Kevin Morby – Singing Saw

KEVIN MORBY

Sólo con dar una vuelta por los locales más ‘modernos’ (en el peor y mejor de los sentidos) de Madrid uno puede comprobar que está de moda eso de rescatar artilugios del pasado para hacerlos pasar por algo vanguardista e innovador. Esos dispositivos materializan la idea que se tenía del futuro en el momento en el que fueron creados, generando con ello un presente, paralelo e imaginario, que sólo existe en pequeños ámbitos en los que lo cotidiano no termina de encajar.

No sólo de lámparas extrañas o de asientos incómodos vive la modernidad, ya que también se han rescatado productos cinematográficos, musicales y literarios que sí que han encajado a la perfección en nuestro presente, quizás por no tener materia y ser así moldeables o por tener un público más preparado gracias a poder tener toda la cultura del mundo a golpe de un sólo ‘click’. Ejemplo de esto, si de lo musical hablamos, podría ser el ya archiconocido Sixto Rodríguez o Bill Fay. Éstos han pasado de ser souvenirs olvidados, puede que por pertenecer a una generación en la que Dylan y su eterno debate entre el folk y el rock lo copaba todo, a ser ídolos de masas o autores de culto.

Kevin Morby podría ser otro genio olvidado del pasado transportado al presente por lo mucho que su música recuerda a los ya citados Fay y Rodriguez o incluso a otros nombres más consagrados como Van Zandt, Neil Young o Bob Dylan (imposible no pensar en Zimmerman por la voz nasal del americano). Sin embargo, este viaje en el tiempo es materialmente imposible ya que Morby nació en abril de 1988 y publica ahora su tercer disco en solitario, «Singing Saw«, tras «Harlem River» (2013) y «Still Life» (2014).

En «Singing Saw» todo está revestido con un sonido clásico y sencillo, alejado de cualquier alarde, pero bien gestionado a base de cambios de ritmos e intervenciones corales.

Este último trabajo de Morby aporta una visión muy personal del músico, buscando la luz y la oscuridad de todas las cosas que le rodean. El contexto de esta mirada única se ubica en Los Angeles, ciudad a la que el cantante se mudó poco antes de grabar su tercer trabajo y donde encontró un piano y unas extrañas partituras que pertenecían a los antiguos residentes de la casa que empezó a habitar. El desarrollo de estas notas, siendo el tejano un aprendiz en lo referente al piano, y cierta inspiración en la mítica recreación de “The Last Waltz”, de la que también surgió su amistad con el multi-intrumentista Sam Cohen, dio origen a las primeras notas de “Singing Saw”.

El disco comienza de forma agradable con «Cut Me Down«, pieza sin más pretensiones que las que tiene un hombre que camina hacia su destino, con lágrimas en los ojos, y que espera ser interrumpido. A veces lo único que uno puede hacer es aceptar las consecuencias; lo inevitable. Se acelera el ritmo con «I Have Been to the Mountain« y dan ganas de bailar sin mucho sentido, como lo hace el tipo que aparece en el videoclip de la canción, aunque el tema lo tenga al estar inspirado en la muerte de Eric Garner a manos de un policía. Referencias a un mítico discurso de Martin Luther King, «I’ve been to the mountaintop«, y al sonido que hace un hombre al dejar de respirar mientras suplica clemencia: «have you heard the sound of a man stop breathing, pleading?«.

Destacar, ante todo, el gran despliegue lírico de Morby, capaz de materializar sensaciones que, por lo general, suelen ser intraducibles a nuestro encorsetado lenguaje.

«Singing Saw» juega con el significado de la expresión que da título al disco; un instrumento para crear sonidos etéreos o una herramienta destructiva. ¿Por qué no ambas? Dicen que el diablo es sabio y sabe cómo mezclar lo bello con lo dañino. Sugerente melodía con gran gama de cuerdas, sonidos de órgano y coros que por momentos recuerda a The Raconteurs. «Drunk and On a Star« supone un precioso paréntesis sensorial. Una preciosa letra sobre una melodía simple que parece no querer quitar protagonismo a lo que Morby cuenta: «mouth full of laughter, eyes like beams, head full of dreams«. Tras la tranquilidad llega el derroche de «Dorothy« como todo un desparrame de aullidos y recuerdos cosidos a base de cuerdas de guitarra. El cantante americano parece rememorar sonidos y situaciones que tienen como consecuencia el nacimiento de una historia; una canción. Enumeración frenética que en un momento dado parece volverse aleatoria, a lo «Heroin» de Velvet Underground, porque los recuerdos y las sensaciones llegan como llegan. El nervioso piano de «Dorothy» se calma en «Ferrys Wheel«, que flota sobre esa agua a la que el exbajista de Woods lleva haciendo alusión durante todo el elepé.

«Destroyer» aparece después de que Morby hubiera querido «destruir lo destruido» en «I Have Been to the Mountain». Búsqueda de algo que se ha ido, que bien puede ser una mujer o un recuerdo. El ser humano como un arma letal de desvirtuación de memoria. En «Black Flowers» el americano tira de nasalidad para jugar con ese doble filo que tiene una flor silvestre; la belleza y la libertad llevan siempre están asociadas a algo desconocido, peligroso e incontrolado.

Queda claro que Kevin Morby sabe manejarse en todo momento entre lo clásico y lo moderno haciendo que el elepé quede en ese limbo atemporal que puede hacerte reivindicable en el presente o dentro de veinte años.

Como sustancia imprescindible para la vida, como lágrima, como medio de transporte o como la mala suerte de un ahogado, el agua ha sido el hilo conductor que ha ido uniendo cada canción del disco. Por esto, resulta muy lógico que «Singing Saw» termine con «Water«. Melodía country, sin ningún tipo de complejos, bajo una voz que en algunas ocasiones me recuerda al Roger Waters que recita pasajes en “The Wall” y en otras al Bob Dylan que grita y que alarga las vocales en “Like a Rolling Stone”. Sencillez, nada más simple que querer buscar agua cuando estas ardiendo, y perfección, que en ciertos momentos me hace pensar en esas inmensas canciones de Wilco en las que cabe una vida entera. Una road movie emocional llena de dudas.

Kevin Morby pone fin a este álbum dejando un buenísimo sabor de boca en su conjunto. Destacar, ante todo, su gran despliegue lírico. Capaz de materializar sensaciones que, por lo general, suelen ser intraducibles a nuestro encorsetado lenguaje. Todo está revestido con un sonido clásico y sencillo, alejado de cualquier alarde, pero bien gestionado a base de cambios de ritmos e intervenciones corales. Hay que resaltar en este aspecto la labor del polifacético Sam Cohen, haciéndose cargo del bajo, guitarra, teclados y batería a lo largo de todo el álbum. Los sonidos provocados por los instrumentos de viento (Alec Spiegelman, saxofón y flauta, y Cole Kamen-Green, trompeta) dan al disco la nota fronteriza. Un detalle más que hacen que “Singing Saw” sea especial sin tener que ceder a concesiones más comerciales o superficiales.

Queda claro que Kevin Morby sabe manejarse en todo momento entre lo clásico y lo moderno haciendo que el elepé quede en ese limbo atemporal que puede hacerte reivindicable en el presente o dentro de veinte años.

Kevin Morby – Singing Saw

KEVIN MORBY

8.1

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Kevin Morby, exbajista de Woods y excolíder de The Babies, presenta su tercer trabajo en solitario: “Singing Saw”. El cantante tejano nos regala su mirada insólita, repleta de belleza, con todo lo bueno y malo que ésta trae consigo, y de sonidos fronterizos.

Up

  • La capacidad de expresión de la que tira Morby para transmitirnos sensaciones.
  • El aire fronterizo que aportan los instrumentos de metal, dotando de mucha personalidad al disco.
  • “Singing Saw” nos deja canciones imprescindibles como ”Water” o “Dorothy” siendo una completamente distinta de la otra.
  • Buen manejo del registro el de Morby, mezclando perfectamente lo clásico y lo contemporáneo.

Down

  • Quizás las referencias de las que tira Morby se hacen demasiado evidentes en momentos muy concretos.
  • Cierta irregularidad musical, no lírica, en ciertos pasajes del disco donde el sonido se puede hacer monótono. Esto hace que, de primeras, la escucha completa de “Singing Saw” no resulte del todo sencilla.