Los cuñados (o, ya que estamos en confianza, lo ‘cuñao’, como actitud, como modus vivendi) están a la orden del día. Tanto, que pretender que cunda cierta alarma social, o intentar siquiera hacer chistes sobre ello, ya es como muy de 2014; ya es, en sí mismo, algo muy cuñao. Lejanos quedan aquellos días en los que, garantizando tu condición de avispado internauta, no te temblaba el pulso a la hora de calificar a cierto amigo común como ‘cuñao’, y encontrabas a algún ingenuo comprometido con la literalidad que decía, “¿es que es el hermano de la mujer de alguien?”. Muy lejanos, tristemente lejanos. Ahora, los propios cuñaos saben de la existencia de este término entre burlón y cariñoso para referirse a ellos. Ahora, los cuñaos son mainstream, y se encuentran en la televisión, en la política, entre nosotros. Que siempre habían estado ahí, claro, pero ahora es que es como mucho peor.

Cuando Pablo Iglesias calificó la actitud de Albert Rivera de ‘cuñadismo ideológico’ durante cierta distendida charla en el congreso, nos hizo la puñeta pero bien a todos aquellos que disfrutábamos de ‘cuñadizar’ en las sombras, dentro del elitista marco de la red de redes (sí, llamar ‘red de redes’ al Internet es una cuñadez en sí misma), pero es que el suceso en cuestión me mosqueó cosa mala. Afortunadamente, el señor Rivera es un cuñao de bandera que cumple a rajatabla una de las características primordiales de su tipología: no saber que lo es. De este modo, reaccionó al demoledor exabrupto con un tan certero como cándido “vamos a bajar el tono, porque a lo mejor el cuñadismo es colocar a familiares, amigos y novias en las instituciones”. Olé. Menos mal que te tenemos, Albert. Menos mal que, insensible al qué dirán, a la procelosa maquinaria del Internet listillo, te has descolgado con un spot electoral que, en su maniquea ingenuidad, en su cuñadez apoteósica y silvestre, ha hecho que nos volvamos a sentir a salvo, y que cuñadizar vuelva a ser un lugar seguro desde el que refrendar nuestro progresismo y nuestra superioridad moral.

A rebufo directo de este cable que nos echó el amigo Rivera, hemos querido hacer un repaso del cuñadismo aplicado al rock. Porque sí, existe. El cuñao está presente en absolutamente todos los ámbitos de la vida, y si no eras consciente de esto es que no has consumido suficiente Internet y a lo mejor no estás tan enterado (o enteradillo) de todo como pontificabas. Y, quién sabe, igual eres un cuñao musical y no te habías dado cuenta hasta ahora. ¿No sería genial? En caso de que no te lo parezca, lee con atención y cúbrete las espaldas, que en cualquier momento puede venir el señor Iglesias, bajarte el aire acondicionado, y hacerte polvo. Que menudo es.

El cuñadismo y el gusto musical paterno: una retroalimentación

El rasgo fundacional del cuñao de libro supone el de, bueno, saber de todo, y exhibir una intransigencia supina en este campo ante cualquier posible rivalidad. El ‘quita, quita, que tú no sabes’, de toda la vida de Dios. El cuñao tiene un conocimiento privilegiado sobre cualquier aspecto del día a día en detrimento del que tú, modesto pero con el ‘verás cuando cuente esto en Twitter y me lluevan los erretés’ siempre en mente, buenamente  alardeas, y esto ha de extenderse por fuerza al criterio cultural. Al ‘cómo me flipa Tarantino’, ‘menudos huevos los de Pérez-Reverte’ o exacto, al gusto musical. Pero el cuñao no tiene por qué reducir sus aficiones melómanas al flamenquillo, al Paquito Chocolatero o al Manolo Escobar que sólo le achacaríamos por frugal automatismo: el cuñao ha escuchado de todo porque su experiencia vital no conoce límites, y las mierdas indies por las que muestras cierto apego no merecen por su parte más consideración que un ‘JEJE, lo que te queda por escuchar’.

Total, que generalizando que da gusto (porque el artículo va de eso) los cuñaos, desde una perspectiva estrictamente musical, se encontrarían emparentados con nuestras figuras paternas. Personas con una vida plena a sus espaldas, que consideran ya consumado cualquier descubrimiento cultural revolucionario, y que reaccionan con desdén (cuando no abierta hostilidad) a, por ejemplo, los aullidos de Ángel Stanich que emanan de tu cuarto. Asimismo no es descartable, si las lecturas o el nivel económico acompañan, que gasten vinilo, o que digan cosas como que ‘el rock alcanzó la perfección en el 74’ porque oyeron que el otro día lo decía Homer Simpson.

El cuñao es alguien que ha dado voluntaria y documentadamente la espalda a la música contemporánea, así como a cualquier devaneo vanguardista o mínimamente experimental que le haga esperar más de la cuenta el solo de guitarra de turno. Este marco, contrariamente a lo que nos pueda parecer, es enormemente amplio, e incluye en su seno a todas las bandas clásicas que se nos puedan venir a la cabeza, por las que el cuñao profesa una devoción, mal que nos pese, muy auténtica (al menos en lo referente a sus temas clave), que últimamente gusta de apodar ‘pepinazos’. El tristemente retirado Phil Collins sería una de las figuras de referencia, tanto en solitario como aburriendo a los modernos en Genesis, pero también podríamos incluir la originalidad tan bien entendida de la Electric Light Orchestra (o, como al cuñao suele llamarla con la familiaridad de quien ha compartido muchos grandes momentos, ‘la ELO’) y a, desde luego, Bon Jovi. Respecto a este último, nadie vivió con más alegría que él su renacimiento radioformulero con “It’s my life”, y nadie cantó más venido arriba lo de “like Frankie said I did it my way”. Porque ése es su rollo, hacer las cosas a su manera. Exclusivamente a la suya. Porque es la mejor.

el-cunadismo-en-el-rock-2

Claro está, nadie sería tan insensato como para calificar los tres grupos mencionados como gente ‘cutre’, o como epítomes del mal gusto que tan ciegamente le asociamos a nuestro personaje. Asumámoslo, el cuñao no tiene mal gusto. Simplemente, se encontró algo que molaba en su momento, asumió que nunca habría nada que molara más, y ahora piensa pasarse toda la vida defendiéndolo. El cuñao es, en efecto, un romántico de cuyo entusiasmo podemos aprender cosas muy bonitas, y una especie de oráculo que, cual reloj parado, de vez en cuando acierta. Pensáis que Raphael mola, ¿no? O que Julio Iglesias tiene su gracia, ¿verdad? Pues el cuñao lo supo mucho antes sólo que, a diferencia de sus detractores, lo hizo sin ironía alguna. Y por eso es mejor persona que todos nosotros.

Like a boss

Dentro del espectro de aficiones musicales del cuñao (como se ha podido comprobar, ciertamente irreprochable), brilla con luz propia un nombre, un rockero incansable, un ‘puto amo’ por definición. Éste no es otro que, contened la respiración y preparaos, Bruce Springsteen.

Realizando un breve análisis psicológico de tan insigne figura, además del militante romanticismo ya reseñado, encontraríamos una tragedia consustancial al cuñao. Un complejo de inferioridad, si se quiere, que nunca llegará a manifestarse de manera exógena gracias a que el tío tiene totalmente interiorizado que está en disposición de la verdad absoluta, pero que encontramos tristemente tamizado en la total pasión que un cuñao como está mandado sentirá por el Boss. Porque quién es el Boss, veamos. El Boss es un tío de la calle. Fuertote. Lo que, a primera vista, parece ser un buen yerno. Bien educado. Alguien que, pese a su apariencia conformista, desea escapar cuanto antes de Nueva Jersey en un coche veloz, con una tía buena y modosita al lado si es posible. Alguien que, finalmente, lo consiguió, por medio de la música. Y que, agradecido y encantado de conocerse, construirá toda su carrera en torno a este inasible sueño americano.

Al cuñao le gustaría ser Springsteen. Parecer tan buen chico, caer tan bien como él. Revestirse con toda su autoridad pese a no tener mucha idea de nada, y mantenerse íntegro e inmutable con el paso de los años. Por encima de las modas y, por eso mismo, permitiéndose comentarlas con un pedestre sarcasmo. Conservando, y esto es un hecho científico, el mejor directo del planeta desde los años 70. El cuñao, que no es más que, como dijo Noel Ceballos, “alguien que se sueña señorito”, no puede permitirse no admirar a Springsteen, un músico del que nunca se burlarán las redes sociales, del que nadie dirá una mala palabra pese a que sea difícil diferenciar ciertos discos suyos, y al que, ya sea por desconocimiento, ya por su consabida actualidad, jamás despreciarán sus vástagos. Springsteen supone, hoy en día, el último reducto del cuñao. El hecho de que éste sólo sepa tararear “Born in the U.S.A.” es, llegados a este punto, un pequeño detalle sin importancia.

Siempre quise ir a L.A.

Dejando establecido que Springsteen es una suerte de mito para el cuñao, y tanto un lugar de referencia como algo que, tristemente, nunca llegará a ser (Springsteen, esto es así, sólo hay uno), restaría echarle un vistazo al otro lado. A lo que es. A lo que no puede, ni quiere, evitar ser. En el heroico camino que conducía a convertirse en el Boss, ¿dónde se quedó el cuñao?

La respuesta, al menos a nivel nacional, la localizamos en Loquillo. José María Sanz Beltrán. Igualmente, un hombre de provecho. Puede que no a todos los cuñaos les guste la música de este señor (aunque, por otro lado, ningún cuñao que se precie pueda evitar emocionarse escuchando “Cadillac solitario”), pero el gigantesco hombre del tupé que recientemente publicaba “Viento del estecomparte tantas características con un cuñao prototípico, y ha hecho tantos méritos para la causa, que resultaría inexcusable no incluirle en este humilde estudio de chichinabo.

Para empezar, está el tema de la música. Una concepción del rock and roll que resultaría ingenua si el catalán no llevara teniéndola por bandera desde que se salió del equipo de baloncesto para pegar gritos y negarse a afinar en los albores de la Movida. El rock de Loquillo, el del garaje, no sólo no ha cambiado nada con el paso de los años porque no era capaz de ser otra cosa, sino que se ha negado en redondo a ello, y se ha quedado en esa postura, viéndolas venir, desafiante. Y encima, según el señor Beltrán supo dar con un personaje a su medida, sin que su profeta tuviera que volver a moverse mucho por el escenario. La elegancia que ya había asumido como suya lo trocaba algo superfluo.

Loquillo ha conseguido mucho con, aparentemente, muy poco, pero eso no ha evitado que se considere a sí mismo, y muy razonadamente, como una de las marcas capitales de la música española, así como alguien cuya opinión sobre el estado de las cosas deviene imprescindible más allá de las bambalinas. Como un cuñado cualquiera, vaya, que desde una cátedra imaginaria pero conseguida con esfuerzo ha de compartir su buen juicio con la humanidad, ya sea escribiendo una columnita en El Mundo para luego ir a La Sexta Noche, o simplemente invitando a unas gordas a sus amiguetes porque aún se le han quedado cosas en el tintero.

No obstante, y al igual que el cuñao ha de revelar que la siguiente perla ‘la leyó en un sitio’ o ‘la escuchó en la tele’ para fortalecer su autoridad, la cultura preclara de Loquillo no se fundamenta en sólo humo, o al menos el artista se esfuerza en que no lo parezca. Viene resultando que pocos considerarían a éste un intelectual, pero no porque no lo haya intentado, cantando a poetas, versionando cantautores o prorrumpiendo artilugios incendiarios como “A tono bravo”. Loquillo se siente obligado a compartir con nosotros sus lecturas, para a continuación hacer lo suyo, darnos un abrazo muy varonil, y llamarnos hermanos de sangre. Loquillo. Ese cuñao irredento. Ese espejo en el que mirarnos. Ese pobre hombre que nunca irá a L.A.

Conclusiones

Hasta el momento, en estas líneas no han abundado los nombres de artistas o canciones que, de ahora en adelante, deberíais emplear para identificar a un cuñao con mayor facilidad, pero es que tampoco se ha pretendido que esto sirva como guía didáctica para llevar la mofa a nuevos ámbitos, más allá de la política o el machismo. O sea, sí, abajo tenéis una playlist muy maja y cuidadosamente seleccionada con canciones que todos los cuñaos aman, o deberían amar si son lo que parecen ser.

Pero no es lo primordial. El gusto musical, como se espera que haya quedado claro, puede servir para cuñadizar, pero también puede transformarse en un arma de doble filo que se vuelva contra nosotros. El cuñao, en definitiva, no es más que un personajillo que ha logrado que sus inseguridades (bastante comunes en el grueso de los seres humanos) acaben convirtiéndose en actitudes tan irritantes como, desde el prisma apropiado, entrañables. En materia de ideologías o relaciones con el sexo opuesto, dichas actitudes suelen venir fundamentadas por el ambiente familiar en el que se ha crecido o por un entendimiento sesgado de la realidad, que en principio tampoco deberíamos criminalizar en exceso porque, bueno, no es su culpa.

El caso de la música es algo más complejo. Sí, un gusto musical cuñao puede estar igualmente motivado por un pasado infantil o unas influencias paternas mal asimiladas que impidan ver su caspa intrínseca, pero no suelen constituir las únicas causas. La música no funciona así. La música de ciertos grupos, aunque suene a perogrullada, te gusta o no te gusta, y ya está, y la única manera de robustecer tu criterio con el tránsito de los años pasaría, de pasar por algo, por cada vez disfrutarla más, y sentir más cosas con ella.

La música es el arte que se antoja más difícil de racionalizar, y más fácil de dejar que el entusiasmo ciego, con todo lo que éste tiene de infantil e indocumentado, nazca en ella. La cruzada que el movimiento anti-cuñao parece tener en función a lo auténtico no tendría, pues, mucho sentido dentro de este ámbito, y podríamos incluso llegar a la conclusión de que tratar de categorizar algo en él, distinguir buenos y malos, mediocridades y genialidades, no acabaría siendo más que una cuñadez de tantas.

Con lo que, efectivamente, quien ha escrito estas líneas es un cuñao total. Y si hasta esta última conclusión os estaba convenciendo de algo, es que vosotros también lo sois. Disfrutad de la playlist.

1 Comentario

  1. Te felicito por tu artículo y por tu playlist, te ha quedado CASI redonda, sólo te reprocho un fallo, o tres a lo sumo, faltan el último de la fila o en su defecto Manolo Garcia, algo de el canto de el loco y el músico español cuñadisimo por antonomasia, el gran Joaquín Sabina, por lo demás, «mu guapa» la lista que diría todo cuñao.

Comments are closed.