Desde tiempos inmemoriales, el rock (and roll) ha estado encantado de conocerse a sí mismo. Ya en su nacimiento, fechado consuetudinariamente en torno al “Rock Around the Clock” de Bill Haley & The Comets, este género musical se revelaba tan eufórico y desacomplejado que la mera pronunciación de su nombre supuso al instante un recurso tan rápidamente manido como eficaz. Usa tres acordes, mete un solo chusco de guitarra, y di ‘rock’ unas cuatro veces, si es en el estribillo mejor que mejor. Y ya tienes un temazo.

Claro está, dicha estrategia sólo fue válida en lo que se refiere a sus pioneros. Según el género iba evolucionando, y su música intelectualizándose, la palabra ‘rock’ empezó a pronunciarse de otra manera, acaso más autoconsciente, acaso más posmoderna, y eso cuando se pronunciaba que ya, Dios mío, ni siquiera era imprescindible. El rock (and roll) quedó así como un ingenuo (y pedestre) origen del cual partir para que artistas cada vez más ambiciosos dieran forma a sus inquietudes, delirios y ambiciones megalómanas, empeñados en añadirle sufijos (hard, art, glam, surf, la lista continúa) que acabaran por desvirtuarlo. Los logros de este cambio en la tendencia están fuera de toda duda, y hoy en día quejarse de que el rock ha perdido ‘su chispa’ en aras de una mayor sofisticación resulta un ejercicio tan romántico como estúpido, dando por sentado que dichos adjetivos no sean sinónimos. Aun así, algo de nostalgia queda. Y gracias a Dios, para curarnos de ella, tenemos a Loquillo.

Este hombre formidable fue de los primeros en traernos el rock and roll a España, entendido éste no sólo como un ritmo pegajoso quemaconservatorios, sino como una actitud de rasgos bien diferenciados y contumaces. Nada más hacerlo tuvo que lidiar con la problemática cuestión del género, cuando hubo quienes se quejaron de que fuera ‘demasiado punk para los rockers y demasiado rocker para los punks’, y tuvo que abrirse paso a hostias en un ecosistema, el de la Movida, que en retrospectiva difícilmente podríamos considerar más apropiado para su lanzamiento. Dando por sentada la frivolidad y la tontería que preconizaban sus semejantes, así como la profanación y prostitución de los géneros anglófonos, José María Sanz Beltrán fue granjeándose una fama progresivamente mayor, sin tener que hacer para ello mucho más que inventarse un personaje y, exacto, repetir ‘rock and roll’ muchas veces.

Viento del este es su último disco, publicado tras más de treinta y cinco años de carrera sin saber cantar ni tocar un solo instrumento, y una confirmación como otra cualquiera de que su rollo sigue funcionando. Tras su (estupendísimo) reencuentro con Sabino Méndez para “La nave de los locos” y su (planísimo) coqueteo con los rockabillys Nu Niles en “Código rocker”, Loquillo vuelve a vérselas en solitario para demostrar que sigue en plena forma y tratar de superar, de paso, ese “Balmoral” que acabó por confirmar que ya hacía tiempo que los Trogloditas no pintaban nada. Y para su nuevo elepé Loquillo, como de costumbre, no pierde el tiempo en zarandajas: el single de adelanto se titula “Salud y rock and roll”, el nombre del álbum viene por uno de los temas de mayor pegada, la carátula es una foto de su perfil de WhatsApp, y el concepto que flota sobre su tracklist se relaciona vagamente con el mar. Pero vamos, por decir algo. Su intención no es hacer historia, sino, y empezamos ya fuerte con los símiles náuticos, mantenerse a flote. ¿Lo consigue?

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Sobre todas las cosas, «Viento del este» supone una gran oportunidad para disfrutar de nuevo con este estilo de música en su más primigenia concepción: tontorrona, vacua, anacrónica y, gracias a Loquillo, viva.

Con un tema como el ya citado Salud y rock and rollinaugurando la travesía, sería hipócrita decir que no. «Salud y rock and roll tengamos todos… En los momentos duros a granel… Guitarras predispuestas en los ojos… La sangre apasionada a flor de piel«. Loquillo hace una suerte de terapia cutre para insistir en lo mucho que le pone el rock and roll (tal y como lleva haciendo desde que alternaba el baloncesto con los primeros bolos), en lo mucho que cree que éste puede aportarle a la sociedad de consumo, y en lo maravilloso que es un género tan anárquico que le permite meter unos vientos indescriptibles sin que nadie levante una ceja. O sea, habrá quien la levante, pero afearle el gesto sería otorgarle una trascendencia que la canción ni sueña con poseer. Así que eso, salud.

En el final de los días, por otra parte, no acaba de funcionar, y no porque Loquillo haga algo distinto a lo que hace siempre. El catalán suele dividir su producción entre los soliloquios del personaje que ha ido desarrollando con los años (un hombre de bien capaz de tener momentos de bajona, con pasado tormentoso e ínfulas intelectuales) y su celebración onanista del rockero elemento, y en esta ocasión toca lo primero, sin que la letra resulte particularmente inspirada ni la música pase de audible. «Eran otros tiempos… Yo era el centro de tu vida… Tú decías ser mi reina… Y la noche prendía«. Se nota que hay un sentimiento, pero el pobre no es capaz de transmitirlo, y a continuación debe refugiarse en sus proclamas literarias (otro clásico) a esperar que pase el temporal. A tono alto tiene un valor incalculable como chuleta para el temario de la PAEG («De Lope el amor, la rabia de Quevedo… Espronceda, los Machado, Rocinante y Platero… Vivan las Cortes de Cádiz y el himno de Riego… Yo como Unamuno, contra esto y aquello…» y dos huevos duros), pero al margen de eso no sabemos muy bien qué sacar en claro del tema. Que es un tipo duro que ha leído una barbaridad y que se ha inspirado en sus lecturas para ser más duro aún, quizá. Limusinas y estrellassigue el rumbo de lo regulín, con cierto arreglo de la guitarra solista que no está nada mal, pero con unas letras que se emperran en formar palabras bonitas sin más sentido que la fachada que decoran. Para empeorar las cosas, el tema de marras es bastante repetitivo, con el agravante de que la voz de Loquillo, por mucho que tenga su aquel, nunca es agradable diciendo “aaah” de manera intensa. Ah, y el puente es, y lamento en el alma decir esta palabra, hortera como él solo, con un corista que se cree que está en los Beach Boys y oye, no.

«Rusty» se erige por derecho propio como el tema más destacado de todo el disco, con unos versos que incluso quieren ponerse sabineros, y con una música a la altura, refrendada por las trompetas.

Pero por suerte, aquí está Rusty, donde el bajo saltarín anticipa una canción espléndida, sobreviviente a las modas (que siempre se la han repampinflado a don José María, por otra parte) y a las cinco veces que escuchemos este disco para acto seguido olvidarlo para siempre. En este caso concreto, al margen de la intuición del Loco a la hora de plantear efectivos esqueletos melódicos, con instrumentaciones ornamentales que apuntalen su pregnancia, se distingue un cierto propósito de construir algo menos asequible, que busca los momentos intensos más allá de simples estribillos. Eso, en lo que respecta a la música. La letra, por su parte, hasta quiere ponerse sabinera en ciertos momentos, y ciertamente es una gozada: «Es hermoso esperar lo que no llega… Añorar lo que nunca se tuvo… No hay príncipes sin exilio… Y lejos de ti éste es el mío«. Con versos de este cariz sólo hace falta una música a la altura para redondear el impacto, y así pasa que “Rusty” se yergue, sin más preámbulos, como el temazo del disco, y las trompetas lo refrendan.

El mundo que conocimosno baja demasiado el nivel gracias a la emotividad tan facilona que propone el estribillo: «¿Dónde está, dónde fue, la Europa que ganamos? ¿Dónde está, dónde fue, la España que perdimos?«. Loquillo, que como hombre de bien que es opina de todo y tiene columna en El Mundo, echa el resto con un tema contundente, que mola escuchar sin muchos escrúpulos y metiendo tripa, y que te encanta más o menos según la medida en que percibas su inherente frivolidad. Pero lo que es encantar, te encanta. Este señor tan apuesto deshaciéndose en suspiros de España es irresistible sin remisión, y cuando grita «Los amigos que enterramos« es que ya dan ganas de abrazarle y llorar en su hombro, sin que deje de ser todo, por supuesto, eminentemente varonil. Viaje al norte, a continuación, es igual de agradable de escuchar. «Esta noche por fin viajaremos hacia el norte otra vez… El viento ha vuelto a cambiar y ha borrado el camino que hay que hacer para huir hacia atrás«. ¿“El camino que hay que hacer”? Total, que el disco sigue pasando y aquí no hay quien se canse de estas chorradas.

Ya sin la estética de las canciones de Sabino Méndez, y en su progresivo abandonamiento de la mística de ‘Rock and Roll star’, Loquillo aprueba con nota un elepé que puede que no sea nunca incluido entre sus hazañas más reseñables.

Las ventajas de perderte en cambio, y fuera bromas, es buenísima. Emocionante, liberadora, catártica. Aún persistiendo los ecos de “Rusty”, nuestro hombre lo vuelve a petar, e incluso se supera, con una canción que es 100% Loquillo en su faceta más sincera y genuina. Sólo él podría cantar con tanta chulería sobre la derrota, sólo él se chacotearía si encima ésta ha sido de índole amorosa, y sólo él haría equilibrismos tan negligentes con el patetismo masculino. Tal y como nos enseñó en su momento “Un hombre puede llorar”, los mejores momentos de Loquillo los suponen aquellos en que se muestra más vulnerable y aquí, por tratar de sobreponerse a sus tragedias con argumentos a cada cual más falaces, resulta sencillamente cautivador, y de una profundidad que “Viento del este” no volverá a alcanzar. «La ventaja de perderte es que ya no jugarás a esconderte poco a poco como una estrella fugaz… Ya no tentarás mi suerte, ya no me amenazarás con sobornos aparentes, con quizás, quizás, quizás«. En serio, una maravilla. Pura, sencilla. Hermosa, y compasiva con el siguiente corte, Los dioses engañan, que se resigna a ser menor, pero no a que el disfrute deje de ser una constante. En él, Loquillo nos trata de ‘muchachos’, como en los viejos tiempos, para inyectarnos una buena dosis de escepticismo/agnosticismo destroyer por medio de una melodía cuadriculada. «Lo siento, muchacho, no existen los dioses, era sólo un pacto firmado por hombres«.

Sí, la verdad duele, pero si la cuenta Loquillo todo es como más elegante, y ferozmente divertido cuando deja paso a Viento del este, canción homónima que es imprescindible cantar a bordo de cualquier tipo de embarcación (preferiblemente, con velitas) y rodeado de marineros súper heteros. La estrofa que dice «Si llevas la llama del Levante, mira al frente, sigue adelante… Cuando sientas la niebla del norte, sopla fuerte, viento del este« es brutal de por sí, pero es que encima hay acordeones de por medio. ACORDEONES. Y la canción es una delicia en su ingenuidad y su afán por que nos divirtamos y bailemos, que nunca es dejado de lado ni aunque momentáneamente vuelva a dar la murga con sus aficiones literarias: «País de quijotes, de bufones y buscones« sigue en el estribillo a «Tramontana, nordeste y viento cierzo«, así que sí, esto es el despiporre. Cómo te queremos, Loco.

 

La producción del disco no es demasiado brillante, y cuanta más instrumentación quieren meter más se le ven las costuras.

El corte Me olvidé de vivirresulta ser, confirmando nuestros peores temores, una cover de la canción francesa hecha originalmente para Johnny Hallyday que, sin embargo, en castellano popularizó Julio Iglesias. ¿Aún no ha implosionado en el universo, tras semejante apoteosis del cuñadismo? Como parece que no, vamos aclarando que esta versión es una sobrada total que no aporta un carajo a nada. Hay que admitir que la canción parecía hecha para que alguna vez la cantara el Loco, y de hecho sus frases suenan enormemente convincentes en su boca, pero dicha interpretación carece de la particular dicción y canallismo del señor Iglesias, optando nuestro hombre por sonar trágico y reflexivo, y por hacer algún alarde vocal que le sienta como una patada a un tema que no por lógico debía ser incluido en un disco así. “Viento del este” está bañado en la poética ensimismada de Loquillo, en su propia conciencia de personaje único e intransferible, y de ningún modo necesitaba arribar en puertos extranjeros. Sobre todo, si el resultado iba a ser tan solemnemente aburrido. Pero bueno, como esto se acaba no vamos a hacer más sangre de la imprescindible, y ya que es Acto de fe la encargada de ponerle punto final al disco, al final nos vamos a ir con un buen sabor de boca. Otra canción consagrada a la épica que a Loquillo se le da tan bien según el día, y en la que juega sobre seguro gracias a una estructura muy calculada, en forma de crescendo de manual. La emoción surge gracias a que los coros parecen ser realizados por gente afroamericana y todo, y gracias a que la voz de Loquillo progresivamente va desbarrando más y más, hasta llegar a un clímax en el que berrea “de fe, de fe” como quien hace lo propio con el “nena” de “Cadillac solitario” en cualquier karaoke. «Hay quien reza por Judas y hay quien reza por Caín… Quien construye las guerras y quien diseña el fin […] Decir libertad es ya un acto de fe […] Me hacen daño los golpes, ya no soy como ayer«. Es así. Como todos somos humanos, y a todos nos gusta venirnos arriba, “Acto de fe” es una genialidad. Y, dentro de la misma sintonía, “Viento del este”, un buen disco.

Ya sin la estética de las canciones de Sabino Méndez, y en su progresivo abandonamiento de la mística de ‘Rock and Roll star’, Loquillo aprueba con nota un elepé que puede que no sea nunca incluido entre sus hazañas más reseñables, pero que está bastante chachi. Y que, por sobre todas las cosas, supone una gran oportunidad para disfrutar de nuevo con este estilo de música en su más primigenia concepción: tontorrona, vacua, anacrónica y, gracias a Loquillo, viva. Pese a todo, viva, y por muchos años más. Porque, como dijeron los Rolling, y tanta rabia le da a don José María no haberlo dicho antes, «It’s only rock ‘n’ roll, but I like it«.

Loquillo – Viento del este

LOQUILLO

7.0

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Loquillo sigue haciendo lo que mejor sabe que además, y por suerte para el estado de salud de su carrera, es lo único que sabe hacer. Para rockanrolear como hacía tiempo que no rockanroleabas, y encima a pie de playa, que siempre es un plus.

Up

  • La trilogía que forman “Rusty”, “Las ventajas de perderte” y “Acto de fe”.
  • En su mayor parte, es tan divertido que buscarle tres pies al gato nunca dio tanta pereza.
  • Su orgullosa y consabida condición de joya viejuna que impregna cada uno de los cortes.

Down

  • La producción no es demasiado brillante, y cuanta más instrumentación quieren meter más se le ven las costuras.
  • Algunas de las letras son directamente nefastas.
  • Que Loquillo pensara que alguna vez había que imitar a Julio Iglesias.

1 Comentario

  1. Lo siento mucho por Loquillo pero este LP es 0 rock and roll. Soporífero hasta la náusea. Letras de «qué culto soy y qué culito tengo», «soy un disidente que va contra todos» (JAJAJAJAJAJA….) y música de relleno. Hay menos guitarras que en un disco de Macaco.

    Loquillo, retírate y cierra la boca que no haces más que el ridículo.

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