Querido Futuro,

Seguimos en una época de negociaciones, teorías de juegos y de acuerdos de gobierno. Quizás en tu época esto ya se haya normalizado y el parlamentarismo sea sinónimo de compromiso, término medio y cesión, no un instrumento de formalización de decisiones pre configuradas. Ya me lo dirás cuando tengas tiempo, Futuro. Mientras, nos entretenemos en comparar la situación con las series de televisión: House of Cards, Juego de Tronos, Boss o, sobre todo, Borgen, ofrecen inspiración para la realidad. Estos días, la serie danesa sirve incluso de ‘modelo’ para pactar. Let’s make a pact!:

Así que comienzan a multiplicarse en las redes sociales mensajes del tipo ‘los puntos más calientes del acuerdo’ o ‘las 20 medidas estrella del acuerdo’. No hace falta que te recuerde que la realidad es compleja. Y cada vez más. No importa el momento de la Historia. Siempre lo ha sido. Supongo que por eso sentimos la necesidad de simplificarla. Sin embargo, no siempre nos damos cuenta de que esa simplificación conlleva también una falsedad. Algo complejo no puede ser, de pronto, sencillo. Lo siento, señores y señoras periodistas e influencers, no siempre se pueden narrar realidades complejas en un artículo de 500 palabras. Ni siempre se pueden resumir en 5 minutos de radio o televisión. No cabe duda de que en comunicación la sencillez es un activo muy relevante, pero a veces a costa de dejarse demasiados matices por el camino.

El estallido actual de la blogosfera permite que cualquiera con dos dedos y un teclado contribuya a esta falsedad. Una de las maneras más atractivas de lograrlo parece ser no parar de hacer listas, como ya escribí hace 3 años. Lo que quiero decir es que esta tarea es una tentación ineludible, en la que todos caemos constantemente. Haber publicado desde 2008 más de 100 mil palabras sobre música se vuelve de una pedantería insufrible, un castigo imperdonable para los (escasos) lectores, a pesar del esfuerzo.

Según lo veo yo, este tema se rige por las siguientes características (falseémoslo un poco):

  • Inevitable, como ya te he dicho.
  • Sencillez. La realidad cambiante y huidiza parece que se deja domesticar y hasta manipular, convenientemente metida en un decálogo
  • Periodístico, porque las listas divulgan, quieren sencillez, se adaptan perfectamente al formato online de la blogosfera. Son visuales, dan titulares y facilitan el amado tremendismo.
  • Es una manera de entender la cultura: que la convierte en algo consumible, entretenido y sin esfuerzos. Pues bien, la cultura es un derecho (o debería), y sí, entretiene, pero te pide un esfuerzo intelectual a cambio.
  • Posmoderno, por la simplificación que decía. Relativo a mí y mi circunstancia.
  • De ricos, porque te permite el lujo de descartar y de elegir. Lo que no llega a la lista, se convierte en un residuo.
  • Hay listas de todo tipo. De eso sí que no se puede hacer un listado, pues hay literalmente de todo. De lo que habría que hacer una lista es de lo que no hay listas.

En el campo de la música, al calor de los medios online y el lenguaje digital propio de estos medios, hay dos tipos de listas (ya estamos otra vez): 

a) las que recopilan y prescriben (por ejemplo, lo mejor y lo peor del año).
b) las playlists que reúnen canciones favoritas (o detestadas) que hacen hasta los presidentes (o mejor dicho sus equipos de comunicación política).

A semejanza del ‘canon occidental‘ creado por el crítico literario Harold Bloom, siempre me ha impresionado la lista de los 500 mejores álbumes de todos los tiempos de la revista Rolling StoneChúpate esa, Futuro, te han dejado sin contenido. Esta lista, que se ha hecho célebre, como el ‘canon’ de belleza rockera, está más cerca de la prescripción médica que de la simplificación a la que me refería antes. A su favor hay que decir que ofrece una guía necesaria ante la incesante producción musical. Sin herramientas de este estilo, la música no serviría de nada, sería un amontonamiento de ediciones, como tú eres una infinita acumulación de tiempo, Futuro. Quizás en esto resida la verdadera calve de este asunto. En Spotify, por ejemplo, puedes acceder a más de 30 millones de canciones. Si no te haces tus listas, la verdad es que de poco sirven.

Luego están los entusiastas. Los que crean y difunden los decálogos en grado comparativo superlativo: lo mejor o lo peor. Incluso hay una web especialidad en ‘top tens’… y estas son sus canciones favoritas: ‘The very best o the very worst’. Soy muy fan de las listas de los mejores instrumentistas, que conectan con el virtuosismo de los 70: los mejores baterías, bajistas y, por supuesto, de la guitarra. Mira este vídeo con los mejores solos de guitarra: 

El orden en nuestra sociedad se ha convertido en un valor superior, quizás excesivo, quizás por miedo, quizás por comodidad. Un artículo largo, ahora que carecemos de tiempo porque como las monedas, 24 horas de hoy equivalen a 30 de las de antes, se exige que su introducción te adelante su contenido. Pero, una vez más se trata de lista de prioridades de cada uno.

Te voy a contar una anécdota, Porvenir. El otro día tuve un pequeño altercado con la moto en el centro de Madrid. Me vi obligado a decirle al oro conductor ‘cuatro cositas’, pues casi me obliga a caerme. Por supuesto se las dije bien ordenadas, en su listado comme il faut. Las listas están en todas partes, me temo. A mí lo que me gusta de hacer una selección de esa reducción de la realidad a un número finito es poder plantear hipótesis y ejemplificarlo o listarlos con listas. No al revés. Pero dónde quedan mis reflexiones ante una bonita lista de ‘lo mejor de’.

Pero todo esto quizás tú ya lo sepas, futuro.