Enfocando lo que sería este artículo, una de las ideas preconcebidas que alumbró la mente de este redactor fue la de no empezar diciendo que 1999era el mejor disco de Love of Lesbian. Todo menos eso, Dios mío. Lo tiene todo el mundo tan claro, lo tienen ellos mismos tan interiorizado, es tan absurdo, tan fútil negarlo, que decir que1999” no es un disco modélico, ni mucho menos una obra maestra, se antoja el más travieso de los placeres culpables. Así que eso, que “Cuentos Chinos Para Niños del Japón es mejor.

Lo cual no quita, claro, que sea prácticamente imposible resistirse a algo como el sexto elepé de los barceloneses. Uno lo escucha, ya habiendo llegado a la verdad, ya sabiendo que a partir de “Dios por Dios es cuatro” el grupo empezó con la frenada, y no puede evitar que vuelvan a él los recuerdos, las lágrimas, los recuerdos rediseñados por las lágrimas. Es “1999”, y también su subtítulo (o cómo generar incendios de nieve con una lupa enfocada a la luna) un trabajo no ya épico sino melodramático, una meditada suma de factores para conquistar a cualquier profano y consolidar el embrujo de los ya cautivos. Amor, drogas, bohemia, desesperación, humor insensato, suicidio, ironía, rechazo, y la nostalgia derivada de todos ellos, moldean cada uno de los cortes que lo componen, cada uno manipulando al oyente como sólo pueden hacerlo canciones originadas desde el talento efervescente y la gracia natural, de los que Love of Lesbian, en aquel entonces, iban sobrados, y lo sabían tan bien que inevitablemente acabaron poniéndose excesivos e iniciaron ese recorrido tan loco que, con “El Poeta Halley”, verá o bien su final abrupto o bien su consolidación burlona.

Hasta entonces, ¿qué hay de “1999”? O mejor dicho, ¿qué recordamos de “1999”? Es imposible analizar este álbum sin que a uno le venga a la memoria cómo fueron las primeras escuchas, qué sentimientos se vieron removidos, de qué zorra o zorro nos acordamos en su momento. Es una obra tan apegada a la experiencia individual que, al igual que nadie puede ser objetivo criticando Regreso al futuro o los libros de Harry Potter, la crítica subsiguiente, realizada sin ánimo de conclusión y vagamente amparada en su origen puramente personal, puede no tener validez alguna. O sea, que lo mismo “1999” sí que es la obra maestra de Santi Balmes y los suyos. Pero hoy he decidido que no, y lo he hecho extremadamente temeroso de equivocarme.

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Es “1999” un trabajo no ya épico sino melodramático, una meditada suma de factores para conquistar a cualquier profano y consolidar el embrujo de los ya cautivos.

Sólo un tema como “Allí donde solíamos gritar” podría ser capaz de dar inicio a un disco así y hacerlo sin miedo, sabiendo que lo vale. Introductor coherente de la historia y la épica que será constante, es una canción potentísima, donde la voz de Santi Balmes ya va con el flashback incorporado, y la atmósfera es todo lo enrarecida que necesita para ser evocadora. La letra, por ello, es sólo la guinda. “Y en los bancos que escribimos, medio a oscuras, sin pensar, todos los versos de “Heroes” con las faltas de un chaval”. Balmes no entiende el amor sin David Bowie, como no lo entiende nadie, y así la canción nos va conquistando, bebiéndonos, hasta volver a hacernos corpóreos a golpe de estribillaco con ese “Vertical y transversal, soy grito y soy cristal, justo el punto medio”. Sin medias tintas, un temazo de tomo y lomo, y la cumbre de la épica triste y ensimismada.

Club de fans de John Boy” sólo redunda en sus logros, sazonándolos para ir avanzando un poquillo con una ingeniosa sátira de ese mismo mundo indie del que se están largando a velocidad supersónica. Los organillos de pesadilla funcionan exclusivamente gracias al rollo tan autoconsciente del que va el tema, que pese a todo es genuinamente bueno: “Cómo es posible que haya estado en tus infiernos” suena poderoso, original, inevitable, y cada frase es efectiva y aporta algo a la historia que “1999” nos quiere contar, reseñando las estupideces juveniles del protagonista desde un velo contemporáneo y burlón, pero sincero. Luego este protagonista (¿Balmes?, ¿tú?, ¿yo?) opta por buscar a cuchillo el tarareo en “Las malas lenguas, canción facilona en la que las letras que dice entre concesión popera y concesión popera están bastante bien, sin embargo. Un tema del montón compuesto en piloto automático que, de pronto, estalla emotivamente con el “qué más da, qué más da, qué más da”, y se convierte de repente en algo así como la bomba.

Amor, drogas, bohemia, desesperación, humor insensato, suicidio, ironía, rechazo, y la nostalgia derivada de todos ellos, moldean cada uno de los cortes que lo componen, cada uno manipulando al oyente como sólo pueden hacerlo canciones originadas desde el talento efervescente y la gracia natural.

Algunas plantas comparte varias características con el anterior corte, por lo facilillo y lo bailable, pero esta vez toda la gracia y el cachondeo están de su lado, y construyen una canción rompepistas que gustaríamos de bailar toda la noche en todas partes durante todos los tiempos. La letra si es más tonta no nace, los arreglos van creando coreografía, y el estribillo es de esos que mola cantar mientras señalas y haces cosas con las manos. “Creía que era un hit, y triunfó en el Congo”. LoL se preguntan cómo es que siendo tan buenos no ganan más pasta, y se dan a la droga. La solían tocar al final de sus conciertos para cabrear a todos los estirados que decían que era un tema menor, y era espectacular. Cuestiones de familia logra un brusco contraste a su lado, tranquilo, melódico, acústico, un oasis de serenidad entre tanta euforia gafapastillera, y un tema pretendidamente menor, pero que tiene algo. “Cómo hablar y estar ausente, es mi actitud”. Parece haber sido compuesta más por motivos coyunturales que por otra cosa, pero no está nada mal, como tampoco lo está El ectoplasta, con la que vuelve la fiesta. En esta ocasión, el himno discotequero de turno es bastante más redondo, y va mucho más allá del ocurrente juego de palabras, sobre el que se balancea la descripción bastante atinada de una relación tóxica de tantas. Un buen ensamblado de versos y estribillos, y unos arreglos enloquecidos y rarunos, dan cuenta de la habilidad de unos compositores en plena posesión de facultades, que se permiten una variación sobre el final realmente excelente, con la que dejar aún mejor sabor de boca. “Y digo no, por mí no caerá ni una falsa lágrima por la piscina que aún llenas por él”. Canta esto sin dejar de olvidar lo jodido que estás, o has estado, pero canta.

Afrontemos la verdad, esto es un discazo, y nos está removiendo en lo más profundo: épica inasible, que trasciende el contexto del flashback, y que seguirá funcionando dentro de cincuenta años.

Comienza entonces lo que se conoce como el clímax de “1999”, y acaso el clímax de toda la trayectoria del grupo, compuesto por tres canciones a cada cual más emocionante y hermosa. En primer lugar, la menos grandilocuente, la más sencilla, y la más puramente triste, Segundo asalto. La voz de Balmes se derrite entre estrofas, estribillos y puentes (ay, ese puente), enmarcada en esos arreglos plenamente comprometidos con la fractura de corazones. “Allí donde solíamos gritar” era la traca inicial, ahora viene la apoteosis, la regresión definitiva, cuando olvidas finalmente quién eres y sólo queda el pasado. “Y sé que tu reinado es falso, y ves que ya lo he señalado, y ya soy tu gran incomodidad. Y sé que si no hacemos algo, el hielo durará mil años, ¿crees que alguien nos encontrará?”. Un logro total e insuperable, sino fuera porque después viene una pequeña abusona llamada Incendios de nieve”. Muchos la consideran excesiva y pretenciosa, sin entender que éste era el sitio más indicado, dentro de un disco entendido como totalidad, donde meter algo así: una megabalada de estadio que coquetea tanto con el sempiterno cachondeíllo como con la emotividad más simple y efectiva. La propia canción lo dice: “No serás capaz de odiarme”, y tiene sobradas razones para ello. En su afán de convencer, además, se marca unos silbiditos y unos coros que funcionan tan bien que uno es incapaz de pensar en lo calculado de todo y, quizá, en lo aparatoso de la letra, que no es de las mejores (y no lo digo solo por el “baum, baum”), y se pierde en sus propios circunloquios, rescatada por la música. Por último, 1999 es considerada por muchos la mejor canción de la historia de Love of Lesbian, y ésta desde luego es algo demasiado bueno para ser verdad: el drama y la furia hechos canción, precedidos por una letra que al principio Balmes ni se molesta en entonar. Los versos de esta especie de rap es de lo mejorcito que la banda haya pergeñado nunca, y acaban desembocando en un estribillo potentísimo, en primer lugar, y seguidamente en una parte instrumental cuyo fraseo de guitarra habrá pasado a la memoria popular, si todo va bien. “Ya no hay ganas de seguir el show, ni de continuar fingiendo”. Afrontemos la verdad, esto es un discazo, y nos está removiendo en lo más profundo: épica inasible, que trasciende el contexto del flashback, y que seguirá funcionando dentro de cincuenta años. Y con esa coda se cierra el magnífico triunvirato, y puede que 12 de los minutos más bellos de la historia de la música.

“1999” no es el mejor disco de Love of Lesbian por una mera cuestión cuantitativa, y es que tiene más canciones malas que el inmediatamente anterior “Cuentos Chinos Para Niños del Japón”, donde la calidad era prácticamente constante de unos temas a otros.

Te hiero mucho (Historia del amante guisante) lo tenía chungo para mantener la cabeza alta tras semejante derroche, pero más o menos lo consigue. Balmes vuelve a emplear una letra entre absurda y burlona para hacer más digerible una historia jodida de manual, que quizá acogiera más efectividad de decantarse algo menos por el jugueteo (esos estribillos son imposibles de tomar en serio), pero que logra una mixtura de sensaciones realmente original y, por momentos, hasta cruel. Y, si pensábamos que con esta historieta de desgracias habíamos bajado las revoluciones, vayamos confirmando que sí, con la sucesión de las peores canciones del disco, seguiditas e impertinentes. En Cuando diga yael vocalista se pone en plan machorro y no le pega nada, como tampoco el toque más hard rock de los arreglos. La letra no dice nada, la música tampoco, y es un gran patinazo que, al seguir Miau, no acaba de caerse del todo y mantiene la mediocridad. Esta anecdotilla podría molar por momentos, o lo haría de estar en otro disco. “¿Que cómo es mi vida sin ti? Pues por fin es la mía”. Hay ingenio, hay una chulería algo mejor entendida, pero no pulsa las teclas adecuadas, y llega a causar un poquito de vergüenza ajena. “A todos fuck you por igual”. Lo sentimos, colegas, pero no os queremos tanto. El estribillo, por su parte, retrotrae a “Algunas plantas”, pero a un “Algunas plantas” al que ya se le ha pasado la fumada y no está para aguantar mierdas.

Con La mirada de la gente que conspira, gracias a Ziggy, vamos retomando las fuerzas para darle al disco el final que merece, con una canción con vocación de himno, al estilo de “Dios por Dios es cuatro”. No acaba de salir, pero no porque la canción no le eche ganas: los engañosos estribillos caen con contundencia, entre una sucesión aleatoria de puentes, y culminan en una coda escandalosa que dice “No a la revolución”, y que siempre sueles gritar mucho sintiéndote culpable. Love of Lesbian quieren volver a probar suerte con un rock más sucio y agresivo, y esta vez Balmes encuentra su tono, las guitarras su lugar, y todo queda bastante apañado, quizá no tanto como ambicionaba, pero que no tiene qué mirar con envidia al resto del álbum.

Una vez sumidos en la mainstreamidad, reflexionaron sobre cuál sería su siguiente paso, acaso sabiendo que daba exactamente igual lo que hicieran: todos sus mayores logros quedarían en “1999”.

Finalmente, 2009. Voy a romper las ventanas quizá sea la que no te metas nunca en el mp3/iPod/loquesea, pero también es un tema demasiado hermoso, y doblemente triste por implicar que esto se acaba y en breve nos veremos obligados a volver al presente. Al menos, es todo un broche de oro en forma de rimas bellísimas a cargo de Balmes (sus letras parecen brillar más cuando se limita a recitarlas), y no sólo eso: tras el inolvidable “Donde nacen los sueños que nos diferencian”, su voz suena más sensible y perturbadora que nunca, celestial, etérea en fin. El réquiem por una relación, un modo de vivir, del que toca desconectar, volver, y recordar siempre. El piano ayuda. La voz se apaga. Pero el DeLorean sigue en el garaje.

“1999” no es el mejor disco de Love of Lesbian por una mera cuestión cuantitativa, y es que tiene más canciones malas que el inmediatamente anterior “Cuentos Chinos Para Niños del Japón”, donde la calidad era prácticamente constante de unos temas a otros. Aquí, estaban tan comprometidos en su misión de lograr la obra definitiva que no supieron cuándo parar, ni darse cuenta de lo mal que quedaban temas como “Miau” o “Cuando diga ya” ahí en medio, desbaratándolo todo. Dejando zanjado esto, pocos discos nos harán sentir tantas cosas como esta gema, pocos grupos pueden presumir de tener un logro de esta naturaleza en tu haber.

Presentando el álbum, Love of Lesbian se pasaron más de dos años dando vueltas por los escenarios de España, difundiendo la palabra, agenciándose creyentes, y puliendo su estatus de grupo que no te cansarías de recomendar a absolutamente todos tus amigos. Tuvieron Disco de Oro, y ya sumidos en la mainstreamidad, reflexionaron sobre cuál sería su siguiente paso, acaso sabiendo que daba exactamente igual lo que hicieran: todos sus mayores logros quedarían en “1999”. Nosotros, su público, sus apóstoles, seguiríamos escuchando con interés lo que tuvieran que decirnos a partir de entonces, pero siempre con la mirada puesta en el pasado, y siempre encaramados a ese banco donde, en caracteres ya casi borrados, seguíamos siendo capaces de leer que podíamos ser héroes.

Love of Lesbian – 1999

LOVE OF LESBIAN

9.0 HOT RECORD

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Love of Lesbian se consagran con su disco más importante, emblemático y memorable. Nunca supieron combinar tan bien el dramatismo con la intensidad y el humor sin alcanzar en tan pocas ocasiones el ridículo, como tampoco sus letras alcanzaron tal perfección. “1999” es, más allá de su condición de disco conceptual anclado en esa nostalgia que nos frivoliza el siglo, una obra mayor destinada a perdurar en las memorias.

Up

  • “Segundo asalto”, “Incendios de nieve” y “1999”, juntas y revueltas. Como si no vuelves a escuchar más música en tu vida después de esto.
  • La producción, extremadamente pensada para darle a todo una atmósfera de tonos sepia (en realidad más tirando a lo azul, pero cada uno recuerda en el color que le da la gana).
  • La voz de Santi Balmes. Gracias a este disco, quien siga insistiendo en que no es una voz dignísima y talentosa no merece ni la menor de nuestras consideraciones.
  • Las letras.
  • El inicio y el final. “Allí donde solíamos gritar” y “2009. Vamos a romper las ventanas”. Porque la perfección sí es posible.

Down

  • “Cuando diga ya” y “Miau”, juntas y tratando de sabotear todo lo conseguido previamente. Hay que saber cuándo parar, frase que es probable que les digamos mucho a partir de ahora.
  • A todos fuck you por igual”. Sí, es volver a lo de “Miau”, pero es que es de juzgado de guardia.
  • Creo que ya.