Aunque parezca extraño, el odio que cualquier persona sensata puede llegar a sentir hacia Donald Trump no supone una conducta en absoluto contemporánea. Ahí donde le veis, este señor se ha tirado décadas y décadas estando de actualidad bien por cerrar tratos millonarios, provocar las subidas del pan a niveles estratosféricos o, cuanto menos, fomentar la masacre indiscriminada de gatitos, de modo que nuestros ataques de ira por las ocurrencias del personaje, inminente precandidato republicano a la Casa Blanca, distan mucho de ser genuinos o espontáneos. Sin ir más lejos, los Rolling Stones y, en concreto, Keith Richards, fueron los primeros en querer ensartar a The Donald con un arma blanca. Y de eso hace casi treinta años.

Los incombustibles rockeros, que recientemente cerraban un show de connotaciones históricas en La Habana, siempre han optado por alardear de una ideología política bastante ambigua y correcta, apegada a las circunstancias. Si había que tocar para los cubanos y continuar así con la apertura del régimen ante sus recelosos vecinos occidentales, se tocaba, al igual que si había que componer “(I Can’t Get No) Satisfaction” porque los tiempos lo demandaban, se componía. Sin embargo, esta preferencia por no significarse demasiado, más que lo obvio y necesario para no parecerse a Ted Nugent, ha sido de vez en cuando dejada de lado en función a propósitos superiores, como podría ser el defecar sobre la estampa del celebérrimo millonario siempre que se tenía ocasión.

La próxima vez habrá un concierto especial aquí, en el Foro Sol. Vendrá Pink Floyd presentando «The Wall», y tendremos a Donald Trump como invitado”, dijo un Mick Jagger encantado de conocerse durante un concierto en México. Sus palabras causaron furor y es que, por muy pedestre que fuera el chiste, la idea de colocar un muro entre México y EE.UU que tuvieran que financiarse los propios los mexicanos no precisaba de mofas mucho más elaboradas para hundirse. “¿Os imagináis al Presidente Trump? Una pesadilla, pero podría suceder. Es otra de las cosas maravillosas de este país”.

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Donald Trump, rock and roll star

Ahora bien, ¿a cuento de qué viene esta tirria? ¿No es una actitud un poco hipócrita? Donald Trump, entre otras muchas cosas, es un hombre enérgico, que dice lo que quiere, cuando quiere y pese a quien pese, y que cual vampiro de hiperbólico tupé se alimenta de las pasiones primarias e irrefrenables de miles de descerebrados. En otras palabras, Donald Trump es una estrella de rock. La última gran estrella de rock, podría decirse.

Esto podría justificar de por sí lo mal que suele caer nuestro hombre dentro de los apolillados círculos rockeros. Su condición de outsider, ídolo de masas, pero outsider al fin y al cabo, le ha de indisponer con todos esos artistas veteranos que ya peinan canas y siguen girando únicamente por inercia. Pura envidia, sin duda, que los citados abueletes han conseguido disimular con argumentos jurídicos de peso: ¿pues no va Trump y utiliza sus canciones en muchos de sus rancios y desquiciados mitines ahí a pelo, sin su permiso? ¿Cómo se atreve? Neil Young, Aerosmith, R.E.M. “Rocking in the free world”, “Dream On”, “It’s The End Of The World As We Know It (And I Feel Fine)”. Encima, el bastardo tiene buen gusto, y sentido de la escenografía. No le hace falta ni saber tocar.

No use ni la música ni mi voz para su estúpida locura de campaña”, pidió Michael Stipe muy afectado. La reacción de Steven Tyler no fue mucho más comprensiva, y eso que él y Donald son amigos en la vida privada y de vez en cuando se van a ver juntos películas de Michael Bay, o al menos eso nos gusta imaginar. En cuanto a Neil Young, éste sólo meneó la cabeza con afán reprobatorio para, a continuación, seguir en su empeño de grabar como cuatro discos al año.

Pobre Donnie (vale, mejor no le volvemos a llamar así). Repudiado e insultado por sus compañeros de bambalinas, acusado de apropiación indebida, marginado al ostracismo de la alta burguesía rockera. No nos negaréis que tiene motivos para estar tan cabreado y decir cosas tan feas. Ni siquiera ha podido conseguir que Bruce Springsteen le dedique una canción (ya había fichado por los demócratas). Ni siquiera le dejan usar ya temas de los Rolling Stones. Su vida está perdiendo musicalidad a velocidad vertiginosa y, poco a poco, sólo va quedando ruido en ella.

Atlantic City, 1989. Se masca la tragedia

Al comienzo del artículo aclarábamos que el odio hacia Trump (injusto y lleno de doble moral, como esperamos haber justificado convenientemente), proviene de tiempos bastante anteriores a que no fuera descabellado pensar que este tío podría acabar dominando el mundo. En lo que respecta específicamente a la comunidad rockera, el millonario ya protagonizó en 1989 una escena colosal que le enemistaría por siempre con los Rolling Stones, sin que dicho incidente le disuadiera en lo sucesivo de utilizar los temazos de la banda para ambientar sus discursos. Porque, para The Donald, lo importante ha sido siempre la música.

Michael Cohl era por entonces el productor de la gira “Steel Wheels”, un hombre experimentado en lidiar con cualquier clase de ego, y que a lo largo de su prolífica carrera trabajaría con artistas tan variopintos como Michael Jackson, U2 o Barbra Streisand. A la hora de planificar los conciertos de Mick Jagger y compañía, Cohl acabó viéndose inmerso en un épico duelo de voluntades que haría temblar la Tierra y cambiaría la historia del rock and roll para siempre. Bueno, igual estamos exagerando un pelín, pero lo que importa es que se lió parda.

Desde un principio se planeó que el tour pasara por Atlantic City, donde Cohl no tardó en comprender, horrorizado, que no había demasiados garitos disponibles en los que tocar, o al menos garitos que pudieran permitirse tener a una banda con el estatus y el poder destructivo de los Rolling. Tras unas cuantas e infructuosas pesquisas, el atribulado promotor descubrió que el Trump Hotel and Plaza Casino era el único centro que podía hacer frente a los gastos… el único problema radicaba en que, exacto, se trataba del Trump Hotel.

En aquella época nuestro hombre ya amasaba una fortuna considerable y, lo que es más importante, ya era un tipo tan rancio, facha y encantador como el que podemos observar en estado silvestre a lo largo de nuestro glorioso día a día. Por ello, la contestación de Keith Richards a la propuesta fue ni más ni menos que la esperada: un sucinto “Que te jodan” ante el cual, sin embargo, Cohl no se amilanó. “Controlaré a Trump, no tenéis de qué preocuparos”, aseguró, probablemente sin saber muy bien lo que decía.

Verse vinculados a Donald Trump figuraba, muy probablemente, a la cabeza de la lista de cosas que a los Rolling Stones les daba muchísimo por saco hacer, pero a expensas de un fatigoso encaje de bolillos, Michael Cohl acabó dando con una alternativa: la banda tocaría en el Trump Hotel, sí, pero con la condición de que el millonario no asomara el careto durante toda la noche, manteniéndose ocupado tirándose a alguna prima o algo, en eso los británicos no se meterían. Todo parecía arreglado, y Cohl estaba seguro de que pronto todos disfrutarían de un gran espectáculo. No se equivocaba.

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Michael Cohl frente al caos

Horas antes del concierto, Jagger y compañía tenían programado un encuentro con la CBS dentro de la sala de prensa del hotel, adonde se encaminaron voluntariosos y con la conciencia tranquila: no se habían topado con cierto millonario desagradable en toda la jornada, y ya ni siquiera se acordaban del nombre del lugar al que pronto bendecirían con sus decibelios.

Cuál fue su sorpresa al encontrarse, en esta misma sala, a nada menos que Donald Trump, que había acabado pasándose las advertencias de Michael Cohl por la frontera de Texas, y pensado que era buena idea celebrar un encuentro con los periodistas a esa misma hora y ese mismo lugar. La cara del traicionado Cohl pasó por un amplio abanico cromático en lo que trataba de mediar palabra, bastante más tiempo del que necesitaron los Rolling para montar en cólera y negarse a actuar. El promotor de la gira se dirigió entonces a ambas partes, confundido y sin dejar de farfullar, hasta que Keith Richards se aclaró la garganta y un puñal, que nadie supo muy bien de dónde había sacado (pero cuya existencia tampoco sorprendió demasiado), apareció en su mano. “O Trump o nosotros”, dijo con mucha calma, para a continuación clavarlo en la mesa y provocar cierta y comprensible inquietud en todos los presentes.

El gesto tampoco le pasó desapercibido a Donald Trump, consiguiendo que su irritación por verse tratado así en su propio hotel alcanzara proporciones épicas. Tratando de hacer caso omiso al cuchillo, Cohl siguió hablando en tono razonadamente civilizado con el millonario, haciéndole recordar sus promesas, e interesándose ya de paso por su estado de salud mental. No es muy prudente desafiar a un Rolling Stone armado, ¿no crees, Donnie? La tensión de la escena era inconmensurable, y Richards cada vez tenía menos ganas de resistirse a la tentación de cortarla con un cuchillo. Cuando Trump montó en cólera, el guitarrista esbozó una sonrisa pendenciera y se colocó en posición de combate.

“¿Quiénes os creéis que sois?”, gritó el millonario. “¡Todos vosotros no valéis nada! ¡He sido promotor de peleas de Mike Tyson!”, añadió, queriendo intimidar a Richards con la sola fuerza de sus palabras. Viendo que el semblante tranquilo y mortífero del Rolling no variaba ni un ápice, The Donald pasó a la artillería pesada, y luego de una señal apenas perceptible tres hombres de abrigos largos, que previamente habían estado disfrutando de lo lindo con la escena, dieron un paso adelante. Cohl, acaso la única persona de la sala que no había esnifado cocaína en las últimas tres horas, advirtió que uno de ellos se frotaba un puño americano, y no le cupo duda de que la sangre llegaría al río a no ser que hiciera algo.

Con movimientos espasmódicos, el promotor de la gira, y acaso el gran héroe de nuestra historia, desenfundó el walkie-talkie y llamó a Jim Callahan, jefe de seguridad. “Jim, tenemos un problema”, dijo a través del aparato, muy grave y cinematográfico. “Date la vuelta”, le respondió la voz de Jim, acaso el segundo gran héroe de nuestra historia. Cohl se giró, y descubrió que habían irrumpido en la sala hasta 40 empleados de la gira, todos armados con palancas, palos de hockey y destornilladores. Una vez formados los bandos, sólo podían o emprenderla a sopapos o cantar algún tema de West Side Story, pero la abrumadora desventaja numérica acabó convenciendo al millonario de que lo más sensato era darse el piro y dejar que tocaran el maldito bolo. Y así fue cómo Donald Trump fue expulsado de su propio hotel por los Rolling Stones y un ejército de irreductibles pipas.

La hora de la revancha

Años después, es posible que a Donald Trump siga doliéndole el haber salido derrotado de tan fiera y desigual batalla, pero sólo es una más de las frustraciones largamente empolladas sobre las que cada día a día se parapeta en su misión de hacer del cabreo una cuestión nacional. “You Can’t Always Get What You Want”, llegó a sonar en sus mitines, como una dolorosa y autoimpuesta penitencia, antes de que Richards volviera a amenazar con tirar del pincho. También le han prohibido poner “Sympathy for the Devil”, lo cual es sin duda la mayor lástima de todas (al menos atendiendo a una lectura poética), y la que acaba por configurar a este prohombre neoyorquino como una figura tan incomprendida como obscenamente vilipendiada.

Pero que los viejos rockeros sigan reclamando lo que es suyo, que sigan, debe de pensar Trump en uno de sus, escasos pero cegadores, momentos de lucidez. Que sigan con sus insultos, sus pataletas, sus chillones desplantes. The Donald, en realidad, en el fondo, se ríe de todos ellos. Porque sabe que el tiempo de esos pobres y románticos rockeros ha terminado, y que ahora, amenazador e inexorable, empieza el suyo. Que Dios nos asista.

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