Querido Futuro,

El espacio siempre ha sido una metáfora de ti, quizás la más serena. La iconografía espacial, esa que te representa mejor que cualquier libro de filosofía, mejor que cualquier ideal, es aplastante si miramos al cine. Desde Odisea en el espacio hasta Interstellar te confieso que es un género que siempre me ha cautivado. Personalmente, me quedo con la tri-trilogía de La guerra de las galaxias, por icónica, por mítica en mi infancia y por la princesa Leia, su erotismo interestelar y por ser precursora de los enormes auriculares que luce la gente hoy en la calle. Las imágenes siderales, las naves galácticas, los mundos con dos lunas, un verdadero universo universal. Y ahora, a punto de estrenarse la parte VII, su creador, George Lucas, crea un cosmos inexistente, pero reconocible. Un Futuro que se ve en las viviendas tradicionales del pueblo de Tatooine, Túnez, que tuve la suerte de visitar en 2006. Esas son las imágenes que tengo yo de ti, Futuro.

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Pero si en algo se ha fijado el cine para hablar de ti y de cómo imaginamos a otros seres y a nosotros mismos es en Marte. Hasta ahora, las invasiones extraterrestres siempre venían de ahí. Aunque ahora Marte está aquí dentro del planeta azul, donde hay extraños en una muchedumbre. Desde “Life on Mars” de Bowie hasta ese verso tan descriptivo que decía “The martians could land in the car park and no-one would care” de Del Amitri, las canciones también han reflejado la fascinación por esos nuevos horizontes. Y mientras tanto ya hace más de 45 años que el hombre puso un pie en la Luna…

Guiado por esa atracción acabo de ver Marte (The Martian) de Ridley Scott. Este film enseña que la vida cobra luminoso sentido cuando tienes un proyecto. Y eso es algo que todos podemos comprobar a diario. Un día normal se convierte en un bonito reto cuando tienes planes. En esta película, protagonizada por Matt Damon, veo tres claves: la falta de sentimientos, el papel de la cooperación y… la música disco.

La relación entre los personajes está construida sobre la falta de sentimientos. Ninguno echa de menos a sus familiares, ninguno traba amistad con el otro de una manera que afecte al guión. Y eso, creo yo, conviene al abandono en el planeta rojo del personaje de Damon. La soledad, acompañada de un proyecto vital y sin sentimientos de pena, misericordia, amor o cualquier otro se sobrelleva. Incluso la dura belleza de los desiertos férreos de aquel planeta saben a Bailando con lobos y a Náufrago. Sin embargo, esa carencia de sentimientos se suple con un espíritu más liviano pero eficaz que proporciona la cooperación internacional en la misión de rescate. Qué metáfora de nuestros días: sólo un rescate humanitario reconcilia a las potencias, sólo una tragedia las moviliza.

Y, por último, Futuro, la música disco. Siempre ha tenido mala imagen, hasta cuando hacía furor y la película Fiebre del Sábado Noche la encumbró a los altares del universo pop. Bailar y todo lo que lo acompaña no es escuchar música ‘auténtica’. La música sirve para expresar emociones. Esto es algo que sabemos hasta los politólogos. Pero esta verdad absoluta se acaba en el caso del disco: siempre ha tenido un estigma negativo por parte del resto de géneros musicales, cosa que posteriormente ha heredado el pop adolescente, como ya te escribí aquí. Basta recordar cómo en los años 90 el acid house lo petaba en las discotecas de aquellos adolescentes con camisetas de smiley (hoy llamados emoticonos). ¡Aquello sí que era marciano!

El filósofo español Daniel Innerarity ha subrayado en El futuro y sus enemigos (Paidós, 2009), que vivimos en una época de ‘aceleración’ temporal. Y pone un ejemplo basado en el jazz que hoy consideramos “una música para la relajación y que cuando nació expresaba la nueva inquietud de la gran ciudad americana” (pág. 48). Vamos, que corremos hacia ti, pero también cargados de olvido. Hay dos cosas que, al menos, serán imborrables en el mundo de la música: las canciones y los conciertos. Las primeras pierden peso a fuerza de banalización, streaming y la sucesión interminable de promociones de discos.

Sin embargo, la relación de los músicos de pop-rock con su público desde un escenario encierra la esencia de este mundillo. Sin una representación en público, sin esa liturgia, la música no es nada. Y ahora esto se ve amenazado por la seguridad, surgiendo un debate paralelo surgido en estos días de guerra y alarma. Como ha dicho el periodista musical Fernando Navarro “la música se enfrenta al terror” y, digámoslo, para dar un concierto hace falta libertad antes que seguridad. Para que el público pueda sacar sus conclusiones y tener una experiencia colectiva debe ser libre. Si eso se ve amenazado como sucedió el concierto de Eagles of Death Metal en París, entonces no queda nada.

Subirse a un escenario es una de las cosas más difíciles. Si hay alguien vivo autorizado para hablar de la relación del músico-autor con el público es Paul McCartney: pensaba hace poco, en un concierto para 40 mil personas, que cada una de ellas tiene una percepción distinta del espectáculo. Solía pensar, haz un disco, da un concierto, y que a todo el mundo le parecía más o menos igual. Les gusta esta canción, aplauden al unísono. Pero no, no todos dicen, “oh, qué verso” o “cuando tenía 9 años me recordaba a esto”. Realmente me gusta eso de la experiencia humana y la de ser un compositor (Revista DIY).

Si todo esto que dice ‘el segundo Beatle’ no se puede producir porque hay amenazas, y cancelaciones, entonces la experiencia colectiva desaparece y ese será ‘el día en que la música murió’.

Leo en la autobiografía de Bill Clinton, quizás ese primer presidente deliberadamente pop, una cita de un profesor de Georgetown: cada individuo tiene la obligación moral de hacer que el futuro sea mejor que el pasado. No sé si eso pasa por Marte o por la guerra de las galaxias, pero sí parece que hoy lo vemos con miedo. No dejemos que nos arrebaten la música porque entonces nos estarán alienando de nosotros mismos.

Pero todo esto quizás tú ya lo sepas, futuro.