Al igual que a las selectivas mujeres que aparecen en los cortes publicitarios de Meetic, me gusta que me sorprendan. Valoro como se merecen los detalles de buen gusto y agradezco los esfuerzos por agradarme. Y, aunque he vivido grandes experiencias tras conceder segundas oportunidades, siempre me encuentro con alguno con el que no termino de conectar, ya sea por malinterpretar sus intenciones, o por tener que aguantar la misma perorata autocomplaciente de siempre. Estoy hablando de grupos, por supuesto. En este particular trasiego de bandas entre mi corazón melómano y la papelera de reciclaje, quiero destacar el caso de Fat White Family.

Lo mío con los británicos ha sido un quiero-y-no-puedo desde el principio. Y eso que los Fat White cuentan con una serie de atributos que, a priori, debería hacerles ingresar de manera inmediata en mi lista de bandas muy recomendables: inmadurez, sonido desenfadado que parte del punk, actitud subversiva, toques kraut ligeramente experimentales, espíritu nihilista… pero ni con esas. La cosa empezó mal desde el principio; he de decir que las (malditas) expectativas jugaron en su contra desde que pulsé el play de “Champagne Holocaust” hace dos años y medio. Supongo que expresiones como ‘rompedor’, ‘transgresor’, ‘original’ o, mi favorita, ‘lo más fresco que he escuchado en el rock desde que apareció Nirvana’ no siempre forman una buena carta de presentación cuando te aproximas al primer trabajo de una banda. En mi caso, esas afirmaciones crearon unas esperanzas que se situaban por encima de lo que la banda podía darme creando, como en todas las grandes crisis, una burbuja que explotó en la primera escucha. No obstante, reconozco que la banda tiene su gracia (pese a que casi nunca pille el chiste) y que su propuesta, aunque lejos de ser insólita, sí que destaca entre la amplia mayoría de bandas británicas independientes de la actualidad.

A pesar de todo, aún confiaba en poder hacer las paces con Fat White Family y esperaba de este “Songs For Our Mothers” el definitivo puñetazo en la mesa, la vuelta de tuerca que les confirmara como la transgresora banda británica que muchos decían que eran. Un servidor no ha visto a esos Fat White Family por ninguna parte. El nivel ha sido, como en su debut, ‘solamente’ aceptable y estilísticamente no ha habido ningún viraje inesperado, sólo una simple reafirmación de lo que ya habían sugerido treinta y pocos meses atrás. Parecen, por momentos, algo más centrados, y conscientes del disco que quieren hacer, o eso me parece entender. No obstante no creo que estemos ante un disco de madurez (imposible tratándose de esta tropa) ni tampoco estoy seguro de que la jugada les salga todo lo bien que creen.

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Este disco ha supuesto el desarrollo de una rebeldía que no termino de creerme y la adopción de unas formas transgresoras demasiado forzadas.

Arrancamos con “Whitest Boy on the Beach”, seguramente el corte más acertado del LP. Cuenta además con un vídeo que retrata a la perfección el significado de la banda, tratando de forma satírica el nacionalsocialismo. De las pocas ocasiones en las que consigo entrar en su juego y salir sin cara de desconcierto. En lo musical, se trata de un kraut-pop repetitivo y cautivador. En “Satisfied” vuelven a apostar por las melodías canturreables (en detrimento del ruidismo) y las cajas de ritmos que cobran un mayor protagonismo en este segundo trabajo. En esta ocasión abandonan la sátira para cargar contra el consumismo propio de la sociedad capitalista.

Love is the Crack” es uno de los temas que podrían aparecer en su anterior referencia y que mejor definen el estilo del conjunto. Los londinenses se afanan en dar una imagen sucia, depravada y oscura que buscan no sólo mediante referencias al sexo, las drogas y los extremos ideológicos, sino también a través de estridentes sintetizadores, ritmos desdibujados y guitarras distorsionadas. En ocasiones se les va mano tratando de alcanzar esa ‘psicodelia postapocalíptica”; episodios como “Duce” dejan patente esto último. Parece como si pretendieran ser más raros de lo que realmente son y, en aras de recargar y retorcer su sonido, llegan a soltar piezas tan irrelevantes como ésta. Qué va tíos, no sois tan innovadores como pensáis.

El nivel es, como en su debut, ‘solamente’ aceptable y estilísticamente no ha habido ningún viraje inesperado, sólo una simple reafirmación de lo que ya habían sugerido treinta y pocos meses atrás.

Con “Lebensraum” vuelven las referencias al Tercer Reich, esta vez en forma de nana surfera. Igual es culpa mía por no entender al grupo, pero juraría que todo este collage fascista no persigue un objetivo determinado más allá de la simple provocación y búsqueda de una sensación de incomodidad en el receptor. La verdad es que a mí termina cansándome esa forma tan poco sutil de demostrar su incorrección política. La canción empieza a volverse la misma de siempre en “Hits, Hits Hits”, de nuevo una jam cercana al kraut que juega al lo-fi pop. ¿Te has quedado con ganas de más? Estás de enhorabuena, ya que salvo leves matices “Tinfoil Deathstar” ofrece lo mismo que su predecesora. “When Shipman Decides” recupera ese espíritu de la canción de cuna cubierta de un barniz lisérgico e inquietante, pero, en líneas generales, no es gran cosa.

Con un título que llama a la agitación y el levantamiento, “We Must Learn to Rise” no es para nada la típica canción punk revolucionaria. A pesar de seguir los derroteros de otras pistas del álbum (en especial la fatídica “Duce”) posee un planteamiento y resolución más interesante que la mayoría de temas de “Songs For Our Mothers”. La oscuridad vuelve a ser un recurso bien empleado en “Goodbye Goebbels”. Un closer de lo más raro, los Fat White Family se despiden hasta otra ocasión con una extraña y nostálgica balada country que tiene como trasfondo el hundimiento del Tercer Reich.

Como decía, mi relación con Fat White Family no empezó bien y este “Songs For Our Mothers” no ha terminado de arreglarlo. En lugar de tirar por su faceta más punk (que la tienen) se han perdido demasiado en experimentos que, en mi opinión, les quedan demasiado grandes. Al final, este disco ha supuesto un desarrollo de la parte que menos me gustaba de ellos: una rebeldía que no termino de creerme y la adopción de unas formas transgresoras demasiado forzadas. Espero que en futuras referencias descubran que se les da mejor provocar un pogo que imitar a Amon Düül.

Fat White Family – Songs For Our Mothers

FAT WHITE FAMILY

5.8

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“Songs For Our Mothers” no termina de romper con las bases que Fat White Family asentaron en su primer disco. La sátira y actitud rebelde junto con la experimentación sonora seguirán acaparando casi todo el protagonismo. Tanto, que quizá notes cierta sensación de empacho cuando el álbum llega a su fin.

Up

  • La experimentación a veces les trae buenos resultados.

Down

  • Otras veces no.
  • Menos aún cuando inciden demasiado en los mismo esquemas.
  • Y te das cuenta de que tampoco pueden apropiarse de la fórmula.