QUEEN

Cuando cada año alcanzamos un 21 de noviembre lo habitual, lo lógico, no es recordar que tal día como hoy fuera publicada una joyita llamada “A Night At The Opera, sino en cambio advertir agradecido que ya han pasado las décadas que sean desde que algo llamado (inténtese desentrañar qué es ese algo más adelante) “Bohemian Rhapsody” quedó por siempre a disposición del éxtasis particular de cualquier individuo. Es así. Sin descrédito al álbum del que forma parte, “Bohemian Rhapsody” es algo demasiado grande para quedar limitado a 360º de circunferencia discal, a persistir identificado cariñosamente con las travesuras blanquinegras de Groucho, Harpo y Chico. Ni siquiera puede permitirse quedar aparcado en un momento inconmensurable de la historia del rock donde culminen aventuras y den inicio otras nuevas, y si no llega a trascender a Queen, su creador, es porque su mitología ya es descomunal por sí sola.

Extendiendo la mirada más allá del fenómeno, más allá de los fans que locos y ebrios se desgañitan en las calles de la noche gritando “Mamaaaaa”, acaso encontraríamos a unos pocos incautos que asocien primeramente Queen a “We Are The Champions”, “We Will Rock You” o, incluso, “Another One Bites The Dust”. Unos pocos incautos con mucho running que patear y estadios por vomitar, acaso, pero unos pocos incautos que, no pasa ni media, sólo se hallan en esa etapa de su vida pre-“Bohemian Rhapsody” que antes o después todos hemos tenido, y a los que hay que envidiar porque puedan permitirse, llegado el momento, escucharla por primera vez. Sería mucho pedirles a éstos que a continuación se sumergieran en el álbum que una vez le sirvió de excusa y descubrieran un mundo tan rico y alocado que sólo pudiera culminar en el temita de marras, así que dejemos que la providencia se lo facilite automáticamente, o no, y desgranemos este “A Night At The Opera” en lo que vuelven a pasar 365 días y las efemérides se nos vuelven a quedar superfluas.

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[pullquote]“A Night At The Opera” era el disco más caro jamás producido en el momento. El ingente gasto se nota, y la producción es brillante. Es Queen en estado puro, con libertad absoluta para innovar, evolucionar, jugar.[/pullquote]

Durante la producción del cuarto álbum de estudio de Queen, obra compuesta en un momento de pre-consolidación para la banda, más dulce según confirmaban que tenían todo lo necesario para triunfar, llegó un punto en que las cosas se desmadraron. Todo empezó por un piano de cola, blanco y monumental, del que Freddie se había encaprichado. Había descubierto que lo suyo era tocar las teclas desde su trono, y no únicamente las del subconsciente de su público, y eso, que su Majestad la reinona quería un piano. Lo quiero, lo quiero, lo quiero ya. Norman Sheffield, resistiendo como su representante en las postrimerías de 1974, decía que nanay, que costaba una pasta y que cualquier día el público se daría cuenta de que la excentricidad de Queen era una moda pasajera y que a ver entonces quién les arrendaba el piano de los huevos. Freddie ardía de furia, y a falta de otra cosa mejor que hacer, escribía. Cuando encontraron un representante proclive a los antojos de los astros, John Reid por nombre, le dieron puerta a Sheffield (con sangre, sudor y muchos mohínes afectados de por medio), y el nuevo representante no sólo le compró el dichoso piano a Freddie, sino que también convenció a la discográfica para que se dejaran una obscena cantidad de libras en producirle el álbum a los amiguetes. Y nada, ahí tenemos “A Night At The Opera” como el disco más caro jamás producido en el momento, y al bueno de Brian May mirando al suelo, negando la cabeza y pensando que como este álbum no triunfe, Queen se va al carajo. Quizá incluso piensa en comunicarle sus inquietudes a Freddie para que éste entre en razón y, no sé, lo mismo acceda a sustituir su piano de cola por un tecladito Yamaha así manejable y con soniditos guapos. Pero claro, Freddie ha venido a jugar.

A finales de agosto de 1975 los británicos desarrollan una caótica grabación a caballo entre una sala de conciertos y cinco estudios y pico, entre los cuales se encuentran los Sarm East donde se originó la banda sonora de “The Rocky Horror Picture Show”. Así, sí. Además la ofi les pilla muy cerquita de casa y la banda ha de tomárselo con mucha tranquilidad: en una tarde tonta no es raro encontrarse a cada uno en un extremo diferente del estudio de turno, trabajando en un tema concreto. Se tiran tres semanas para “Bohemian Rhapsody” porque nunca hay suficientes voces, pero salvo por eso todo va como la seda: Freddie sacándole brillo a su piano blanco nuevecito y experimentando junto a sus compadres como la comercialidad jamás imaginó que se podía experimentar. Luego pues eso, sale, y peta. Los críticos dicen que es el álbum definitivo de la banda, para con el paso de las décadas sentenciar que Queen nunca ha hecho, ni va a hacer, nada superior. Los fans, entretanto, se limitan a escuchar la canción de las pistolitas, los Galileos y los Bismillahs. Nunca acaban de creérsela pero es que, a diferencia de Freddie Mercury (máximo responsable de ella), son humanos. Démosles tiempo. Concedámonoslo.

El disco da comienzo con “Death on Two Legs (Dedicated to)“, que a su vez es introducida con una barroquísima atmósfera agujereada por loquísimos arpegios de piano que, desesperadamente, buscan un orgasmo en el que desembocar, para luego entrar con el hard rock protocolario de las guitarras de Brian May. Solicitando ingreso en los anales desde el minuto 1, pasa por ser la canción con más mala hostia que Queen hizo en toda su existencia, y es que su receptor directo no es otro que Norman Sheffield, el mismo Sheffield de los no te compro un piano hasta que no te eches novia niño, y que además, a tenor de la lírica, debió de escatimarles bastantes ganancias durante su carrera como manager. “You’ve taken all my money, and you want more”, le grita Freddie con bilioso rencor, para luego darse la vuelta y proponerle que “Kiss my ass goodbye”, y party hard. Sheffield se sintió muy dolido por una referencia tan carente de metáfora a su actividad profesional (sobre todo cuando Freddie no dudaba en identificar nominalmente al blanco de sus tirrias durante los shows en vivo), y trató de demandar al grupo. Sin problema: en adelante, para evitar pleitos, Freddie aclararía al presentar la canción que ésta iba sobre “A motherfucker of a gentleman we call him Death on two legs”, y a rajar se ha dicho. Por si alguien se lo pregunta a estas alturas, sí, “Death on Two Legs (Dedicated to)” es una gozada. Y esto no ha hecho más que empezar.

[pullquote]Un disco en el que todo vale, de ésos que se disfrutan tanto haciendo como escuchando. Queen alcanzan la eclosión de su estilo y arte en el marco de una fiesta a la que todos estamos invitados.[/pullquote]

Lazing on a Sunday Afternoonsiempre ha sido uno de mis temas favoritos de la realeza, y qué bueno poder compartirlo ahora con vosotros para ya de paso haceros reparar en su perfectísima melodía, en la vacilona interpretación del vocalista, y en el escasísimo minuto que dura y que la convierte en la canción más breve de Queen (junto a “Dear Friends”). Escuchar “Lazing on a Sunday Afternoon” mínimo una vez al día depara mínimo un minuto sumamente agradecido y terapéutico, y vistas sus reminiscencias al cabaret de los años 20, un minuto con mucho encanto a la postre. Sílbenla también en el metro si hallan ocasión, recomiendan los especialistas, para luego dar un gracioso respingo con el subidón de decibelios que lo deja todo preparado para I’m in Love with My Car, en la que el batería Roger Taylor se deja los higadillos para cantar sobre su buga. Sí. Pasamos de la cenicienta aristocracia de Edith Warton al rock viril e inextricablemente estúpido surgido entre un hombre y su máquina, sin anestesia ni nada, porque este disco así se las gasta. Cuando Roger Taylor les fue con la ocurrencia todos pensaron que les tomaba el pelo, pero aun con esa sensación le hicieron caso, y les quedó un tema tan resultón como falto de chicha, que quizá cuenta con más fama de la que merece gracias a los esfuerzos de Taylor (que realmente lo da todo, y además el Alfa Romeo que suena al final es suyo).

Volvemos a relajarnos y a sonar delicados como plumas en You’re my Best Friend, otra de esas canciones a las que las escuchas reiteradas acaban deparando un cariño indestructible. Preciosa, dedicada a la esposa de John Deacon (quien compuso la canción mientras aprendía a tocar el piano), poquito rockera pese a los aguijoneantes esfuerzos de Brian May, delicada, especial, una cima en el disco empequeñecida por la sombra de la que tiene detrás. Esto es ’39, y uno se pregunta si no habrá un momento en el que no den más de sí por semejante profusión de temazos. Desea que no, y se embarca en el viaje espacial de vuelta a casa más triste y bello que imaginarse pueda. Brian May estampa su rúbrica, y nos narra la reacción de unos pobres astronautas a los que Einstein ha jugado una mala pasada y se han encontrado en la Tierra a su familia y amigos muertos o dolorosamente avejentados. Podría tratarse de una climática secuencia del Interstellar de Nolan, pero en su lugar es una pieza acústica con un obsesivo mimo depositado en la melodía y una dulzura vocal (lo de May tampoco es de este mundo) que descodifica los lagrimales. Cinco años antes de que la palmara, el ínclito Groucho Marx quiso agradecerles a la banda que se valiera de sus películas para nombrar dos de los mejores discos de la música popular, y los invitó a cenar a su casa. Había que tocarle como poco una tonadilla al anfitrión, así que se arrancaron con “’39”… y ni el más charlatán de los hermanos Marx tuvo algo que decir después de esto.

[pullquote]“A Night At The Opera”, cuarto disco de Queen, es considerado su obra maestra. Sí, la verdad es que sí, para qué nos vamos a engañar: mola. Es divertido, entretenidísimo, precioso, bien grabado, producido, interpretado. Un señor disco. Un disco genial. Aunque, claro, ¿cómo no va a serlo, si es el disco de “Bohemian Rhapsody”?[/pullquote]

Sweet Lady es, para Roger Taylor, la canción más difícil de ejecutar de todo el repertorio de Queen. Empieza normalita, muy hard rockera y efectiva para guardar las apariencias entre tanto delirio, pero llega un momento en que el tempo se encabrita y Roger Taylor lo mantiene a toda leche con un juego muy elaborado y realmente meritorio de batería que, sin embargo, nos deja un poco fríos. Hasta incómodos. Resulta que con una cosa tan atropellada no hay forma de asimilar el ritmo y sí, es para alabar su afán de experimentación, pero también para preguntarse si realmente era necesario. Encontramos aquí lo más parecido que hay en “A Night At The Opera” a un bajón, pero no pasa nada porque mientras Roger se pone hielo en los nudillos nos plantamos frente a Seaside Rendezvous, una maldita genialidad que casi ofende por su buen gusto, perfección, y desdén por cualquier atisbo de lógica. Sí, aquí Freddie canta sobre una melodía medida al dedillo que engancha más o menos al segundo, y que va evolucionando hasta cotas totalmente imprevisibles (y Freddie y May imitando trompetillas con la boca es sólo la punta del iceberg). Temas tan chorras como éste acreditan la verdadera medida del valor de Queen como banda irrepetible e inigualable, y por si acaso Freddie lo confirma emitiendo un vacilón “give us a kiss” para acabar que es el carisma en estado puro.

Ahora bien, para The Prophets Song, siguiente parada, hay que preparase. No vale sólo con esa actitud de ‘here we are now, entertain us’ con la que hemos afrontado los cortes anteriores, esta vez hay que cerrar los ojos, tomar aliento y abanderar algo parecido a una actitud de animal concienciado con su mortalidad y gregarismo, porque empieza un viaje de los de flipar en Technicolor. El profeta. El profeta es Freddie (vaya sorpresa), y dice que nosotros, gente de la Tierra, escuchemos sus palabras. Y no, no hemos escuchado, nunca, nada parecido. La locura más inclasificable de Queen podría parecer inicialmente que deposita todas sus bazas en un rock pesado y ambiguo, con un cruce de melodías pluscuamperfectas y las miras puestas en el power metal, pero hete aquí que quiere ir más allá. El profeta quiere que le escuchemos en crudo, sin abalorios, sin más música que la que sus entrañas producen, y en torno a los tres minutos y medio se obra el milagro. La voz de Freddie se queda a solas con nuestro encogido corazón, y continúa con su salmodia ritual. “People, can you hear me? Now, I know”. Las frases se acumulan, se suceden en un canon vocal que tampoco voy a invertir muchos más esfuerzos en describir, y en un crescendo absolutamente absorbente (y largo, pero mucho más de lo que parece), somos devueltos con total brusquedad al rojizo páramo azotado por las tormentas y los guitarrazos. La canción más larga de Queen. Referencias bíblicas, rock progresivo. Un sueño raro de pelotas que tuvo Brian May. Jeje. Y vosotros, ingenuos mortales, os creíais alternativos por el hecho de que os molara la parte central de “Bohemian Rhapsody”.

[pullquote]Sin descrédito al álbum del que forma parte, “Bohemian Rhapsody” es algo demasiado grande para quedar limitado a 360º de circunferencia discal. Ni siquiera puede permitirse quedar aparcado en un momento inconmensurable de la historia del rock donde culminen aventuras y den inicio otras nuevas.[/pullquote]

“The Prophet Song” no se conforma con ser asombrosa por sí sola, también conviene en obsequiarnos con una magnífica transición a Love of My Life, redondeando la impresión de que todo el disco es una única experiencia, un concepto que ha de estudiarse de una sentada, una orgía musical a la que todos estamos invitados. Este tema en concreto tenía una gran aceptación en los directos, con el público totalmente receptivo a que Freddie les sodomizara el alma, y aunque a un servidor nunca le haya parecido la panacea precisamente, hay que admitir su emotividad y acomodar la cabeza vacía sobre sus delicados acordes de piano. Good Company, temeroso pero juguetón ante lo que está por llegar, ofrece por un lado un portentoso trabajo de guitarra, que Brian May se guisa y se come con mucho gusto; y por otro un rollo muy Beatle que le sienta de lujo, gracias al mismo May que de repente canta como Paul McCartney. Y llega. Al fin llega. “Is this the real life?”, se pregunta un joven bohemio hindú, acaso subyugado por todas las maravillas escuchadas durante los últimos minutos. “Is this fantasy?”, apostilla tímidamente, quizá mejor encaminado.

Bohemian Rhapsodyes, de verdad hace falta repetirlo, una canción increíble. La llevo escuchando sin parar durante más años de los que sería prudente echar cuenta, y es que no, como anunciábamos antes, aún no me la creo. No alcanzo a creerme cómo puedo compartir mi existencia en el mundo con la suya, qué he hecho para merecerlo, cómo puede haber algo tan perfecto, tan categóricamente sublime. Una composición tal que no necesita estribillo, ni estrofa, ni puente; un experimento que no necesita justificación. Una letra que… vale, ¿de qué puñetas va la letra? ¿“Just killed a man”? Mal rollete, ¿qué has hecho, Freddie? Unos dicen que se trata de un galimatías carente de sentido condicionado por la maravillosa música en la que se inscribe; otros, que cuenta la historia de Freddie Mercury, de la definitiva acepción de su personalidad, de su lugar en el mundo: comenzando dubitativo y melancólico hasta la culpabilidad, cogiendo fuerza en ese intermedio operístico sobre el que de primeras ya se ha dicho todo (basta con ponerle una oreja), irguiéndose desafiante y poderoso en la parte rockera final. “So you think you can love me and leave me to die?” Como para insinuarle que sí, o hablarle de VIHs infaustamente terrenales. Que no. Que no puedo seguir hablando del asunto sin quedar en ridículo, si es que no lo he hecho ya. Que si ésta es la mejor maldita canción de la historia, se dice, y ya está. Y si no estáis de acuerdo, pues bueno, ‘doesn’t really matter to me’, seguid engañándoos.

Ah, sí, y este artículo (o cómo se llame) tenía como finalidad hablar de “A Night At The Opera”, cuarto disco de Queen, considerado su obra maestra. Sí, la verdad es que sí, para qué nos vamos a engañar: mola. Es divertido, entretenidísimo, precioso, bien grabado, producido, interpretado. Un señor disco. Un disco genial. Aunque, claro, ¿cómo no va a serlo, si es el disco de “Bohemian Rhapsody”?

(Después de la susodicha, en el tracklist viene God Save The Queen”, una versión a guitarra eléctrica del himno inglés con el que ya sí que “A Night At The Opera” concluye del todo. Como mi cabeza siempre suele estar más allá de las nubes para entonces, nunca he conseguido escucharla con atención. Igual está graciosa. No sé. Viva Queen, (y la madre que lo parió).

Queen – A Night At The Opera
like

  • La variedad estilística del álbum.
  • Queen en estado puro.
  • Libertad absoluta para innovar, evolucionar, jugar.
  • Una producción de lujo. No se reparó en gastos, y se nota.
  • Aunque sea difícil de creer, es algo más que el disco de “Bohemian Rhapsody”.

dislike

  • Las (inevitables) meadas fuera del tiesto.
  • Algunas de las letras, cuyas frivolidad e intrascendencia terminan molestando justo en el momento en que la música no es lo suficientemente excelsa.
  • Que “The Prophets Song” sea tan poco conocida.

PÁGINA DE ARTISTA

QUEEN

9.8 INSTANT CLASSIC

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Un disco en el que todo vale, de ésos que se disfrutan tanto haciendo como escuchando. Queen alcanza la eclosión de su estilo y arte en el marco de una fiesta a la que todos estamos invitados y en la que, aunque tanta locura a veces pase por ciertamente excesiva y provoque incomodidad, todo acaba por redimirse en sus apoteósicos minutos finales.