Blur

Blur –
Parklife

El 25 de abril de 1994, la banda británica Blur lanzaba su tercer trabajo, Parklife. Un álbum extraordinario que retrataba la sociedad londinense del momento y ensalzaba lo británico a través de su herencia musical. 16 cortes que sirven para testimoniar el espíritu de una época que miraba con orgullo su pasado, y pretendía una nueva edad de oro en el presente. Sin duda, uno de los registros imprescindibles de los noventa.

Apenas había pasado un año desde la publicación de Modern Life Is Rubbish cuando Blur, en plena efervescencia creativa, lanzaba al mercado Parklife, la obra maestra de su carrera. La segunda parte de una trilogía que los de Essex completaban, año y medio más tarde, con The Great Escape (1995). Trabajos, estos, en los que Damon Albarn retrataba la decadente sociedad británica de mediados de los noventa, pero en los que, no obstante, había un profundo sentimiento nacional, una exaltación de la cultura británica que tuvo en la música pop su principal baluarte.

El grunge había redefinido los parámetros del rock alternativo y situó el epicentro de la música en Seattle, ciudad desde donde el subgénero se exportaría al resto del mundo. Las revistas musicales británicas de referencia como New Musical Express y Melody Maker pretendían una revalorización de la música en las islas como respuesta a la americanización que trajo consigo el auge del sonido Seattle, intentando reavivar la efervescencia y gloria cultural que Gran Bretaña vivió en la década de los sesenta, cuando Londres era la capital mundial de la cultura pop.

Una de las piedras angulares del Britpop

Con Parklife, los de Albarn recogían a la perfección el espíritu de la sociedad británica del momento; el del optimismo hedonista de un país que pretendía la revitalización de su pasado dorado.

Las mencionadas publicaciones no tardaron en proclamar a Suede como los nuevos héroes del pop inglés. Sin embargo, todas las miradas se dirigirían a Blur cuando, tras una deslucida gira estadounidense presentando su primer trabajo, Leisure, y atentos a las nuevas pretensiones ideológicas que se estaban gestando en Gran Bretaña, surgiría en ellos la llamada patriótica. Sabían que el camino correcto era hacer una música de marcado espíritu nacional, y no hubo mejor remedio que el de abrazar su ilustre tradición pop, así como reflejar las costumbres de la sociedad británica. Con Modern Life Is Rubbish encontrarán su sonido característico. Con los Kinks como referentes, elementos de la tradición británica más guitarrera y recursos electrónicos propios de la new wave, el grupo daría lugar a un sonido personal y atractivo que resultaría convincente.

La mecha del Britpop estaba prendida. Suede, la gran esperanza del movimiento, atravesaban problemas internos motivados por el ego, y Blur no tardaron en acertar en el centro de la diana con su nueva munición. Un disparo certero al centro de aquella diana tricolor que The Who llevaron orgullosos con los colores de su nación a lo largo y ancho del globo. Con Parklife, los de Albarn recogían a la perfección el espíritu de la sociedad británica del momento; el del optimismo hedonista de un país que pretendía la revitalización de su pasado dorado. Hablaba de lo que significaba ser londinense y celebraba la vida británica. Era tal el sentimiento de euforia por la capital inglesa que London fue la primera idea para titular el LP. Un álbum en el que confluyen un amplísimo abanico de influencias que evocan un vasto pasado sonoro, poniendo así de manifiesto la riqueza musical que el pop británico había desarrollado durante las últimas tres décadas.

Fotografía: Koh Hasebe (Shinko Music / Getty Images)

Gran variedad de estilos que Blur asimilan y hacen suyos

Parklife hablaba de lo que significaba ser londinense y celebraba la vida británica. Era tal el sentimiento de euforia por la capital inglesa que London fue la primera idea para titular el LP.

Se inicia el álbum conGirls and Boys, una pista dance pop terriblemente pegadiza inspirada por unas vacaciones que Damon Albarn pasó con su novia Justine Frischmann, a la sazón, voz y guitarra de Elastica, en Magaluf. Una atmósfera apropiada para acompañar un texto que habla sobre el desenfreno en las raves de los noventa. Lugares desprovistos de toda moral donde el sexo sin complejos es la manifestación social imperante. A continuación nos presentan a Tracy Jacks, un funcionario británico de clase media hastiado por la rutina cuyo escepticismo terminará costándole la vida. Un riff sencillo de dos acordes será la base en torno a la cual se integren diferentes recursos sonoros que rotan como efímeros ornamentos para enriquecer el tema.

Reminiscencias beatlelianas asoman en End of a Century”, una composición nostálgica que canta a la rutina, al paso inexorable del tiempo, y mira con desdén el inminente cambio de siglo que tanta histeria producía entre la población: End of a century, oh it’s nothin’ special. Un estribillo extraordinario, una melodía a la trompeta al más puro estilo “For No One” (una trompa en aquel caso), y un pasaje vocal convenientemente armonizado que nos evocan, irremediablemente, las formas de proceder de aquel fabuloso cuarteto en el ecuador de la década prodigiosa.

Uno de los picos del LP llega con Parklife. Un retrato de la vida de un desempleado que desborda humor y despreocupación por los cuatro costados. Con estrofas narradas por el actor Phil Daniels, será en el pegadizo estribillo donde Damon Albarn retoma el micrófono. El desempleo era un tema recurrente en estos primeros estadios del Britpop. El álbum debut de Suede, de título homónimo, también reflejaba la vida de la juventud británica, ociosa por imposición, hastiada y descontenta con la política del gobierno laborista.

Un acercamiento al punk devendrá en Bank Holiday”, apenas dos minutos de guitarras duras y pesadas, así como voces reivindicativas e irónicas para captar una instantánea de los hábitos sociales recreativos propios de los días festivos. Como una continuación temática de las anteriores se presenta Badhead. El tedio de la juventud vuelve a ser el protagonista de una composición sensible y sofisticada, de guitarras cristalinas y maravillosos arreglos de órgano y flauta que aportan emoción a la pieza.

Dieciséis piezas de las que (casi) ninguna sobra

Un álbum en el que confluyen un amplísimo abanico de influencias que evocan un vasto pasado sonoro, poniendo así de manifiesto la riqueza musical que el pop británico había desarrollado durante las últimas tres décadas.

Llegando al Ecuador del disco nos topamos conThe Debt Collector. Un experimento instrumental de aire lúdico-festivo donde el órgano y la sección de viento son los protagonistas. Un divertimento que resulta irónico ante la realidad social descrita en los cortes precedentes, tornándose casi en chiste las disquisiciones previas. Ridiculizándolas, cargándolas de banalidad, subrayando la idea del disco precedente: ‘La vida moderna es una basura’, dotando de unidad a ambos registros. La experimentación sonora continua en Far Out”, una pista sencilla y prescindible, de tintes psicodélicos que marca uno de los puntos más bajos del registro. La chanson francesa, tan popular e influyente en la década de los sesenta, también tendrá cabida  en To the End”, una balada romántica de esplendorosa orquestación que cuenta con un sensual recitado de versos en francés por parte de Lætitia Sadier, cantante, teclista y guitarrista de la banda británica de post-rock, Stereolab.

La canción estrella del álbum (para el arriba firmante) es sin duda London Loves”, una pieza enorme, repleta de pequeños matices que llaman ordenadamente la atención en su aparente caos. El buscar y recrearse en cada uno de los recursos que edifican esta partitura, con especial incidencia en el ágil juego de guitarras que se desarrollan en las estrofas, no son sino una auténtica delicia para los oídos. Una escueta y minimalista introducción electrónica inicia Trouble in the Message Centre antes de estallar a base de guitarrazos y una potente percusión. Particularmente reseñables son los coros armonizados, los cuales ponen el contrapunto a la atmósfera oscura que irradia el tema.

Un pildorazo post-punk de naturaleza bailable que da paso a un pop barroco que alcanza la sublimidad desde los primeros compases en Clover Over Dover. Poco hay tan maravilloso en este álbum como la combinación entre el clave y la exquisita línea melódica de la guitarra eléctrica, sin menospreciar un ápice, por supuesto, el tratamiento de las voces que contribuyen a colmar el tema de magnificencia.

Un documento musical que recoge el espíritu de su época

Con Parklife, Damon Albarn, Graham Coxon, Alex James y Dave Rowntree alcanzaron su cumbre creativa. Nunca volverían a lograr tal nivel de excelencia y les valdría para ostentar, momentáneamente, el trono del Britpop hasta la llegada de Oasis.

Magic America, por su parte, constituye un canto irónico al siempre deseado sueño americano. Un tema agradable y pegadizo en el que nuevamente introducen algunos recursos experimentales, pero que se antoja bastante simple tras los tres formidables cortes que la preceden. El tema del desempleo vuelve a hacer acto de presencia en Jubilee. Garage rock potente, festivo, para narrar la historia de un adolescente sin trabajo y sin interés por encontrarlo. Un holgazán en toda regla que acaba con la paciencia de su padre. La épica y la melancolía resuenan en This Is a Low”, una panorámica de la geografía inglesa que nos trae a la memoria la estampa de “Penny Lane” que Paul McCartney nos presentaba en 1967.

Sin perder al cuarteto de Liverpool como referencia nos adentramos en la última pista del álbum, Lot 105. Un tema instrumental al órgano, de aires lúdico-festivos, al igual que se disponía con “The Debt Collector” en el ecuador del disco, y que parece evocar, muy ligeramente en el estribillo, el tema “Eight Days A Week”. Un cierre dinámico a la par que simplón que, como ocurría con el otro instrumental del álbum, parece una broma, vista la calidad general que presenta el registro. Esta es, tal vez, la conclusión que nos muestra, de forma amena, las desventuras de la sociedad londinense. Una celebración de la vida británica.

Con Parklife, Damon Albarn, Graham Coxon, Alex James y Dave Rowntree alcanzaron su cumbre creativa. Nunca volverían a lograr tal nivel de excelencia y les valdría para ostentar, momentáneamente, el trono del Britpop hasta la llegada de Oasis, quienes perdieron la batalla, pero no la guerra, de aquel movimiento anglocéntrico que, como ya había ocurrido 30 años atrás con la supuesta rivalidad (orquestada desde los medios de comunicación) que enfrentaba a los Beatles y los Rolling Stones, encaraban a los fans más acérrimos del momento y atraían las miradas más curiosas del resto del mundo. Una batalla de egos que, si para algo sirvió, fue para estimular el mercado discográfico, pues el movimiento estaba agotado y ya se vislumbraba el final en el horizonte. Blur se reinventarían en 1997 abrazando el rock alternativo estadounidense, ese del que tanto habían renegado. Y la verdad, no les fue mal. Pero esa es otra historia.

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