Un día cualquiera, en la cafetería de la universidad. O en la cafetería que sea, fuera del horario de oficina o aprovechándose de él. También aceptamos bar, o bareto, como animal de compañía. La conversación entre los parroquianos navega por los océanos habituales y familiares: qué carajo le está pasando al Real Madrid, alguna nueva decepción de Podemos, insustancialidades varias motivadas por el asueto y la convivencia impuesta. Por defecto, alguien le pregunta al aire que si ha escuchado lo nuevo de Adele, y acaso no le parece preciosísimo. La frivolidad se agolpa en torno a la barra, la mesa o eventual recipiente de bebidas: todos chillan, se abanican con las manos alertados por el desvanecimiento, los hombres lo son algo menos y las mujeres se refugian en su femineidad. Pre-cio-sí-sí-sí-mo. Alguien apostilla que y lo guapa que está, qué. Otro le contesta de pronto con un inesperado, un chirriante, “pues Adele a mí no me gusta”. Y claro. Ese sujeto, por agenciarle alguna acepción vagamente humana, no sale vivo del puto local.

Adele es, sin que al que esto suscribe y pontifica le falte demasiada documentación, lo mejor que le ha pasado a la música popular en lo que llevamos de siglo. Su figura ha ido escalando estratos sociales y géneros musicales para acabar encaramándose sobre todos ellos y mirarlos desde las alturas con adorable suficiencia, siempre a lo suyo y nunca sin regodearse demasiado (suponiendo entonces, y como está mandado, el máximo regodeo posible). ¿Qué es lo que canta Adele? ¿Sobre qué canta? ¿Por qué nos gusta tanto? Es de suponer que cultiva la canción melódica, la más pura que en este tiempo podamos echarnos al oído. Es de saber, esta vez recitado a carrerilla, que canta sobre el amor, en cualquiera de sus facetas (y ahora está a punto de darnos a conocer unas cuantas más). ¿Por qué nos gusta tanto? A un servidor le encantaría responder con voz chillona (imprescindible que sea chillona) que porque es perfecta y porque la ama y besa el suelo que pisa y cómo puede existir en el mundo alguien que no la ame, y por qué es tan horrible este no tan hipotético mundo. En su lugar, y como es éste un análisis pretendidamente serio (já), dirá con la boca chica que Adele supone ahora mismo un refugio que huele a familia y, consecuentemente, a atemporalidad: algo en su música nos dice que siempre va a estar ahí para nosotros, para consolarnos, para hacernos más pesadas las tristezas si así lo demandamos, para hacernos palpitar por la dicha de estar vivo y tener orejas. Da igual que tengas el año tonto y ahora mismo no estés para Adele: ella sólo ha de esperar, llena de certeza y de emoción que multiplicar si al final entras en razón. O sales de ella.

Cuatro largos años han tenido que pasar para que después de esa explosión metafísica que supuso “21”, éste tuviera continuación. Sí, hubo “Skyfall” y un Oscar y una peli de James Bond que parecía mejor de lo que era gracias exclusivamente a la diva, pero lo cierto es que, entre intervenciones quirúrgicas, planificaciones familiares y cambios de peso que a nadie importan, tuvimos que amar a Adele por las rentas. Escuchar “Someone Like You” cada vez que llovía, flipar en sepia con “One And Only”, ponerse hasta el culo con “Set Fire To The Rain”, escuchar “Rolling In The Deep” por milésimo tercera vez y descubrir, porque hay margen, que es aún más perfecta de lo que se recordaba. No han sido malos años, no. Pero siempre se pueden mejorar.

“25”, resultaba obvio desde los años a. H. (antes de “Hello”), carece de la indómita sorpresa y rotundidad de la que “21” hizo gala en su momento. No es algo de por sí malo, porque el talento, por regla general, sólo estalla una vez, y es en la misma medida gratificante recoger lo que ha dispuesto para nosotros en trayectoria constante, sin ascender pero tampoco precipitarse a la normalidad.

“25” comienza con Hello, que supongo que ya habréis escuchado. “Hello” es una pasada. Qué os voy a contar que no sepáis. Y tiene un videoclip muy chulo y con mucha definición que ha dirigido Xavier Dolan, otra de esas personas que trascienden el ser al pretender hacerlo sólo con la (insultante) juventud. “Hello”, además, es tan poderosamente icónica, llama con tanto estruendo en la puerta de la Historia, que impide que uno se fije en lo facilón del tema en su conjunto. Sí, veamos, éste no es tan bueno, ni por letra ni por elaboración musical, pero como desde “Skyfall” no escuchábamos los plañidos de Adele ahora ésta viene diciendo “Hello, how are you?”, y a ver quién se resiste. Yo no, desde luego, y prefiero reparar en la nueva gran proeza vocal de la chiquilla: “Hello” es un tema potente, que suena como un cañonazo… y la suya es una potencia únicamente conseguida gracias a la voz. No recurre a la épica fácil u orquestal, ni va más allá de un ligero aumento de volumen del teclado y una batería por momentos inaudible. Es sólo Adele y sus torrentes, los torrentes y Adele, en ese estribillo que desmorona estadios mientras los coros le van insuflando riqueza. “Hello, how are you? It’s so typical of me to talk about myself, I’m sorry”. No te preocupes, reina, sigue.

Después del chute que ha supuesto “Hello” (el inicio más apropiado posible para un disco que se propone petarlo), “Send My Love (To Your New Lover) sorprende e invita al parpadeo y al control de la respiración. La melancolía agresiva del anterior corte ha dado paso a una canción festiva tan poco suya que muchos han convenido en criticarla, y hasta en compararla con Taylor Swift. Pues bueno. “Send My Love…” es estupenda, e incluso realmente grande por todo lo que, recomponiendo piezas y abstrayéndonos lo justo, supone: tras decir hola, Adele procede a mostrar en pequeña parte cómo ha cambiado en estos años, excluyendo físicos de esforzada runner o felicidades maternales (por el momento). El cambio ha obrado igual efecto en su carácter y actitud, y así “Send My Love…”, una joya infravalorada y original, pasa por ser el reverso luminoso y burlón de “Someone Like You”: una gozada entretenidísima de escuchar y silbar, con una melodía tan tontina como irresistible, y esos coros cuasi infantiles que son el culmen de la diversión desacomplejada, “Just the guitar pick. “I Miss You”  es la siguiente parada, y seguimos cambiando de registro para que luego digan los críticos que Adele no arriesga y acto seguido se les caiga la cara de vergüenza. Así, la británica nos planta un tema sombrío, de “Lights go down” en bucle, y repleto de la energía que es característica en ella pero que, más allá de unas letras inspiradas (“Treat me soft but touch me cruel”… muy Lana Del Rey se pone esto, ¿eh?), esta vez no seduce del todo. No es un mal tema ni mucho menos, pero la oscuridad acometida queda como a contrapié tras la celebración cínica que fue “Send My Love…”, y a efectos de álbum completo no termina de encontrar su lugar.

“25” sigue siendo un milagro, quizá de una raigambre menor, pero igualmente uno necesario y bienvenido. La madurez sentimental no le ha sentado mal a Adele como muchos temían, sino que la ha vuelto más profesional, más autoconsciente, y “25” en ese sentido está desvergonzadamente calculado y diseñado para conmovernos como pocas cosas harán ya en lo que nos queda de año.

Y bueno, pues nada. Tras prolegómenos más o menos deliciosos, más o menos impactantes, llegamos al pepinaco del álbum. Se ha hecho esperar lo justo, y muy bien. Acomodaos todos, ajustaos los auriculares y los tímpanos, y disponeos a llorar muy fuerte. “When We Were Young”. Adele, no por vez primera, se acuerda de cuando tenía unos añitos menos y no se gastaba hectáreas de maquillaje en estar divina, y aprovecha esta perezosa nostalgia que nos sofoca la década para construir una pieza exquisita en la que todo, y no se admiten excepciones, es perfecto. Esa melodía sin mácula que rompe en el primer, y más inolvidable, “You look like a movie, you sound like a song”, y que conduce con pintiparada naturalidad a ese colosal estribillo que eriza la piel cada vez que escuchas. Cuando entran los coros femeninos hacia la mitad ya es que directamente te gustaría vivir dentro de esa canción y que las lágrimas supieran siempre tan dulces pero, ay, acaba. Aunque, eh, podemos escucharla otra vez. Y otra. Y otra más. ¿De verdad hacen falta más canciones para que “25” sea un disco maravilloso? “Let me photograph you in this light”, querida amiga. Nunca has estado más radiante.

Remedy” es otra melodía ejemplar. Tras ambientarse la lírica en arreglos de carácter diverso, Adele recurre a la fórmula ganadora (piano + voz) para construir una señora balada que se merecen más los años setenta que los dos miles: clásica de manera instantánea, con una letra que no se preocupa tanto por ser elaborada como por el recuerdo que indeleble implantará.When the world seems so cruel, and your heart feels like a fool, I promise you will see that I will be your remedy. Esta mujer dice verdades. Y a continuación, para “Water Under the Bridge”, vamos con una instrumentación muy de querer aguzar los oídos y de seguir dejando sin argumentos a los que acusan el disco de ‘perezoso’ o de ‘ir a lo fácil’. Sí, sí. Plumillas del mundo, ¿seríais tan amables de aclararme qué orgía instrumental hay aquí metida, y quién ha dado la vez? Porque o mucho me equivoco o esto es otro impresionante hito pop (y van), con otro poderosísimo estribillo cuya metáfora central cambia de significado en cada repetición, proveyéndole de mayor profundidad. Y eso pese a ser la trama siempre la misma, un amor-desamor al que se le van acabando los enfoques pero que tampoco se preocupa por ello. Adele, o cómo ser monotemática arrojando al aburrimiento por la ventana: “If you’re not the one for me, why do I hate the idea of being free?”. Pues la verdad es que no lo sé, Adele, querida, todo es tan bonito que no sé, pasemos página que me derrumbo. “River Leacuesta que entre de primeras, pero si le das oportunidad no tienes más remedio que darte cuenta de lo genial que es, con toda esa agresividad, y ese sentimiento soul rugoso, y esa sacrosanta voz que le otorga más ritmo al tema que la propia y nominal percusión (por favor, ese “Yeah que desliza entre estribillos, ¿es que nos estamos volviendo locos?). Llamativo es el modo en que la quinta esencia de la caña entra así un poco como al rebote, y llamativa la sombra del “Rolling In The Deep” que Adele parece querer superar con artefactos como éste… aunque “Rolling In The Deep” siga siendo mucho “Rolling In The Deep”. Ni que decir tiene.

La producción está realizada con mimo y buen gusto, sin demasiados desvaríos grandilocuentes (no hay, por ejemplo, un “Set Fire To The Rain” en que se note que la cosa se les ha ido de las manos), pero el disco tiene altibajos, es un hecho, y hay que tragar saliva y seguir adelante.

En “Love in the Dark” la instrumentación vuelve a ser (engañosamente) minimalista, encargándose de erigir otro baladón a piano y cuerda vocal que, esta vez sí, peca de excesivamente dramático. La letra es tan cruda, Adele es tan convincente, que no, definitivamente no eran necesarios todos esos violines del medio subrayando lo obvio. Total, que una cancioncilla más para recrearse en la pura belleza y clasicismo de nuestra dama, esta vez camuflado discretamente el sentido de la maravilla por lo llamativo del secreto. Desafortunadamente, este sentimentalismo que de repente suena tanto a exceso pervive en “Million Years Ago”, donde Adele ha de plegarse dócil y sollozante a una melodía cuadriculada que no da margen para mucho más que un cambio de tono en la voz y una guitarra muy bien metida. Adele sigue recordando sus tiempos de moza (sempiterno el “When I was young” y sucedáneos), y ahora lo hace sin demasiada imaginación ni ganas de complicarse el pan: deja nuevamente ese instrumento a solas conmigo y derritamos unos cuantos corazones. En este caso no cuela, pero sigue siendo una gozada oír como la voz de nuestra campeona se eleva agudísima y obscenamente sobre cualquier escala razonable.

Con “All I Asktoca derrumbarse de nuevo. Y no porque el disco se preste a acabar, que también, sino porque qué canción más bonita, más bien hecha y más bien pensada. Adele nos manipula hasta cotas nunca antes vistas y lo hace, ahora, de la manera más rastrera posible: inspirándose en la melodía del “Hopelessly Devoted to You” de la BSO de Grease. Exacto, habéis leído bien. Adele y Olivia Newton-John en el mismo estribillo. Venga, ya en serio, muramos de amor. También hay un piano que se presta a la prescripción médica y una letra desenrollada en la intimidad que sólo transcribir humedece la pupila. “If this is my last night with you, hold me like I’m more than just a friend. Aún el disco no se ha acabado y ya no nos quedan lágrimas, así que Adele, pensando que hemos tenido suficiente, da carpetazo a toda la tragedia y romanticismo suicida para cantar sobre lo que de verdad le importa: su hijo. Adele ha sido madre, y naturalmente para ella ahora no hay nada más maravilloso, y ha de plasmarlo en “Sweetest Devotion“, una pieza feliz y exultante como pocas ha hecho. Vuelve a sonar sincera, siempre se las apaña para conseguirlo, y realmente dan ganas de pellizcarle el mofletillo a la propia canción, o en su defecto a un transeúnte que pilles en ese momento por la calle y que ahora mismo ya esté gritándole al empleado del metro que acuda en su ayuda. La devoción más dulce es la que Adele siente por su retoño, no hay más ni más, pero por qué ha de andarle a la zaga la que nosotros sentimos por su obra, si “25” es un disco tan eminentemente bueno. “I wasn’t ready then; I’m ready now. Y lo vas a hacer bien, querida. Cuentas con nuestra confianza.

“25”, resultaba obvio desde los años a. H. (antes de “Hello”), carece de la indómita sorpresa y rotundidad de la que “21” hizo gala en su momento. No es algo de por sí malo, porque el talento, por regla general, sólo estalla una vez, y es en la misma medida gratificante recoger lo que ha dispuesto para nosotros en trayectoria constante, sin ascender pero tampoco precipitarse a la normalidad: por tanto, “25” sigue siendo un milagro, quizá de una raigambre menor, pero igualmente uno necesario y bienvenido. La madurez sentimental no le ha sentado mal a Adele como muchos temían, sino que la ha vuelto más profesional, más autoconsciente, y “25” en ese sentido está desvergonzadamente calculado y diseñado para conmovernos como pocas cosas harán ya en lo que nos queda de año. Habiendo sido completada tan felizmente la misión, ¿qué más da saber que todo no es más que un melodrama prefabricado?

A veces, es cierto, no queda otra que engañarse. Y a veces… joder, a veces es que no queda otra que ser frívolo.

Adele – 25

8.0

Adele nos trae en “25” un regalo para los sentidos y cualquier tipo de paladar: emotivo, entrañable, hermoso, imprescindible. La chica gordita que a todos nos encandiló hace años y ahí seguimos desde entonces ha perfeccionado su técnica, le ha cogido el ritmo al negocio, y éste es el resultado: una obra de relojería suiza que sólo falla, en las escasas veces que lo hace, por querer ser demasiado perfecta.

  • Ahora mismo es difícil que puedas echarte un disco más bonito a la cara.
  • Es un disco de Adele. Lo cual quiere decir que, en las canciones que lo integran, canta Adele. Sin excepción.
  • La producción está realizada con mimo y buen gusto, sin demasiados desvaríos grandilocuentes (no hay, por ejemplo, un “Set Fire To The Rain” en que se note que la cosa se les ha ido de las manos).
  • Las letras hacen gala de una inteligencia y sencillez desopilantes, con lo que cada verso, cada rima y cada coma mueven una emoción en el oyente.

  • El disco tiene altibajos, es un hecho, y hay que tragar saliva y seguir adelante.
  • Adele confía demasiado a ciegas en la efectividad del piano.
  • Que muchos confundan la palabra ‘cómodo’ con ‘coherente’.