A veces parece que no nos damos cuenta de que un grupo ya lleva más de 20 años sacando discos, que ya hace tiempo que llegaron a lo más alto y que desde entonces no han vuelto a alcanzar semejantes cotas, si bien han seguido entregando trabajos de una calidad muy notable. Tanto, que incluso les perdonamos algún que otro altibajo y alguna pequeña decepción. Da igual que la última vez nos dejaran un sabor de boca agridulce, en cuanto dejan caer que hay nuevas canciones o un nuevo álbum en el horizonte, se nos activa la máquina del hype. En el fondo sabemos perfectamente que no van a volver a poner patas arriba el mundillo de la música, pero una parte de nosotros sigue queriendo creer que sí, hay una fe ciega en ellos y en un posible trabajo que salve la música una vez más. Esa fe es la misma que hace que nos demos un buen batacazo a veces. Sin embargo, en otras ocasiones ocurre un pequeño milagro y aunque no obtenemos el trabajo revolucionario que esa parte de nosotros anhelaba, sí obtenemos algo mucho mejor de lo que la parte más negativa de nosotros, aquella que se moría de miedo de que sacasen un esperpento, temía encontrarse. Y no podemos sentirnos más contentos y satisfechos.

Así son las expectativas que un grupo como Radiohead levanta cada vez que anuncian un nuevo trabajo. Y no es para menos, teniendo en cuenta que es la banda que no una vez, sino dos, destrozó y reconstruyó los cimientos sobre los que se sostenía el rock. Primero fue con “OK Computer” (1997), disco que los puso en la cima del panorama musical de los 90, y después con “Kid A” (2000), álbum que les confirmó como la banda más atrevida y arriesgada del momento y que disipó toda duda de que no pudieran repetir un trabajo como el anterior. Radiohead era (y es) un grupo increíble, como muy pocos. Porque aunque nunca han vuelto a alcanzar la excelencia de esos dos discos, siempre han conseguido sorprender y reinventarse con cada disco, no conformarse e ir más allá, deshacerse de sus limitaciones y exprimir todos sus recursos al máximo. Se les podrán achacar más o menos cosas, pero nunca que han sido una banda conformista. Ni siquiera con “The King Of Limbs” (2011). No nos vamos a engañar, si bien aquel no fue un disco tan malo como mucha gente lo pinta, sí fue bastante decepcionante por culpa del predominio exagerado de la electrónica, lo que impedía vislumbrar la participación de todos los miembros del grupo y lo hacía parecer casi un trabajo en solitario de Thom Yorke. Ese trabajo ya se podía considerar argumento suficiente para afirmar que el grupo ya había dado todo lo que tenía que entregar, que ya estaba agotado y que ya sólo nos quedaba verlos apagarse lentamente. Qué equivocados estábamos, afortunadamente.

«A Moon Shaped Pool»: Cuando Radiohead lo volvieron a hacer

Al contrario que en “The King Of Limbs”, en este trabajo encontramos canciones mucho más humanas.

30 de abril de 2016: varios fans de Radiohead reciben un folleto en sus buzones con los versos “sing a song of sixpence that goes / Burn the Witch / We know where you live”, acompañados con un artwork en blanco y negro y el símbolo del grupo. Al día siguiente la banda borra su contenido de las redes sociales y lo dejan todo completamente en blanco. Nadie tiene ni puñetera idea de por qué, pero ya consiguen tener a medio Internet revolucionado. Los rumores se venían cociendo a fuego lento desde hacía meses. Que si habían vuelto al estudio, que si estaban grabando con la orquesta con la que había trabajado Jonny Greenwood anteriormente, que si estaban preparando nuevo disco, que si iba a contener canciones viejas… el hype ya se notaba en el ambiente, y ellos no hacían más que aumentarlo. Durante los días siguientes se hacen cuenta en Instagram y suben un par de vídeos, con su ya famoso pajarillo y otro con lo que parece ser una quema de brujas, ambos animados en stop motion. Esa misma tarde, “Burn The Witch”, su nueva canción y videoclip, aparecen en YouTube. Ya no hay marcha atrás.

Al poco nos dicen que su nuevo disco saldrá ese mismo fin de semana, y a los dos días descubren otro adelanto, “Daydreaming”, con otro videoclip en el que se nos muestra a un Thom Yorke bastante envejecido, pero igual de enigmático que siempre. Llega el fin de semana, se filtra el título del disco, “A Moon Shaped Pool”, la portada y la lista de canciones, dejándonos perplejos a todos al estar ordenadas alfabéticamente, como si de un leak temprano se tratase. Se publica el disco y corremos para ser los primeros en escucharlo y opinar de él (hasta un niño de ocho años se ha animado a reseñarlo). Hay quien incluso se toma la licencia de opinar antes de escucharlo, tildándolo como mejor disco del año, o descargando todo su odio con los ya famosos ‘Radiohead siguen siendo un aburrimiento’ o el especialmente destacable ‘voy a escuchar el nuevo disco de Radiohead hasta que me guste’. Así son y así han sido siempre Radiohead. Y nunca han dejado de hacer lo que les ha dado la gana, ajenos a todo. Y si quieren tardar cinco años en sacar un disco en el que el 70% de las canciones ya se conocen y encima ordenarlas alfabéticamente, lo hacen y ya está. Porque si el resultado es el que es, qué importa todo lo demás.

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Los miles de detalles electrónicos e instrumentales siguen ahí, Yorke sigue jugando con su voz como si fuera un instrumento más, pero todo tiene una estructura mucho más clara y el sonido clásico predomina por encima del electrónico.

Comentando brevemente su composición, como casi todos sus últimos trabajos, se ha compuesto entre idas y venidas, reuniéndose unos días y descansando cuando la presión empezaba a ahogarles. Las sesiones de grabación se realizaron en el estudio La Fabrique de Francia, y transcurrieron de septiembre de 2014 a las navidades de ese año, de marzo a junio de 2015 y de septiembre a finales de ese año. Para la producción han vuelto a contar con el habitual Nigel Godrich, cuyo padre falleció durante la grabación, por lo que ha acabado siendo un disco muy especial para él, según cuenta. Además, Jonny Greenwood trajo a la London Contemporary Orchestra, con la que ya había trabajado anteriormente para la banda sonora de The Master. El grupo ha contado además que para este disco han empleado tanto tecnología e instrumentos muy antiguos como muy actuales.

El resultado es muy notorio en el sonido. Al contrario que en “The King Of Limbs”, en este trabajo encontramos canciones mucho más humanas. Los miles de detalles electrónicos e instrumentales siguen ahí, Yorke sigue jugando con su voz como si fuera un instrumento más, pero todo tiene una estructura mucho más clara y el sonido clásico predomina por encima del electrónico, mucho más cercano al de discos como “In Rainbows”.

Burn The Witch”, primer tema, ya nos deja ver esto, con esos violines tocando al estilo col legno, es decir, golpeando las cuerdas con la parte de madera del arco, proporcionando un toque percusivo al sonido, combinando orquesta con la batería electrónica y una de las mejores interpretaciones vocales de Yorke del disco, consiguiendo una épica que hacía tiempo que no veíamos en Radiohead. La canción llevaba rondando en la mente del grupo desde los tiempos de “Kid A”, y como siempre, tiene múltiples interpretaciones, como una crítica a la vigilancia masiva o a los prejuicios de Europa con los refugiados, utilizando como metáfora las cazas de brujas del siglo XVIII (“red crosses on wooden doors and if you float you burn”).

La gran capacidad de «A Moon Shaped Pool» es hacer que las canciones suenen enormes y a la vez tremendamente minimalistas. Todo se distingue y desarrolla con una facilidad y lógica pasmosas.

Tras esta canción suena “Daydreaming”, la típica balada a piano en la que Thom Yorke trata diversos temas como los peligros de soñar despierto durante demasiado tiempo (“dreamers, they never learn, beyond the point of no return”) o su reciente divorcio con Rachel Owen, dejándonos al final con el mensaje “half of my life” volteado. En el videoclip esto va más allá incluso, pudiendo ver a Thom atravesando un montón de puertas y lugares como si buscara algo, hasta adentrarse en una cueva para aislarse del exterior, haciendo alusión al mito de la caverna de Platón. Puede romper un poco el ritmo del disco al estar la segunda, pero es una canción que se revela más magnífica con cada escucha, con los teclados y las cuerdas dándole un toque grandilocuente y aumentando su dramatismo sin necesidad de meter percusión por ningún sitio.

Pasamos a “Decks Dark”, sonidos ambientales y una batería electrónica, hasta que el piano y la voz de Thom entran muy delicadamente. El tema se desarrolla sin prisa, hasta que aparecen por fin las guitarras y unos coros que refuerzan y elevan la canción al máximo. Es la gran capacidad de este disco, hacer que las canciones suenen enormes y a la vez tremendamente minimalistas. Todo está cuidado al detalle, los instrumentos suenan en el momento justo y todo se distingue y se desarrolla con una facilidad y lógica pasmosas, a nivel de producción tenemos uno de los mejores discos de toda la carrera de Radiohead. “Desert Island Disk” empalma con la anterior y aparece con una melodía de guitarra que junto a la voz de Thom realizan un canto a la vida, al momento presente, con numerosas referencias al color blanco que se repiten a lo largo del disco (“the wind rushing round my open heart, an open ravine, in my spirit white, totally alive, in my spirit light”), sugiriendo pureza, vacío e incluso renacimineto y nuevos comienzos tras un final, algo que se trata a lo largo de la canción (“through an open door way across a street to another life”).

“A Moon Shaped Pool” son un puñado de canciones sin aparente conexión que, sin embargo, consiguen que el disco tenga una unidad tremenda.

Ful Stop” parece sacada de “Hail To The Thief” con ese bajo y el sintetizador que machacan la canción durante la primera mitad y esa segunda parte en la que las guitarras entran totalmente desatadas, siendo la pieza más agresiva del disco y recordando a canciones como “Sit Down, Stand Up”. El sonido krautrock se unifica con una letra que habla sobre lo doloroso de descubrir la verdad y de obtener conocimiento, repitiendo constantemente el verso “truth will mess you up”. A estas alturas es imposible no haberse rendido ya ante un disco como este. Pero apenas estamos a la mitad y aún queda mucho que descubrir. “Glass Eyes” vuelve al sonido y estado de ensoñación de “Daydreaming” gracias al piano y a las cuerdas. Su sonido acogedor contrasta con una letra incómoda y tensa sobre la ansiedad social (“hey, it’s me, I just got off the train, a frightening place, their faces are concrete grey and I’m wondering, should I turn around?”) y la alienación causa de la civilización, derivando en depresión (“no great job, no message coming in and you’re so small, glassy eyed light of day”).

Tras un tema mucho más discreto, volvemos a la épica comedida con una “Identikit”, a ritmo de batería, guitarra y bajo, con las voces yendo y viniendo, hasta que Thom arranca definitivamente.  El desarrollo es lento pero natural, Thom nos habla de cómo una traición puede romper completamente a una persona y cambiar su percepción sobre la gente, rompiendo a mitad con unas guitarras más violentas y combinándose después con el sintetizador y los coros mientras se repite la frase “broken hearts, make it rain”, para terminar como había empezado. Podríamos decir que este es uno de los mejores temas del disco, pero es que después llega “The Numbers” y la cosa no decae. Vuelven los teclados ambientales y todo suena como un día de lluvia entre la que se abre paso una melodía de guitarra que supera cada obstáculo que se encuentra, reflejado en la batería, a la que se van añadiendo más y más sonidos, como si la tormenta empeorara y Thom siguiese caminando bajo ella. La canción en sí supone una crítica a la era de Internet y a los medios que nos intentan controlar y robotizar además de a la explotación medioambiental, revelando que el futuro está en nosotros y en nada más; animándonos a volver a tomar lo que era nuestro, en este caso, la naturaleza (“we are of the Earth, to her we do return, the future is inside us, it’s not somewhere else”). Mención especial a la orquesta aquí, que consigue un final tremendo.

No importa si la mayoría de canciones ya habían sido tocadas en directo, todas alcanzan una nueva dimensión aquí. Thom siempre ha dicho que necesita que una canción cobre sentido para él para incluirla en un disco, y eso es algo que puede percibirse aquí.

Pasamos a “Present Tense”, tema muy melancólico con cierto toque bossa nova y mucho aroma a “In Rainbows” otra vez, con ecos y guitarras añadiéndose poco a poco creando el prototipo de canción que Radiohead ya llevan tiempo haciendo. Y es que es otra de las cosas más destacables de este disco. Que si bien podemos encontrar pequeñas novedades en el sonido, todas las canciones recuerdan a algo que ya han hecho. Recuerdan a algunas de sus mejores composiciones precisamente porque lo que nos ofrecen aquí también son grandes obras. Lo mismo pasa con “Tinker Tailor Soldier Sailor Rich Man Poor Man Beggar Man Thief” (telita con el título), que a ritmo de batería electrónica, teclados y guitarras muy evocadoras recuerdan otros temas suyos como “Supercollider” o esa “You And Whose Army?” de “Amnesiac”. Mención aparte una vez más a la sección de cuerdas, magistral. La letra en cuestión, una crítica a la era digital y al control de la naturaleza (“all the birds stay up in the trees, all the fish swim down too deep and lonely and they pray ‘honey, come to me before it’s too late’”). Y llegamos al final apoteósico con una “True Love Waits” que se nos presenta por fin quince años después de su versión acústica en aquel directo llamado “I Might Be Wrong” y veinte años después de ser estrenada por primera vez. La canción es de sobra conocida por cualquier fan de Radiohead, pero aquí se muestra como una balada mucho más minimalista en la que todo el protagonismo recae sobre Thom y los teclados, convirtiéndola en una pieza tan desgarradora o incluso más que la original, con esos versos de sobra conocidos por todos que cantan al amor más puro y al dolor que causa la falta de este: “I’m not living, I’m just killing time, your tiny hands, your crazy kitten smile, just don’t leave, don’t leave”. Palabras que parecen cobrar un nuevo sentido ahora que la relación entre Thom y su expareja ha terminado y que nos deja un cierre tremendamente emocionante.

Y así acaba otro trabajo de uno de los grupos más grandes que hemos tenido la suerte de conocer en las últimas décadas. Más de 50 minutos que fluyen con total naturalidad e invitan a una nueva escucha al terminar. Un puñado de canciones en riguroso orden alfabético que fuera de lo que pudiera parecer, suenan con gran coherencia. No importa si la mayoría de canciones ya habían sido tocadas en directo, todas alcanzan una nueva dimensión aquí. Thom siempre ha dicho que necesita que una canción cobre sentido para él para incluirla en un disco, y eso es algo que puede percibirse aquí. “A Moon Shaped Pool” son un conjunto de canciones sin aparente conexión que sin embargo consiguen que el disco tenga una unidad tremenda. Quizás es el largo menos sorprendente y novedoso del grupo, pocas cosas suenan desconocidas aquí, pero es un placer recordar algunos de los mejores pasajes de sus anteriores trabajos tanto tiempo después y ver que siguen teniendo capacidad de sobra para emocionar y hacer grandes canciones. Así que, por una vez, dejemos atrás el factor novedad y disfrutemos de un regalo como este. Puede que sea la última vez que podamos hacerlo.

Radiohead – A Moon Shaped Pool

RADIOHEAD

8.7 HOT RECORD

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Las expectativas con un grupo como Radiohead siempre son altísimas, y ellos son más conscientes que nadie. A pesar de ello, poco parece importarles, hace mucho tiempo que van a lo suyo y si les apetece sacar un disco como “A Moon Shaped Pool” en el que las canciones están por orden alfabético y la mayoría ya son conocidas, pues lo sacan. Y de qué podemos quejarnos cuando el resultado vuelve a ser brillante.

Up

  • La producción es impresionante, todo parece cuidado al mínimo detalle.
  • El disco no flaquea y se hace muy corto. Invita a volver a escucharlo.
  • La inclusión de orquesta eleva la epicidad de muchos temas.
  • La capacidad para darle la vuelta completamente a canciones que pensábamos que ya conocíamos de sobra.

Down

  • Se nota que el grupo ya no está en su mejor época, sobre todo la voz de Yorke.
  • Eso hace que en algunas canciones se eche en falta un clímax, que la canción explote como lo hacían antes.

1 Comentario

  1. Buena reseña, difiero en algunas cosas, pero en especial con los adjetivos a «The King of Limbs». Si bien, como leí por ahí alguna vez se pensaba que era el hijo de Kid A e In Rainbows, me parece que Give up the Ghost, Separator y Codex son de las canciones más humanas que tiene la banda. Los sonidos son más orgánicos que en In Rainbows y este último Álbum. La letra de Bloom y su experimentación junto la de Feral me parece de los mejor de la banda en esos terrenos, al nivel del disco B Sides de Amensiac que contiene las canciones más experimentales y el tope creativo de la banda. El disco prácticamente no tiene NADA de electrónico, por eso suena tan bien en vivo, a poco no son audibles el sin fin de acordes de guitarra en Little by Little o los Loops de guitarra de Morning Mr. Magpie???? Es en serio que no los notan?.

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