No hay nada peor que enterarse de las tragedias a través de Twitter. Suyo es el comunicado más insensible y cruel al que te puedes enfrentar de todos. Imagínate, y en el caso que nos ocupa no debería ser demasiado complicado, que el muerto es tu tío. O un primo mayor al que respetabas cantidad. Lees las palabras. ‘A los 69 años de edad’. Apenas te ha dado tiempo a negar una vez con la cabeza, mucho menos a murmurar que no es posible. ‘En Nueva York’. Sigues bajando, porque estás tan atado al… ‘cáncer de hígado’… shock que lo único que haces es leer. No es… ‘Tres días después de haber lanzado su último disco’. No puede ser, sencillamente no… ‘David Bowie ha muerto’. Nadie te ha concedido un mínimo de tiempo para que lo asimiles y des alguna respuesta, algo sin sentido, estupidísimo, pero algo. Y ahora estás solo. Ziggy mintió.

Pasarán cerca de dos días, algo más de 48 horas áridas, vastas, desde que el mundo se enteró, leyó Twitter, y luchó por respirar con normalidad y no caer en el incrédulo sollozo. No. Él no. Se deshizo en gemidos, y unos pocos espabilados notaron una implícita invitación en esa confusión de pésames que entonces sólo nos sabíamos dirigir a nosotros mismos. La última invitación del hombre que con una sonrisa complaciente les decía ‘vamos, campeones, un esfuercito’. Y esos pocos espabilados cayeron en la cuenta. Que sí, que era verdad. Que no tenían epitafio alguno que hacer, ningún in memoriam con el que conservar petrificado el llanto. En su infinita generosidad, David Bowie se lo había dado todo hecho.

Ya fuera por haber sido el Starman, el Mayor Tom que se perdía en las ídem, el Ziggy Stardust que regresaba a casa, la muerte de Bowie es el final sorprendente pero inevitable. Ya sea por haberla traído pensada de casa, por haberla usado para seguir dándonos razones, por habernos engañado con un falsario resurgir en forma de «Lazarus», su último single, la muerte de Bowie es la última demostración de que siempre ha sido el más listo.  En concreto, el hijo de puta más inteligente que ha dado la música popular en todo el siglo XX, ése es el maldito David Bowie. El que lo ha tenido todo bajo control, hasta cuando gloriosamente lo ha perdido.

david-bowie-o-el-eterno-retorno-2Una vez, durante un concierto, alguien del público le lanzó un Chupa Chups, y le acertó en todo el ojo. Ahí se le quedó clavado, como una lágrima tan dulce que no quieres enjugarte aunque duela porque, por mucho que Bowie se las diera de bicho raro, le dolió que te cagas. Sin embargo ahí aguantó, el maldito, siguiendo con el show como había seguido durante toda su vida, esperando lo justo para que le hicieran la foto de rigor. Debió de apenarle que ninguna cámara registrara para la posteridad el momento en que le dio el primer ataque al corazón, no mucho después del incidente del Chupa Chups. Debió de maldecir furibundamente su falta de previsión.

La vida de Bowie era un concierto constante y agotador, un espectáculo de variedades pormenorizadamente calculado que sólo se hacía corpóreo una vez se desarrollaba frente al público, de la misma manera que un mimo sólo puede decir algo cuando alguien lo mira (por supuesto, hubo un momento en que nuestro hombre quiso muy fuertemente ser uno). Bowie, en su continuo e incansable caminar, se halló rodeado constantemente por los espejos que sostenían estólidamente todos aquellos seguidores; pedazos de cristal translúcido en el que ellos también derramaban lo justo de sí mismos para que su ídolo lo viera al instante. Bowie percibía con nitidez quién era él, quiénes eran ellos y qué era lo que querían, incluso antes de que ellos lo supieran. Ése fue su secreto, su superpoder: la autoconsciencia más agresiva, llevada a sus últimas consecuencias. Que, un 10 de enero de 2016, mucho después de lo previsto, han acabado confluyendo en una sola.

Por supuesto, David Bowie no siempre supo que tenía este superpoder. De hecho, dio varios palos de ciego al inicio de su carrera y se dejó aconsejar malamente, como si fuera un ser humano cualquiera. Su primer agente le dijo que para triunfar lo que tenía que hacer era limitarse a ser un entertainer, un polivalente artista de variedades: si llega a insistir un poco más, Lady Gaga habría nacido en los años setenta. Bowie hizo pucheros, y ya era capaz de partirte el corazón por culpa de esos ojos de color divergente (de los que, por cierto, tuvo lo culpa un puñetazo despechado de George Underwood que el hombre le agradecería a su debido tiempo): lo que quería ser de verdad era una estrella del rock. Elvis, ¿sabes de lo que te hablo? Mover las caderas. Sexo. Sexo a montones, a puntapala, sin discriminar orificios. Acabó cediendo y sacó «David Bowie», un disco que es una locura, pero una locura de las flojillas.

El consiguiente fracaso comercial no le quitó de la cabeza la idea de que había que seguir en esa senda, con unas pequeñas correcciones si acaso: lo suyo era la esquizofrenia, la sorpresa kamikaze, y o le seguías el ritmo y te ponías a inventar géneros en su británicamente educada compañía, o mejor que te bajaras ahora que podías (el agente lumbrera no tardó en hacerlo). Tras no poder apropiarse de un tema tan de figurar en lápidas semienterradas como era «My Way», Bowie no tuvo más remedio que mirar por primera vez al firmamento y hacerse preguntas. ¿Cómo sería viajar por él? ¿Qué tal se viviría en ese planeta rojo de ahí al fondo? Sólo un grupo de rock llamado las Arañas de Marte podría contestarle con la suficiente contundencia y captar la onda de esa maricona que ya había cambiado de peinado cuatro veces durante el primer ensayo. Además de por el camino, ya que estaban, convertirse en estrellas.

Lo de las Arañas no salió bien del todo. Mucha fiesta desmadrada, mucho sexo intergaláctico, y mucho lío de los miembros con respecto a la verdadera identidad de aquél que pronosticaba que al planeta Tierra le quedaban cinco telediarios. ¿Era Ziggy Stardust, o era David Bowie? No pudieron entender que se podía ser ambas cosas y a la vez no ser ninguna de ellas, y así pasó que todo se acabó yendo al carajo. Bowie dejó el glam en manos de Marc Bolan sin mucho sentimentalismo, y meditó cuál sería su próximo paso volviendo a echar mano de los espejos antes referidos. La droga que se metía para el cuerpo ahora sí que era demasiada, quizá no había sido buena idea confesarle a los terráqueos que era oficialmente homosexual, y todo eso provocó que nuestro hombre tardara algo más de tiempo en saber qué era exactamente lo que tenía que hacer. La respuesta, cuando vino, resultó estar en la Alemania del muro y el frío. Un yonki llamado Iggy Pop le guió hasta ella.

Me veo obligado a confesar que el Bowie de la sacrosanta Trilogía de Berlín no es mi Bowie. Lo siento. No me podía quedar con todos, eran demasiados. Pero que sienta cierto desapego hacia este Bowie en concreto no quiere decir que no respete hasta la reverencia lo que hizo. Ese gaseoso Krautrock, ese Brian Eno desbordando vitriolo, esas instrumentales que circundan «Heroes» me intimidan, sí, pero lo hacen del mismo modo en que, si hoy me encontrara con un David Bowie resucitado como última parte de un gran plan, sólo acertaría a inclinar la cabeza y preguntarle con una voz apenas audible si podía practicarle una felación. Así que sí, que la tétrica trilogía redunde en la grandeza del legado, que ni siquiera sus incondicionales dejen nunca de ser absolutos principiantes para él. Y sigamos viendo qué nos tiene preparado el amiguete. Escena por escena.

Son mediados de los 80, y claro. Por mucho que haya empezado la década haciendo experimentos y movidas a su aire, toca ser optimista. Toca ser frívolo. «Let’s Dance». Bowie se vende, pero si alguien se china no será porque no lo avisó: “El rock debe prostituirse”. ¿Para qué te quejas, tontín, si sabes que en el fondo te encanta? ¿Acaso vas a tener la cabezonería suficiente como para resistirte al «Modern Love»? Bah, paso de hablar contigo, seas quien seas. Ya volverás.

En un día tonto de esos que muchos grupos sacrificarían carreras y números uno por tener, Bowie monta otra banda, Tin Machine, dentro de la cual, dice, él sólo va a ser un integrante. Viene sucediendo que es imposible que la democracia pueda funcionar si eres un genio, así que a otra cosa mariposa (¿por qué orientación sexual vamos ya, por cierto? Hala, qué sanote está creciendo el pequeño Duncan).

Los noventa ahora son un putiferio y nadie está seguro de nada, ni siquiera él, así que aprovechémoslos para recordar que ha salido en pelis. ¿Le daba el talento para ser también buen actor? Por supuesto que no. Pero con esa carita le ha bastado para hacer de rey de los goblins, de Andy Warhol y de Poncio Pilatos (que, como todos sus personajes, se lava las manos antes de tomar decisiones importantes), y le va a sobrar para descubrirle los rasgos de Nikola Tesla a millones de frikis y, bueno, hacer  un cameo en Zoolander. Que no es poco. Que es mucho en tantos sentidos que joder. Porque además se ha tirado a Elizabeth Taylor, Lou Reed le ha partido la cara, ha bailado con Mick Jagger en todas las posturas posibles, ha cantado en «Under Pressure», y durante un par de tardes ha sido el padrastro enrollado de Slash, en las colinas de Los Angeles. ¿Cultura pop? Creo que en los setenta ya la había inventado él, y ya estaba aburrido de ella.

El 2000. Punto de inflexión. El último Chupa Chups. El infarto que le hace aterrizar de golpe. Él es el primer sorprendido, suponemos. No se lo esperaban ni Ziggy, ni Aladdin Sane, ni el Duque Blanco que a lomos de su caballo miró en lontananza y pensó que si se acababan los pinchazos se acababa el peligro. Sobrevivió porque en ésas se le ocurriría algo mejor que hacer, aunque tardara lo suyo en hacerlo, y nos dio «The Next Day». Un disco que desborda toda la energía contenida durante los diez años que duró su composición; con el que incluso, y ya estamos en el 2013, se las apañó para escandalizar al personal con un videoclip muy currete de sangre, vísceras y sacerdotes. ¿No ha aprendido nada él, o no hemos aprendido nosotros?

He de pedir perdón llegado a este punto por un repaso tan injusto, indocumentado y sensacionalista. He de hacer asimismo otra confesión: jamás he escuchado entera la discografía de David Bowie, y aún estoy acabando de digerir «Blackstar. Es duro. Es muy duro. Y me siento culpable por siempre haberlo tenido de referente en todo (¿qué haría Bowie en mi lugar?, y éxito), por indefectiblemente entonar obscenos «lalalás” en el transporte público con ese punteo de «Starman», y aún con todo tener la desfachatez de no haber escuchado a Bowie en su totalidad. Y de escribir esto. Pero también estoy feliz, extrañamente. Me encuentro optimista, aún me queda tanto por descubrir. Aún Bowie tiene tanta cancha para seguir haciendo nextdays, sólo para mí. Aún, como yo, lo puede hacer tanta gente. Quién sabe, igual todavía hay personas que del «Rebel Rebel» sólo han escuchado Amaral, y que pueden fliparlo más o menos vírgenes, ¿no? ¿No es lo que pasa cuando muere un artista? ¿Que, por no existir materialmente, por restar su leyenda, nos pertenece del todo?

Por cierto, mi Bowie favorito, el único Bowie en el que pensé aquella infausta mañana cuando abrí el Twitter, es «Ziggy Stardust”. Sí, lo sé. No es muy original. Pero qué queréis, Ziggy fue el primero de todos. El que nos hizo ver la luz. El que se bajó de su nave, entonó un discurso apocalíptico con flores en las manos, y discernió varios tipos de amor por hacerse el difícil. Ziggy. Mi Ziggy. Nuestro Ziggy. Lady Stardust, en sus ratos libres. El que ya una noche veraniega de 1973 en el Hammersmith Odeon de Londres dijo que lo sentía, pero que se tenía que marchar. Que su nave iba despegar y nosotros debíamos despertar, pero que tranquilos, que no estábamos solos. Eso dijo. Que no lo estábamos, que nunca lo estaríamos. Luego moriría. El cabronazo. Por suerte ni siquiera entonces quisimos arriesgarnos: en realidad no éramos tan previsibles como él pensaba, y supimos obstinarnos en seguir durmiendo.

David Bowie fue siempre un sueño en el que regresaba una, y otra, y otra vez. Es un buen sueño. ¿Por qué despertar?

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