Querido Futuro,

El paisaje político lleva más de 100 días instalado en un estado de novedad constitucional interesante. En cierto sentido, se puede considerar una anomalía que sea el Parlamento el que lidere la vida política, mientras que el Gobierno debe prolongar su situación de en funciones y le corresponde limitarse a la administración de los asuntos ordinarios. Todo nos hace pensar hoy que en tu época nos habremos acostumbrado a situaciones parecidas, porque ya nos parece evidente que entramos en una fase de incertidumbre política desconocida. Y es que estamos acostumbrados a que los Ejecutivos sean fuertes, incluso en los sistemas parlamentarios como el de la Constitución de 1978, en los que hasta la función legislativa ha venido dependiendo en un 95% de la iniciativa gubernamental mediante los proyectos de ley.

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Déjame que te lo diga de otro modo, se parece mucho a cuando en una canción nos encontramos con que la guitarra solista asume todo el protagonismo frente al cantante. Este debe dar un paso atrás y ceder unos compases a quien le ha dado soporte tonal y rítmico. Debe dejar que los instrumentos de la banda «se pongan bajo los focos e interpreten su rollo«, como cantaban los Sultanes del Swing.

Y digo que es interesante porque formalmente no debería ser tal anomalía, pues los Parlamentos, como las guitarras, son los encargados de llevar el tono y el tempo, mientras que la voz ‘recita’ las letras. Pero la realidad es que (¿hasta ahora?) tanto el gobierno como las bandas de rock se ejercían con un fuerte liderazgo personal debido a circunstancias históricas como la división de funciones y el peso preponderante de los medios de comunicación. Dicho de otro modo, desde un punto de vista mitológico, el liderazgo facilitaba a los públicos identificar a quién apoyar y a quién rechazar.

Pero, ¿es que acaso, querido Porvenir, “los tiempos están cambiando”? ¿Estamos ante el parlamento de los millennials, igual que en su día el prog-rock era la música de los hippies? Un millennial, tal y como lo definimos hoy en día, es un miembro de la generación de los nacidos entre 1981 y 2000. También se les conoce como generación Y, sucesora de la X. Su interés actual radica en que en 2025 serán el 75% de la fuerza laboral del mundo y con el rasgo distintivo de que se habrán educado plenamente en la cultura digital, todo ello según Antonio Gutiérrez-Rubí. Y añade, “impacientes y egocéntricos. Han tenido 110% más poder de compra que sus padres pero ahora empiezan a sentir en sus vidas la dureza del desempleo, a pesar de su gran preparación académica. No les gustan los modelos tradicionales, tienen una alergia espasmódica a las jerarquías impuestas y viven con una mentalidad abierta a “vivir la vida” más allá de ganar dinero, simplemente […]. Su principal consumo es el de los contenidos” (en Revista de Estudios de Juventud. Junio 2015. Nº 108). Por su parte, un hippie se conoce como un miembro de aquella subcultura de los años 60. En mi opinión ya ha dejado de ser subcultural de alguna manera, tanto es así que el procesador de textos Word no lo corrige mientras lo escribo. En todo caso, me interesa destacar aquí y ahora que 50 años más tarde su búsqueda de lo auténtico, de la experiencia (como la de la Jimi Hendrix Experience), el folk y la psicodelia han influido mucho en la música que hoy escuchamos como estereotipada.

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Todo esto es lo que me hace pensar que nos encontramos en medio de una encrucijada en el tiempo: los parlamentos (el sistema político) lentamente van dando muestras de haber caído bajo un cierto influjo de los millennials. Y la música cada vez se hace más hippie por un lado, en busca de aquella ‘autenticidad’ de los años 60 de nuestros padres y abuelos, que explica el profesor Covach. Este término hace referencia a la música que expresaba los sentimientos  de su autor. Pero también ha vuelto la veneración de los vinilos, que coexiste con una avidez por el consumo inmediato y el ‘aleatorio canciones’ en streaming, eterno y fulminante.

Uno puede exigir a sus representantes políticos que sean ‘normales’, gente corriente. Y estos, a diferencia de lo que antes creíamos y veíamos, hacen caso y van sin corbata, han estado en el paro y son menores de 40 años. Hablan como nosotros y todo, ¿sabes? Ser normal es extraordinario. Incluso imprescindible. Es cierto que hay mucha  gente que cree que eso es una devaluación del ‘noble arte de la política’, pero si eso no es ya una antigualla, lo cierto es que el parlamento está ya en esta XI legislatura en manos de la generación Y. En estos 100 días se ha podido leer en los medios que en las pasadas elecciones generales se ha renovado el 62% del Hemiciclo y que la media de edad de los diputados y diputadas ha bajado a 47,4 años. Por el lado de la música, entre los vinilos más vendidos están los de música indie conviviendo con los clásicos de los 70, que dieron origen a esta tendencia. Pero los usuarios de servicios de streaming no dejan de crecer: cerca de los 100 millones de usuarios en 2015. En suma, es muy probable que sea precisamente en esta encrucijada, querido Porvenir, de donde surja la nueva música comprometida, las canciones políticas de las que tanto te he hablado. A río revuelto, ganancia de trovadores.

Déjame que regrese a las canciones. Te decía antes que cuando la voz tiene el protagonismo es porque se quieren expresar ideas complejas, codificadas en palabras y en versos. No siempre se logra, pero hablar es comunicar cualitativamente más. Y eso es justo lo mismo que pasa cuando el gobierno, en la evolución de la división de poderes desde la Segunda Guerra Mundial, toma las riendas de la gestión política de la ‘res pública’: la especialización y la complejidad exigen una respuesta muy técnica. De ahí, el cuerpo de funcionarios, como ya te conté aquí. En esos casos no basta con tener representatividad política porque debe complementarse con la capacidad de tomar decisiones eficaces. Como en el modelo energético, sus implicaciones económicas, sociales y ambientales.

Es cierto que la complejidad del mensaje depende de la calidad de las letras y del contexto en el que se interpreten. Y es cierto que también existen canciones mixtas: que unen dos complejidades del cantante (de la letra) y del solo virtuoso. Como el mejor ejemplo, «Comfortably Numb» de Pink Floyd, que tiene dos sellos inconfundibles: el de las letras afiladas de Roger Waters y el de dos solos de guitarra de David Gilmour.

Pero en realidad hay que reconocer que predominan, en el contexto de la banalización de la música, las canciones sencillas en ambas dimensiones, de rápido consumo y de baja autenticidad, pero que como un gobierno eficaz resuelve la necesidad de música para estar con amigos, para pasar el rato o simplemente para bailar, esa temida acción que trajo la música disco.

La conocida frase del filósofo alemán Fiedrich Nietzsche “y aquellos que fueron vistos bailando fueron tomados por locos por aquellos que no podían escuchar la música” me ha recordado en este contexto al epítome de este tema: Steve Jobs. Un hippie con ipod, un modernillo con alma de hippie que era un visionario que cambió el mundo de la música, como el propio Neil Young reconoce en sus memorias. De hecho, querido Futuro, te sonará familiar si te digo que en este contexto millennial, en este cruce de caminos Jobs, como lo describe Isaacson, es como si hubiera hecho sonar una nueva música que no todos pudieron oír al principio.

Puede que aún pasen 20 días más hasta que le parlamento delegue en un nuevo gobierno su capacidad de resolver los problemas. O puede que pasen más todavía. Mientras tanto hay una cosa segura: muchos habrán descubierto el papel del Congreso. Muchos habrán descubierto el sabor de la ‘autenticidad’.

Pero todo esto quizás tú ya lo sepas, futuro.