Kyle Craft nació un 9 de enero, cumplió la mítica edad de 27 años el día antes de que muriera David Bowie, y creció en Shreveport, un pequeño pueblo de Louisiana. El cantante admite que siendo niño prefería jugar con lagartijas junto al río Mississippi antes que pasar el tiempo con el resto de chicos o antes, incluso, que tocar una guitarra. Se podría decir que el joven Kyle se dejó llevar y decidió, sin realmente decidir nada, seguir el camino de ‘la naturaleza’ y no el camino de ‘la gracia’ o el de ‘la virtud’ a la que la cultura sureña americana somete a muchos de sus habitantes.

Y la verdad es que, por mucho que se empeñen, nadie manda en tu mente cuando imaginas a mujeres capaces de corromper, de la mejor de las maneras, a la más pura de las almas, siempre y cuando sigas poniendo tu mejor cara de buen chico. Es lo que pasa cuando te advierten, sin venir mucho a cuento, de lo peligroso o diabólico de ciertas cosas. Algo bueno debe tener cuando es pecado.

La mejor forma de lavar ciertos pensamientos, políticamente incorrectos, es pasarlos por una lavandería lírica. «Dolls of Highland« es un buen ejemplo, y quizás por otra real, el lugar donde Craft grabó la mayoría de los temas de su opera prima, con la única compañía de un portátil. Fue en 2007 cuando el cantante americano envió una muestra de su potencial a la mítica discográfica Sub Pop. A ésta le gustó aquella demo y pidió algo más. Fue entonces cuando Craft dedicó los siguientes ocho años de su vida a concebir y dar a luz «Dolls of Highland», a base de lanzar sus rugidos sobre el ruido de aquellas lavadoras.

El aullido de Craft es un sonido salvaje; con mucha personalidad pero sin olvidar a dos de sus más grandes referentes: Bob Dylan y David Bowie. Cuenta Kyle que comprar un recopilatorio del británico en un Kmart fue una especie de revelación. Esta influencia se puede apreciar a lo largo de todo «Dolls of Highland». Piezas de piano, ‘made in’ Ziggy Stardust, sobre las que se levantan composiciones que siguen el ‘abc’ que podría tener cualquier canción del «Blonde on Blonde» de Dylan.

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Craft se deja la piel y la voz en «Dolls of Highland». Es por ello que cada canción del disco suponga lo completamente opuesto al aburrimiento o a la monotonía.

«Dolls of Higland», nombre tomado de uno de los barrios de Shreveport, comienza con «Eye of the Hurricane«. Esas primeras notas de piano del elepé nos transportan a un cabaret que podría estar situado en el paseo marítimo del Atlantic City en plena Ley Seca. Es, sin duda, una canción idónea que sirve de vortex para la espiral de glam-rock que se va a desencadenar a manos de la hija de un demonio y de un diablo. Tras sus dulces maldiciones, las notas de piano de la canción se desvanecen, de forma inversamente proporcional a los aullidos de Craft, para dar paso a «Balmorhea«. En este segundo tema, el americano sigue la senda ‘dylaniana’ para describir a una mujer que huye. Una chica más sencilla pero igual de brillante al ser dibujada con una enumeración de cualidades enlazadas por el sonido de una armónica.

Quién sabe si Balmorhea terminó llamándose «Berlin«. Más que un nombre de ciudad, o de mujer, es la declaración de intenciones de una stripper que a nosotros, los chicos de barrio, nos resulta inalcanzable. Definitivamente, no somos su tipo y tendremos que conformarnos con besarla una vez, «maybe twice«. Todo contado sobre un piano que parece querer retarse con las guitarras de «Hang On To Yourself». Por supuesto, se trata de una batalla perdida de antemano pero logra el tono burlesque que Berlin necesitaba para poder hacer sus bailes sinuosos.

Encontramos piezas de piano ‘made in’ Ziggy Stardust sobre las que se levantan composiciones que siguen el ‘abc’ que podría tener cualquier canción del «Blonde on Blonde» de Dylan.

Al escuchar los primeros sonidos de guitarra de «Lady Of The Ark» pienso que va a aparecer de la nada Jake Bugg, con su polo Burberry e imitando a Johnny Cash, pero en su lugar emerge la voz salvaje de Craft poniendo el histrionismo necesario para poder describir ciertas relaciones prohibidas. La desnuda voz del americano poco a poco se va envolviendo de instrumentos; un simple acorde de guitara, percusión, un órgano y coros que, golpe a golpe, completan a la salvaje muñeca que al comienzo de la canción parecía desmembrada y gastada. Aún con la imagen de la ‘dama del arca’ en la mente llega la delicada «Gloom Girl» donde Craft, gracias a los instrumentos de viento, recrea melodías que nos resultan familiares. Resuena así, al escucharla, el «Ring Them Bells» de Dylan en mi cabeza, consiguiendo alterar mis oídos al mezclarse, de forma tramposa, el orden de ciertos recuerdos y sensaciones. Algo parecido ocurre con Trinidad Beach (Before I Ride), donde es inevitable tener cierta sensación de déjà vu al escuchar su apertura épica que trae al presente sensaciones ubicadas en momentos igual de épicos. 

«Future Midcity Massacre» supone otra re-escritura, o re-lectura según el lado en el que te ubiques, de Dylan. En esta ocasión Kyle adapta todo el desencanto que destila «Just Like a Woman» y la pegadiza melodía de «I Want You», ambas incluidas en su venerado «Blonde on Blonde», creando así una tristeza ‘suave’ donde el vino barato y las flores muertas no son tan malas; son el precio a pagar por la libertad. «Black Mary«, tras su confuso comienzo a lo The Who, desprende glam a cada golpeo de piano o aullido. Amagos de riffs que nos hacen pensar en T-Rex y en Bolan, inventor, a su manera, de todo lo que inspira a Craft.

Se agradece que Kyle sepa dominar su personalísima voz para contar sus historias, sus odas a mujeres sacadas de su particular y glamuroso inframundo, de la manera que ha aprendido; la de sus maestros Dylan, Lennon o David Bowie.

«Pentecost« comienza con cierto aroma a secuela de «Lady Of The Ark», aunque a los pocos segundos Kyle lo desmiente añadiendo un agradable ritmo rockabilly para, de nuevo, pausar el ritmo hacia el final del tema. «Dolls of Highland«, canción da nombre al disco, se hace corta por buena y por breve. Un suspiro que dura menos de minuto y medio, donde Craft insiste en sus referencias a Sheveport, y a un Jester, que quizás podría ser un guiño a la imagen que utiliza Don McLean en «American Pie» para referirse a Dylan. Una invitación a bailar junto a las muñecas de Highland, como quien habla de las arañas de Marte. «Jane Beat The Reaper» supone el último homenaje a una figura femenina. En este caso se trata de una heroína vampira que agota su tiempo en el purgatorio. El disco se cierra con «Three Candles«, tema con aroma a Western en cuya escucha no cuesta imaginar a Kyle encarnando al personaje al que daba vida Dylan en aquella película de Sam Peckinpah en la que Katy Jurado lloraba, con las nubes negras detrás, mientras suena «Knockin’ on Heaven’s Door».

«Dolls of Highland» se cierra con una hermosa frase («You kissing him like the way you kiss me […] But he’ll never kiss you the way that I did«) en la última estrofa de «Three Candles». Puede que sea una imagen o un buen consejo para afrontar la escucha de la opera prima de Kyle Craft. Nosotros lo escuchamos como un disco más, uno de los millones que tenemos a golpe de click en la inmensa nube de datos que sobrevuela nuestras cabezas, pero para el americano, como para todo autor amateur, supone una de las pocas balas que tiene para gastar.

Es innegable en este sentido que Craft se deja la piel y la voz en «Dolls of Highland».  Es por ello que cada canción del disco suponga lo completamente opuesto al aburrimiento o a la monotonía. Se agradece que Kyle sepa dominar su personalísima voz para contar sus historias, sus odas a mujeres sacadas de su particular y glamuroso inframundo, de la manera que ha aprendido; la de sus maestros Dylan, Lennon o David Bowie. En este aspecto, Craft parece saltarse varias generaciones y más que un bisnieto de Marc Bolan parece un hijo adoptivo o un pariente cercano. Se agradece esta falta de procesamiento, ya que se trata de un disco casi manufacturado por el propio cantante, salvo por la colaboración de varios integrantes de la banda Helio Sequence, aunque todo es mejorable. Promete mucho, quizás con una mejor producción y con algo más de dominio de su potencial como cantante Kyle Craft entregue obras mayúsculas. Sin embargo, como buen amateur, debe aprovechar su brillante presente para ir acumulando balas que gastar en nuevas composiciones y en nuevas batallas frente a esas mujeres que surgen de su particular y curioso imaginario.

Kyle Craft – Dolls of Highland

KYLE CRAFT

7.8

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Kyle Craft presenta su primer disco: “Dolls of Highland”. Opera prima que supone un regreso al glam-rock, repleto de homenajes y guiños a Dylan o a Bowie. Una voz salvaje dominada, a ratos, por buenas composiciones y por el cuidado respeto que guarda a sus referentes.

Up

  • “Dolls of Highland” deja un gran sabor de boca. Auténtico, disfrutable y muy entretenido.
  • La voz de Kyle Craft es todo un descubrimiento y encaja a la perfección con lo cuentan sus canciones y con la forma circense que se utiliza durante gran parte del disco.
  • Gran capacidad lírica de Craft. Capaz de crear ambientes y mundos que, en algún momento, rozan lo sobrenatural.

Down

  • La producción del elepé resulta demasiado cruda en ocasiones. Esto hace que ciertas canciones resulten mejorables aunque eso restara cierta autenticidad a “Dolls of Highland” en su conjunto. En ciertas entrevistas, Craft nombra a Father John Misty, puede que ese sea un buen ejemplo en el que fijarse.
  • La voz de Kyle Craft es sin duda un punto a favor pero puede que deba mejorar su dominio sobre ella. Uno debe conocer sus defectos pero también debe saber controlar sus ‘superpoderes’