Querido Futuro,

Es casi media noche y, por fin, está lloviendo. Lo que hasta nuestros días solía ser ‘un día de perros’, estoy seguro que en tu época se considerará un día de fiesta, la celebración de la fecundidad y de la limpieza, pecados incluidos. Tumbado en el sofá, pensaba que si tuviera una chimenea sería un momento ideal para encenderla. Pero en nuestros días el calorcillo lo dan las pantallas por lo que, casi instintivamente, me propuse encontrar algo acogedor que ver. Descarté cualquier serie, esas novelas del siglo XXI, y exploré en ‘música’. Y allí estaba, una apuesta segura de la que ya había oído hablar, por supuesto: el concierto final de la gira iNNOCENCE + eXPERIENCE de U2 en París pospuesto por los atentados de noviembre del 7 de diciembre de 2015 (en movistar+). A veces tu enemigo acérrimo, el Destino, nos depara curiosidades, no lo podrás negar, Futuro.

Te confieso que pienso que U2, como todos los grandes, ya no tendrían que hacer nada más (ni nada menos) que seguir morando en nuestra historia personal, social y… política. Pero en lo musical a veces son tan populares que, cuando los vemos, nos hacen sentir repelús (por ejemplo en esos coleccionables que vende El País, incluido un concierto de la gira anterior 360º, aquí relatado).

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Hace poco te escribí, querido Porvenir, acerca del relato de un concierto. Déjame que te recuerde ahora lo esencial: cualquier actuación pública se hace para contar algo. Es decir, uno se dirige a un público con la idea de transmitir un mensaje. David Redoli, el batería y presidente de ACOP, ha dicho que ‘la política es contextual’. Y yo añado: un concierto (cualquier acontecimiento cultural, en realidad) es esencialmente un contexto construido a base de diseño, metáforas y, claro, canciones.

El diseño y construcción de los escenarios tardó dos años en completarse para poder estructurar las tres áreas de actuación de la gira: un escenario más tradicional para la ‘inocencia’ en forma rectangular, uno circular en medio del público, heredero del Claw de la gira 360° de 2009, simbolizando la ‘experiencia’, ambos conectados por una pasarela a modo de transición de la inocencia a la experiencia. Vamos, una representación de la ‘Teoría del desarrollo cognitivo‘.

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En mi opinión lo relevante de este show del 7 de diciembre de 2015 es que se transformó de una propuesta sobre desarrollo personal en una experiencia colectiva. Es decir, si dentro de la producción del concierto se incluía esa dinámica personal, dentro del propio tour a lo largo de 2015 el desarrollo pasó de lo individual a lo colectivo. De lo personal a lo político, de lo musical a lo comunicacional, con perdón por la redundancia. Te voy a decir cómo.

Un concierto político como este lo abarca todo: la infancia, la madre, las calles, la paz y la guerra, la libertad, etc. Pero por encima de eso, U2 supo construir el contexto de este concierto. Por ejemplo, mediante la antes referida invitación a los Eagles of Death Metal se apropiaron de parte del simbolismo tristemente generado por los acontecimientos de la sala Bataclan de París en la que tocaban los EoDM. Quizás me equivoque, pero nunca antes un espectáculo musical haya sufrido tan directamente los perniciosos efectos del terrorismo. Y el efecto consiguiente es trasformar radicalmente lo negativo (atentado) en positivo (cantos a la libertad). La magia de la comunicación, Futuro.

A lo largo de todo el recital, Bono se dirige al público buscando la emoción e introduciendo las fases del concierto. No solo es el típico storytelling de muchos artistas (Bruce Springsteen, por ejemplo, aunque tampoco hay muchos cantantes ‘parlanchines’), sino que utiliza esta técnica para construir el relato apoyado en los clichés conocidos por el público: los mensajes de libertad, pacifismo, al ‘amor por encima del miedo’ o la historia de su vida en un plano más emocional. Pero lo más relevante de este aspecto es que el diseño de la escenografía permite pasar del storytelling al storydoing: ver a Bono y la banda recrear su vida de adolescente o en los conflictos que las canciones y los muros de luz ilustran, como cuando parece que caminan por las calles de Dublín de su infancia mientras suena «Cedarwood Street». Gracias a ese storydoing consiguen más implicación de su público, emocional, cognitiva y visual, construyendo una experiencia total. Porvenir, ¿cuándo empezaremos a ver hologramas en los conciertos?

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Así pues, ese relato o tema central se sirve, no sé si consciente o inconscientemente, a modo de ‘Visual Thinking: nada mejor que ver para comprender y sentir. Otro buen ejemplo de esto lo tenemos en «Bullet The Blue Sky»: recoge el relato pacifista y el sentir del momento anti yihadista (de nuevo el contexto) desde las calles de Irlanda a los atentados que pospusieron este mismo concierto, con letras modificadas para la ocasión.

Hay una narrativa hilvanada con las canciones del setlist, con su música y sus letras. Primero, un setlist bien diseñado permite soportar tu relato. Y poco importa la edad de las canciones porque en el momento de interpretarlas vuelven a cobrar nueva vida, se igualan con las más recientes y forman parte de un nuevo todo. Efímero. Contextual. Construido. Experimentado. De la inocencia del dormitorio escuchando «The Joshua Tree» a una nueva ‘experiencia colectiva del rock’ gritando al unísono «One», o «City of Blinding Lights» con un fan. Precisamente otra metáfora intencionada de esa sustanciación del individuo en la masa y de la masa en el individuo (ver a partir del minuto 1):

Y, segundo, porque aunque no es perfecto, el setlist es tan evidente que se puede sacar como el flow de un discurso político. No es perfecto porque para una banda de rock la entrega a planteamientos más próximos a la ópera o al discurso político e intelectual no puede ser total: debe intercalar hits para mantener la tensión de esa experiencia colectiva propia del pop-rock. El coste de sólo utilizar canciones y escenografías dirigidas a los dos actos del concierto sería alto y la gente, incómoda en un estadio de fútbol, no siempre está dispuesta a dejarse llevar por las letras y su significado oculto tras metáforas en idiomas extranjeros. Así es la cultura pop, qué le vamos a hacer, querido Porvenir. Además, qué demonios, esto no es una conferencia, es ¡un concierto de rock! «It’s only rock ‘n’ roll, but I like it».

Detrás del montaje encontramos a Willie Williams, como creativo del concierto con quien U2 trabajan desde la gira de «War» de 1983. Y se sitúa como uno de los más importantes creadores de escenarios quizás junto con el ya fallecido Mark Fisher, autor de la giras de los propios U2 y de Pink Floyd, entre otros grandes.

En fin, ya sabes que U2 y Bono son vistos con recelos por esta sociedad siempre dispuesta a criticar, pero son de los pocos (quizás ya con Muse en lo duro y Coldplay en lo festivo) capaces de armar un espectáculo con un relato tan bien construido como audaz. Una demostración de que el activismo no se ha zampado del todo la vida de Bono y U2. En este sentido vale la pena echar un vistazo a este libro.

Y si, como dicen, las series de televisión son las nuevas novelas de los que tenemos más de 40, un concierto de estadio es la nueva ópera (o zarzuela) proyectada hacia ti, Futuro. No, no hay que ir de smoking, no hay que sentarse en butacas de terciopelo y, desde luego, el libreto no es están complejo como los de Hamlet, Rigoletto o Tristán e Isolda. Ni se canta en italiano o alemán. Pero sí que hay que pagar muchos cientos de euros, conocer a los intérpretes y, sobre todo, seguir la narrativa y la escenografía. Quizás en tu época, Futuro, esto ya esté tan claro que ni merezca la pena decirlo, igual que el teatro actual salió de las corralas. Y si tradicionalmente debemos ir ‘de las musas al teatro’ o del teatro a las corralas, vayamos también de las musas a la música, del deleite individual a la experiencia colectiva.

Pero todo esto quizás tú ya lo sepas, futuro.