Un mes y veintitrés días. Ese fue el tiempo que tardé en escuchar este disco desde la fecha en la que se publicó. Y antes de acusarme de desidia o falta de interés, tengo que decir que os encontráis ante un fan irredento de The Gaslight Anthem. De hecho, esa fue la causa por la que tardé tanto en hincarle el diente al debut en solitario de su líder. El miedo. El miedo a escuchar este disco y que lo que escuchara en él me hiciera cambiar mi opinión sobre su autor me atenazó como no me ha pasado con ningún otro. Las causas de ese miedo son varias, pero se pueden conjugar en la decepción que supuso “Get Hurt”, último disco de los Gaslight antes de su temporal (e indefinida) separación. El tremendo bajón que supuso ese disco con respecto a los anteriores se dio en el peor aspecto posible: la falta de alma en un grupo que vive básicamente de apelar a los sentimientos y sacudirte el interior con cada canción. Para más inri, la producción a cargo de Butch Walker, con un historial tan largo como disparatado que va desde Lindey Lohan o Simple Plan hasta Frank Turner, era otra razón para la desconfianza.

Con ese peligroso precedente en la cabeza, la separación de The Gaslight Anthem supuso un alivio en el sentido de que ellos mismos, Fallon a la cabeza, se dieron cuenta de que algo no había funcionado, y consciente de ello, prefirió tomarse un tiempo y desconectar con la banda cortando por lo sano. Y menos de un año después, el bueno de Brian se lanza a sacar un disco, que en principio barajó publicar como el segundo álbum de The Horrible Crowes, su proyecto paralelo con Ian Perkins, pero que finalmente decidió firmar sólo con su nombre y apellido. Una jugada que a la vez resulta arriesgada al recaer sobre él toda la responsabilidad, pero que por otro lado le da carta blanca para alejarse todo lo que quiera del sonido del grupo. Aunque a la postre, el resultado final no diste demasiado del sonido de su banda original.

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Pese a que el primer track justifique las constantes similitudes que se llevan años sacando a Fallon con Springsteen, puestos a compararle probablemente sea más justo señalar que, al menos en solitario, tiende más a la línea de Tom Petty en “Wildflowers”.

La elección como primer track deA Wonderful Lifejustifica las constantes similitudes que se llevan años sacando a Fallon con el héroe americano por excelencia, el señor Bruce Springsteen. Al parecer eso ha terminado hartando al que llegaron a nombrar sucesor cuasioficial del Boss, pero es lo que hay, y a pesar de que las comparaciones son odiosas, no por ello son menos útiles. A pesar de todo, en el videoclip de esta primera canción de este disco, Brian parece rendirse a la obviedad y homenajearle con un guiño a Greetings from Asbury Park. Claro que puestos a compararle con héroes americanos, probablemente sea más justo señalar que Fallon, al menos en solitario, tiende más a la línea de Tom Petty en “Wildflowers” que a su congénere de Nueva Jersey. A pesar de ser un buen tema, “A Wonderful Life” no es representativa del resto del álbum. Potente y animosa, quizá su punto extra de intensidad eche para atrás a aquellos no acostumbrados a los excesos vocales de Fallon.

Painkillers por su parte, resulta una vía de entrada más efectiva y sencilla, con una referencia a “A Love Supreme” de John Coltrane en la que es ya una tradición del norteamericano, la de referenciar ídolos o álbumes musicales  que le han marcado especialmente. Y no es la única de sus viejas costumbres líricas que recupera el bueno de Brian. Algún día, en un futuro no demasiado lejano, se le acabarán los nombres de mujeres a las que cantar, y es de suponer que ese día deje el oficio y se meta a estibador tatuado, barman melancólico o gángster de mirada torturada. Mientras tanto, en “Among Other Foolish Things sigue llamándolas, esta vez a Lily, y dedicándoles aperturas en canal de corazón con forma de baladas. Y así, en una posición discreta en el tracklist, llega el caballo ganador del trabajo. Smoke se anota un tanto gracias a esas palmas, esos coros, esa voz rota y todas las otras cosas que le gustan tanto a nuestro protagonista:

«Well, they brought hearts and daggers, they wrote
songs about her, when they
tied you up in the rungs of ladders«

Fallon arriesga al recaer sobre él toda la responsabilidad, pero por otro lado le da carta blanca para alejarse todo lo que quiera del sonido del grupo aunque, a la postre, no lo haga tanto.

Hay que tener en cuenta que Fallon siempre ha sido un tipo melancólico, al menos por lo que le conocemos a través de sus letras. Si a eso se le añade una ruptura con su esposa (y tour manager de Gaslight Anthem) es normal que este proyecto suene aún más triste que los anteriores.Steve McQueen es probablemente el tema que mejor sintetiza esta faceta suya de añoranza por tiempos mejores. Tras semejante despliegue emocional, Nobody Wins consigue ir levantando el ánimo como debe ser, poco a poco y sin brusquedad. «Hallelujah«, canta él, y a estas alturas de disco, también los fieles que suspiramos aliviados al desvanecerse nuestros miedos iniciales.

Antes hablábamos de Petty y Springsteen, que de nuevo asoma la cabeza en la potente y eléctrica Rosemary, pero si de leyendas americanas va la cosa, falta Bob Dylan. Y es que el estribillo de Red Lights tiene algo en la voz, la cadencia folky, o esa letra recitada rozando la spokenword que, Robert Allen Zimmerman me perdone, me recuerda al trovador de Duluth. Uno de los mejores momentos del disco, y de los que más rompen con una continuidad entre tracks que por momentos puede ser excesiva, dando la falsa impresión de bloque homogéneo.

Brian Fallon nos demuestra con «Painkillers» que es capaz de pasar del punk-rock al folk con la misma facilidad con la que escribe letras dolorosas sobre el desamor.

Si bien este álbum tiene en general grandes dosis de azúcar no aptas para diabéticos o punks, en general Fallon es capaz de controlarse y mantener el equilibrio con el amargor de sus letras y su poso puro y sin adulterar de americana. Sin embargo, en Long Drives y, sobre todo en Honey Magnolia”, se le va un poco la mano con el dulce y le quedan un par de baladas que de blandas se hacen difíciles de tragar. Nada que no se pueda solucionar con una estocada que raspa en el country como la de Mojo Hand. Va llegando la hora de despedirse de Brian y dejarle que vaya cerrando este capítulo de su carrera. Pero antes queda lo mejor. Open All Night tiene algo de Gaslight Anthem, como no podía ser de otra manera, pero sobre todo tiene la personalidad inconfundible del que se ha forjado un nombre y un estilo propios con los años. Fallon tira de aires retro y un estribillo que sirve de anzuelo perfecto para ofrecernos su pista más deliciosa. Y así acaba la escapada de este hombre, demostrando que es capaz de pasar del punk-rock al folk con la misma facilidad con la que escribe letras dolorosas sobre el desamor. Si vuelve a la senda de su formación original o se lanza definitivamente al camino como cantautor, sólo el tiempo lo dirá.

Brian Fallon – Painkillers

7.7

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El líder de The Gaslight Anthem necesitaba un respiro, que toma forma de álbum en solitario. Buen disco de rock amargo y melancólico, que se mueve dentro de los márgenes sonoros de su banda madre y mejora aquel último disco de los de New Jersey.

Up

  • Suspiro de alivio para todos sus seguidores.
  • Como siempre: sus letras y su voz, encajando a la perfección y destilando emoción.
  • Ruptura con la trayectoria descendente de The Gasligh Anthem.

Down

  • Demasiado similar a su otro proyecto paralelo, The Horrible Crowes.
  • Uniforme a ratos, con un Fallon quizás demasiado confiado en sus virtudes.