Beyoncé

Beyoncé –
Lemonade

Beyoncé nos entrega en este “Lemonade” su disco más carnal y probablemente sincero hasta la fecha. Sin ser una obra llena de reivindicación política y feminista como se esperaba, sorprenden los brotes de franqueza que Knowles ofrece, dando paso a sonidos que remarcan su posición en el R&B, pero también abriendo las puertas a otros que no parecían tan evidentes en su tesitura musical.


Beyoncé lo tenía difícil. Superar esa marca personal que ella misma se marcó con su precedente largo, el aplaudido “Beyoncé” (2013), era bien complicado. Ante este panorama, la estrategia de marketing tenía que ser, como mínimo, igual de efectiva que la del anterior. Si en aquella ocasión cada tema del álbum venía acompañado de su correspondiente videoclip, para este “Lemonade” Beyoncé ha decidido realizar una película de aproximadamente una hora de duración que le ayuda a plasmar todos aquellos conceptos potenciales que necesitan ser reforzados a partir de las propias canciones. No obstante, si prestamos atención a los temas tal y como nos vienen presentados en la edición audible del largo, veremos cómo esta sucesión de imágenes dispuestas a convertirse en iconos (o, en el peor de los casos, carne de gif) son, más que un complemento paralelo al mensaje, una reformulación del mismo.

Cuando escuchamos y vimos el videoclip de “Formation” todos pensamos que la nueva y reinventada Beyoncé nos estaba encaminando, casi orgánicamente y como que no quería la cosa, al disco más dotado de mensaje político que la artista nos podía ofrecer y que, mirando atrás en su trayectoria, era más bien impensable. El caso es que, para ser justos con el formato puramente musical y no tanto con el acompañamiento audiovisual (que de por sí es brillante), nos adentraremos en la última vuelta de tuerca de la diva únicamente a partir de lo que podemos escuchar.

Fotografía: Press

Si la vida te da limones, haz limonada

Estamos ante el disco más profano y visceral de la artista, lo cual es de agradecer, ya que nos permite descubrir nuevos registros dentro de la propuesta de Beyoncé en terrenos tan pantanosos como el rock psicodélico e, incluso, el country; géneros en los que la artista sale hasta reforzada.

Entramos en “Lemonade” a través de “Pray You Catch Me”. Un beat repetitivo, punzante y profundo acompaña a los desconcertantes “oh’s” de Beyoncé, que nos llevan a su propia voz, mano a mano con el piano de Kevin Garrett, en un registro mucho más crooner y melódico que el inicial para hablarnos (todavía de manera críptica teniendo en cuenta la que se nos viene encima) de las primeras sospechas que tiene la de Texas respecto a las infidelidades de su marido. Y para entrar en este particular universo que Yoncé nos plantea (un auténtico viaje a las desavenencias personales de uno mismo y su integridad y dignidad dentro de la pareja), a un servidor no se le ocurre mejor manera que esta pieza. La mano de James Blake (a quien escucharemos más adelante) se hace evidente en el oscuro subfondo de la canción y, de hecho, este reposo más interior y lóbrego se hace necesario para poder entrar correctamente en “Lemonade”.

La pregunta final (“What are you doing, my love?”) nos lleva a uno de los cortes más simpáticos, musicalmente hablando, que nos encontraremos en todo el disco: “Hold Up”. Un lento reggae que convive con esa tendencia tropical tan manoseada por los coetáneos comerciales de Beyoncé (Drake, Justin Bieber y, sobre todo, Diplo, productor del tema) y que, líricamente, nos introduce dos conceptos claves para entender “Lemonade”: la rabia y el resentimiento de una Knowles que escupirá, con un fraseo exquisito, todos los reproches y recriminaciones hacia un Jay-Z que, después de este álbum, parece que quedará relegado a la altura de meme. Cabe destacar que Beyoncé no precisa de sus representativos alardes vocales para dominar una composición bien pegadiza y simbólica, dejando incluso caer lo que le pasaría a su actual marido si éste no fuera el icónico empresario y rapero que es.

Esa irritación, que queda simplemente reservada a la parcela lírica en los dos primeros temas, toma forma musicalmente hablando de manera más agresiva que nunca en la trayectoria de Yoncé en “Don’t Hurt Yourself”. La tesitura de rock psicodélico y de guitarreo caótico y casi de jam que conforma la base de la canción sirve a Beyoncé para gritar los versos más directos y punzantes de todo “Lemonade”. Si a alguien le quedaba alguna duda de que este álbum habla sobre la traición matrimonial de la entertainer por excelencia, sólo hace falta pararse a escuchar eso de “You can watch my fat ass twist, boy / As I bounce to the next dick, boy”. El sample de Led Zeppelin y el estribillo a cargo de Jack White acaban de despuntar la vena más afroamericanamente rockera de una Beyoncé que, a estas alturas de la limonada, parece que no se va a dejar nada en el tintero.

Pese a todo, la faceta más R&B de la cantante no desaparecerá en absoluto, tal y como demuestra “Sorry”, un tema más juguetón que el anterior en cuanto a letra y música (en la línea de “Hold Up”). La cólera de borrachera mostrada anteriormente aquí se convierte en la feliz resaca del día siguiente; Beyoncé se ha despertado alegre, sin arrepentirse por todas sus palabras de reproche. La rabia se ha convertido en cansancio y autodeterminación dentro de un necesario exceso de amor propio que hace conformar de manera orgánica esos “middle fingers up, put them hands high”. De nuevo, a destacar las virtudes vocales de una artista que se encuentra en mejor forma que nunca, tal y como nos deja apreciar en un trazado concreto de esta canción donde se atreve a emular una tonalidad puramente india.

Un viaje directo y concreto

La voz de Beyoncé se consolida y ratifica como una de las más asentadas y reconocibles del panorama, posición que le sirve para salirse por la tangente y plantear un álbum que, a medida que se recorre, viaja desde la oscuridad hasta la esperanza más reconfortante.

6 Inch”, por su parte, nos devolverá a esos bajos vocales de Beyoncé en un ambiente mucho más lúgubre, donde irá de la mano de The Weeknd (especialista en estos terrenos de bajos tenebrosos y baterías electrónicas) para hablarnos de una mujer independiente y luchadora, que trabaja por y para ese dinero que tanto merece después de tanto arar una tierra tan dura. La producción de Boots, auténtico descubrimiento de su anterior trabajo, consigue que esta canción parezca la hermana mayor de aquella excelente “Haunted”. Aquí, de hecho, se entiende que nos situamos junto a una Beyoncé ya alejada de su marido, más soberana y mercantilista, sola en un camino que conoce desde que era una niña pequeña.

Y es con esa niña pequeña con quien Beyoncé necesita conectar de nuevo en “Daddy Lessons”, una suerte de country que ha sido muy comentado, criticado y alabado a partes iguales, pero del cual hay fuertes posibilidades de quedarse enganchado a la larga. Yoncé, ya independiente, precisa volver a sus raíces, a la relación con su padre, aquel que la quiso convertir en una soldado, en una luchadora, en una bailarina… En definitiva, en la superestrella que ha acabado siendo. Es justo este momento de “Lemonade” el cual nos da pistas acerca de los motivos que han llevado a la estrella a no divorciarse: la educación que le dio su padre se basó en la disciplina, el trabajo constante y, en cierta manera, en la conformidad y fortaleza respecto a cualquier cosa si al final la beneficia. Así pues, de la misma manera que Beyoncé no puede huir de sus orígenes (ni de su padre, ni de Texas, ni de su condición prematura de superestrella), tampoco puede desertar ante la figura de su marido, por muy bien o mal que eso nos pueda parecer a nosotros como oyentes. Aunque para muchos “Daddy Lessons”, tanto como por el tono como por su temática, es considerado como un islote dentro del álbum, necesita ser valorado como lo que realmente es: un estamento vital (y más que notable) para entender el discurso de “Lemonade”. Es en este punto, de hecho, dónde Beyoncé iniciará, desde el resentimiento, su reformulación sentimental.

La reformulación sentimental

“Lemonade” sería la resignación y el resurgir de la propia experiencia personal de la artista, quien ha visto tambalear su posición como mujer dentro del matrimonio y se ha servido de metáforas prot-ofeministas para estructurar un discurso con ciertas lagunas. Lo que creemos saber como oyentes acerca del matrimonio de Beyoncé después de escuchar el disco es el resultado de lo que la estrella quiere que pensemos de ella; nada está colocado al azar en esta limonada de agridulce sabor.

Con “Love Drought” nos encontraríamos ante el verdadero “Sorry” del álbum, ya que aquí la artista está dispuesta a dejar cualquier cosa atrás (“You and me could calm a war down / You and me could make it rain now / You and me will stop this love drought”) con tal que todo vuelva a funcionar, incluso llegándose a preguntar si realmente ella fue parte del error. Musicalmente, volvemos a un terreno hipnótico dentro de ese R&B que puede recordarnos a otras artistas menos reconocidas como Kelela, en este caso, de la mano de Mike Dean, quien produce el tema y oscurece el conjunto del mismo a partir de los fuertes bajos y un sintetizador que parece flotar durante todo el corte.

La Beyoncé más esperanzada sigue su recorrido en “Sandcastles”, una canción dotada de una maravillosa melodía sin estribillo claro que sólo se acompaña de un piano para convertirse, por motivos evidentes, en la única balada al uso de “Lemonade”. Ella sabe que con su marcha ha hecho llorar a su marido, y está dispuesta a mirar hacia el futuro a partir de ese perdón que ya se viene adivinando desde hace unas cuantas canciones. La necesidad de Beyoncé por recuperar todo se plasma perfectamente a partir de “Forward”, donde James Blake toma la delantera en uno de los cortes más concretos y excelentes de todo el trabajo, repleto en sí mismo de simbología y contenido propio. Si la voz de Jack White antes servía para expresar rabia, aquí la de Blake se convierte en un puente hacia el indulto. Beyoncé necesita hacer un salto en el tiempo e ir directamente hacia delante, dentro de bastante tiempo (la palabra “forward” parece un mantra dentro del tema) con tal de poder olvidar lo sucedido y volver así a su condición natural de superguerrera, vertiente visible en “Freedom”, uno de los tracks más representativos del conjunto sin lugar a dudas.

Si bien cabe decir que la producción de esta canción es exquisita, vibrante e incluso apta para cualquier tipo de oído (un asunto difícil de conseguir con un tema, a su manera, reivindicativo), el concepto de la misma parece estar entre dos aguas: aún no sabemos si Beyoncé sigue hablando sobre su necesidad de libertad como mujer, apuntando directamente a una auto-represión (“I’m telling these tears, ‘go and fall away, fall away’”), o si bien ya nos encontramos, en la antepenúltima pista del elepé, ante el disco contestatario de la superestrella. No será cuestión baladí, ya que la impresionante colaboración de Kendrick Lamar, quien se encarga de aportar el resto de fuerza necesaria (ya explorada en su último “untitled unmastered.”) para convertir este “Freedom” en un himno que, incluso, puede permitirse el lujo de ser comercial.

El siguiente gran himno de “Lemonade” (en este caso, romántico) sería “All Night”, un grandilocuente e impresionante tema que toma el hipnotizante bajo sampleado de “SpottieOttieDopaliscious” de OutKast (y que también cuenta con el imprescindible dúo en las labores de composición) para hablarnos de lo que es su amor a día de hoy: uno que ha superado barreras, experto en el dolor y la decepción y que, por lo tanto y siempre según la visión ya explorada de Beyoncé, puede resurgir y volver a trazar un camino de unión y respeto (cada cual que valore este detalle como quiera).

Aunque “Lemonade” podría haber acabado así perfectamente, con la lección aprendida, el asunto culminará con el archiconocido “Formation”, de hipnotizantes bajos y de lacerantes ritmos y melodías que se suceden entre sí, mezclándose y dándose paso unas a otras. Cerrar el álbum con este tema supone la reafirmación de uno mismo convertido en chulería, la justa y necesaria que hace incluso pensar en las dobles líneas que el track plantea: ¿Es ella la que lleva el mango de la sartén dentro de la relación? (ahora el icónico “When he fuck me good I take his ass to Red Lobster” suena más icónico todavía). El contexto que el final del álbum ha ido trazando no da tanto pie a este argumento (que podría ser totalmente válido), sino más bien a la idea de reforzar el movimiento Black Lives Matter. De esta manera, la comunidad negra y sobre todo las mujeres negras, necesitan estar en formación ante cualquier abuso de su dignidad. La producción del tema es justamente detallada y punzante. La estructura lírica y musical se compenetran cien por cien, haciendo vehicular la voz de Beyoncé hasta los terrenos que ella más desea en todo momento.

Un amor que ha superado barreras, experto en el dolor y la decepción

“Lemonade” explora diferentes recovecos de una artista que, ya en su estatus de superestrella mundial, se permite el lujo de redibujar su propia figura para reinventarse, para no sonar a lo mismo de siempre y, sobre todo, para adaptarse a unos tiempos en los que parece premiarse una imagen marginal que necesita resurgir y tomar relevancia.

En la versión audible de “Lemonade” no es tan fácil reconocer los tintes políticos y raciales que parecían prometerse cuando vimos y escuchamos por primera vez “Formation”. En realidad, podríamos decir que estamos ante el disco más profano y visceral de la artista, lo cual es de agradecer, ya que nos permite descubrir nuevos registros dentro de la propuesta de Beyoncé en terrenos tan pantanosos como el rock psicodélico e, incluso, el country; géneros en los que la artista sale hasta reforzada. Del mismo modo, su voz se consolida y ratifica como una de las más asentadas y reconocibles del panorama, posición que le sirve para salirse por la tangente y plantear un álbum que, a medida que se recorre, viaja desde la oscuridad hasta la esperanza más reconfortante.

Entonces, “Lemonade” sería la resignación y el resurgir de la propia experiencia personal de la artista, quien ha visto tambalear su posición como mujer dentro del matrimonio y se ha servido de metáforas protofeministas para estructurar un discurso con ciertas lagunas. Como bien apuntan muchos medios, lo que creemos saber como oyentes acerca del matrimonio de Beyoncé después de escuchar el disco es el resultado de lo que la estrella quiere que pensemos de ella; nada está colocado al azar en esta limonada de agridulce sabor.

En lo musical, y a su vez considerando como óptimo el viaje que Beyoncé nos propone, es donde nos encontramos un notable álbum que explora diferentes recovecos de una artista que, ya en su estatus de superestrella mundial, se permite el lujo de redibujar su propia figura para reinventarse, para no sonar a lo mismo de siempre y, sobre todo, para adaptarse a unos tiempos en los que parece premiarse una imagen marginal que necesita resurgir y tomar relevancia en los medios de comunicación. Beyoncé ya no puede presumir de limusinas ni pendientes de oro en la post-crisis actual; ahora, más que nunca, se premian las personalidades seguras y valientes… Y eso Beyoncé lo sabe más que nadie:

“I was served lemons, but I made lemonade”

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