Lo cierto es que todo lo que anticipaba al último disco de Love of Lesbian olía mal. Espantosamente mal. Aun sin tener en cuenta las canciones ya reveladas, nos encontrábamos frente a un grupo plenamente consolidado al que un cierto agotamiento creativo, ligeramente perceptible en su anterior trabajo (“La noche eterna. Los días no vividos”), empezaba a hacer mella. No es que este último no fuera un buen disco, o que “Nouvelle Cuisine Caníbal” no supusiera la excusa perfecta para pasarse el verano de un festival para otro, si es con playa mejor, pero ellos mismos parecían ser conscientes de que era necesario darle un giro a su carrera. Gracias a la sempiterna inteligencia que ha hecho de Santi Balmes una de las mentes más preclaras de panorama nacional, el grupo no tardó en encontrarse en la tesitura de renovarse o morir.

Por suerte, al contrario de lo que ha pasado con artistas como Vetusta Mora, Nacho Vegas o Amaral, los Lesbianos no optaron por lo más facilón a la hora de dar el giro: la realidad social les rentaba como medio del que partir, pero no contra el que enfrentarse, y “Mal español” sólo fue un simulacro de lo que podrían haber sido si no fueran ellos (un simulacro, para el que esto suscribe, extremadamente divertido). Descartada la idea de iniciar un pop combativo y consagrado con una causa política potencialmente marchita, quedaba la opción de abstraerse aún más, y en base a este onanista escrutinio, simple y llanamente, experimentar.

No deja de ser un paso lógico, y uno que podría llegar a salir bien. Por qué no. Intentemos dejar el escepticismo de lado y démosle un voto de confianza a los hacedores de joyas tan poco evidentes como “Mon petit cabroin”, “La parábola del tonto” o las instrumentales chorras de “La noche eterna. Los días no vividos”. Una vez escuchados los adelantos, con gran desazón, insistamos aún así en ser receptivos, en desear que llegue el 4 de marzo para volver a disfrutar de uno de nuestros grupos favoritos, que presentan “El poeta Halley” envuelto en una portada tan hortera y de tan mal gusto que, por fuerza, ha de ser graciosa.

Multitud de escuchas después (aunque seguramente no tantas como merece) sólo podemos estar seguros de que la movida, sin embargo, no tiene demasiada gracia, y de que esta gente no es todo lo infalible que le gustaría a sus seguidores. Lo cierto es que para ser vanguardista hay que valer, hay que tener algo que decir y escoger el modo más eficaz de decirlo sin darle demasiadas vueltas, mediante la pura intuición: en el caso de Santi Balmes y los suyos, aunque vayan sobrados de talento y de sabiduría pop, pensárselo todo demasiado les ha acabado pasando factura. Comprobemos por qué, defendámoslo, y dejemos las acusaciones de ranciedad, reaccionarismo o fascismo para el final, si se me concede esa clemencia.

love-of-lesbian-el-poeta-halley-2

Por suerte, al contrario de lo que ha pasado con artistas como Vetusta Mora, Nacho Vegas o Amaral, los Lesbianos no optaron por lo más facilón a la hora de dar el giro: la realidad social les rentaba como medio del que partir, pero no contra el que enfrentarse.

Planeador. “La noche eterna. Los días no vividos” tenía el día y la noche como telones de fondo en los que vernos retratados. “1999”, la nostalgia romántica con la que ídem. “Cuentos chinos para niños del Japón”, la música. “El poeta Halley”, aunque sólo fuera por tener un juego de palabras tan pedestre como título, también necesitaba su concepto, y éste parece haber acabado siendo la creación literaria/poética. O, lo que es lo mismo, Santi Balmes haciendo tiempo sacándose bolitas de ombligo mientras se le ocurre algo mejor. El primer corte, que confirma que Love of Lesbian siguen sabiendo cómo empezar un disco, se centra en algo tan mutable e ingrato como la inspiración, un ente en constante movimiento que nos es introducido entre acordes acústicos y, por tanto, íntimos. Los genios nos abren su corazón, y acto seguido irrumpe la parafernalia habitual de sintetizadores, guitarras eléctricas y melodías pegadizas. Todo suena auténtico, porque es cierto que nadie más que Santi Balmes podría haber escrito unos versos así, y resulta igualmente cercano, pese a lo grosero de la introspección. “Que alguien me salve, a veces despierto y soy yo”; anda que no jode cuando pasa eso. De primeras cabe preguntarse por qué no fue escogido este tema como single de adelanto, dada su indudable efectividad, y ya de segundas pues lo que siempre pasa con un temazo de estos tíos: que te lo escuchas una y otra vez, con un asombro siempre creciente, y te acabas aprendiendo contra todo pronóstico ripios del cariz de “Y por razón de fe condenaron mis hogueras a morir mojadas vivas y aún gritaban más madera”. Estos tíos siguen teniendo su mojo, a quién queremos engañar.

Pero claro, justo después viene Bajo el volcán, una canción que a día de hoy me sigue teniendo muy descolocado, y aquí ya el escepticismo empieza a aflorar, mientras la burla aguarda paciente el turno. Qué demonios ocurre con “Bajo el volcán”. Veamos. Para empezar, me atrevería a decir que las metáforas meteorológicas suelen ser dos de cada tres veces como los símiles marítimos: un coñazo. No en vano hablamos del tiempo cuando no sabemos de qué hablar, queridos: tanto mentar huracanes, volcanes, presiones de aire, isobaras o precipitaciones moderadas va a acabar desembocando en una letra que es la quintaesencia del pché, y como Santi Balmes ya ha dicho por activa y por pasiva que en “El poeta Halley” la música está enteramente subordinada a la lírica pues sí, ya la tenemos liada. Uno escucha esta lindeza y se imagina a toda la tropa metida en el estudio durante una tarde de éstas de primavera en la que lo mismo te constipas, con una pizarra llena de frases guays (“Cerramos aeropuertos, desviamos los aviones del perdón”, guau, pedazo camiseta que nos va a salir), dibujitos de accidentes orográficos con ojos, y de pronto Julián gritando “Eh, mirad qué punteo más a lo Dire Straits me ha salido”. Total, una cosa demasiado calculada, sobreelaborada, nada genuina, de la que lo mejor acaba siendo el videoclip marciano de rigor. Algo es algo.

Descartada la idea de iniciar un pop combativo y consagrado con una causa política potencialmente marchita, quedaba la opción de abstraerse aún más, y en base a este onanista escrutinio, simple y llanamente, experimentar.

Cuando no me ves sobrevive al hecho de que rimen “metáfora” con “ánfora”, por lo que, forzosamente, tiene que ser buena. Y sí, lo es. Los Lesbianos esta vez sí que se creen que han hecho una buena canción, sin necesidad de calcular la dirección del viento ni nada, y sin tan siquiera idear un estribillo memorable: hay veces que se da por supuesto, y “Cuando no me ves” suena dolorosa, emotiva, acertada, y enérgica, con esos incansables teclados y ese vocalista que pocas veces ha sonado tan desesperado y vulnerable. Sólo entristece, al cabo, que para conseguirlo se hayan necesitado de toneladas de versos con las que blindar el mensaje, y he aquí el gusto por la lírica ornamental como uno de los grandes males del álbum, reiterado en Los males pasajeros, que ni siquiera estaban totalmente seguros de querer incluir en el disco. La escritura de Balmes ha llegado a ser tan barroca, tan enconada su búsqueda del más difícil todavía, que claro que puede ser admirada y respetada, pero poco más. Todo parece impostado, una ristra de palabras hermosas unidas entre sí sin acierto ni relato, en otra canción donde cuesta entrar muchísimo, y de la que sólo al cabo de mucho tiempo vislumbras parte del encanto de ese estribillo, casi entrañable en su (supuesta) modestia, y de esos parapaparás del final que tratan de inyectarle algo de pop a algo que sólo es, en varios sentidos, dolor congelado: un cuadro bien hecho al que no te apetece demasiado acercarte para examinarlo mejor, sabiendo que de ese modo sólo lo verás desde más de cerca, y en ningún caso se te habrá escapado algún detalle.

Un bajón total que es rápidamente paliado por, atención, el señor pepinaco del álbum: «I.M.T. (Incapacidad Moral Transitoria)«. Finalmente, los de Barcelona se dejan de tonterías y abrazan la fiesta, lo primigenio, la ambición enfocada a ese escenario desde el que se ha de entender todo, y donde no es casual que la palabra “euforia” sea la que se más se repita y experimente. “¿Por qué me siento extraño? Como la mantis que al final, por no oír, su cabeza perdió”. Todo encaja como un guante, todo parece que se le va ocurriendo a Balmes sobre la marcha, sin sentir la necesidad de ganar el Nobel de Literatura con cada verso: “Ya sabes que el sabor nunca ocupa lugar”. Una canción que habla del placer sin remordimiento y que, en efecto, se encuentra totalmente subordinada a esto mismo.

En el caso de Santi Balmes y los suyos, aunque vayan sobrados de talento y de sabiduría pop, pensárselo todo demasiado les ha acabado pasando factura.

Y tras algo tan genial como “I.M.T.”, el horror. EL HORROR. Con mayúsculas. El esforzado letrista se encuentra aquí con la horma de su zapato, y echa el resto en este truño que no hay por dónde coger, y que acaso suponga lo peor que ha escrito en toda su etapa hispanohablante (sí, “Radio Himalaya” tenía tela también, pero al menos te acababas riendo). Es En busca del mago, damas y caballeros: la historia del pájaro inmortal al que un mago moribundo, tras abrir las ventanas, le dijo “un nuevo mago encontrarás, si con los ojos miraras”. Por si esa rima no fuera suficiente para condenarle a trabajos forzados en una planta procesadora de reggaetón, el resto de la letra redunda en lo mal día que tuvo Santi, contando una historia que carece de enjundia, mal narrada y de ritmo defectuoso (con encima multitud de silencios como para hacerte creer que el pájaro ya se ha ido a incordiar a otra parte, y acto seguido recordarte que el muy desgraciado todavía se está pensando si abandonar la jaula o no). La música discurre por terrenos similares, y el corte sorprende por su militante mediocridad en medio de un disco que igual hasta entonces no estaba siendo muy bueno, pero en el que desde luego las letras no eran lo peor. Con Océanos de sed, lamentablemente, la cosa no mejora. Un tema que suena artificioso y enlatado, donde las voces dobladas parecen haberse escapado de una gasolinera que pone jits de Camela las 24 horas del día y que, por si no fuera bastante desolador de por sí, tiene la poca vergüenza de ni siquiera ser consciente de lo malo que es (porque ya me diréis si no a qué vienen esos lalalás, involuntaria bomba de humo). La idea, supóngase, es que le asociemos a la pedestre producción extrañas figuras espaciales a lo Verhoeven, para sólo conseguir que, si es cierto que en el espacio exterior no se transmite el sonido, nos preguntemos que qué porquería de rigor científico es ésta. Maldición.

Desde luego, esto no va bien. Quiero decir, Balmes es un maestro de la sintaxis y ha incurrido en ocasionales y punteros aciertos, pero el nivel está asombrosamente bajo para tratarse de un disco cuya portada reza Love of Lesbian (sí, en serio, encima del monigote ese, volved a mirar). El siguiente corte dura la friolera de casi diez minutos, y tras los disgustos anteriores es que no, no te sale tener curiosidad. Aún así, vaya, Psiconautas empieza bastante bien. “Qué insolente es la mañana que nos regala el Sol”. Jeje. Es que sólo se les ocurre a ellos.

Mucho tiempo después, has comprendido que “Psiconautas” es otra canción problemática, pero muchísimo más respetable que los dos despropósitos anteriores: aquí se la han jugado a fondo y, como mínimo, hay que respetar eso. La canción más experimental, difícil y larga en la que se han embarcado nunca… al menos hasta que te das cuenta de que sólo han cogido dos y las han pegado. Sin problema con eso, anda que no lo han hecho veces los Beatles o Pink Floyd; lo chungo radica en que la primera parte es sublime, un prodigio melódico y lírico, mientras que la segunda es más, digamos, complicada. Cuenta con una base contundente y original, digna de ser tarareada y de emocionar, pero la repiten tanto, se empeñan en ralentizarla hasta consecuencias tan salidas de madre, que sí, que ocurre lo inevitable. Que esto es demasiado largo. Y aburre. Y que no se me interprete mal, hay momentos sublimes, pero si hubieran parido algo de este estilo en un disco anterior habrían sabido aplicar la tijera, más que nada porque se habrían hecho preguntas, y hubieran conseguido dar forma así a un tema icónico, y no simplemente interesante. Un redactor, pese a todo, sigue tratando de entenderla, encontrar en ella algo que se le pasara desapercibido, y que hiciera menos gratuito todo este viaje psicológico durante el cual es imposible distraerse pensando en alguna cosa aleatoria, como, por ejemplo, en los ojos tan bonitos que tiene Santi Balmes. Aunque igual ésa era la intención, vaya usted a saber, en 10 minutos te da tiempo a pensar cualquier puta cosa. Como en lo mucho que echas de menos los primeros tres, también.

Los Lesbianos se han alejado tanto de la Tierra en busca de la creatividad por el espacio desconocido que éste ha acabado siendo, irremediablemente, un lugar vacío, como diría Bunbury.

Canción de bruma. “Canción de bruma” es un rollazo. No hay mucho más que decir. Es la canción más cortita del álbum, y se hace más larga que “Psiconautas”. Enésimo patinazo. ¿Podemos dejar de hablar de “Canción de bruma”? Gracias. Pasamos a Contraespionaje, y más o menos a la vez recordamos que es de Love of Lesbian de quienes estamos hablando. Ya fuera por autoconsciencia, sabiendo el momento tan lamentable por el que pasaba el elepé, o por simple intuición, el grupo sabe que necesita un pepinaco como sea, cuanto antes, y “Contraespionaje”, gracias a Orión, lo es. Menos festivo y delirante que “I.M.C.”, eso sí, pero un pepinaco con todas las letras: impactante, pegadizo, cercano. Luego de siglos congelado en carbonita, Santi Balmes vuelve a hablarnos de tú a tú, permitiéndonos a partir de ahora cantar “Septiembre vuelve a buscarme” cada vez que tengamos uno de esos días. Love of Lesbian vuelven a ser lo que eran en una canción que ya huele a clásico, sin puentes ni cambios de ritmo complicados, acabando cuando tiene que acabar, y alcanzando por fin la perfecta comunión entre letra y música. “Es la vida, imbécil”; sí, lo sé, esto es bueno.

El Yin y el Yenparte con unas ganas similares de gustar de primeras, y tengo constancia de que para muchos lo ha conseguido. En cuanto a aquél que tan medio vacíos ve siempre los vasos, pues qué queréis que os diga: sólo consigue que cobre fuerza la idea de que la banda ha perdido el pulso. Con la pretensión de ser un “Algunas plantas”, un “Villancico para mi cuñado Fernando”, o un “El ectoplasta” revisited, “El Yin y el Yen” se queda a medio gas, con estribillos coreables pero no por ello memorables, y letras encantadas de haberse conocido a sí mismas. Muy hija de su disco, la verdad.

En «El poeta Halley» continúa habiendo talento, música también la hay, a ratos, pero el regusto final, aun con la inclusión de cierto poema que nada tiene que envidiarle a los recitales de “1999-2009”, es amargo.

Con El ciclo lunar de Halley Starencaramos la recta final del álbum, con un mosqueo presto a tomar forma debido al grave déficit de temazos. Le llega al turno a una canción poseedora de momentos de gran fuerza (ese catártico “siento mi ciclo lunar”), pero que vuelve a resultar ajena y críptica; los Lesbianos se han alejado tanto de la Tierra en busca de la creatividad por el espacio desconocido que éste ha acabado siendo, irremediablemente, un lugar vacío, como diría Bunbury. Ahora además insisten con la que, vista en perspectiva, puede ser la canción más dolorosa del álbum, porque no es mala en absoluto, pero sí tan exterior a ti, tan inaprehensible… como si Love of Lesbian se marcharan de nuestro lado para siempre, como un Ziggy Stardust al que se le ha acabado la libido. ¿Y ahora qué? ¿Estamos solos?

Debió de ser por entonces cuando Candela, una de esas fans locas que aún no han asimilado que el 2009 ya pasó, convenció a su padre de que se diera un garbeo por el estudio y les echara un cable a los colegas. Porque, aunque nunca lo admitirían, lo necesitaban. Y cómo. Julián aún seguía dándole vueltas al punteo de “Bajo el volcán”  (“cómo lo he petado”, decía de cuando en cuando con sonrisa traviesa), en el momento en que Joan Manuel Serrat comenzó a recitar el poemilla que le había pasado Santi en una servilleta con voz paternal y arbórea. “Acojo en mi hogar palabras que he encontrado abandonadas en mi palabrera…”. Y ya está. Tan fácil como eso. Salvados.

Love of Lesbian son tan buenos empezando y acabando los álbumes que da hasta rabia. O sea. A ver quién es el guapo que dice que El poeta Halley es un mal disco con un final así, proporcionado por la canción homónima. Es como si se hubieran reservado lo mejor para ahora, como si antes no se hubieran esforzado un carajo (sabemos, empero, que sí, y demasiado), y el señor vocalista hubiera obtenido su obra maestra a base de retorcerse las neuronas y desdeñar muy jocosamente la página en blanco. Así, las rimas son extremadamente curradas, al igual que en todo el elepé precedente exceptuando pájaros, magos y otras bestias, pero en esta ocasión, ya sea por tirar del juego de palabras nivel experto o porque verdaderamente son maravillosas, te llegan. Y cómo. La instrumentación se complace en ser un mero colchón aquí, sin por ello olvidar ser delicada y sugerente, enmarcando una voz lanzada a los requiebros melódicos que no necesita utilizar los estribillos como parapetos, en un crescendo lírico que sorprende constantemente por su ingenio y sus imágenes. Y cuando todo empieza a cobrar sentido, cuando empezamos a tener la certeza de conocer al auténtico poeta Halley, viene Serrat, y nos lo confirma. La creación, la poesía, era esto.

Qué bien funcionas como recuerdo”. Ésta es la resignada conclusión de Santi Balmes, encarando una trayectoria de la que quizá ya hayamos presenciado lo mejor, pero que no por ello ha de desanimarnos y ponernos tristes. Total, vivimos el tiempo de la nostalgia, del desprecio aterrado al presente, y el pasado no deja de ser un lugar comodísimo donde descansar y protegerse. En Love of Lesbian son conscientes, al fin y al cabo, de que ya nos tienen ganados desde que un día nos preguntaron, cómplices, si sabíamos adónde habían vuelto hoy. En lo que respecta a ahora mismo, la verdad es que no parecen saber muy bien dónde se encuentran, pero no debería suponernos demasiado esfuerzo tratar de averiguarlo en su compañía.  

Love of Lesbian – El Poeta Halley

LOVE OF LESBIAN

6.0

ES_Listen_on_Apple_Music_Badge_061115Get_it_on_iTunes_Badge_ES_0209

A Love of Lesbian les había llegado el momento de experimentar aprovechando la situación tan cómoda en la que se hallaba su carrera, y como siempre han sido mucho del ahora o nunca, han metido todas las idas de olla y cada hallazgo gramatical que se le haya pasado por el cerebro a Santi Balmes dentro de un único continente que en numerosas ocasiones parece no dar más de sí. Continúa habiendo talento, música también la hay, a ratos, pero el regusto final es amargo. Otra vez será.

Up

  • El cuidado depositado en las letras es casi siempre excepcional: una obra de ingeniería cuyo fin último es llegar a “El poeta Halley”, para acabar superándose del todo.
  • En esa línea, sí, “El poeta Halley” feat. Serrat. Estremecedor.
  • La voz de Balmes, dúctil y polifacética.
  • La valentía de la propuesta.

Down

  • Disco experimental prototípico: exceso, gratuidad, extrañeza, y finalmente aburrimiento.
  • Producción desigual y demasiado abigarrada en ciertos temas.
  • Duración absurda.
  • Lo ensimismado e inaccesible de muchas de las letras.
  • La parte central del disco, que es realmente difícil de soportar. Nos costará mucho perdonarles algo como “En busca del mago”.

1 Comentario

  1. Discrepo bastante con «en busca del mago». En mi opinión, o no has visto la metáfora, o no la has querido ver, o quizás la has visto y no te ha gustado, pero no me pareza para nada tan simple y »horrorosa» como la pintas.

    Un saludo.

Comments are closed.