e hicieron que el público pasase al modo fiesta. El cover de “What a Wonderful World”, “Blitzkrieg Bop”, “The KKK Took My Baby Away”… No faltó ni una.

Por último, y para cerrar la edición de 2016, Supersuckers tocaron en el escenario que lleva el nombre de su ídolo por antonomasia, Lemmy. Los norteamericanos impartieron un show electrizante que despertaría hasta al más dormilón en el que no dejaron de lado sus clásicos más sonantes como “Pretty Fucked Up” o “Hey ya!”. Un recital al que no pude asistir por completo debido a que me esperaban 250 kilómetros nocturnos de vuelta a casa, pero con el que la segunda jornada del Azkena culminó de una manera sensacional. Me fui a casa con la sensación de que en dos días había visto dos festivales distintos. El año que viene veremos con que nos sorprende el Azkena Rock Festival, aunque habrá que esperar una semana más; en 2017 será el 23 y 24 de junio.

Fotografía: Rhythm and Photos
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