Seguramente, una de las cosas más chungas que les pudo ocurrir a los Lesbianos fue petarlo tan a lo bestia con un disco de la talla de “1999”. No necesariamente porque a ver quién era el guapito de cara que ahora era capaz de superar semejante titulón, sino más bien por la pose que este logro conllevaba, y que se veía aconsejable prolongar de querer seguir inmersos en esto tan divertido del éxito de masas. A lo largo de su interminable gira, y comprendiendo mejor el berenjenal en el que se habían metido, Santi Balmes y los suyos descubrieron que las canciones más coreadas pertenecían todas al catálogo de las lentas y las intensitas, con alguna tan breve como intrascendente intromisión en el saco de las cachondas. En resumen, que a la peña le molaba que LoL fuera algo serio. Siguiendo con esa línea de pensamiento, también parecía molarle que LoL fuera conceptual.

La noche eterna. Los días no vividosdebe estrictamente su génesis al flashback de “1999”. Si no hubiera habido uno antes, no habrían tenido bemoles para el otro. Si uno no hubiera tenido tanto éxito, hacer un disco doble con un concepto súper meditado y eso, conceptual, no habría parecido tan buena idea. Y como Love of Lesbian ya tenían bien perfilado su target, como éste tan amigablemente refulgía con luces de neón al fondo del bar, a poco que pensaron en sus inquietudes llegaron a otra jugosa conclusión. ¿Qué es lo que identifica a su público potencial (todos nosotros), al margen de la afición por la nostalgia noventera teñida de irrealidad y de la sempiterna estupidez? Exacto, las noches aburridas. Y los días raros. Como Vetusta Morla les quitó ese mismo año la idea, éstos últimos no llegaron a ser vividos.

Y así de fácil, bricomaníacos, tenemos un disco con el que toda Malasaña flipará en color sepia. Un discazo, mejor dicho, y no porque sea especialmente bueno, sino porque es un señor doble elepé con el que reincidir en esa épica que tan bien se digirió anteriormente, y reincidir sin que esta vez ninguna restricción pretenda que se tranquilicen un mínimo aunque sea. El exceso por el exceso y, siempre al final, la irregularidad inevitable, como les ha pasado a tantos otros antes que ellos. Lo único importante, ahora, es desentrañar si de verdad les fue tan mal, si de verdad la situación les obligó a quedar tan en ridículo, y si, como parecen vaticinar todos y cada uno de los adelantos de “El poeta Halley”, “La noche eterna. Los días no vividos” fue el comienzo del fin. Porque sí, a nosotros también nos gusta ponernos siempre en lo peor, y me apuesto al cuello a que de ahí sale otro concepto bien guapo. Para la próxima.

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«La noche eterna»:

“La noche eterna. Los días no vividos” debe estrictamente su génesis al flashback de “1999”. Si no hubiera habido uno antes, no habrían tenido bemoles para el otro. Si uno no hubiera tenido tanto éxito, hacer un disco doble con un concepto súper meditado y eso, conceptual, no habría parecido tan buena idea.

Tras 35 segundos de tiempo para respirar hondo y disponerse a la juerga, La noche eterna, como canción, como inicio, resulta ser apoteósica, a la altura de “Allí donde solíamos gritar”, con un medidísimo crescendo que sabe exactamente cuándo romper y unos órganos cuyo volumen no deja de subir y de encontrar nuevas escalas donde romper agudos hasta límites casi intolerables. En efecto, una continuación eminentemente lógica de la dolorosa trascendencia de “1999”, cuya brillantez permanece intacta, cosechada a rebufo del disco anterior. “Y pienso en Bonnie and Clyde, juntos supieron morir”. La voz de Santi Balmes es proyectada hacia las estrellas, y todo nos hace flotar, ascender con ella, consiguiendo que en la frase final, “Luz aural, vuelve a mí”, optemos por quedarnos donde estábamos, y desde aquí arriba disfrutar de lo que venga después. Que es Los seres únicos, y también es el tema que tiene la ingrata tarea de lograr que nos olvidemos del pepinaco que dejamos atrás. Lo consigue a medias, porque aunque la melodía sea sorprendentemente similar, la ambición es bastante menor, y así pasa que “Los seres únicos” parece haber sido compuesta en una tarde tonta, con un poco más de tiempo invertido, si acaso, en perfilar la gran frase de la canción, y quizá de todo el doble LP: “Y a veces pienso que en el mundo real hay tres bandos, los unos que viven y los otros que lo intentan, los terceros sólo sueñan”. Pues eso, que sólo sobran los ‘uuuhs’, y la cosa va muy bien.

Tras dos maravillas como “Cuentos Chinos Para Niños del Japón” y “1999”, Love of Lesbian aún estaban en racha, y ésta les dio para fraguar los temas indefectiblemente excepcionales que pueblan, tras una criba, “La noche eterna. Los días no vividos”.

Los juegos de palabras tan imbéciles que los catalanes suelen pergeñar alcanzan su paradigma con Si tú me dices Ben, yo digo Affleck, para a su vez etiquetar una canción discotequera en la mejor tradición de sus churros discotequeros. Con la diferencia, eso sí, de que aquí incluso consiguen inyectarle a la canción cierta épica y majestuosidad, añadiéndole algo de cerebro a este baile alocado para justo después extirpárselo a traición: “Soy un personaje, lo llevo escrito en la frente, se puede ver claramente, de hecho es lo normal”. La canción es hortera, absurda, caprichosa y rebelde y, hablando claro, no puede ser más cojonuda, marcando una posible senda muy sugerente en caso de que la burbuja intensita les acabe estallando en la cara y tengan que remodelar personalidades. Un triunvirato excelente el formado por “La noche eterna”, “Los seres únicos” y esta última, sumiéndonos en la fase eufórica de la fiesta, cuando aún crees que puedes pescar algo. Nada, desgraciadamente, es lo que sueles acabar consiguiendo, y así te lo refleja esta chustilla cuyo piano pretende hacernos creer que merece la pena, pero nada, que no cuela. Balmes canta sin tener, exacto, nada que decir, y de hecho le sienta tan bien el título, tal nadería supone, que nadie se acuerda nunca ni de decir lo mala que es. Seguro que ellos tampoco recuerdan haberla escrito, y al final son sólo cuatro minutitos perdidos en el más absoluto vacío. Hay cosas peores.

Belice hace hincapié en esa electrónica barata que está siendo prácticamente constante en el disco, para blindar su desigual pero valiente melodía, salvada del todo por una letra estupenda: “A quien madruga, Dios no existe”. Los Lesbianos se empeñan en seguir con la fiesta aun cuando ven que el ánimo ha decaído, y que nadie quiere corear sus rimas. No hay estribillos, no hay clímax locuelo, sólo la voluntad por hacer algo más o menos distinto, sin que el día aún les sobreexponga las ideas. ¿Traspiés? Todo lo contrario, sólo lo parece, y tras este afortunadísimo intento de sofisticación, Pizzigatos. Dios bendiga la creatividad morfológica de los colegas, y su habilidad para que corees los temas menores con tanta rabia como los mayores. Porque sí, y sorprende, y consigue que el romance entre dos gatetes nos resulte trágico, amargo y cercanísimo. Persisten los organillos, la voz de Balmes moldea estribillos ocurrentes y sigue todo en orden. O sea, nada suena tan mágico ni tan puro como en “1999”, pero es taaaan entretenido.

El disco arranca con un triunvirato excelente formado por “La noche eterna”, “Los seres únicos” y «Si tú me dices Ben, yo digo Affleck», sumiéndonos en la fase eufórica de la fiesta, cuando aún crees que puedes pescar algo.

667 continúa limitándolo todo al valle de la corrección, pero esta vez peligrosamente cerca del abismo. Lo cierto es que no es una buena canción, pero consigue parecerlo según el día que tengas gracias a refugiarse en una autoconsciencia muy aparente, pero tan vacua que da hasta un poco de repelús si te despiertas hater. Paul McCartney, estribillo coreable, tres notas clave, arreglos exageradísimos y puedes seguir remando hasta que te encuentres frente a una catarata. Porque sí, era cuestión de tiempo que esto se estrellara del todo, y Cínicamente muertos es la causante directa, un corte para el que no hay otro adjetivo que anodino. Balmes intenta que su voz sea etérea y sólo logra que se quede en somnolienta, además de congraciarse con los arreglos para que, todos a una, acaben narcotizándonos. Fase REM de la noche. Dormir de pie en la pista de baile. Igual que fuera tan bajona era justo lo que pretendían, ya que el concepto es el concepto, que diría Manquiña.

A continuación, algo con el nombre de Orden de desahucio en mi menorsólo podría dar exactamente lo que promete. Y lo hace. Una instrumental, o algo así, con toda la pompa y circunstancia del mundo, y que menos mal que son los Lesbianos, que si no habría que decirles cuatro palabritas. ¿Que encima es un diálogo con Vladimir Nabokov? En serio, pasar de Phil Collins a estas movidas es como demasiado doloroso, ¿no creéis? Ah, vale, pero ya volvéis con los arreglos lánguidos, las atmósferas pesadas, sí que se está haciendo larga la noche, sí. Es Oniria e Insomnia, y te cuenta un cuento muy chuli mientras te zambulles vestido y borracho en la cama. Habla de andar por los cables, que es algo que, vaya, comprendes. Esto tiene algo. Una energía. Una energía que está por estallar, latente en las imágenes descritas. El piano. Balmes haciendo magia con las cuerdas vocales, y un pseudoestribillo que lleva de pronto a… sí, esto era lo que todos esperábamos de la secuela de “1999”: “Después de unir su dualidad, ella no sueña más, ni él quiere despertar”. Subidón demencial, que nunca pierde efectividad ni la perderá aunque sepas el momento exacto en el que haya de surgir. Ya estás saboreando las reescuchas.

«Los días no vividos»:

Nos corresponde admitir todas las bondades de este doble LP que tan difícil lo tenía para zafarse de la alargada sombra de “1999”.

Tras la noche llega el día, y dormir no es una opción. Nunca lo ha sido, y hay que lanzarse a esas calles sobre las que intentarás no desmayarte, que volverás a recorrer viendo reflejados en cada esquina los fantasmas de aquella noche, los cubatas en el suelo, todo lo que parecía que sí, pero no. Es Nadie por las calles el reverso luminoso de “La noche eterna” perfecto, como opening para esta segunda parte. Sus avales son un piano energético, una letra que nos conoce bien, “Tan sólo un Opencor abierto”, y una electrónica más tamizada, con mayor presencia de las baterías analógicas y unos curiosos vientos. Una delicia de calidad, “Nunca he sido un libro abierto, pero explico buenos cuentos”, y que al final coquetea con cierta vocación de himno que la redondea. El buen sabor de boca persiste, entonces, en El hambre invisible, aunque haya quien no acabe de comprarla. No es demasiado inverosímil, pues da buena cuenta de lo crípticos que pueden llegar a ponerse si les da el día tonto: “En mi Corea mental hay un bloqueo bestial”, y así. Al que esto suscribe le resulta un tema particularmente grandioso, puro LoL, que tras recrearse en desafíos lingüísticos se desfoga en un lindo y sencillito estribillo rompeestadios que hay que estar muy loco para no corear. Pero bueno, nada. ¿Os gusta más Wio, antenas y pijamas? La respuesta suele ser afirmativa, un tema agradable, de melodía reiterativa pero genuina, y estribillo intenso en su justa medida (esto es, muchísimo). Cada vez vamos dejando ya la ingeniería psicotrópica para ponernos más analógicos, y “Wio” parece salido de la trastienda de “1999”. La luz del día nos sienta bien, y ya logramos percibir lo admirablemente estructurado que está el disco, y valorar el esfuerzo.

Si salimos de estano está del todo mal. O sea, dentro de lo regulín. Es como muy optimista, muy anacrónica, y cuesta decir algo malo de ella… más que nada porque cuando acaba ya se te ha olvidado. Tercero segundaes la segunda instrumental random, no es especialmente memorable tampoco, y viene resultando que vivimos sumidos en el pché, como atestigua la siguiente canción, que supuestamente, por cuestión de probabilidades, debería ser ya de las buenas. Los días no vividos. Es la homónima, acaso el punto de inflexión de esta jornada que tan cuesta arriba se nos hace de pronto. Pero no. “No recuerdo una antihistoria mejor”. Pues si no la recuerdas tú, Santi, vamos apañados. Este tema, de intrascendencia supina, no es malo, pero no sabe muy bien a qué juega, y ciertos aciertos melódicos son atropellados por graves errores de cálculo como esos dramáticos ‘uuuhs’. La producción, por su parte, distrae, y aunque dure poco basta para que nos demos cuenta de que la cosa se ha puesto oficialmente fea. Y si ya el asunto iba mal, con “Radio Himalaya” se caen con todo el equipo.

La parte final de «La noche eterna. Los días no vividos» se pega un trompazo de aúpa con “Radio Himalaya” y sólo es capaz de remontar con los coros de “Los toros en la Wii”.

Radio Himalaya”. Esa canción. Esa porquería con tropezones en forma de corcheas. El punto más bajo de la trayectoria hispanohablante de Love of Lesbian: tan, tan bajo, que por momentos parece estar hecho hasta a propósito. Todo es espantoso en ella, desde la enlatada y pegajosa producción hasta la letra, que no tiene nombre ni vergüenza (rimar “Himalaya” con “atalaya” debería estar penado por ley; que el nombre de tu grupo sea Love of Lesbian y te marques esta joyita, también). Por no tener, ni siquiera tiene mucho sentido frente al resto de pistas del disco, tan bien ensambladito y coherente, y nuestra desazón llega a tales extremos que… mira tú por dónde, esto acaba siendo divertido. Divertidísimo. El esperpento es lo que tiene. Cuando parece que esto no puede ser peor, van y cantan motherfucker y demuestran que sí. Como nadie les supo parar los pies por aquel entonces, ni llamó a la policía ni nada, los catalanes se marcaron posteriormente el EP aquel en el que estaba “Víctimas del porno”, que era un tema igual de imbécil pero considerablemente mejor. En fin. En caso de que haya sobrevivido alguien a la avalancha, ahí viene el último corte del disco, Los toros en la Wii (fantástico). Que vale, con ese título muy buena pinta no tiene, pero eh. Esto suena. Esta electrónica chicharrera de la que ya estamos bastante congestionados le sienta bien. Y vuelven a ser graciosos, en el buen sentido. Así de pronto, nos han salvado el día. El tema más definitorio de su humor: uno caduco, absurdo, poco meditado, de tuit tan ocurrente como perecedero. “Sarkozy, dame un euro, ¡guapo!”. Ése es el nivel de una canción muy hija de su tiempo, y que parece haber sido configurada enteramente bajo este prisma: estar pasada de moda en cuestión de meses. Esos coros al final la hacen trascender, sin embargo, y los consolidan como unos tipos muy listos que han sabido concluir convenientemente un doble LP inexorablemente irregular, del que nos va a costar mucho no recordar ese silbidito que nos lleva a uno de los momentos más dichosos del imaginario lesbiano: erótico, estúpido, festivo. “En blanco te dejaré como dejo este verso, porque tú conviertes las curvas en rectas”. Balmes, tras “1999” y “2009” vuelve a recitar, y por todo lo alto. “Si volviera a nacer, sería un bebé. ¿Qué otra cosa podría desear como amante que ser tu eterno lactante, un mutante suplicante?”. Si esto no es una genialidad, que venga Dios y lo vea.

Y así es cómo les salió la jugada del disco doble a Love of Lesbian. No demasiado mal para el desastre que podía haber sido, es cierto. Tras dos maravillas como “Cuentos chinos para niños del Japón” y “1999” aún estaban en racha, y ésta les dio para fraguar los temas indefectiblemente excepcionales que pueblan “La noche eterna. Los días no vividos”. El resto, pues bueno, tiene la ventaja de que no los recordamos demasiado, y una vez hecha la criba, y reduciendo el grosor del tracklist, sólo queda preguntarse qué viene ahora.

“El poeta Halley”, es el nombre del próximo disco, y el enésimo juego de palabras sonrojante. Todo apunta, de primeras, a que LoL han realizado un drástico cambio en su trayectoria tras perpetuar la farra con esa tríada de temas locos que fueron “Víctimas del porno”, “Manifiesto delirista” y “Mal español”, y se hayan querido detener más de la cuenta en lo experimental. No nos corresponde aquí elucubrar el resultado, pero sí admitir las bondades de este doble LP que tan difícil lo tenía para zafarse de la alargada sombra de “1999”, y descansar como podamos tras el fiestón máximo que fue “Los toros en la Wii”. Habrá que ver qué viene después de ella. Esperamos que no sólo la resaca, y que LoL tampoco se tomen demasiado al pie de la letra aquello de que “No es necesario tener principios, lo importante es tener finales”.

Love of Lesbian – La noche eterna. Los días no vividos

LOVE OF LESBIAN

6.5

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A la estela de lo conseguido en “1999”, Love of Lesbian siguen tratando de ser trascendentes sin dejar de juguetear por ello, y el empeño no sale del todo rana. Está todo muy bien meditado, calculado, diseñado para emocionar justo cuando se lo propongan, y demuestra que el grupo, pese a toda la genialidad destilada anteriormente, se encuentra en buena forma. Lástima que, según qué casos, les falle lo más importante: las canciones.

Up

  • La estructura del disco, y el espléndido orden de las canciones. Los catalanes han depositado un verdadero esfuerzo en la labor conceptual, y en conseguir que sus letras formen un todo histórico.
  • La llegada de la noche y el día con “La noche eterna” y “Nadie por las calles”.
  • La letra de “Los toros en la Wii”.
  • Es un disco doble que casi nunca se hace largo. Lo cual tiene su mérito.

Down

  • Es un disco doble, con todo lo malo que esto conlleva.
  • Canciones que se podían haber dejado metidas en el baúl.
  • Una producción que tiene momentos de verdadero exceso e incomodidad.
  • La parte final del disco, que se pega un trompazo de aúpa con “Radio Himalaya” y sólo remonta con los coros de “Los toros en la Wii”.