Querido Futuro,

Ya sabíamos que la música tiene poderes especiales, mágicos incluso. Su capacidad de apelar a las emociones humanas es la llave de puertas que a menudo permanecen cerradas. En este sentido recomiendo la lectura de esa experiencia de mano del excéntrico pianista británico James Rhodes en su magnífica y desgarradora autobiografía “Instrumental”.

Y esta es precisamente mi excusa para escribirte de nuevo, Futuro: el próximo 25 de marzo los Rolling Stones (los ‘Rolling’ en España y los ‘Stones’ en el resto del mundo) ofrecerán un concierto gratuito en la Habana, tal y como nos informó Fernando Navarro en El País. Ese show será todo un acontecimiento en Cuba, pero también en medio mundo.

Antes, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, había anunciado que visitará la isla caribeña el 21 de marzo. Será el primer viaje de un jefe del estado norteamericano en 90 años, que sigue a la reapertura de su embajada en agosto de 2015. Y bromas y memes aparte del tipo Obama viene, ‘obamo’ nosotros, a mí me parece que con el tiempo esta decisión supone la cabeza de un puente desde Cayo Hueso para la ‘culturalización’ gringa de la isla. No queda tan lejos 1898 como se pudiera pensar, Futuro.

Detrás de cualquier visita de relevancia a Cuba se pone de manifiesto que por debajo y previamente ha habido una guerra diplomática. “La política es la guerra sin derramamiento de sangre y la guerra es política con derramamiento de sangre”, según Mao Tse-Tung. Pero es que, por encima de todo, que se celebre un concierto detrás de un muro político significa que antes se ha debido de producir una guerra diplomática. Pero es que incluso esa actuación significa que la guerra diplomática sigue. En el caso de Cuba, ¿quieren que sea como Miami? ¿O basta que sea como Cuba quiere que sea? Para responder a estas preguntas hay diplomáticos organizando vistas oficiales, que allanan el terreno para imponer sus visiones comerciales. En este sentido, un concierto de pop-rock puede usarse como una guerra con derramamiento de simbolismo y metáforas. Querido Porvenir, de ambos carecen tanto política como guerra. Por eso lo temen. Y la idea de ver a la banda británica más longeva del pop-rock hacer sus riffs y su show tiene algo de afrenta y algo de fiesta.

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Ya sabíamos que un concierto de pop-rock puede llegar a ser la expresión colectiva de unos códigos culturales. Y que ahí, en esa expresión, residen elementos que vale la pena estudiar por sociólogos y politólogos: qué códigos de conducta se dan, qué simbología se comparte, qué uso se da en la comunicación política, qué papel juegan las emociones, etc. Lo que quizás no teníamos tan claro es qué papel se les puede dar en los procesos de cambios políticos y sociales, como un vector para la transición. Así que un concierto, desde este punto de vista, hace bueno el «People Have The Power» de Patti Smith.

No sé si en tu época, Futuro, nos habremos podido quitar la impresión de que se ha estudiado poco y mal el papel que tuvo la música popular en la caída del telón de acero. En aquellos países la gente escuchaba a escondidas la música. Esto lo retrata bien Ken Follet en la tercera parte de su trilogía «The Century»: la música atraviesa fronteras, humaniza a los personajes y pone letra a las ambiciones de libertad. Aunque sea para descubrir más tarde que la libertad no siempre es esa dama guiando al pueblo que retrató Delacroix. Estoy seguro de que en los años 60 las imágenes furtivas de los Beatles en la Alemania oriental fueron la inspiración necesaria para muchos jóvenes que quería formar su propia banda de rock and roll. Nada hubiera sido igual sin los movimientos juveniles contraculturales, especialmente los de aquel lado del telón de acero en los que el rock estaba prohibido. «It’s only rock and roll«.

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Fotografía: Israel Pastor

No hace falta que en el concierto se pronuncie una sola frase o se cante un solo verso con contenido expresamente político porque el contexto y el simbolismo lo son todo: los aires contraculturales desafiando el viejo orden establecido que se tambalea, contemplar a las élites octogenarias comulgando con ruedas de molino. Por qué no decirlo, Futuro, a esos conciertos suelen asistir los paniaguados del régimen, los mandarines y los dirigentes y no la gente común o los fans. Y a pesar de eso no pierden un ápice de su fuerza. O quizás, precisamente por eso tienen tanta fuerza: los gerifaltes se dejan ver abrazando los símbolos de la liberad, de manera que el anhelo corroe al establishment.

Esa debe ser la libertad en versión rock and roll. Por eso, como ya te escribí aquí, ¿qué características tienen este fenómeno?:

  • Es mediático: un concierto de pop-rock es capaz de poner en el ojo público mundial acontecimientos que suceden en el país receptor de la gira y los medios de comunicación de masas lo saben tanto como los propios promotores.
  • Es simbólico, pues emplean metáforas como libertad (no solo en las letras) desde el momento mismo de que se anuncia la organización del concierto.
  • Es mercantil, como muy bien ha explicado ManriqueCabe dudar de si los grupos que desembarcan con sus altavoces, mesas de sonido, iluminación, cientos de guitarras, etc. lo hacen por compromiso político o por mercadotecnia. En este sentido, la primera vez que vi a los Stones fue en 1990 en el estadio Calderón. Ya entonces se decía, muy en serio, que sería su última gira. Y ahí siguen 26 años después.
  • Pero, sobre todo, es un fenómeno contextual: no es lo mismo ‘tocar un rocanrol en la en la plaza del pueblo’, donde nadie te va a parar (el problema ahora es que nadie te va a contratar, dado el déficit fiscal municipal), que en ciertos lugares ‘olvidados’ del mundo o detrás de los miles de muros que siguen existiendo.

Es, pues, el contexto el que determina todo lo anterior: el lugar en el que se planta el escenario y suben cuatro músicos a tocar determina la exposición a los medios, la carga simbólica y la capacidad de movilizar recursos. Pero debe quedarte claro, Futuro, que hablamos de un ‘uso’, artificial, intencionado, de la música en directo. Para mí esto explicaría que los organizadores del concierto de 1987 en Berlín occidental de Bowie, Collins y Eurythmics orientaran los altavoces hacia el este, más allá del muro. Aquello acabó en disturbios y cantos de “Tear down the Wall”, un mantra de Roger Waters. Y poco después Bruce Springsteen dio un concierto de 4 horas. Justo antes de cantar «Chimes of Freedom» de Bob Dylan dijo que él “no estaba a favor o en contra de ningún gobierno. He venido a tocar rock and roll para vosotros con la esperanza de que algún día todos los muros puedan ser derribados”. Para Gerd Dietrich, catedrático  de historia en la Universidad Humboldt, «ese concierto de Springsteen y su discurso ciertamente contribuyeron enormemente a los acontecimientos que acabaron con el Muro» pocos meses después. Años antes, en abril de 1981, el propio Boss había depositado en Barcelona esa misma semilla en los corazones de algunos españoles necesitados de aliento en la Transición política.

Me despido de ti con dos preguntas: ¿habrá pronto un concierto liberador en alguno de los países en conflicto o que viene bajo la bota fundamentalista? Y, ¿dejaremos algún día de cantar «Keep on rockin’ in the free world«? Mientras… The show must go on!

Pero todo esto quizás tú ya lo sepas, futuro.