No resulta muy descabellado aventurar que el rock no hubiera alcanzado a convertirse en el fenómeno musical, cultural y social intergeneracional que todos conocemos de no ser por la serie de mitos y leyendas construidos sobre las figuras y grupos más destacados del movimiento. Una de las bandas que más se ha prestado a agrandar el anecdotario del rock es y ha sido desde sus más tiernos orígenes, Black Sabbath.

La música y la estética de los de Birmingham han estado siempre rodeadas de un halo de misticismo que, cual bola de nieve, no ha parado de crecer con el tiempo y la sucesión de historias. Lo rompedora que fue su música en el panorama de finales de los sesenta en el que irrumpieron o la excentricidad de todos sus miembros en general y de su vocalista, Ozzy Osbourne, en particular, son únicamente un par de motivos por los que Black Sabbath nunca han dejado indiferente a nadie y se han alzado por méritos propios con su trono en los altares del rock y del heavy metal.  Una de las etapas de la trayectoria de Black Sabbath que más elucubraciones ha suscitado es la que rodea al proceso de composición y grabación de su quinto álbum de estudio, «Sabbath Bloody Sabbath». En 1973 la carrera de los británicos estaba en plena efervescencia tras cuatro años sumidos en una vorágine de trabajo y excesos a partes iguales (o quizás no tanto).

Tony Iommi, Bill Ward, Geezer Butler y Ozzy Osbourne eran unos adelantados a su tiempo. Estaban firmemente decididos a romper con lo establecido y desde que su álbum homónimo de debut viera la luz en 1969 comenzaron a abrir el camino del heavy metal más primigenio. Black Sabbath rápidamente recibieron el apoyo masivo y el aclamo del público tanto de su tierra natal como del estadounidense. Los cuatro primeros discos de los de Birmingham («Black Sabbath», «Paranoid», «Master Of Reality» y «Vol. 4») lograron colocarse entre los primeros puestos de las listas británicas, europeas y norteamericanas y consiguieron numerosos certificados de ventas; sin embargo no lograron contentar a la siempre ávida y meticulosa crítica musical. Nada preocupante (aunque pueda resultar ventajista comentarlo a posteriori) porque Black Sabbath lograron calar muy profundamente en el espectro más importante de la sociedad: el público de masas.

Black Sabbath se encontraban en la cresta de la ola, sí, de una ola incontrolable y autodestructiva que estaba a punto de desaparecer en la orilla. Tony Iommi es un genio y, como tal, no es necesario buscar una explicación racional a la creación de sus obras. Sin embargo, el grupo estaba compuesto por cuatro genios y personalidades incontrolables. Las mismas sustancias (no me atreveré a especificar en este aspecto) que mantuvieron a raya las tensiones en el seno del grupo y la capacidad creativa en apogeo durante algo más de dos años de incansable actividad amenazaban durante el verano de 1973 con convertirse en la perdición del grupo. La banda se encontraba al borde del colapso y el momento de la vuelta al estudio reveló la gravedad de la situación. Tony Iommi se encontraba sumido en un bloqueo creativo de tal magnitud que la banda era absolutamente incapaz de componer nada sin la vital aportación del guitarrista. La banda estableció su lugar de operaciones en un ostentoso lugar de Bel Air, pero el ambiente y la presión del trabajo en los estudios estaban llevando a Iommi y al resto a un punto de no retorno. La solución a sus problemas estaba geográficamente distante, pero psicológicamente no podía estar más lejos. Para salvarse, Black Sabbath debían reencontrarse con sus raíces.

Los de Birmingham necesitaban un retiro espiritual y lo encontraron en forma de un lúgubre castillo medieval con funciones de estudio de grabación conocido como el Castillo de Clearwell, en unos bosques de Inglaterra. Black Sabbath lograron sumirse en su propia música, en sus sonidos y en sus ideas y la música comenzó a brotar a raudales. Mientras merodeaban por las distintas instancias del castillo Iommi se contagiaba de la atmósfera para volver a crear y emular algunos de sus riffs más icónicos. Pero los miembros de Black Sabbath no se encontraban solos en el castillo. Además de las diversas apariciones fantasmales que pululaban por la zona y con las que los miembros del grupo afirman que tuvieron que lidiar, los británicos contaron con notables colaboradores.

Black Sabbath necesitaban dar un giro a su música. Es cierto que, pese al rechazo de la crítica de su época, los cuatro primeros álbumes del grupo han pasado a la posteridad como sus más gloriosos trabajos y como definidores de una época dorada que el grupo nunca recuperaría. Sin embargo, en su estancia en Clearwell la banda luchaba contra sí misma por la supervivencia. Tras acudir al castillo por recomendación de los mismísimos Led Zeppelin, la banda decidió incorporar un elemento inédito en su música: los teclados. El elegido (afortunado) para la labor fue Rick Wakeman de Yes, que aportó su maestría al piano para una de las canciones más destacadas del disco y de la carrera del grupo, «Sabbra Cadabra».

La música de «Sabbath Bloody Sabbath» emergió de lo más profundo de sí mismos y de lo más oscuro de las mazmorras del Castillo de Clearwell. Black Sabbath resurgieron con un álbum que, sin alcanzar la brillantez global de sus predecesores, alcanzó por primera vez el aclamo de la crítica. Los críticos alabaron la versatilidad, la brillantez del nuevo sonido ofrecido y la madurez del grupo para reafirmarse y lograr un éxito rotundo.

Para la posteridad quedaron tres auténticos hits de la talla de la homónima «Sabbath Bloody Sabbath», «Sabbra Cadabra» o «Killing Yourself To Live». A pesar de que el propio Ozzy Osbourne catalogara al disco como el principio del fin de la banda con la formación original, Black Sabbath superaron cualquier escollo en el camino para seguir aportando obras variopintas pero de incuestionable calidad.